Si bien la dictadura militar invitó protocolarmente al gobierno chileno de Unidad Popular, fue la gestión oficial del peronismo lo que movió al presidente Salvador Allende a aceptar el viaje a Buenos Aires para el viernes 25.
El agonizante gobierno de Lanusse había logrado que el canciller chileno, Orlando Letelier, encabezase la misión chilena a los actos de trasmisión. La gestión del compañero Cámpora determinó que fuese Allende el que estará al frente de la delegación. No se trata de un detalle sin importancia.
En su publicitado y grotesco “giro a la izquierda”, Lanusse consiguió alguna sonrisa de buena voluntad en los países andinos, no solo de Allende (entrevistas de Salta y Antofagasta), sino también del peruano Juan Velasco Alvarado.
Pero el acceso al gobierno argentino del movimiento peronista modifica las relaciones de fuerza en el cono sur, y de modo determinante para Argentina y Chile. Se constituye —de hecho— un eje antimperialista y revolucionario, ante el cual no puede sino exhibir sus histéricos temores la dictadura militar brasileña. Por eso Allende aceptó venir a Buenos Aires, donde habrá de fraternizar con Cuba, Perú, Panamá y otras naciones en marcha hacia el socialismo, y sellará vínculos estratégicos con nuestro compañero Héctor Cámpora.

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