En nuestra época, igualmente, la Iglesia no ignora de qué manera se agranda la distancia entre el mensaje que ella proclama, y la debilidad humana de aquéllos a quienes el Evangelio fue confiado» (Gaudium et Spes, n. 43).
Para definir la época en que vivimos, la Iglesia de América Latina reconoce en ella «la aurora de una nueva era en la historia de nuestro continente», «una época marcada por el deseo de emancipación total, de liberación de toda especie de esclavitud, de madurez personal y de integración colectiva». La Iglesia de América Latina no se contentó con proclamar los signos precursores de esta «nueva civilización’. En realidad, hizo causa común con el «gigantesco esfuerzo» de aquellos que la construyen, y con «esta voluntad cada día más tenaz y más impaciente, de transformación, al reconocer en este esfuerzo y esta voluntad el signo de que el hombre fue creado a imagen de Dios». (Conferencia de Medellín, texto Sedoc, 5-1968-664).
Para reconocer este proceso de transformación —para «volver a buscar una forma de presencia de la Iglesia más dinámica y renovada» (ib. 666) en el seno de este proceso— para descubrir «las líneas generales de una orientación clara y sin subterfugios» (559), Medellín habló, Medellín tomó posición, a fin de ver instaurado, «por una convergencia de circunstancias profé-ticas otro período en la vida de la Iglesia» (659) en nuestro país.
Como la asamblea había sido invitada a «tomar decisiones y a establecer proyectos únicamente si sus miembros estaban resueltos a ejecutarlos, comprometiéndose personalmente aún a costa de sacrificios» (664), se puede concluir inmediatamente»que no basta reflexionar, llegar a una mayor claridad, y hablar: es necesario actuar: En nuestra época hace falta hablar. Pero también ha llegado el momento de pasar a la acción». (664)
La hora de la acción. Acción que, de hecho, ha tomado raíces en el pasado, desde que la Iglesia supo reconocer la existencia de un proceso de transformación en América Latina. La novedad consiste en el compromiso tomado por los miembros de la asamblea, de entrar activamente en este «gigantesco esfuerzo» por la transformación del hombre y de la sociedad en nuestro continente.
Desde Medellín hasta nuestros días. Brasil parece haber sido el país-prueba ideal de esta voluntad de compromiso.
«Las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital» (666) aumentaron en razón de la «congelación de los salarios» que, de hecho, constituyen el hambre institucionalizada y legalizada.
«Las carencias morales de aquellos que son mutilados por el egoísmo» (665) se profundizaron en la medida en que se agranda la brecha entre los tradiciona-listas y los conservadores, conservadores que tienen todo el poder económico y que dominan al pueblo.
«Las estructuras opresivas, que provienen de un abuso de la propiedad o de un abuso de poder, de la explotación de los trabajadores o de injusticia en las
transacciones» (665) se han endurecido o han prolife-rado, por un mecanismo que Medellín había ya diagnosticado: «las fuerzas militares dan su apoyo a estas estructuras, e intervienen para reforzarlas» (763).

  • EL REINO DE LA POLICÍA
  • Mientras la censura, que controla los medios masivos de información, hace todo por impedir que los hechos lleguen al conocimiento de la mayoría de la gente, una minoría (que los privilegios o el azar colocaron cerca de los centros de decisión) —minoría de la cual forma parte la jerarquía de la Iglesia católica, ¡parte consciente!— puede darse cuenta de la saña, de la eficacia técnica, de lo arbitrario y del aspecto indignante, en una palabra, del carácter inhumano de las persecuciones que se han producido en nuestro país.
    Vale la pena recordar, a título de prueba, algunos episodios limitándonos, sin embargo, para estar seguros de permanecer en la más íntegra verdad, a los hechos de los que tuvimos conocimiento directo.’
    Bajo el signo de la policía y del encarcelamiento vimos transcurrir el mes de Navidad. Obreros, campesinos, sacerdotes —en fin, hombres de todas las clases sociales, por cientos, por miles— se vieron de un momento a otro, privados del resto de libertad que el sistema les había dejado; e, innovación que revela el estado de ánimo de los opresores, se vieron privados del derecho a proveer a su subsistencia y a la de su familia. Con precisión quirúrgica, se les robó el derecho universal del «habeas corpus».
    El número de testigos de la defensa, para los casos eventuales de juicio, fue limitado a dos, cuando la acusación puede disponer de tantos testigos como le parece necesario, para liquidar los derechos del acusado, que deberíamos más bien llamar «víctima»; el ejercicio profesional fue colocado bajo control, sometido al asentimiento de las autoridades. El denunciante se ha visto amparado con el secreto de su identidad, el encarcelado se ha visto privado de la limitación del tiempo de prisión preventiva (antes, sesenta días) necesarios para la instrucción. ¡Un simple sospechoso no puede ni siquiera estar seguro de que el hecho de no lograr llegar a probar su culpabilidad bastaría para hacerlo recobrar su libertad!
    En enero, el Padre Jules Vitte es expulsado del Estado de Acre; es acusado por el secretario de Justicia Interior y de Seguridad de Río Branco: 1º de ser un sacerdote comunista; 2º de haber penetrado en el territorio de Acre para fomentar una rebelión popular; 3º y, siendo piloto (de aviación civil), de propagar el comunismo a través del Amazonas. En Sao Paulo, se le acusa de ser miembro del partido comunista, de haber recibido de Dom Helder Cámara un hidroavión para fomentar la subversión y de dirigir a los comunistas; y, horrible crimen, ¡de haber sido asesor de la J.O.C.! No era la primera vez, y no fue la última, que sacerdotes extranjeros fueran perseguidos por su acción pastoral directa entre el pueblo.
    El 15 de marzo, unos militares invaden el convento de los .Dominicos en Bolo Horizonte, detienen a los monjes, en el piso inferior, voltean todos los armarios del convento, arrancan las puertas, abren la corresnon-dencia. y toman una enorme cantidad de material. Una invasión idéntica tiene lugar en el convento de Reciíe.
    El mismo día todavía, a su llegada a «Caritas» nacional, se arresta al consejero de la oficina directora de la organización, presidente del Movimiento mundial de Trabajadores cristianos, consejero técnico de la conferencia episcopal de Medellín. y miembro, recientemente nombrado, de la «Comisión Brasileña de Justicia y Pav» (Tibor Suük).
    El 12 de abril, el militante católico que creó el «Frente Nacional de los Trabajadores», Mario Carvalho de Jesús, es detenido y encerrado en prisión durante treinta días.
    Pos semanas después, ametrallaban los edificios de la Curia metropolitana de Olinda y Reoife. del secretariado regional de la C.N.B.B., de la sede de la Acción Católica, y aún de la catedral, atentados ya repetidos por tres veces contra la residencia de Dom Helder Cámara.
    El 15 de mayo, el hermano Geraldo Romfim es condenado a un año de prisión por la autoridad de la 10a Región militar (Ceara). Motivo invocado: un sermón en el cual había herido la dignidad de las fuerzas armadas.
    En cuanto a los sacerdotes y al diácono de Belo Horizonte, el proceso que les fue instaurado no ha terminado y las acusaciones se agravan; bastará con recordar, como signos de su brutalidad, que ya al fin del mes de marzo el Padre Michel había sufrido más de ciento cincuenta horas de interrogatorio.
    El 26 de mayo, el fascismo sin freno perpetra en Recife uno más de sus bárbaros crímenes, al asesinar al joven sacerdote Antonio Henrique Pereira Neto, quien se consagraba al apostolado de la juventud, buscando un diálogo entre los padres, los jóvenes y los profesores. Dos días después, una nota distribuida por Dom Helder declaraba: «Lo que hay de particularmente grave, además de las señales de perversidad, con que estaba cubierto (la víctima, entre otros malos tratos y torturas, fue amarrado a una cuerda, colgado, arrastrado por el suelo, y había recibido tres balas en la cabeza) es que este brutal atentado forma parte, tenemos la certeza práctica de ello, de una serie preestablecida, con amenazas y advertencias». (Folha da tarde. Sao Paulo, 29-5-69).
    En Sao Paulo, a menudo no se puede uno comunicar con los sacerdotes Joao Talpes, profesor de la Universidad de Sao Paulo, y Antonio Soligo, ex capellán de los hospitales quien estuvo prisionero antes del Carnaval.

  • OPERACIÓN «SEDUCCIÓN»
  • Estos hechos demuestran suficientemente cuáles son las condiciones en las que vive el pueblo brasileño. Lo más importante no es exponerlos ni detallarlos, sino descubrir a través de ellos que el «gigantesco esfuerzo» del Pueblo de Dios, inclusive frente a la amenaza de encarcelamiento y frente a estructuras de opresión que se han multiplicado y que se vuelven cada día más crueles, que este gigantesco esfuerzo, frente a todo esto, no se ha vuelto tímido o raro.
    Por el contrario, los encarcelamientos, las torturas, las muertes, están en la carne misma de nuestros hermanos, y ante nuestros ojos, para darnos la prueba sin equívoco posible. Pero falta ver lo que hay del compromiso solemne, formal, personal, que nuestros obispos tomaron frente a ellos mismos y frente al pueblo de Dios, en el sentido de una búsqueda de la justicia, en virtud de una opción evangélica.
    Observemos el comportamiento del gobierno. Este, en realidad, ha hecho todo por aterrorizar a los cristianos, laicos y sacerdotes, y por intentar halagar a los obispos, «seducirlos». Por lo que concierne a los primeros, las continuas persecuciones bastaron para demostrar lo infructuoso de esta pretensión. Por lo que respecta a los segundos, la conclusión es, desgraciadamente, opuesta.
    En efecto, algunos obispos y algunos líderes católicos muy conocidos, dan su apoyo, de hecho y de palabra, a las acciones del gobierno. Otros, la mayoría, adoptan una actitud equívoca que, a los ojos de las autoridades, los hacen pasar por aliados, y dan al conjunto de la población un testimonio de pasividad que, en realidad, tiene exactamente el mismo valor que un apoyo tácito dado a todas las formas de opresión.
    Esta última categoría nos interesa más que las primeras. Ya que hace mucho tiempo que los primeros han roto, y de una manera definitiva, los vínculos con la Iglesia de los pobres y de los oprimidos.
    Encerrados en las redes de las atenciones, de los favores, de los honores, de las adulaciones que el gobierno prepara delante de ellos como una trampa, la mayoría de los obispos brasileños cierran los ojos para no ver, en estos gestos de las autoridades, el deseo escondido de dividir, de halagar, de seducir a la Iglesia para que dé su apoyo al orden preestablecido, alejándola de todas las preocupaciones sociales de la fe, cegándola en nombre del «orden», para que de las palabras no pase a los hechos: sus propias palabras, sus propias declaraciones, según las cuales «el sentido del servicio y el realismo exigen de la jerarquía de la Iglesia una más grande sensibilidad y una más grande objetividad en materia social. (672)

  • ACONTECIMIENTOS BIEN EXPLOTADOS
  • De este modo se explica el espectáculo ofrecido al pueblo brasileño para la entronización, en Botucatú, del arzobispo Dom Vicente Zione, el mismo día en el cual los opresores emprendían en Sao Paulo una acción contra los militantes católicos que defendían ante la justicia a los trabajadores burlados. Las circunstancias de la entronización de Dom Vicente fueron por sí mismas indignantes. Sentados a la izquierda de Dom Vicente Zione en el coche oficial, el ministro de la Justicia, Gama e Silva, revelaba la unión entre el gobierno y la jerarquía de la Iglesia; los seguía un coche con ametralladoras. Sobre el estrado oficial, cerca del arzobispado, y del ministro de la dictadura, estaban los doce obispos de Sao Paulo, los representantes de la revista Hora Presente, militares y policías en gran número. Todo este mundo estaba protegido perfectamente por miedo de que ocurriera algo, por importantes, fuerzas de policía, armadas de fusiles, de ametralladoras y de bombas.
    Se hizo tal explotación política de esta ceremonia que los poderes públicos autorizaron a los funcionarios a no trabajar ese día, decidieron dar dos días de vacaciones a los estudiantes, e hicieron fabricar un sello especial, para conmemorar el acontecimiento. Reconozcamos que todo esto no es demasiado, cuando en una fiesta llamada a ser profundamente de Iglesia los obispos prefieren unirse a los dictadores más bien que a su clero.
    La entrega del bonete a los dos nuevos cardenales, en Roma, fue explotada políticamente de la misma manera por las autoridades dictatoriales. Con excepción de las ametralladoras —ya que esto sucedía en Roma— todos los otros detalles simbólicos de Botucatú se reprodujeron entonces.
    Caídos en la trampa que les tendieron los poderes públicos (los dos hechos más recientes, citados aquí, lo prueban) la jerarquía no puede dejar de reconocer su inautenticidad y el miedo que tiene de expresarse.
    Después de una penosa gestación, en el momento en que el silencio de la Iglesia frente a la opresión militar y policíaca se había ya vuelto insoportable, la Comisión central de la C.N.B.B., elaboraba, en febrero, una nota que no define ni la posición de la Iglesia frente a la nueva situación brasileña, ni esta nueva situación para el pueblo brasileño. Todo lo que afirma este documento (lo único, subrayémoslo, ya que todo el resto del tiempo fue el silencio), es la imposibilidad de diálogo entre gobernantes y gobernados. Y, a pesar de ésto, no había pasado ni un mes desde la publicación de esta nota cuando los obispos brasileños, el 31 de marzo, se desvivían para celebrar misas de acción de gracias, ¡para agradecer al cielo haber dotado a nuestro país de este tipo de gobierno!

  • LAS RECOMENDACIONES DE MEDELLÍN
  • Vale la pena releer, así no fuera más que a título de contra-veneno, algunas recomendaciones de Medellín, precedidas de una cita de la Constitución Gaudium et Spes (7G) que fue igualmente recordada en el curso de esta Asamblea (706):
    —La Iglesia debe siempre salvaguardar su independencia frente a los poderes establecidos y regímenes que los representen llegando hasta la renuncia, cuando sea necesario, de formas de presencia legítimas, pero que, en razón de su contexto social, la harían volver sospechosa de alianza con el poder constituido, y la harían dar, por el mismo hecho, un contra-testimonio pastoral.
    ..»Es nuestro deber denunciar a toda persona que, al actuar contra la justicia, destruya la paz.
    «Despertar entre los hombres y en el pueblo en particular, gracias a los medios de comunicación social, una viva conciencia de la justicia, al inculcarles un sentido dinámico de la responsabilidad y de la solidaridad.
    «Defender, en virtud del precepto evangélico, los derechos de los pobres y de los oprimidos, al hacer presión sobre nuestros gobiernos, y sobre las clases dirigentes, para que ellos eliminen todo lo que destruye la paz social, la injusticia, la inercia, la corrupción, la insensibilidad.
    «Denunciar enérgicamente los abusos y las consecuencias injustas de las desigualdades excesivas entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles, favoreciendo la integración.
    «Hacer de manera que nuestra predicación, nuestra catequesis, nuestra liturgia, tengan en cuenta la dimensión social y comunitaria del cristianismo, al formar hombres que se comprometan en la construcción de un mundo de paz.
    «Animar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base, con miras a la reivindicación y a la consolidación de sus derechos, en la búsqueda de una verdadera justicia.
    «En ocasión del XX aniversario de la Proclamación solemne de los Derechos del Hombre, ingresar a las Universidades de América Latina a realizar una encuesta para darse cuenta de si está o no aplicada en nuestro país.
    «Animar y alentar las iniciativas y los trabajos de todos aquellos que en los diferentes campos de acción, contribuyen a la creación de un orden nuevo que asegura la paz para nuestros pueblos» (680).

  • ¡NO SE PUEDE HACER NADA!»
  • La pasividad de los obispos —basta con comparar sus acciones con sus palabras— es tan evidente como grande el dolor que sentimos, y trágicas sus consecuencias prácticas sobre el pueblo de Dios en enfrentamien-to con la opresión. Ya que. de hecho, los que han continuado o que han comenzado a poner en obra las recomendaciones expresas del Vaticano II o de la Conferencia de Medellín, se encontraron a merced de los dictadores.
    Ciertamente, algunos obispos —excepciones tan honorables como raras—, han dado testimonio de su cohe-rencia, por su solidaridad y por su participación. Pero la mayoría respondieron a los sacerdotes y a los laicos que venían a buscar en ellos apoyo y auxilio: «Debemos primero convencernos de que vivimos bajo un régimen de dictadura… ¡Por lo cual, no se puede hacer nada!»
    Y sin embargo, Medellín daba ya esta directiva: «Ha llegado el momento de inventar, con imaginación creadora, la acción que debe llevarse a cabo, y sobre todo, ha llegado el momento de actuar audazmente, y con el equilibrio de Dios.» (664).
    La mayoría de nuestros obispos, al contrario, creyeron que valía más olvidar las intenciones que ellos mismos habían proclamado (intenciones que piden un esfuerzo exigente) que practicar la audacia que redime. En cuanto a los sacerdotes y a los laicos que actuaron con audacia, o, digamos, a todos los que realizaron, que ejecutaron las directivas de sus propios obispos, casi siempre encontraron no la mano tendida de la solidaridad sino la mano de quienes manejan la macana y la bayoneta.
    Toda crisis es un rompimiento, una fisura, una división que alcanza al todo. Y tal es la crisis de la Iglesia: está dividida entre los que hablan y los que consagran su vida a poner sus palabras en práctica.
    Casi todos los obispos brasileños han adoptado una actitud negativa: para preservar la unidad, evitaron las tomas de posición. Pero se puede uno preguntar, ¿de cuál unidad se trata, y con quién se hace esta unidad? ¿Cuál es el criterio de esta unidad?
    En nuestra opinión, la unidad cristiana debe realizarse según el criterio siguiente: nuestro compromiso evangélico con los pobres, con la gran masa oprimida, a la cual Cristo se unió por lazos de ternura especial, y por la cual dio su vida.
    Hagamos nuestra esta voluntad que guió los trabajos de Medellín:
    «Nuestra reflexión se propone buscar una forma de presencia más dinámica y renovada de la Iglesia, en la transforma ion actual de América Latina» (666).
    Y para lograrlo, adoptemos también esta conclusión: «No basta reflexionar, llegar a una mayor claridad
    de los problemas, y hablar. Hace falta actuar. Esto no quiere decir que no sea necesario volver a hablar nunca más. Sino que esto quiere decir que la hora presente se ha convertido, de manera terriblemente urgente, en la hora de la acción» (664).

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