Nuestro pueblo ha aprendido mucho en materia de organización popular en los últimos años de luchas. Especialmente los villeros, hacinados en viviendas indignas de la condición humana por la voracidad de los oligarcas. Pero hoy presentamos un material inédito en Argentina: una experiencia videra en Lima, la capital del Perú, un país que tiene un gobierno militar nacionalista desde hace cinco años. Estos son los resultados obtenidos por 100 mil compañeros villeros del Perú, su lucha por organizarse desde abajo, por mejorar su situación, por abrir nuevas fuentes de trabajo, por evitar las estructuras cooperativistas de tipo capitalista. Aquí, el informe, que merece ser leído cuidadosamente, porque arroja muchas enseñanzas, no sólo para los villeros, sino para toda la militando:

Los más de 100.000 pobladores de Villa El Salvador, una extensa «villa miseria» que se creó hace dos años cerca de Lima, la capital peruana, están desarrollando un nuevo tipo de lucha revolucionaria que hace impacto sobre la sociedad: se están organizando para crear sus propias fuentes de trabajo, con sus fábricas obreras, dentro de una gran «ciudad-empresa autogestionaria».
Este experimento es bastante novedoso y sus resultados concretos son todavía muy pocos. Pero sirve de todas formas para demostrar las grandes posibilidades que se abren ante los habitantes de los barrios más pobres y marginados cuando se deciden a ampliar el horizonte de sus reivindicaciones inmediatas y cuando tienen fe en su propia capacidad creadora.
La historia de Villa El Salvador comenzó en mayo de 1971, cuando una gran masa de desocupados y de gente sin techo, inmigrantes del interior del país y hacinados en los tugurios de Lima, irrumpieron en un rico barrio donde proliferaban los terrenos sin construir. Fueron brutalmente desalojados por la policía. Pero, aparte de las repercusiones políticas que culminaran con la caída del ministro del Interior responsable de la represión absurda, fueron reubicados en un inmenso arenal de las afueras de Lima, con la promesa gubernamental de que iban a obtener todos los servicios indispensables.

  • No esperar ayuda desde arriba
  • Una vez construidas las precarias casitas de estera y los pobladores instalados en su nuevo territorio, recibieron la visita de varios funcionarios y promotores del organismo estatal encargado de la «movilización social». Y no sólo acogieron con entusiasmo la sugerencia de que no cabía esperar pasivamente la ayuda gubernamental, sino que les correspondía organizarse ellos mismos para ser los verdaderos motores del cambio en su «villa»: pasaron enseguida a la práctica y constituyeron una fuerte organización vecinal, basada en delegaciones de manzanas y de grupos de manzanas.
    Gracias a la nueva estructura, esa enorme masa de gente que se conocía apenas, empezó a discutir sus verdaderos problemas en las reuniones que se celebraban regularmente. Eso les llevó a un nuevo tipo de conciencia y a plantearse una nueva estrategia de lucha.
    Siempre los más humildes y los más desheredados habían servido de carne de cañón para las maniobras, los manipuleos y las demagogias de cuando politiquero había querido demostrar tener apoyo popular. Siempre habían sido engañados por las promesas recibidas a cambio de sus manifestaciones o de sus votos. Y los pobladores de Villa El Salvador sabían que al gobierno militar revolucionario, le iba a resultar difícil dotar rápidamente a la «villa», con todos los servicios necesarios.

  • Apoyar a las bases
  • Sin embargo, decidieron aprovechar lo que era una oportunidad
    única en la historia del Perú: el gobierno militar estaba dispuesto no solamente a permitir las iniciativas revolucionarias concretas de la base, sino a apoyarlas y ayudarlas. Tenían la posibilidad de asumir ellos mismos la solución de los problemas de su comunidad.
    Decidieron entonces establecer prioridades en su lucha: si bien ciertos servicios fundamentales, como el agua, la vivienda y la luz, eran absolutamente vitales, iban a trabajar para liquidar la principal deficiencia: la falta de trabajo y por lo tanto de ingresos. Por lo menos la mitad eran desocupados que se las arreglaban como vendedores ambulantes o con otras «changas» por el estilo. Los otros tenían puestos más estables pero poco remunerados. Además todos gastaban muchísimo en el pago del agua, de los transportes malos e insuficientes que los llevaban a Lima, distante 15 kilómetros, etc.
    En más de un año de deliberaciones, llegaron a la conclusión de que la única salvación para Villa El Salvador era la instalación de numerosas fábricas en las cercanías. Pero calcularon que no podían permitir que sus centros de trabajo fueran de los tradicionales capitalistas: los industriales que vendrían lo harían por la abundancia de mano de obra barata y pagarían una miseria a los obreros. Las fábricas tenían que ser de ellos para servir verdaderamente al desarrollo de su población.
    Durante todo ese tiempo, la organización vecinal fue desarrollándose y fortaleciéndose, gracias a la democracia existente, a los trabajos emprendidos en común, como el enripiado de las calles, el control de las pocas fuentes de agua, escasa presencia de la policía y mantenimiento del orden.
    En cada una de las zonas de la extensa «villa» surgían iniciativas y acciones que reforzaban el rol jugado por el pueblo en la administración de su realidad y de su futuro. Así, cuando nació la idea de forjar una «ciudad-empresa autogestionaria», no pareció demasiado utópica y, poco a poco, la mayoría la aceptó como proyecto principal.
    Mientras tanto la derecha y los sectores capitalistas limeños empezaron a sentir temores ante el empuje de la gente de la «villa» (en el Perú, las «villas miserias» se llamaban antes «barriadas» y actualmente «pueblos jóvenes»). Multiplicaron los intentos para sabotear al proyecto que decía: prometieron fábricas, ayudas, trataron de dividir, de recuperar las experiencias más avanzadas para separarlas del conjunto.
    Así, quisieron aprovecharse de una experiencia de «auto-construcción» de viviendas, realizada con apoyo del gobierno revolucionario, para integrarla dentro de sus propios instrumentos de explotación. También quisieron desvirtuar el esfuerzo de un grupo de madres de familia que habían formado una cooperativa de confección: les ofrecían apoyos o las amenazaban para que se convirtieran en una tradicional cooperativa de corte capitalista, cuando ellas querían ser un simple taller de la futura empresa comunal.

  • EVITAR LAS TRAMPAS REACCIONARIAS
  • En esos intentos, los industriales recibieron la ayuda de varios sectores reaccionarios de la Iglesia y del mismo Estado. Pero los pobladores evitaron la trampa de un enfrentamiento esquemático con el gobierno: buscaron el apoyo de los grupos más revolucionarios del régimen y siguieron adelante sin dejarse amedrentar.
    Así llegaron a perfeccionar, con la ayuda de muchos funcionarios y ministros, su planteo autogestionario. De tal manera que, hoy en día, la experiencia de Villa El Salvador se considera como un ejemplo que despierta el interés y las esperanzas de mucha gente: los medios de comunicación que habian ignorado totalmente los esfuerzos de los pobladores, aparte del diario «Expreso», empiezan a darle un poco de importancia. Hasta llegaron, en julio y agosto de 1973, las televisiones sueca y francesa para informar sobre esta tentativa

  • LAS SOLUCIONES ENCARADAS
  • Pero muchos problemas se presentan para el tipo de organización que se quiere realizar y vamos a presentar las soluciones propuestas porque son útiles como ejemplo.
    La capacidad financiera de la Villa es muy limitada. Por lo tanto, aún contando con el apoyo del Estado, los distintos proyectos habrán de realizarse progresivamente. Esto implica que, al lado de las importantes fábricas modernas que se quieren implementar, habrá que apurarse a crear muchos talleres artesanales, poco competitivos en el mercado nacional y destinados al consumo de la «villa» misma.
    Pero esto significa también que la organización vecinal no podrá enseguida dar trabajo a todos los pobladores que lo necesiten. Ni mucho menos. Conseguir trabajo desde un primer momento será un privilegio. Con el sistema cooperativista tradicional o con la autogestión tradicional, estos «privilegiados» se convertirían en dueños absolutos de sus fábricas y podrían llegar a transformarse en una clase de élite que quiera prescindir de la voluntad del conjunto de la población.

  • LA ORGANIZACIÓN LO PUEDE TODO
  • Para evitarlo, se inventó una nueva fórmula: la organización vecinal será la propietaria de los medios de producción y controlará y dirigirá la marcha del conjunto de las Unidades Productivas creadas. Para eso las fábricas no serán más que una de las cinco ramas que integren la «ciudad-empresa» (que recibió finalmente el nombre de «cooperativa integral comunal autogestionaria de Villa El Salvador»): producción, comercialización, servicios, educación y salud.
    A fin de lograr un funcionamiento democrático y eficiente de la cooperativa se decidieron dos medidas. La primera fue la adecuación de la organización vecinal a la organización empresarial. Los tradicionales secretarios vecinales (secretario general, de organización y de economía) fueron reemplazados por un secretario general y cinco secretarios de producción, comercialización, servicios, educación y salud.
    Asi los secretarios especializados de cada «grupo residencial» (grupo de 16 manzanas) conforman el Consejo Superior de cada una de las ramas, lo que permite a la base controlar de cerca la marcha de la empresa. Mientras tanto las cinco ramas dependen de la instancia máxima de la empresa que es la Asamblea General de Delegados que reúne a los secretarios generales de los «grupos residenciales» con sus dos emanaciones: el Consejo de Administración y el Consejo de Vigilancia.
    A su vez los trabajadores de cada una de las ramas nombran sus representantes en sus Consejos Superiores y en la Asamblea General de Delegados a fin de defender sus propios puntos de vista y no ser tratados como simples asalariados de una empresa estatal o comunal. En esta forma se trata de lograr una participación tanto de los pobladores como de los trabajadores, pensándose que, a medida que más pobladores sean trabajadores, el peso propio de estos últimos irá aumentando. Se trata también de lograr que la participación así organizada permita una mayor autonomía de funcionamiento a las ramas de la empresa y una mayor eficiencia.
    Asi se reducen los peligros, tanto del egoísmo cooperativista, como de la ineficiencia e irresponsabilidad de las empresas públicas. Además, la unificación de las actividades productivas, comerciales y sociales debe conducir a una mayor integración entre las dos actitudes del ser humano: su actitud como trabajador y su actitud como poblador miembro de una comunidad.
    El experimento de Villa El Salvador está aún en sus inicios. Recién se está implementando la primera fábrica, una fábrica de postes de luz. En realidad todo el planteo se basa en el desarrollo, la cohesión y la fuerza de la organización vecinal, porque el esfuerzo de los mismos pobladores es el que posibilita la realización de los objetivos.
    Pero ya se puede reconocer el gran aporte de estos compañeros: una nueva forma de enfocar los problemas, donde se valoriza la capacidad creadora de las bases y donde se pasa de las luchas inmediatas en las cuales el enemigo capitalista tiene la iniciativa a un proyecto a mediano plazo en el cual la comunidad local es la que reconquista la iniciativa.
    Villa El Salvador trata de llevar la participación popular hasta el conjunto de las actividades que son importantes para cualquier comunidad humana. Así va forjando su conciencia revolucionarla y su propia capacidad de asumir las responsabilidades de su destino.

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