• ¿Qué va a consagrar el Presidente a Lujan?
  • • La despoblación de nuestras tierras debida a la ineficacia de los responsables?
    • Las tierras improductivas y mal explotadas, en posesión de unas pocas familias?
    • La desocupación y los bajos salarios?
    • El estado nacional de injusticia y las torturas?
    • La situación neocolonial que se nos quiere imponer?
    • La prepotencia de los que mandan?
    • La falta de libertad para decidir, impuesta a las clases populares?
    • La voluntad de los ricos, de poseer más mediante la desposesión de los que tienen poco?
    • El estado de minoría de edad en que se quiere retener al pueblo?
    Dios rehusa nuestros actos religiosos si falta en nuestra vida la justicia y la fraternidad
    La verdadera religión consiste en proteger a los desvalidos, liberar a los oprimidos, asistir a los hambrientos.
    Debemos reconciliarnos con los hermanos, ofendidos y humillados por nuestra justicia y falta de amor —antes de acercarnos al altar— (dice Jesús), porque nuestra ofrenda ha de ser el amor y la justicia.
    ESPERAMOS QUE EL PUEBLO NO ACUDA A UNA CITA EN QUE LO RELIGIOSO AMENAZA CON SER USADO COMO ESTUPEFACIENTE DE LAS INQUIETUDES DEL MISMO PUEBLO
    EL MOVIMIENTO SACERDOTES PARA EL TERCER MUNDO FIJA SU POSICIÓN ANTE LA CONSAGRACIÓN DE LA NACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA, DECRETADO POR EL SEÑOR PRESIDENTE GENERAL JUAN CARLOS ONGANIA.

    El General Juan Carlos Onganía, en su «carácter de presidente de la Nación», ha convocado al pueblo argentino al acto religioso de «consagrar en forma pública y solemne a la Argentina al Inmaculado Corazón de María». (Mensaje radiotelevisado del 12 de noviembre de 1969).
    El desconcierto, el estupor, la indignación ante semejante invitación hace estallar nuestra conciencia cristiana, de modo que no podemos callar y obedecer dejándonos arriar hacia cualquier capricho, como un silencioso rebaño de ovejas dominadas por muchos y no conducidas por nadie.
    Algo se rebela en nuestro corazón y queremos expresar públicamente las razones cristianas de nuestra rebeldía. Tanto más cuanto que es a nuestra conciencia cristiana a la que apela el Sr. Presidente para lanzarnos a este imprevisto acto religioso. Ahora bien, nuestra conciencia, tan cristiana como la de aquellos que han recibido con júbilo y felicitaciones esa invitación, rehusa tal convocatoria.
    1) El Sr. Presidente nos pinta en su Mensaje la situación del país con colores bastantes sombríos. «Se advierten, dice, síntomas de inusitada gravedad», «los éxitos materiales, añade, se constituyen a veces en factores de división.» No obstante el modo discreto con que está dicho, nos resulta clara la sugerencia de que la división se establece entre «la fuerza de los poderosos y la impaciencia y angustia de los humildes». Nos recuerda también que hoy día nos afligen por igual «la violencia, la miseria y la incomprensión».
    Todo está dicho en un tono que parece rayar en la desesperación que no encuentra salida: «la incertidumbre del futuro nos condena a un presente de sobresaltos e inseguridad en el cual los hombres se debaten en estériles esfuerzos por hallar remedio a su ansiedad, olvidando que nada es posible sin el consuelo y la presencia de Dios». Pareciera decimos que, resultando estériles los esfuerzos humanos, ya no hay salida y que no queda otro recurso que recurrir a Dios; como un médico, que deshauciando al enfermo, nos lanzara la fórmula fatal de que la ciencia ya nada puede hacer y que no queda otra cosa sino pedir el milagro de la curación del moribundo.
    Pero una política no se haré con milagros. El General J. C. Onganía en su «carácter de Presidente» es un político. De un político el pueblo espera otra cosa que no que se le diga que el país se hunde y que no queda otra salida más que rezar. Si el país amenaza hundirse, el hombre político ha de atacar las causas y tratar de sacarlo adelante con medios políticos, acometiendo la empresa humana de conducir un pueblo que quiere conducirse él mismo y sin desplazar los problemas a una trascendencia aérea ni evadiéndose en una espiritualidad que, falta de realismo, resulta vacía e inconsistente.
    Sería muy cómodo que, en el momento en que nuestra empresa política da muestras de sus fallas y entra en un callejón sin salida, recurriéramos a la Divina Providencia para que ella, haciendo caso omiso de nuestros errores e inadvertencias, interviniera de una manera divinamente paternalista. Nuestra situación se debe a nosotros mismos, que nos hemos de distribuir la responsabilidad común sin cargar culpas sobre chivos emisarios o sobre Dios. No pidamos, pues, que Dios intervenga cuando es El quien espera que nosotros asumamos nuestra propia responsabilidad.
    Los argentinos venimos esperando ya desde hace tiempo que los conductores de turno de este país nos propongan objetivos inscriptos en nuestra conciencia nacional e histórica. Cuando en cambio de ello se nos habla retóricamente de la Virgen guardiana, de sus santuarios esparcidos por el Continente, de la Cruz que señorea las playas, de la Virgen generala de las armas, de los colores del manto de María que hacen juego con los colores de nuestra bandera, entonces pensamos que se escamotea la responsabilidad de presentarnos un proyecto político nacional serio y que en cambio de eso se nos quiere refugiar en un pasado de ensueño o en símbolos religiosos que son —esto es lo peor— despojados de su exigencia y de dureza. Pensamos que ni la Cruz ni María son tópicos para hacer retórica, sino premisas de vida para sacar de ellas conclusiones hirientes.
    Todo lo más concreto que se nos ha enunciado a los argentinos ha sido un vago objetivo de modernización y de estabilidad económica. Es esto todo lo que surge de la conciencia nacional? Parece que no, cuando el mismo Sr. Presidente indica que no son suficientes las «realizaciones materiales» y que los «éxitos materiales que implican las conquistas técnicas y científicas se constituyen, a veces, en factores de división», esto es, a nuestro juicio, de opresión.
    ¿Nos dicen algo otros slogans propuestos como ideales —solidaridad, participación, unidad, comunidad— cuando con ellos estamos en el reino de las lindas palabras, aptas por sí solas, para soñar románticamente pero no para realizar una política?
    Pensamos que hay que atenerse a las reglas del juego. En política, por consiguiente, hay que jugar con medios políticos. Y, que un hombre político, pasando por alto su propio cometido, decrete o invite a actos religiosos, no parece ser admitido por el reglamento. A no ser que se trate de un viejo reglamento sobre el juego de relaciones entre Iglesia y Estado. Pero en tal caso, si siquiera se sospechara lo profundo del cambio operado por el Vaticano II, tiene que ser revisado.
    2) Esta invitación tiene, desde luego, una intención política. Nos admiraría que el Sr. Presidente decidiera la realización de un acto, aún religioso, que no se inscribiera en una tal intención. Pero ¿cuál es esa intención?
    Se trata simplemente de hallar en la Divina Providencia y en Nuestra Señora «la inspiración para realizar el bien común» o. se trata, más bien, en un momento que el gobierno no encuentra apoyo en ninguna parte a no ser en sectores de poder interesados, de querer hacer aparecer al pueblo y a la iglesia en unión con el gobierno y como avalando una política que en realidad no avalan? Todavía resuena con molestia en nuestros oídos la voz del Ministro del Interior, quien, en el mes de junio, más que solicitar pareció imperar a la Iglesia a que apoyara al gobierno, «en forma total, sin deserciones».
    Esto indudablemente nos ha herido; esta pretensión, camuflada en un acto religioso, de mostrar una unión que no existe: esta instrumentación que se pretende hacer de los sentimientos religiosos de nuestro pueblo y de uno de los sentimientos más hondos de la Iglesia, su devoción mariana, en pro de una política con la que ni el Pueblo ni la Iglesia han mostrado su acuerdo. Por el contrario, han demostrado su desacuerdo si nos atenemos, por una parte, a lo dicho por varios obispos que. a lo largo del presente año. han venido denunciando una situación de injusticia estructural, rechazando así las bases de la actual política.
    Es .preferible la represión, que también está en el estilo del gobierno, a esta otra actitud de galantería interesada; ya que no hay peor sutileza del poder que la que instrumenta, a servicio del mismo poder, los más nobles ideales de su pueblo, como ser su ideal religioso y su ideal de mujer. Ambos ideales están encarnados en María, prototipo de la mujer y del creyente. De ambos quiere valerse, al parecer, nuestro actual gobierno. Esperamos que el pueblo no acuda a la cita.
    Nosotros, cristianos, no quisiéramos ver renovarse formas de antigua «cristiandad». Por eso desconfiamos de las alianzas entre el trono y el altar, entre la cruz y la espada. Esperamos que tampoco nuestros obispos acudan a la cita; no deseamos verles en lo que constituiría un símbolo de tales alianzas y un hábil instrumento de una inauténtica intención política.
    3) Todo acto religioso es manifestación externa de algo que realmente llevamos en el corazón. ¿Qué es lo que llevamos dentro, los argentinos, y somos invitados a expresar en un acto de «consagración»?
    Consagramos lo que poseemos, lo que somos o lo que, en un acto de compromiso, queremos ser en adelante. Consagramos una conducta que ya poseemos o que pretendemos adoptar.
    Pero, ¿qué es lo que poseemos para consagrar? La despoblación de nuestras tierras debida a la ineficacia de los responsable? ¿Las tierras que pocas familias mantienen por lo general improductivas y mal explotadas? ¿La desocupación y los bajos salarios? ¿El estado nacional de injusticia? ¿La situación neocolonial que se nos quiere imponer? ¿La prepotencia de los que mandan? ¿La voluntad de los ricos de seguir poseyendo más riquezas mediante la desposesión de los que tienen poco? ¿La violencia que ejerce el poder sobre la «impaciencia» y angustia de los humildes? ¿El estado de minoría de edad en que se quiere retener al pueblo? ¿La ambición desmedida, la intolerancia y la fuerza de los poderosos» de que nos habla el Sr. Presidente?
    Nuestra conciencia cristiana, educada en la Biblia, nos dice que Dios rehusa nuestros actos religiosos si no están precedidos y acompañados de una realización de la justicia y de la fraternidad. Se nos ha enseñado que la verdadera religión consiste en proteger a los desvalidos, en liberar a los oprimidos, en asistir a los hambrientos. También aprendimos que hemos de irnos a reconciliar afectivamente con nuestros hermanos, ofendidos y humillados por nuestra injusticia y falta de amor, antes de acercarnos al altar para ofrecer nuestras ofrendas, precisamente porque nuestras ofrendas han de ser el amor y la justicia. Hemos aprendido que si todo esto no se da al menos como propósito serio y puesto en marcha, todo nuestro culto es aborrecido por Dios, por resultar fingido y apto solamente para tranquilizar conciencias irresponsables o para adormecer justas rebeldías y anhelos de un pueblo al que no tenemos derecho de engañar.
    Y, sin embargo, el pueblo argentino tendría algo muy importante para llevar a un acto de consagración: su primer intento de liberación en tiempos de la colonia y, hoy día, su anhelo por ser más libres, verdaderamente libres, a través de la ruptura de una dependencia neocolonial en la que nos quieren seguir manteniendo los grandes imperios económicos y culturales. Un compromiso que adquiere contornos de lucha inevitablemente, pues hay quienes no quieren que seamos libres.
    No sabemos si el Sr. Presidente querrá recoger, para ser consagrado, este anhelo y compromiso de liberación que tiene el pueblo. Sus palabras no lo dicen y, cuando nos habla de «revolución» entendemos, si nos atenemos a los hechos, que solo se trata de la parodia de algo profundamente anhelado por el Pueblo. Si se lo convocara para una verdadera revolución, entonces el Pueblo estaria presente; o mejor, quienes hicieran tal convocación estarían presentes entre su Pueblo.
    No bastará, evidentemente, recoger sólo verbalmente un compromiso de esta índole. Será necesario poner en marcha el programa, políticamente eficaz, de un proyecto liberador. Esto es inevitable en un momento en que los cristianos tomamos conciencia profunda de que el mensaje evangélico de liberación pasa también por la dimensión socio-política de la historia humana; es inevitable si se quiere implorar la ayuda de María, cuyo himno evangélico ha ensalzado la grandeza de Dios que, derrotando a los poderosos, enaltece a los humildes.
    Poner en marcha semejante proyecto liberador es de suma urgencia: «Sólo una acción urgente, expeditiva, inteligente y desinteresada puede salvar lo insalvable» (Obispo Nevares).
    La invitación religiosa que se nos dirige no toma este rumbo. Va por otro camino, cuando busca ahogar «la impaciencia y angustia de los humildes», cuya justa oposición a la fuerza de los poderosos quiere ser reducida a la armonía de una falsa paz y de una fingida unidad nacional, que además se pretende sean ratificadas y sancionadas bajo el manto protector de la Divina Providencia.
    Esperamos que el Pueblo no acuda a una cita en que lo religioso amenaza con ser usado como estupefaciente de las inquietudes del mismo Pueblo.
    Firman por el Movimiento Sacerdotes para el Tercer Mundo:
    Miguel Ramondetti, Responsable General. Coordinadores Regionales: Amado Dip —Región Noroeste, Raúl Marturet, —R. Noroeste, Nagib J. Nasser, —R. Centro, Orlando Martín, —R. Cuyo, José Ma. Serra, —R. Litoral, Pedro González, —R. Buenos Aires, Miguel Beratz, —R. Pcia. Bs. As. Juvenal Currulef.
    Argentina, noviembre de 1969.

    Tags: , ,