A sangre y fuego, matando y fusilando a mansalva, militares y gorilas chilenos derrocaron al gobierno popular, mientras el presidente Allende caía peleando, como un valiente. Resiste y se organiza el pueblo en todo el país, mientras el revanchismo de la Junta gorila impone sus primeras leyes de guerra. Uno crónica completa.

A las 7 de la mañana del martes 11 de setiembre Salvador Allende tuvo la confirmación de que había estallado el golpe militar contra su gobierno, contra el pueblo de Chile.
Allende es despertado en su casa particular de la calle Tomás Moro, en el barrio santiaguino de Las Condes. En pocos minutos, el presidente llega a la Casa de la Moneda, sede del gobierno, en el centro de la ciudad. Junto a él su Grupo de Amigos Personales (GAP), un nombre absurdo que se vio obligado a adoptar su custodia militante ante las objeciones “legales” que hacia la oposición. Desde ese puesto de combate, desde la Moneda, Allende no habrá de salir sino muerto, tal cual lo previo en reiteradas oportunidades.
El llamado telefónico de las 7 de la mañana era preciso: se sublevó la Marina en Valparaíso. No
era poca cosa. Valparaíso es el principal puerto de Chile y base estratégica de la Marina. Desde allí operaban las naves chilenas complicadas con el “Unitas”, un dispositivo interamericano inventado y organizado por la Armada norteamericana para supeditar a sus colegas del continente. Si el golpe venía de allí, ya no se trataba de la alocada aventura del 29 de junio, cuando un pequeño grupo de oficiales tanquistas mandados por el coronel Roberto Souper pretendió doblegar al gobierno de Unidad Popular rodeando de blindados a la Moneda.
El panorama que se le presentaba al presidente Allende a las 8 de la mañana del martes era — aproximadamente— el siguiente:
• La insurrección nacía operativamente de la Marina de Guerra, pero contaba con el concurso de la Fuerza Aérea Chilena (FACH), un reducto ultrareaccionario del golpismo, y participaba en ella de modo principal el Ejército, comandado por el general Augusto Pinochet ligarte. Carabineros, la fuerza policial chilena a la cual,, pretendió domar desde el gobierno la Unidad Popular, también se hallaba orgánicamente complicada con el golpe.
• Días antes del 11 de setiembre, el cuadro de situación era ya completamente adverso para el gobierno popular. Así se lo confesó Allende la noche del lunes 10 al periodista argentino Jorge Timossi. de Prensa Latina: “La cosa está muy fea. Tomaré una determinación en
un par de días. Ya ve: hice buenos enroques y alguna buena variante. Pero se me están acabando los peones”. Con ese lenguaje ajedrecístico, Allende dibujaba un panorama desolador. En pocas horas se le confirmó.
• El estado de las armas (particularmente Marina y Aviación era de franca rebeldía, ya un par de semanas antes del 11 de setiembre. En la Aviación, el nuevo comandante Gustavo Leigh .—que emergió del golpe de estado afirmando que había que erradicar de Chile al “cáncer marxista”— representaba a una oficialidad masivamente anti Allende. Leigh había reemplazado en agosto en el cargo a su colega César Ruiz Danyau, pero fue esa una ilusión óptica del gobierno popular, puesto que la modificación de la cúspide no alteraba los planes insurreccionales del arma. Otro tanto pasaba con la Marina de Guerra, donde el almirante Raúl Montero había cedido ante su colega José Toribio Merino. Montero era el último resabio legalista de la Armada, un arma groseramente reaccionaria, que había ya. perpetrado días atrás varios zafarranchos de combate, para medir el “aguante” del gobierno popular. Así, la infantería de marina requisó infinidad de fábricas y centros productivos a la búsqueda de armas, presuntamente, escudada en una ley votada por el parlamento de mayoría reaccionaria y a la cual el gobierno de Allende no pudo o no quiso neutralizar. Así, efectivos navales torturaron salvajemente en Valparíso a un numeroso grupo de marineros que se había sublevado contra oficiales golpistas, afirmando que ellos no habrían de alzarse contra el pueblo. Tanto las requisas de armamentos como las torturas significaban dos cosas: a) probar hasta dónde se podía provocar al gobierno y a las fuerzas populares; b) probar y organizar a las fuerzas golpistas en los días previos a la insurrección, reprimiendo en la marcha a los embriones del poder popular surgido en fábricas y barrios e intimidando al pueblo para que no osase armarse para la batalla que se avecinaba.
Otros elementos destacados en la crisis chilena:
• Figuras relevantes y caracterizadas como legalistas, tales como el ex comandante militar, general Carlos Prats, no intentan enfrentar al golpe, sino que abandonan el escenario, argumentando que no quieren dividir a las Fuerzas Armadas.
• Ya desde las primeras horas del golpe, es posible percibir la ferocidad sin límites que demuestran los militares insurrectos. Fusilamientos, juicios sumarios, actos de depredación contra editoriales y redacciones periodísticas. Patrullas militares incendian las redacciones de Prensa Latina y el quincenario Punto Final en un céntrico edificio de la calle Unión Central de Santiago. La ferocidad liega a límites increíbles: cazas a reacción Hawker Hunter de la aviación militar bombardean no sólo La Moneda, sino también centros fabriles ocupados por sus trabajadores. La Textil Soumer, por ejemplo, con 500 obreros adentro, es bombardeada por los aviadores golpistas.
• Las primeras proclamas golpis-tas, lanzadas al aire por las radioemisoras reaccionarias que controlaban desde antes la Democracia Cristiana y el Partido Nacional (como las radios Balmaceda y Agricultura, por ejemplo) explicitan qué se propone la asonada reaccionaría. Pretenden explicar por qué están violando una legalidad por cuya integridad se habían estado rasgando las vestiduras durante tres años, acusan al presidente Allende y a los partidos de !a Unidad Popular de haber sido ellos quienes “viciaron” la legalidad constitucional de Chile. Afirman que se disuelven el Parlamento y los partidos políticos, se ¡legalizan sindicatos y asociaciones populares de todo tipo.
• Ni bien el golpe se desencadena sobre Chile, los famosos “gremios” sediciosos, en torno a los cuales se había agrupado el sector más rabiosamente reaccionario de la patronal se apresuran a confirmar que apoyan a los militares alzados. Asi, las dos puntas de lanza que durante semanas y meses hostigaron al pueblo y a su gobierno en la lucha de la burguesía contra el proceso de liberación, los dueños de camiones y los comerciantes (a quienes se unen profesionales liberales, como médicos, ingenieros y farmacéuticos) se alinean rápidamente contra un pueblo al que aprendieron a odiar durante tres años de gobierno antioligárquico y antiimperialista. Los principales cabecillas de esas “huelgas” patronales y sediciosas, León Vilarín y Rafael Cumsille, reciben amplios espacios en la “cadena nacional” para hablarles a sus compinches e informarles que —ahora sí— deberán levantar un paro que durante semanas paralizó y desangró lentamente al país.
• Los partidos populares, aquellos que pertenecen orgánicamente a la Unidad Popular y aquellos que no (como el MIR) organizan rápida-bente la resistencia en los “cordones industriales” (organizaciones de base de los trabajadores fabriles) y en los “comandos comunales” (organizaciones de base en los barrios), en medio de una represión violenta; e indiscriminada. Las primeras operaciones de sabotaje revolucionario hacen sentir el peso tremendo de la clase obrera chilena.
Luego de las primeras 72 horas, la Junta Militar gorila (Pinochet, Merino, Leigh, Mendoza) parece hacer pie frágilmente, mientras la “santa alianza” brasileña del continente (Brasil, Paraguay, Uruguay, Guatemala, Nicaragua, El Salvador) se apresura a “reconocer” a los usurpadores. El régimen franquista de España también se apura en reconocer a la Junta, mientras que —por el contrario— varios gobiernos europeo-occidentales (Suecia, Holanda) e inclusive latinoamericanos (Venezuela, México) reaccionan irritados ante el golpe.
Silencio en Chile hacia el atardecer del sábado y en las primeras horas del domingo. Toque de queda, miles de detenidos, una cantidad desconocida de muertos (¿2000, 10.000, 30.000?), tierra arrasada, la satisfacción notoria y desfachatada del régimen brasileño y del gobierno de los Estados Unidos. Sectas de pitucos fascistas de todo el hemisferio organizan’ fiestas para celebrar la caída del gobierno popular, como “Tradición, Familia y Propiedad” en el Brasil.
A medida que transcurren los días se hace irrebatible que Salvador Allende y sus compañeros murieron peleando, armas en la mano, en defensa del gobierno popular, atrincherados en la ahora gloriosa Casa de la Moneda.
Desde Hanoi (capital de la República Democrática de Vietnam) el comandante Fidel Castro, primer ministro de Cuba, declara que el sangriento golpe contra Chile está destinado, además, a atacar a los gobiernos populares y revolucionarios del Perú y Argentina. Sobre la conciencia de la tragedia, velando y llorando a los muertos, a los caídos, a los desaparecidos, implorando por aquellos que —ausentes— quizás estén en la oscuridad del clandestinajé preparando la respuesta del pueblo, hasta los plumíferos de la prensa venal (véase, si no, a Osiris Troiani en La Opinión) admiten que los revolucionarios chilenos, ahora derrotados, regresarán triunfalmente, pero ya no pregonando una utópica y desmentida para siempre “vía legal al socialismo”, sino organizados militarmente como Ejército Popular. Por el terror total, hablando el lenguaje de una bestialidad sin limi-mites, los gorilas chilenos se han cavado la fosa para siempre.
“Yo no abandono La Moneda ni me rindo” había dicho Allende a sus compañeros, armas en la mano. “No me rindo. Es una postura, para los cobardes como ustedes”, le había dicho por teléfono al insurrecto almirante José Toribio Merino.

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