El golpe habia empezado hace 22 meses, cuando el gobierno de Jorge Pacheco Areco autoriza por decreto la participación activa de las Fuerzas Armadas en la lucha contra la insurgencia guerrillera, protagonizada desde hace más de un lustro por el Movimiento de Liberación Nacional (MLN, Tupamaros), la Organización Popular Revolucionaria 33 (OPR-33) y otras fuerzas.
Desde ese momento la intervención militar en la vida uruguaya no reconocerá pausas, crecerá cada vez más, siempre con el activo apoyo de la mayor parte de las colectividades políticas tradicionales.
incluyendo los troncos mayoritanos de ambas fuerzas históricas, colorados y blancos. La participación militar desconoce un ritmo sostenido que es paralelo al deterioro general de la vida uruguaya y a la pavorosa crisis económica que hunde al pais, empobrecido hasta limites insospechados el nivel de un pueblo hasta ese momento bien alimentado, bien vestido y bien educado.
Cuando cae abatido por balas policiales el primer combatiente del MLN muerto, Uruguay atravesaba un período de transición institucional, puesto de que se dejaba atrás el llamado régimen colegiado y pasaba al régimen presidencialista mediante la aprobación de una nueva Constitución.
El 22 de diciembre de 1966 muere Carlos Flores y dias después, el 27, el tupamaro Mario Robaina Méndez se suicida mientras su refugio era copado por elementos policiales. Con las muertes de Flores y Robaina el MLN pierde sus primeros soldados en una guerra que —en rigor de verdad— comenzó el 31 de julio de 1963, cuando eran
expropiadas 33 armas largas de la Sociedad de Tiro Suizo de Nueva Helvecia, en Colonia.
Ocho años más tarde, el 9 de noviembre de 1971, el gobierno de Jorge Pacheco Areco promulga el decreto 566, mediante el cual las hasta ese momento civilistas FF. AA. orientales toman a su cargo la guerra contra el MLN y —en general— contra «los sediciosos».
En el curso de esos 8 años el Uruguay ha sido conmovido hasta sus raices más profundas por el accionar implacable de un foco guerrillero que en su accionar permite el desenmascaramíento de todo el precario andamiaje institucional liberal tras el cual se ocultó Uruguay durante casi un siglo.
Pero no es solo el accionar militar del MLN el elemento que conmueve al Uruguay Será también su aguerrida clase obrera industrial y los trabajadores de los múltiples servicios estatales o semipúblicos que existen en el Dais quienes irán asumiendo progresivamente un rol protagónico decisivo, mediante una permanente agitación sindical por
sus reivindicaciones económicas, unido a un incesante progreso en los niveles organizativos y en el reclamo de tajadas cada vez mayores de poder para el sector laboral. Dos corrientes se perfilan oesde que en 1964 se funda la Convencen Nacional de Trabajadores (CNT). Una es la variante reformista clásica acaudillada por el Partido Comunista, al cual se une permanentemente el Partido Socialista. La otra, las corrientes revolucionarias más combativas, encabezadas por la Resistencia Obrero-Estudiantil (ROE), agrupamiento de masas con ideología claramente socialista. Forjado en 1968 por militantes del frente de masas de la clandestina Federación Anarquista Uruguaya. Igualmente se ubican en esas corrientes sectores inspirados o Influenciados por el accionar guerrillero del MLN.
A mediados de 1972 las Fuerzas Armadas revierten el sentido del proceso y —Junto con una drástica brutalización de sus métodos mediante el recurso industrial (o sea, en serie) de las más salvajes torturas— pasan a la ofensiva asestando tremendos golpes al MLN. Es detectada y allanada la Cárcel del Pueblo, donde los Tupamaros mantenían detenidos a los delincuentes Ulyses Pereira Reverbel y Carlos Frick Davies, numerosos combatientes son asesinados a mansalva, mientras en guarniciones de todo el país el Ejército uruguayo tortura a centenares de detenidos. Como corolario de este proceso de derrotas militares cae Raúl Sendic, a quien las Fuerzas Armadas consideraron siempre «número 1» del MLN. Para mediados de la primavera de 1972 resultaba evidente que el MLN había perdido el 90 por ciento de su eficacia operativa. Al finalizar el año, solo escaramuzas parciales y esporádicas revelaban que las Fuerzas Armadas no tenían frente a si por el momento a un enemigo en condiciones de presentar batalla. Todo estaba preparado, pues, para que esas FF.AA. presentasen «la factura» a los funcionarios por cuenta de quienes hablan trabajado: el gobierno civil del entonces presidente Juan María Borda-berry, los partidos políticos del régimen, el Parlamento. El 8 de febrero estalla un virtual golpe liderado por Ejército y Aeronáutica luego del cual Bordaberry (que intenta una resistencia tenue y sin perspectivas) admite la presencia ya orgánica de las instituciones castrenses en el Poder Ejecutivo, a través de la creación del Consejo de Seguridad Nacional (COSENA). En las semanas que siguen los mandos militares se encargarán de borrar toda sospecha de «peruanismo» a través de una grotesca puja por quitarle sus fueros parlamentarios al senador Enrique Erro, del Frente Amplio. Hartas y cada vez más brutales, «golpean» el 27 de junio, disuelven el Parlamento. La dictadura ya no tiene disfraz.

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