El 28 de junio de 1966 el país ingresa a una etapa política caracterizada por una reforma de las instituciones liberales cuyo objetivo fue facilitar la profundizaron de la entrega. La Revolución Argentina, que así dio en llamarse este régimen autocrático y desarrollista encabezado por el general Onganía, no limitó su accionar al plano económico y de los partidos políticos, sino que intenta todavía conformar al país de acuerdo con sus proyectos coloniales. En el campo universitario también impuso modificaciones orientadas a adaptarlo a este viejo proyecto entreguista que, desde 1955, busca nuevas formas ante la imposibilidad de vencer la resistencia del pueblo peronista. El año 1966 significó una ruptura en el Dto. de Sociología de la U.B.A. que coincidió con la intervención general a la vida universitaria. Durante tres años fue imposible a la intervención estructurar en el Dto. un plan de tareas coherente, cualquiera haya sido su signo. Actualmente se presenta la posibilidad de institucionalizar la labor de dicho departamento, integrando en el sistema planeado para la carrera por las autoridades universitarias —a todas las variantes que existen en esta disciplina. La integración es en la práctica la limitación de las posibilidades de desarrollo de la «sociología nacional», incorporándola como una tendencia más en el sistema de la ciencia oficial.
Creemos que en la nueva situación la experiencia realizada en este período corre el peligro de asimilarse a la sociología oficial, igual que anteriormente ocurrió con las distintas variantes críticas que fueron surgiendo. Frente a la apertura de una nueva etapa en la labor del Dto. de Sociología, y convencidos que el movimiento nacional y los estudiantes son los únicos jueces válidos de nuestra actividad en la facultad es que hacemos, en este momento y no en otro, la presente declaración.
A partir de 1967, en un grupo de cátedras de sociología de la Facultad de Filosofía y Letras (U.B.A.), comenzó a gestarse una experiencia totalmente nueva para la carrera. El hecho principal fue la vinculación de la enseñanza de la sociología con una serie de problemas que hasta ese momento se habían mantenido ajenos a la enseñanza misma; en el mejor de los casos se incorporaban a título de ejemplos o para confirmar teorías sociológicas que en ningún momento cuestionaban. Sería muy largo repetir aquí el proceso social y político de nuestra dependencia y el manejo ideológico de la misma, con los consabidos ataques al movimiento popular, que constituye la esencia de la política cultural y universitaria del régimen.
En ese campo de desacuerdos entre las distintas tendencias antipopulares que es el sistema de enseñanza de la universidad argentina, incorporar de manera decisiva el proceso real a la teoría, y por tanto, invertir los términos vigentes haciendo depender de la historia nacional la elaboración teórica y sistemática, significó algo totalmente nuevo entre nosotros. Esta experiencia pronto fue denominada «sociología nacional». Si bien surge como tentativa orgánica en este período, la sociología nacional vivió en permanente estado de conflicto con la intervención; conflicto que tiene su punto más alto de enfrentamiento en la primera mitad de 1969 e indudablemente es una de las razones principales de este intento de integración. Si las llamadas cátedras nacionales pudieron mantenerse durante casi tres años de permanente contradicción con las autoridades universitarias se debió fundamentalmente a la participación activa de los estudiantes. Asimismo debemos destacar que estas cátedras son minoría en la facultad y en la carrera de Sociología, su importancia deriva no del peso numérico sino de la tarea política y crítica desarrollada a través de ellas.
En estos tres años, con altibajos, fue reformulándose permanentemente el nuevo conocimiento. A medida que profundizábamos en el análisis y la elaboración teórica de los procesos se hizo más evidente la necesidad de un replanteo que abarcara a la sociologia en su totalidad, como disciplina científica y como profesión. Al mismo tiempo se imponía la revisión de la actitud científica clásica, incorporando de manera polémica a la sociología en las luchas políticas nacionales, haciendo de la sociología un instrumento de conocimiento y de lucha, renegando por lo tanto de la concepción aristocrática de la ciencia por la ciencia. Al definir a la sociología por la realidad y por las luchas populares de nuestra patria, se hacía evidente la necesidad de una definición estrictamente política de esa disciplina. Esta no podía ser ajena al proceso y, de una manera u otra, en uno u otro bando, está directamente vinculada al proceso liberador del pueblo argentino o es un instrumento político de su dependencia.
Si no existe un campo específico de la ciencia, separado del proceso histórico transformador de la realidad, tampoco existe un campo estrictamente profesional para el sociólogo. Porque profesionalización significa acatar las órdenes de los amos en la sociedad dependiente. Y esta profesionalización adopta características particulares cuando se trata de la sociología. No creemos en la posibilidad de reformar la profesión ni de señalar salidas individuales para los sociólogos. Por otra parte, consideramos que políticamente la profesión es impugnable como un todo. En tanto su transformación es una tarea política que podrá ser realizada sólo cuando superemos las condiciones de dependencia integral del imperialismo, fijamos límites en la participación personal de los sociólogos en la vida profesional; esos límites son la no aceptación de la estructura internacional de la profesión y la denuncia de la vinculación de la sociología —y los sociólogos— a los subsidios imperialistas. Asimismo somos plenamente conscientes del carácter contradictorio de esta posición, pero es evidente que el problema no tiene salida reformista en los marcos de la sociología.
Por un lado, la sociedad dependiente produce sociólogos para que la sirvan en tareas de análisis o promoción de comunidades y productos comerciales; por otro, produce investigadores de «alto nivel» para que formulen técnicas y teorías que sirven a los primeros y a la sociedad como un todo para mantenerse en la misma situación. Para la primer tarea están los organismos públicos y privados, empresas que se racionalizan, agencias de investigaciones de mercado. Para la segunda y principal tarea, el régimen tiene a las fundaciones que financian con dólares los proyectos de investigación y elaboración teórica, éstas constituyen los cerebros rectores del mundillo sociológico. El sociólogo se convierte así en uno de los más selectos intelectuales de alquiler adaptado a la moderna sociedad imperialista.
Pero la sociología científica no es un problema exclusivo de la Argentina, es en la actualidad un problema mundial. Porque a diferencia de otras profesiones, el sociólogo es un ejemplar orientado internacionalmente. Lo primero que busca es reconocimiento por los centros internacionales de la ciencia, o incorporarse a alguna organización mundial a través de la agencia autóctona. Existe un problema económico y de prestigio profesional en esto: becas, viajes al exterior, subsidios de las fundaciones que actúan en conexión con estos organismos internacionales. Existe también un problema político, más importante que la solución del problema personal de los sociólogos, y es el manejo que el imperialismo hace de esas organizaciones, adaptándolas a sus necesidades de dominación.
El control financiero por quienes otorgan subsidios a los organismos profesionales de los sociólogos les da el poder necesario para controlar el desenvolvimiento de los conocimientos parciales y capacidad para reunir información estratégica que sirva a sus políticas de dominación. No es cuestión de creer que estos organismos, locales o internacionales, están compuestos en su totalidad por agentes descarados del imperialismo. Nada de eso, la profesión, sociológica reúne gran cantidad de mentalidades «progresistas»; el problema es que las disidencias entre los progresistas y los conservadores en la sociología existen después de haber aceptado las reglas del juego. La principal de las cuales es este sistema nacional e internacional de organización de la profesión y la ciencia. Una vez aceptado éste, es totalmente libre diferir sobre ideas o teorías. Lo importante es incorporarse al marco institucional de la sociología. Las disidencias después son internas y no trascienden el plano de la polémica entre científicos.
La discusión entre escuelas académicas en el campo de la sociología institucional es una falsa disyuntiva que sirve para producir en un plazo más o menos corto científicos del sistema. La vinculación de cada sociólogo con el conocimiento de la realidad nacional o con la realidad política de su país, aparece mediatizada por la pertenencia a la comunidad sociológica. Esta elabora y desarrolla una jerga excesivamente extraña al lenguaje común, de modo tal que, por más que intente una actitud crítica dentro de los marcos de la sociología, es entendida solamente por aquellos que están en la cosa. Y en el caso de intentar asomarse al proceso real, lo hacen a través del asesoramiento científico para aclarar la oscura espontaneidad de las masas. A renglón seguido, este sociólogo asesor revolucionario vuelve a su gabinete de investigación a esperar el sobre con los dólares que le envía periódicamente la fundación extranjera para la cual trabaja. En el marco institucional de la sociología no hay salida posible, aquí rechazamos de plano toda relación con ese tipo de organismos internacionales o con sucursales autóctonas.
La experiencia comenzada y que continúa desarrollándose en la Universidad de Buenos Aires debe servir de base para la organización de aquellos sociólogos que ponen en primer plano su vinculación práctica y real con el movimiento nacional, que consideran la profundización de los estudios sobre la realidad argentina y la sistematización de la experiencia colectiva de las masas populares el punto de partida de una actitud verdaderamente científica; no disfrazado de ciencia, como habitualmente es el conocimiento sociológico de cualquier escuela. Rechazamos todo intento de revivir la sociología modernizante que actuó como ideología antipopular en el período que sigue al derrocamiento del último gobierno del pueblo en la Argentina, el gobierno del General Juan Domingo Perón. Consideramos que los sociólogos institucionales, sin distinción de escuelas académicas, actúan al servicio de la dominación imperialista en nuestro país y en los demás países del mundo que sufren esa opresión. Creemos que, si todavía es posible hacer de la sociología una ciencia, se hará a partir de un nuevo tipo de trabajo intelectual que, además de incorporarse al proceso de liberación nacional y popular del pueblo argentino, debe rechazar en el plano específico de la sociología todo tipo de vinculación con organismos de cooperación sociológica y desarrollar autónomamente su tarea. A partir de allí podrá decirse que existe en la Argentina una ciencia social, consecuencia de la incorporación militante de los científicos a la práctica colectiva de las masas trabajadoras. Es en el movimiento peronista donde la lucha adquiere un contenido real y efectivo y no en las distintas variantes del antimperialismo abtracto que sirven como justificativo a la pasividad y contribuyen en definitiva al mantenimiento de la situación colonial. La incorporación militante a las luchas populares y antimperialistas, en las condiciones de nuestra patria tiene un sentido concreto, debe hacerse en el movimiento nacional peronista bajo la conducción del líder del pueblo argentino, el General Juan Domingo Perón.
Buenos Aires, diciembre de 1969
Roberto Carri. Juan Pablo Franco. Jorge Carpió. Susana Checa, Alcira Argumedo, Gunnar Olsson, Pedro Krotsch, Eduardo F. Jorge, María Ernestina Cubiló, Fernando Alvarez, Ricardo Sidicaro, Ernesto Villanueva, Alejandro Peyrou, Horacio González, Daniel Pórtela.
Adhieren: Cdo. Gral. Valle (J.A.E.N.)
Agrupación Peronistas Universitarios (FANDEP)
Agrupación Estudiantes Peronistas BLOQUE PERONISTA DE FILOSOFÍA Y LETRAS

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