Perón y Evita quisieron que fuera el Hospital de Niños más importante de Latinoamérica. Pero el proyecto fue frustrado en 1955, cuando los gorilas le arrebataron al pueblo el poder. A partir de ese momento, pasó a llamarse “Albergue Warnes”. Que fue sinónimo de tristeza, desolación, miseria. Esta es su historia íntima. Cotidiana. La que la prensa del régimen prefirió ocultar. 0 mistificar. Ahora, después de dieciocho años, y por expresa indicación del general, el Hospital de Niños será una realidad. Que relegará en el olvido un pasado de oprobio. Un tiempo que nunca más debe volver.

  • EL GOBIERNO POPULAR
  • Iba a ser el hospital de Niños más importante de Latinoamérica. Y uno de los más completos del mundo. Actualizado, ultramoderno, capaz de albergar a miles de enfermos. Cuatro bloques de varios pisos. Inmensos. Decorados por especialistas en psicología Infantil. Para que los “únicos privilegiados” habitaran un lugar encantado, un edificio lleno de color y alegría. Porque a la enfermedad (y esto lo saben los psicólogos) no sólo la curan los médicos; es necesario —también— que los internados sepan que alrededor de ellos no está rondando la muerte; que está rondando la vida . . .
    Fue entonces que cerca de 1950, el gobierno peronista decidió erigir ese hospital modelo. Frente al viejo hospital Alvear, sobre la calle Warnes, en pleno barrio de La Paternal.
    En ese lugar, recuerdan los viejos vecinos, existia una chacra abandonada. Sus dueños no pagaban impuestos, y daba la impresión de que se habían olvidado de esas varias manzanas, donde sólo se amontonaban yuyos, animales y basura. Asi que el gobierno del pueblo decidió expropiarla. Pronto, con la rapidez que caracteriza a una administración popular, comenzaron los trabajos. Un veterano médico del Alvear, confesó a El Descamisado que “me acuerdo de las expectativas que teníamos. Iba a ser un hospital modelo. Se decía que algunos pabellones del Alvear también pasarían allí. ¡Qué obra!”. Pero no se alcanzó a terminar. El 16 de setiembre de 1955, los gorilas hicieron su aparición. Y arrasaron con todo.

  • LOS QUE LLEGAN CON LA NOCHE
  • “Nos fueron amontonando de a poco. Primero vinieron los de Saavedra, y después siguieron los demás. Eramos de todas partes. Los amigos traían a los amigos; los parientes a los parientes. Y asi se formó al «Warnes»”., dice, casi con nostalgia, una vieja habitante del “tristemente célebre “Albergue Warnes”, como diría rutinariamente, un cronista policial. ¿Quién no oyó hablar del Albergue? ¿Quién no supo de los allanamientos policiales, de los tiros, y los muertos, y las prostitutas, y la suciedad, y de los que allí vivían? A los gorilas, por supuesto, le interesaba que el lugar se desprestigiara. Que una obra sensacional, iniciada por el gobierno peronista, se deteriorara hasta convertirse en “éso”. La prensa del régimen, desde luego, prestó su inestimable colaboración. “Es hora de terminar con esta situación”, editorializaban los diarios serios. Ofendidos, lacrimosos, clamaban al cielo para que las “autoridades intervengan”.
    Claro, se comprende: los “negros” peronistas no tienen educación, se emborrachan, violan mujeres, roban, matan . . . ¡Qué lastres nos dejó el dictador! Así se expresaba la prensa del régimen. Y no sólo la prensa del régimen. La izquierda liberal también lo hacía. Con otras palabras, desde luego. Con un lenguaje más “científico”.
    Los pequeños burgueses que pasaban con sus autos por la calle Warnes, cuentan los vecinos, solían aminorar la marcha de sus vehículos. Señalaban con la mano. Explicaban a sus hijos que todo éso era un horror, movían la cabeza, y continuaban la marcha. Cuando cruzaban las vías, respiraban: la pesadilla había quedado atrás . . .
    “De noche llegaban siempre más personas. Uno se levantaba al otro día, y se encontraba con que en el Albergue había aumentado la familia …”, dice la vieja habitante del Warnes, que no comprende por qué le preguntamos por ese tiempo. “Eso ya pasó”, comenta.

  • EL CABARET DEL PISO NOVENO
  • Una noche, parece, llegó un tal Castro y su gente. Muchas muertes en su haber, un largo oficio, entradas en la policía desde que había cumplido los 14 años. Castro pensó que el lugar era idea! para construir “el mejor aguantadero de Buenos Aires”. Y empezó su trabajo. Quizás (no hay fecha precisa) cuando Aramburu ordenaba el fusilamiento del general Valle y los demás compañeros. Cuando la policia torturaba a los militantes peronistas. Cuando “La Prensa” hablaba del “dictador depuesto”. Es posible que por ese tiempo. Ya dimos que no se puede establecer una fecha precisa. Lo cierto es que Castro y su gente, bien armados, bien protegidos, comienzan su tarea. Y el Albergue Warnes comienza, también, a delinear su “popularidad”. El bloque ocupado consta de nueve pisos y una azotea inmensa. Las escaleras, estrechas, conducen a inmensos salones (pensados, originariamente, como pabellones modelos). Allí fue que la gente construyó sus “departamentos”. Dividieron los salones con maderas que encontraron en la planta baja, y rápidamente se instalaron. Los primeros pisos, desde luego, fueron los más codiciados. Es que las estrechas escaleras no sólo cansaban; de noche, sin luz en los pasillos, era casi imposible transitar.
    Fue así que Castro y otros como él, decidieron cobrar un alquiler. Los precios oscilaban. Los habitantes de los primeros pisos, pagaban una suma mayor. Y además, claro, estaban mejor protegidos.
    En los distintos pisos, pronto empezaron a funcionar diversos negocios. Almacenes, una pizzería, un mercadito, un salón de billares, una tienda. Y en el noveno piso, la gran atracción: un cabaret “con las mujeres más buenas que conocí”, según la expresión de un ex habitante del Albergue. Llegar al cabaret, por supuesto, costaba mucha plata. Sólo unos pocos privilegiados del Warnes tuvieron acceso a él. Las opiniones más dignas de fe, aseguran que el cabaret empezaba a funcionar cerca de las once de la noche. Que siempre estaba ocupado por “gente de la pesada”. Que las mujeres eran muy cariñosas. Que (al revés de lo que sucedía en los otros pisos), reinaba una gran tranquilidad.
    “Salvo cuando uno de los que no tenían con qué pagar queria entrar a la fuerza. Entonces sí que terminaba la tranquilidad. Una vez vi cómo tiraban por el hueco del ascensor a un tipo que quiso entrar al cabaret”, recuerda otro ex morador del Albergue.

  • GUERRA ENTRE BOLIVIANOS Y PARAGUAYOS
  • “Uno iba subiendo por la escalera, y por ahi lo agarraban del brazo. Entonces le preguntaban: ¿sos boliviano o paraguayo? Habia que responder que uno era argentino …”, dice J. C, un joven obrero que hoy vive en un “núcleo habitacional” de Parque Patricios. Es que, también, hubo una guerra entre bolivianos y paraguayos. Que empezó por nada. Por pavadas, dicen. Duró mucho tiempo. Y fue dura. Con muertos y todo. J. C. dice que por lo menos colgaron á dos o tres (paraguayos, bolivianos… vaya uno a saber). Los cadáveres, siempre, eran arrojados por el hueco del ascensor. O tirados en alguno de los dos sótanos. Dicen que en verano, sobre todo, el olor era insoportable. El sótano (inmenso, que pasa por debajo del bloque, destinado a la sala de guardia, y reservado para las ambulancias) fue, según los comentarios recogidos por El Descamisado, el lugar más siniestro. Cadáveres, materia fecal, fetos, basura, fugados de la policía, todo iba a parar allí. Las ratas, dicen, eran tan inmensas “que los gatos les tenían miedo”.
    “Claro que unos pocos sabíamos caminar por los sótanos. Los que conocíamos hasta los menores recovecos. Yo estuve viviendo siete años. Así que conozco bien todo eso. Allí se escondían los úpss que perseguía la policía. Era un aguantadero ideal. El olor era insoportable, pero uno termina acostumbrándose a todo”, recuerda J. C.
    Dicen que los de la 41 no se animaban a entrar. Dicen, también, que algún policía (o dos, o tres…) fue tirado por el hueco del ascensor. Por eso el gobierno tuvo que apelar al cuerpo de infantería y a la Montada, para “parar un poco la mano”. Y en esas redadas, claro, pagaban el pato los laburantes, los que se levantaban a las cinco de la mañana para ir a trabajar (hora en que, por supuesto, el cabaret seguía funcionando). “No se salvaba nadie. Aunque algunos policías se compadecían de las mujeres con chicos”.

  • HISTORIA DE UN POLICÍA
  • En esto tampoco hay fecha precisa. Puede ser (según algunos) que haya ocurrido por el 66. Cuando el déspota Onganía asume el gobierno. Cuando “La Prensa” sigue llamando al general Perón, “el tirano prófugo”. Cuando crece la desocupación. Y la mortalidad infantil. Y la falta de viviendas. Puede ser por esa época, entonces. Dicen que llegó un linyera, que se alojó donde pudo, que trató de no meterse con nadie. Dicen, también, que al poco tiempo, aumentaron las razzias. Y que ahora sí ubicaban a los “delincuentes” (conviene ponerlo entre comillas, pues dicen que los peces gordos siempre escaparon, y que muchos de los detenidos eran trabajadores que protestaban a veces contra la maffia organizada).
    A los cinco meses más o menos, se supo que el linyera era un policía. Que había estado batiendo. Dicen que el policía era Metieses, el “célebre”. Pero esto no pudo ser confirmado.
    También por esa época, el onganiato (mucho menos convencido que los liberales sobre la conveniencia de seguir con “la vergüenza del Albergue Warnes”) empezó a estudiar la posibilidad de trasladar a “esa gente” a los “núcleos habitacionales transitorios”. Al onganiato le gustaba el orden, la disciplina, la corrección, la moral, las buenas costumbres . ..
    “Castro ya no estaba, y las batidas policiales se hablan hecho más duras. La intención del gobierno era de que nos fuéramos cuanto ames. Pero, ¿adonde íbamos a vivir?”. Entonces los técnicos de Onganía delineaban sesudamente los lugares donde “los negros tendrían que ir”. Parece que aparecieron algunas asistentes sociales, se hizo un censo, se tomaron disposiciones, los diarios elogiaron la actitud del gobierno, todos se felicitaron mutuamente, y las cosas siguieron su curso. Parece, sin embargo, que el prostíbulo del piso quinto seguía funcionando. Ante la presión policial, mucha gente empezó a irse. Donde podía. Los más necesitados (o los más tercos), optaron por quedarse. Eran muchos años de vida en el Albergue. Demasiados años, quizá. Pero en 1969, el onganiato decide que ha llegado ta hora de desalojar definitivamente el Albergue. Comienza a ejecutarse de lleno el plan de “erradicación de vidas de emergencia”. Y se traslada a la gente a los ya mencionados “núcleos habitacionales transitorios”.

  • CAMINATA POR UNA CIUDAD ABANDONADA
  • Cuatro años después, una tarde de noviembre, dos periodistas de El Descamisado deciden caminar por el Albergue Warnes. Desde que se fue el último de los habitantes, el edificio quedó totalmente abandonado. Ni siquiera hay una guardia. Ni un sereno. Ni un perro… Está ahí, simplemente. Frente al hospital Alvear. En el barrio de La Paternal. Se fue Onganía, llegó Levingston, después el teniente general Lanusse. Nadie se acordó de ese lugar. Nadie quiso recordar que el gobierno peronista lo había empezado a construir para erigir un Hospital de Niños único en Latinoamérica.
    Entonces uno empieza a caminar. Cruza los altos pastos, choca contra unos alambres abandonados, tropieza con una piedra…
    Ahora subimos las escaleras. Silencio total. El sol se cae por el lado de Villa Ortúzar, y algunos carteles luminosos empiezan a parpadear. Subimos las escaleras. Aquí hubo vida. Aquí hubo muerte. Y llanto, y risas. Y ahora, que transitamos por el quinto piso, nos parece escuchar la queja de alguna prostituta, de ésas que habitan aquí, “del lado de atrás”. En una pared, la inscripción: “Almacén en el sexto piso”. Los huecos de los ascensores siguen inspirando miedo. Las puertas, oxidadas, se van cayendo a pedacitos. Por este lado hay mucha oscuridad (“un día me salvé de no caer por el hueco del ascensor porque me agarré de un fierro”, había dicho un día antes, Julio Daniel, catorce años, hijo de doña Micaela, que vive en el “núcleo habitacional Zabaleta”). En un rincón, una parrilla herrumbrada. Y
    también una sillita rota. Y un zapato descolorido. Y un almanaque que no tiene fecha. Y un corazón que dice “Alicia Luis”. Y un “Viva Perón”. Y un “Viva Boca”. Algunos “departamentos” están empapelados. Con distintos colores. En uno, todavía cuelgan, movidas por el viento, algunas tapas de revistas femeninas. Sobre el piso, varias páginas de una fotonovela (Marcela López Rey diluida por la tierra y el tiempo). El silencio es total. Se oyen nuestros pasos de una punta a la otra. Ya está oscureciendo. Pero queremos llegar al piso noveno. Al cabaret. Cuando llegamos, sólo encontramos al viento, que se cuela por las ventanas rotas. A un costado, los motores de los ascensores completamente oxidados. Completamente olvidados. Dieciocho años allí. Desde el golpe gorila del 55.
    Bajamos lentamente. De pronta una sombra. Un hombre que si pierde en la oscuridad. Lo buscamos. Pero no lo podemos encontrar. ¿Un linyera? ¿Un antiguo morador en busca del pasado? Llega mos a la planta baja. Ya es cas de noche. Nos parece ver la entrada de un sótano. Pero la oscuridad es absoluta. No se percibí ningún olor, sin embargo. Hasta las ratas abandonaron el Albergue.
    “Mi hijo murió aquí, en Zabaleta De los golpes que le habla dado la policía. Yo le decía que no si jumara con los otros, que no ensuciara nuestro nombre. Pero él no me hizo caso. Y murió aquí, en Zabaleta”, dice doña Micaela, míen tras fuma su pipa, mientras repasa los recuerdos. Ella fue una de las primeras en llegar al Warnes, también fue una de las últimas en irse. “Mi hijo el que murió, recién había nacido cuando llegamos al Albergue; y Julio Daniel nació allí … La verdad que no me quería ir. Tengo muchos recuerdos”. Julio Daniel tampoco se quería ir, “Jumo con otros pibes, nos Íbamos al Alvear y nos ciaban comida Mucha comida. Y después, yo mi iba a Retiro, a Chacarita. Llegaba como a los dos de la mañana. El policía que estaba en la esquina me decía que me fuera a dormir, que era tarde”. Dice que él se acuerda cuando mataron al vendedor de golosinas, para robarle, y después lo tiraron por el hueco del ascensor. Y también dice que cuando la Municipalidad decidió controlar las entradas y salidas da la gente, igual había maneras de burlar la vigilancia. Porque se entraba por atrás, “por unos caminítos que sólo pocos conocían”. Ahora doña Micaela vive en Zabaleta. En un “núcleo habitacional transitorio”. Casitas chicas, pobres, que reciben el humo de la quema. Una foto de Sandro, otra de la Virgen de Lujan, un ejemplar de “Crónica” sobre una silla. Y la pipa, que fuma lentamente. Y un calor de verano que calcina. “Yo me hubiera quedado allá, en Warnes”, dice.

  • EL GOBIERNO POPULAR
  • Y mientras dejamos el Albergue Warnes, en ese silencio total, no dejamos de pensar en Castro, en “los mellizos”, en “el petitero”, en Ceferino… Nombres que hicieron historia en el Albergue. Y que ahora, quién sabe por dónde andarán. Si no están muertos, añoren, tal vez como doña Micaela, volver a esos tiempos. En que había un cabaret en el noveno, y un prostíbulo en el quinto.
    Ya en la calle, sobre la pared de una casilla (donde estaban apostados los inspectores de la Municipalidad y los policías de la Montada), leemos un sucio cartel: “Al salir, entregue su tarjeta de identificación. Al entrar, reclame su tarjeta y muestre su documento de identidad”.
    Sobre Warnes, en la esquina del Alvear, está el barcito. Viejo, con ese encanto de las cosas que mueren. Allí encontramos al dueño, “un peronista de la primera hora”. Que nos cuenta que el general Perón pasó con el coche por el Albergue, que estuvo parado unos minutos. “Fue hace poco; yo lo vi. Al otro día, leí en el diario que el gobierno va a empezar otra vez las obras. Claro, el general habrá visto éso y le debe haber agarrado una bronca bárbara. El y la finada Evita querían que este lugar fuera un gran Hospital de Niños. Tuvieron que pasar dieciocho años. El general debe estar muy enojado”.

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