Cuando todavía la sangre de Martin Luther King estaba fresca en la mente del mundo, asesinan al segundo de los Kennedy. Entonces, ya es imposible que los mecanismos internacionales de la propaganda yanki oculten el estado general de violencia del pueblo norteamericano.
Este estado de violencia tiene mucho que ver con los treinta millones de norteamericanos miserablemente marginados; tiene mucho que ver con la violencia permanente del sistema contra los negros.
Estos estallidos criminales, que conmueven la sensiblería burguesa y crean mitos, tiene mucho que ver con la violencia que significa el bloqueo permanente al pueblo de Cuba, la intervención sangrienta en Santo Domingo; tiene un clara relación con la inmunda guerra en Vietnam.
Ahora resulta que Johnson, responsable y prototipo del imperialismo norteamericano, descubre que esa violencia está amenazando el famoso “modo de vida norteamericano” y destruyendo los no menos famosos pilares “occidentales y cristianos” de la civilización del dólar.
Johnson, en una de sus espectaculares hipocresías, resuelve formar una comisión para estudiar las causas de esa violencia, que durante mucho tiempo fue achacada al ansia de Liberación de los pueblos, a la Revolución Castrista, al triunfo del Socialismo o a cualquiera de los chivos emisarios que el imperialismo necesita para justificar su prepotencia y decadencia.
Luther King y los dos Kennedy asesinados no valen más que los negros que son asesinados en cualquier parte de cualquier forma: sin publicidad, sin propaganda, sin funerales, sin viudas ilustres, sin familias ejemplares. Porque los yankis matan como a perros a los negros y a los líderes de la no violencia y de un supuesto progresismo.
Lo que sí vale en esta hora dramática para el pueblo norteamericano, es la lección de la violencia. Porque el imperialismo norteamericano estaba enfermo, pero ahora está podrido. Es el monstruo que se revuelve en sus propias entrañas cuando la crisis del sistema que ha engendrado se le mete en su propia sangre. Esto sí son los días de sangre para el imperialismo. Es como si toda la sangre que han derramado, sacrificando y explotando a los pueblos y masacrando las revoluciones populares, se proyectara sobre su propia tierra.
Es que ahora la violencia la tienen adentro y les estalla en millones de esquirlas, como las que estallan sobre Vietnam, como las que volcaron sobre Cuba.
Toda la violencia que sembraron por el mundo se les ha metido en su propia casa. Se vuelve contra ellos mismos. Los golpea y los desconcierta: despierta a los millones de negros y pobres que toman conciencia de su lucha y demuestra que está cerca la hora de la Liberación.
Los que creyeron siempre que la violencia era un problema de pueblos subdesarrollados, de bandoleros como Camilo Torres y el Che Guevara, de aventureros como Fidel Castro y Ho Chi Minh, se sorprenden ahora que esa violencia les reviente adentro del sistema.
Esta es la hora de la lección de la violencia. Una lección que el imperialismo ya había recibido en otras tierras en las cuales fue derrotado. Pero esta lección tiene que conocerla y aprenderla en su propia conciencia.
Por unas pocas balas que terminan con la vida de un King, de un Kennedy, el gigante se tambalea y muestra al mundo la corrupción de su fuerza; esa fuerza es la única razón de los millones de bombas atómicas acumuladas, de los millones de dólares robados a los pueblos del Tercer Mundo, de los millones de toneladas de napalm, de millones de hermanos muertos de hambre.
La violencia norteamericana se inserta en estos días en la violencia del mundo, en las explosiones estudiantiles y obreras de Europa, en la rebelión permanente de los pueblos de América Latina, Asia y África.
Y aquí, entre nosotros, también. Por algo el Presidente, que no da la cara ni por televisión cuando asesinan a Pampillón o a Hilda Guerrero, se “conmueve en sus fibras más íntimas” y se muestra por breves momentos ante el pueblo para llorar la muerte de Kennedy. No por Kennedy, sino por la violencia, por el miedo.
Porque esa violencia entre nosotros se da cada día a pesar de la autocensura y censura impuesta por el gobierno militar que está engendrando en copia fiel y servil del estilo norteamericano, más causas de nuevas violencias.
Por eso, el Presidente, se cura en salud y recurre hasta el Papa para enseñarnos a veintidós millones de argentinos a ser niños buenos y bien educados que deben ahuyentar las malas tentaciones de la violencia y soportar toda la prepotencia del régimen y de la fuerza en medio de alabanzas a la democracia y jaculatorias a las fuerzas armadas.
Esa prepotencia con que van “erradicando” a los de las villas.
Esa prepotencia con la que terminaron en Tucumán con las fuentes de trabajo.
Esa prepotencia que se muestra paternalista y comprensiva con toda la República, mientras sigue favoreciendo a los ricos para que sean más ricos y empobreciendo —si es posible— a los pobres para que se pudran en su miseria.
Frente a este cuadro de violencia, se terminan las palabras. Es la hora de los hechos, la hora de la violencia revolucionaria de los pueblos.
Lo demás sigue siendo nuestra impotencia, nuestras justificaciones y nuestro pobre miedo para asumir el deber de revolucionarios.

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