Con una diferencia de 18 años, dos golpes que tienen un mismo responsable —el imperialismo— y un mismo destino —el pueblo—. Argentina, tras este golpe en Chile, ha quedado cercada y sola. Nuestra bandera, ahora más que nunca, debe ser Perón o Muerte, símbolo de liberación. Nacional y Social. De antiimperialismo. De un pueblo luchando por elegir su propio destino. Nuestra disyuntiva irreductible hoy se juega por la liberación o la dependencia. O nos unimos o nos dominarán. Tras Chile, el imperialismo yanqui ha puesto sus fusiles apuntando hacia nosotros.

—Buen día, señor. —Buen día.
—Somos periodistas y queremos pasar a Chile.
—Es imposible, señor; la frontera está cerrada.
—Quisiéramos entonces llegar hasta el límite, para solicitar autorización al destacamento de carabineros chilenos.
—Es imposible, señor. La frontera argentina también está cerrada.
—¿Puede informarme hasta cuándo se mantendrán cerradas las fronteras?
—No lo sé, señor.
—Gracias.
—No hay de qué, señor.
—Buenos días. —Buenos días.
Este monótono diálogo se repitió a partir del martes de la semana pasada, durante todos los días, entre los periodistas y el destacamento de gendarmería ubicado en Las Cuevas, a cinco kilómetros del límite argentino-chileno.
Cada día con mayor angustia. Cada día con la renovada ilusión de pasar. Cada día con mayor bronca.
Y cada día, con mayores dificultades.
Las empresas de ómnibus se negaban a transportar hasta Las Cuevas. La gendarmería hacía desviar a los ómnibus hasta adentro del destacamento de Punta Vacas (en el camino de Mendoza a Las Cuevas) y allí revisaba equipajes y documentos.
Cada día era más difícil y más caro, conseguir transporte hasta Las Cuevas.
El martes a. la larde —también el
miércoles a la mañana— las cosas eran diferentes.
En los ómnibus de línea —que todavía prestaban ese servicio— viajaban periodistas y chilenos excitados. Los primeros, porque creían que iban a poder llegar hasta Chile y allí constatar lo que estaba ocurriendo. Los segundos, porque finalmente había caído el gobierno popular y había muerto Allende. Eran profesionales, empresarios, empleados de empresas extranjeras.
Por ese mismo camino, pero a pie, iba otra gente. Con el mismo objetivo: llegar a Chile. Pero éstos no iban alegres. Eran trabajadores chilenos de los pueblos cercanos a la frontera que habían encontrado ocupación en las obras de pavimentación de la Ruta 7, en territorio argentino.
Estos iban mordiendo el camino; mordiendo la angustia; mordiendo la bronca.
—Señor, ¿usted es periodista?
—Sí.
—Yo soy chileno. Tengo mi familia allá y no sé qué le puede estar ocurriendo. ¿Usted no sabe qué está pasando?
Dos clases de chilenos. El primer día unos iban caminando y los otros en ómnibus. Los días siguientes unos se pasaban la mañana, la tarde, la noche, sentados en el suelo y en las sillas del hall de la hostería de Las Cuevas. Los otros habían vuelto a los hoteles, o a sus casas en Mendoza.
Unos esperaban poder volver a su patria para ver qué le pasaba, para saber qué había ocurrido con su gobierno, para, proteger a su
mujer y a sus hijos. Para defender a su patria, a su gobierno, a su familia.
Los otros esperaban que las Fuerzas Armadas acabaran con la resistencia de los trabajadores y les devolvieran el Chile de antes. Ese Chile donde la comida sobraba … porque los que comían eran pocos.
Dos clases de chilenos. Dos clases de hombres. (“Hay una sola clase de hombres: los que trabajan.”)
“No, compañero. Nos han quitado el gobierno pero no nos han derrotado. Nos queda mucho por caminar. Todavía hay muchos trabajadores que no son conscientes de lo que el imperialismo y la oligarquía nos saca. Hay muchos trabajadores que creen en Eduardo Frei. Esto les va a abrir los ojos. Nunca creímos que las Fuerzas Armadas iban a hacer lo que hicieron. Esto nos abrió los ojos. En algún momento podremos volver a Chile. Y seguiremos peleando.”
Cuatrocientos kilómetros —200 de ida y otro tanto de vuelta— hacíamos cada día para llegar a Las Cuevas. Doscientos con la esperanza de pasar. Doscientos con la angustia de no haber pasado.
Angustia, porque la Junta Militar amenazaba volar los edificios en los que se resistía.
Esperanza porque 80.000 obreros armados resistían en el cordón industrial de Santiago.
Angustia, porque lo habían matado al Chicho.
Esperanza, porque decían que los mineros de El Teniente, amenazaban con volar la mina.
Angustia, porque los tanques andaban por Santiago disparando metralla sobre cuanto se les oponía.
Esperanza, porque decían que el general Carlos Prats —el amigo de Allende— se había hecho fuerte en el Sur y avanzaba hacia Santiago.
Angustia porque “el amigo de Allende” se declaraba prescinden-te e ingresaba a la Argentina con permiso de la Junta Militar.
Se confirmaban las angustias. Se acababan las esperanzas.
Y lo de Prats. El jueves creímos volvernos locos. Se decía que el 59 Regimiento de Punta Arenas se había levantado. Ya a la mañana se hablaba de que Prats se había puesto al frente de tropas leales. i Juntamos las dos cosas. ¿Prats está en el Sur al mando del 5? Regimiento? ¿Habrá más tropas leales? Desde Buenos Aires nos dicen que se levantó un regimiento de artillería en Valparaíso. Prats es artillero. Por teléfono, desde Buenos Aires, nos confirman la versión de que Prats está en Punta Arenas resistiendo.
Nos juntamos un grupo de trabajadores de prensa:
—Si en el Sur hay tropas leales tenemos que ir allá. Esa frontera va a estar abierta.
—¿Y si no es cierto? ¿Cómo lo confirmamos?
—No importa; averigua como Hogar hasta Río Gallegos para pasar luego a Punta Arenas.
—Si las tropas leales estuvieran fuertes en el Sur tendrían una radio y alguien ya la habría captado.
—Llama de vuelta a Buenos Aires para ver si saben algo más.
Para la noche del jueves, la versión comienza a desinflarse. . El viernes la radio oficial de la Junta Militar desmiente la versión y dice que Prats habló por televisión declarándose prescindente.
Y llega el sábado.
A la madrugada viene la versión de que Prats ingresará al país por Las Cuevas. Adelantamos la partida. Otros 200 kilómetros de esperanza por arriba de la montaña, desde Mendoza a Cacheuta. De Cachetina a Potrerillos; de Potrerillos a Uspallata; de Uspallata a Polvareda; de Polvareda a Punta Vacas. La gendarmería está hoy más estricta que otros días. Nos hacen ingresar al cuartel —desviándonos del camino—; bajar el equipaje; revisarlo todo. Anotar nuestros nombres y documentos.
Seguimos viaje: Puente del Inca y, finalmente, Las Cuevas.
Allí comentan que Prats ya pasó la frontera.
—Buenos días, señor.
—Buenos días, señor.
—Somos periodistas y quisiéramos confirmar la noticia de que el general Prats cruzó la frontera esta mañana.
—Yo no sé nada, señor.
—¿Puedo hablar con el comandante?
—No se encuentra, señor.
—¿Con algún oficial, entonces?
—El único que hay es el comandante y recién volverá dentro de media hora.
Para el mediodía en la Aduana, nos informan que había pasado a las 9.30, en un Fiat 125 celeste, con pasaporte diplomático. Para el momento en que pasó estaba la barrera levantada y no se detuvo.
El ingreso había sido combinado
entre carabineros y gendarmería. Luego sabremos que en el camino hacia Mendoza había cambiado de automóvil y se le había agregado una custodia. Fue imposible alcanzarlo y ubicarlo.
Pero ese día habrá más novedades.
Llega a Mendoza un civil enviado por la Junta Militar para gestionar la compra de alimentos. Hablamos con él y nos dice que la situación está controlada y que sólo pequeños grupos de “extremistas extranjeros” siguen resistiendo.
Y nos explica:
“El llamado a elecciones va a demorar un poco. Primero tenemos que disciplinar a los trabajadores.”

  • EL EXTRAÑO JUEGO DE LAS BANDERAS
  • Como se sabe, el gobierno nacional decretó duelo nacional por tres días ante la muerte del presidente chileno Salvador Allende. Ordenó, además, poner la bandera argentina a media asta.
    Sin embargo, no en todas partes se cumplió.
    El viernes, por ejemplo, los periodistas extranjeros que fueron internados en el regimiento de gendarmería de Punta Vacas para la revisación, observaron asombrados que la bandera flameaba en lo más alto del mástil.
    El sábado, en Las Cuevas, había dos banderas. La de la plaza cívica estaba a media asta; la del destacamento, arriba de todo.
    Después del mediodía, sin embargo —al poco rato de que hubieran llegado todos los periodistas— la bandera de la gendarmería fue puesta también a media asta.

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