«Pocos meses después de que el Comandante Ernesto Che Guevara cayera cumpliendo gloriosamente lo que él mismo calificó como «el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo, donde quiera que esté»; al mismo tiempo que el pueblo de Viet Nam demuestra cada día con su acción que el triunfo contra ese imperialismo es posible, intelectuales de setenta países se han reunido en La Habana para examinar los problemas de la cultura en relación con el tercer mundo.
El que esta reunión sin paralelo se haya producido en un país en revolución, bloqueado y atacado, en un ambiente de libertad y discusión fraternales, prueba otra vez que defender la revolución es defender la cultura. El que intelectuales de todo el mundo hayan fijado su atención en la problemática de ún Tercer Mundo en lucha o en trance de estarlo, prueba otra vez que la cultura de todo el mundo tiene su posibilidad mayor de desarrollo allí donde las fuerzas que se le oponen sean derrotadas. El mundo es un todo, y del triunfo contra el enemigo común depende el futuro. Pero es en los países del Tercer Mundo donde está teniendo lugar hoy la manifestación más alta de la cultura: la guerra popular en defensa del futuro de la humanidad.
Las discusiones han servido para confirmar que el llamado subdesarrollo es sólo una consecuencia del dominio económico y político en unos países por parte de aquellos que, en el curso del proceso histórico, han tenido la oportunidad de un crecimiento más rápido y se han constituido en centros, ayer coloniales y hoy imperialistas. El subdesarrollo no es, por tanto, un crecimiento más lento de ciertas economías que se restrasaron con respecto a las otras, sino la consecuencia de
la deformación de las estructuras económicas y sociales impuestas a los países llamados subdesarrollados por la explotación directa e indirecta características del colonialismo de ayer y del neocolonialismo imperialista de hoy.
El imperialismo norteamericano es, en la actualidad el representante de esa opresión sangrienta.
No es sólo el retraso económico y la miseria lo que el subdesarrollo determina en los países que lo sufren, sino también consecuencias dramáticas en el orden de la cultura.
El analfabetismo popular y la carencia de oportunidades para el acceso del pueblo a la educación y por tanto a las manifestaciones del arte y de la ciencia, va acompañado de un verdadero genocidio
Los opresores extranjeros utilizan todos los recursos para sustituir los valores culturales del país en que penetran, prohiben el idioma nativo, falsifican la historia y aplastan y desfiguran las mejores tradiciones nacionales, impiden el intercambio cultural con el resto del mundo, sin excluir los contactos con las manifestaciones culturales valiosas y progresistas del país dominante.
Esta cultura degradada se convierte en un instrumento más de la explotación. La corrupción intelectual y moral de los hombres de cultura de los países subdesarrollados es el objetivo de los dominadores. La sumisión ideológica a los valores impuestos desde fuera, prevalece en las zonas menos firmes de la intelectualidad nacional. Por otra parte, como los pueblos se niegan a ser dominados por el imperialismo, ésta apela a métodos de gobierno descaradamente dictatoriales. Los intelectuales son así perseguidos y reprimidos de manera brutal en cualquier intento de exponer lúcidamente los sentimientos y aspiraciones de su país, lo que convierte su actividad cultural en un acto de lucha.
La dominación neocolonial y colonial influye a su vez sobre los intelectuales del país subdesarrollante, y los imperialistas pretenden con-vertilos, junto a sectores del movimiento obrero, en cómplices de la explotación de otros pueblos. El desarrollo técnico de los países capitalistas, y las ganancias extraordinarias que obtienen en el Tercer Mundo, permiten a sus clases dirigentes realizar concesiones económicas para neutralizarlos e incorporarlos al marco común de la explotación. Pero así como dos obreros sometidos a esas influencias siguen siendo, en lo esencial, explotados, aunque esa explotación resulta sutilmente encubierta; así los intelectuales de esos países adquieren, de modo creciente, conciencia de su verdadera situación, y comprenden que es deber suyo denunciar y no encubrir la política agresiva de sus gobiernos.
La eliminación del subdesarrollo se convierte, por ello, en un hecho vital para los intelectuales —creadores y científicos— de todo el mundo. Interesa a los escritores, artistas, investigadores y científicos de los países explotados; a los de la minoría de los países que se benefician de esa explotación, y, naturalmente, a aquellos que viviendo en países que han hecho una Revolución socialista, no pueden asistir pasivamente a un drama del cual, por múltiples razones, son también protagonistas.
El Congreso ha puesto de relieve que en las actuales condiciones históricas de Asia, África y América Latina, hay que quebrar las dependencias de carácter colonial y neocolonial. Y este cambio revolucionario que expulse a los dominadores y a sus cómplices, sólo puede llevarse adelante mediante la lucha armada, lo que hace que la violencia revolucionaria, y en particular esa lucha armada, se convierta en una necesidad donde existe esta situación.
En la lucha de liberación y su desarrollo, se afianza y crecen los elementos de una auténtica cultura nacional. La tradición desempeña un doble papel. En la defensa de los valores nacionales frente a la invasión de la ideología y formas artísticas del país dominante (muchas de ellas banales y corrompidas manifestaciones de una seudo-cultura comercial como ocurre en la penetración de los EE. UU.), pueden tomarse como elementos válidos de la tradición cultural, lo que no son sino manifestaciones folklóricas, valiosas como constancia histórica del proceso cultural, pero paralizadoras y retrasantes en el camino de un progreso verdadero.
Por otra parte, una visión pretendidamente «universalista» puede conducir a que se prescinda de los rasgos y aportaciones válidas del pasaje cultural, aquellos que sirvan como impulsores y que puedan ser integrados a las nuevas corrientes universales en un proceso natural de simbiosis que es en definitiva la nota común de toda cultura en cualquier país de la tierra.
Huir del nacionalismo estrecho y del universalismo imitador es la tarea de quienes se esfuerzan por contribuir en los países del Tercer Mundo al florecimiento de una cultura con raíces propias y amplios horizontes.
En la lucha por la liberación nacional y la creación del socialismo se desenvolverá la bátalla ideológica
Aunque el racismo es anterior al imperialismo moderno, éste se ha aprovechado de su herencia y la ha reelaborado a los fines de predominio y explotación hasta convertirlo en parte esencial de su propio sistema.
Mantenedores del racismo en su propio país, los imperialistas norteamericanos emplean la violencia brutal contra la lucha creciente de su población negra.
El Congreso, al saludar esta lucha de la población negra norteamericana contra sus opresores racistas, al condenar todas las otras formas de racismo, subraya que la eliminación del racismo está indisolublemente ligada a la desaparición del imperialismo y que, como lo demuestra la historia, sólo cuando desaparezca su base económica, es decir, en una sociedad sin opresores, se hará posible la desaparición completa del racismo.

El Congreso ha dado oportunidad a los intelectuales que en él se reúnen de examinar los deberes que dimanan de la situación contemporánea.
Los intelectuales de los países del Tercer Mundo tienen insoslayables deberes de lucha que comienzan con la incorporación al combate por la independencia nacional y se hacen más profundos en la medida en que, lograda ésta, los pueblos se encaminan a la realización de más altos objetivos de la emancipación social.
Si la derrota del imperialismo es el prerrequisito inevitable para el logro de una auténtica cultura, el hecho cultural por excelencia para un país subdesarrollado es la revolución. Sólo mediante ésta puede concebirse una cultura verdaderamente nacional y es dable realizar una política cultural que devuelva al pueblo su ser auténtico y haga posible el acceso a los adelantos de la ciencia y al disfrute del arte; por ello, no hay para el intelectual que de veras quiera merecer ese nombre otra alternativa que incorporarse a la lucha contra el imperialismo y contribuir a la liberación nacional de su pueblo mientras padezca todavía la explotación colonial.
En esa lucha hay formas muy diversas de participación, pero sólo podrá llamarse intelectual revolucionario aquel que, guiado por las grandes ideas avanzadas de nuestra época, esté dispuesto a encarar todos los riesgos y para quien la muerte no constituya sino la posibilidad suprema de servir a su patria y a su pueblo.
El ejercicio digno de la literatura, del arte y de la ciencia constituye en sí mismo un arma de lucha y el intelectual que resista a los halagos y las amenazas del dominador externo y las oligarquías nacionales podrá sentirse satisfecho de ejercitar su tarea intelectual con dignidad,
pero la medida revolucionaria del escritor nos la da, en su forma más alta y noble, su disposición para compartir, cuando las circunstancias lo exijan, las tareas combativas de los estudiantes, obreros y campesinos. La vinculación permanente entre los intelectuales y el resto de las fuerzas populares, el aprendizaje mutuo, es una base del progreso cultural.
La carencia de cuadros en los países subdesarrollados obliga al intelectual a convertirse él mismo en divulgador y educador ante su pueblo, sin que esa entrega militante signifique la rebaja de la calidad artística de su obra o de su investigación y servicio científicos que constituyen también su alta responsabilidad.
Los intelectuales de los países desarrollados tienen a su vez deberes apremiantes hacia el tercer mundo.
Si el subdesarrollo es un resultante, si los pueblos del tercer mundo sufren a consecuencia de la explotación imperialista, no hay dudas de que la lucha de los intelectuales de estos países en favor de aquellos que sufren el subdesarrollo tiene un doble carácter. En tanto que, víctimas de una situación cultural que les afecta como miembros de la sociedad dominante, los intelectuales han de convertirse más y más en luchadores activos contra las fuerzas que en su propio país dirigen la sociedad. Luchar junto a las fuerzas populares es para el intelectual de los países capitalistas, un deber inexcusable que se une a su participación en la denuncia y la lucha contra la explotación del tercer mundo.
Una forma específica de contribución de los intelectuales de los países desarrollados, tanto capitalistas como socialistas, en favor de los pueblos que se liberan del imperialismo y afianzan su independencia nacional la constituye la ayuda que pueden éstos recibir de los científicos, técnicos y en general todos los trabajadores de la cultura, para el avance acelerado en el terreno de la ciencia, la técnica y el arte que es necesario imprimir en los países que se emancipan del yugo colonial.
Todo intelectual honesto del mundo debe negarse a cooperar, a aceptar invitaciones o ayuda financiera del gobierno norteamericano y sus organismos oficiales, o de cualquier organización o fundación cuyas actividades autoricen a pensar que los intelectuales que participan en ellas sirven a la política imperialista de los Estados Unidos. Asimismo, debe respaldar activamente a los intelectuales norteamericanos que se enfrentan al imperialismo, apoyan las luchas del tercer mundo —en particular la del pueblo vietnamita, las de
la población negra de los Estados Unidos y alientan a los jóvenes norteamericanos a no inscribirse en el servicio militar para ir a pelear a Viet Nam.

La guerra entre los pueblos del tercer mundo y el imperialismo es a muerte. Y los medios masivos de comunicación son otro instrumento de esta guerra. Hoy el hombre tri continental ha dejado de ser exclusivamente una económica herramienta de trabajo.
Hoy, con el desarrollo de la alta técnica, se ha convertido en un ser receptivo a los medios masivos de control. Cada día más los hombres de África, Asia y América Latina luchan, despiertan, traban relaciones con la palabra impresa, las ondas de radio, la imagen cinematográfica o electrónica del televisor.
Las potencias imperialistas utilizan los medios masivos de comunicación para la colonización cultural del hombre subdesarrollado. Los medios masivos, no obstante, se encuentran en un estado de atraso técnico debido a la explotación colonialista del tercer mundo. Durante siglos la clase dominante ha impuesto su control sobre la vida del hombre utilizando el odio de raza, la guerra, la superstición religiosa, el aparato represivo, el reparto de mercados y colonias. Esos instrumentos de la hegemonía de clase no siempre son eficaces como métodos de control y opresión. Cuando y donde las viejas formas de la violencia reaccionaria no son suficientes, se emplean también otros métodos para el dominio de la clase explotadora; los grupos privilegiados utilizan el monopolio casi total de la prensa, de los espectáculos deportivos, del cine, de la radio y la televisión, del mercado de la canción. La industria de la cultura de masas no se limita a funciones superestructurales, es hoy parte integral del sistema de producción económica. Naturalmente estos nuevos vehículos masivos de comunicación no son negativos por sí mismos; pueden ser útiles o degradantes. Todo depende de quién, cómo y para qué se utilicen. La acción totalizadora de los medios masivos, dominados por el imperialismo, se manifiesta hoy principalmente mediante una inhibición del pueblo ante sus auténticos intereses, de un oscurecimiento de la conciencia frente a los tremendos y decisivos problemas que pesan sobre la humanidad. Una gran parte de la ideología del capitalismo se dedica a inculcar, mediante los medios masivos, la discriminación racial, el egoísmo, la pasividad social y la ideología de la servidumbre. Semejante proceso tiende a crear una aceptación general del status quo, consenso que somete a la clase trabajadora, al pueblo en general, a los intereses de la ideología imperialista.
La difusión, en escala mundial, de los instrumentos capaces de multiplicar la información de tipo audiovisual (cine, radio y TV) ha superado numéricamente, en los últimos años, la información verbal (periódicos, revistas, libros). En los países culturalmente subdesarrollados del tercer mundo esta desproporción es todavía más grave debido al elevado número de analfabetos y a la difícil comunicación territorial que facilita, sin embargo, las transmisiones audio visuales. Y estas sociedades subdesarrolladas son, a la vez, las más esclavizadas y masificadas del mundo. Nace así un gigantesco fenómeno de transposición y contaminación cultural, mediante el cual la cultura —principalmente norteamericana -más técnicamente desarrollada, con la imposición de sus valores y mitos, se extiende por una zona donde existen otros valores culturales (pero desprovista de mecanismos de defensa), con el propósito de absorber, neutralizar y degradar a los pueblos subdesarrollados.

Ahora, nuestro problema no es un problema técnico, sino político. Frente al capital, a los recursos técnicos del imperialismo, nosotros oponemos la fuerza del hombre, del pueblo. La guerrilla, a través de la organización política que se establece en las ciudades, puede minar las bases del crédito que explotan los medios masivos. Frente a las grandes empresas radiales está la eficacia de la noticia que se transmite de boca en boca. La comunidad oral en el mundo subdesarrollado es una fuerza revolucionaria.
La promiscuidad de la pobreza mantiene a los hombres hacinados en la periferia de las grandes ciudades latinoamericanas, africanas y asiáticas; el analfabetismo los obliga a confiar en la palabra, en la comunicación oral.
La organización política, recurriendo a la fuerza revolucionaria del tercer mundo, el hombre, puede crear estados de opinión en grandes sectores del pueblo. Como eco de la lucha, las estaciones de radio y la prensa clandestinas pueden mantener al pueblo informado a partir de sus propios intereses, minando los medios masivos de las oligarquías y el imperialismo. La revolución en el poder plantea nuevos problemas. De pronto las grandes mayorías irrumpen definitivamente en la historia: reclaman su derecho al trabajo, la cultura, la dignidad plena del hombre. Los medios masivos de comunicación deben entonces auxiliar en la educación; prensa, radio, televisión y cine pueden dedicar parte de sus recursos a la alfabetización, los libros técnicos, clases por televisión, lamínanos para escuelas, en las revistas, films didácticos. Debe afirmar los valores nacionales, punto de partida para relacionarse con el resto del mundo, para contribuir al mundo contemporáneo. Los medios masivos deben informar, educar, orientar, unificar a todo el pueblo. Deben ayudar a las grandes masas a entender el mundo que les rodea, a crear la cultura revolucionaria. De nuevo no es un problema técnico sino político. La República Democrática de Viet Nam es un ejemplo. No tienen televisión. El pueblo, sin embargo, se mantiene informado a través de la radio y una activa movilización humana logra llevar la información y la cultura a todos los rincones del país. Una vez más se demuestra que frente a la pobreza de recursos que nos deja el colonialismo puede oponerse la fuerza del hombre.
En el uso de los medios masivos, la política cultural revolucionaria no debe nunca olvidar que pertenece a un amplio público. Esto significa que se encuentra con un nuevo tipo de productor y consumidor cultural, situado en el centro mismo de la lucha por la independencia nacional; que no ha tenido el privilegio de recibir una educación académica y desconoce el lenguaje de los medios audiovisuales. Es necesario dirigirse con madurez a este consumidor por medio de la imagen y la palabra; informar siempre con veracidad, buscando la participación crítica y activa de este nuevo consumidor. Tenemos que vencer etapas, ponernos al día, y los medios masivos de comunicación son fundamentales en este proceso. No nos engañemos. Vivimos día a día en lucha contra nuestro subdesarrollo. Y estamos dispuestos a luchar con la inteligencia, nuestra experiencia y las armas para una existencia más plena de toda la humanidad.
Desprovistos casi totalmente de científicos y técnicos, los países que se liberan se ven obligados, en el tránsito al desarrollo a una formación masiva de cuadros en todas las esferas de la ciencia y la técnica. Esa urgencia transformadora en la postliberación exige de inmediato realizar la Revolución científico-técnica.
Los avances internacionales de la ciencia y la técnica hacen posible el desarrollo acelerado. Se impone, por ello, la formación urgente de cuadros, desde los técnicos medios hasta los científicos de alto nivel. La educación masiva será su fuente productora.
La alfabetización es el primer paso, un sistema educacional gratuito que se fundamente en una enseñanza primaria obligatoria, condición que se extenderá a la media cuando las circunstancias del país lo permitan para culminar en una enseñanza universitaria acorde con las especificidades del desarrollo económico de la nación y toda esta amplia estructura apoyada en una labor de formación integral del ciudadano, constituyen la base para el progreso imprescindible para la ciencia y la técnica. Esta ambiciosa tarea exige de los educadores y científicos un enfoque nuevo, un cuidadoso equilibrio entre las exigencias de calidad y las necesidades cuantitativas. Los planes económicos definirán los requerimientos inmediatos en lo científico y lo técnico, y surge la conveniencia de la planificación perspectiva en la investigación y la preparación de cuadros.
Mientras este proceso formativo nacional no genere los cuadros necesarios, la colaboración exterior contribuirá a suministrarlos y a la vez participará en su formación.
Los esfuerzos por salir del subdesarrollo imponen también un paso acelerado en la cultura. El artista de un país en Revolución tendrá, por ello, que mantener el contacto permanente con el pueblo y sus necesidades, venciendo, a su vez, todos los intentos de simplificar y petrificar.
Cada novela, poema o panfleto que de alguna manera resulte expresión de las capacidades y de la toma de conciencia del pueblo, cobra un valor político específico. La conciencia nacional es un prólogo y un aporte a la transformación.
Los antiguos conceptos de vanguardia cultural adquieren un sentido aún más definido. Convertirse en vanguardia cultural dentro del marco de la Revolución supone la participación militante en la vida revolucionaria.
La diversidad de desarrollo de los países del tercer mundo hace que el concepto de obra cultural comprenda desde la lucha por la lengua nacional hasta la obra de creación artística y teórica. A través de ellas, la vanguardia concreta su primera responsabilidad: contribuir al desarrollo de la cultura nacional, entendida, no como un encasillamiento localista, sino como un proceso de incorporación de los logros alcanzados por la humanidad en su historia.
Ello permitirá asimilar toda innovación válida producida en otras latitudes. En este sentido, los creadores, no pueden perder de vista el carácter contradictorio de la producción cultural de las sociedades basadas en la explotación y lo erróneo de cualquier actitud de rechazo o aceptación absolutos de sus resultados.
Bajo el impulso revolucionario y con la contribución de los intelectuales que participan como agentes de la cultura, surgirán de la cantera popular, nuevos artistas. Esta selección, para ser acertada, ha de tener como complemento la constante superación técnica y artística mediante el logro colectivo de los niveles de más alta calidad en el arte y de los más exigentes de la ciencia y la técnica contemporánea.

Solo con ese rigor de propósitos podrá hablarse de una verdadera Revolución en la cultura. El Congreso, ha puesto de relieve el fracaso del imperialismo norteamericano en su afán inútil de aplastar la razón de los pueblos y frenar la marcha inexorable de la historia.
De la lucha de las generaciones anteriores por liberarse de la explotación, y de la pelea contemporánea de los pueblos que combaten todas las manifestaciones agresivas del imperialismo, va surgiendo un hombre nuevo.
El hombre de la futura sociedad ha de tener notas distintivas que lo diferencien de aquellos que han sido el producto de la sociedad de los explotadores.
Prevalecerá, en un mañana no distante, este hombre liberado ya de la necesidad de venderse como mercancía; que producirá para la sociedad con una alta conciencia y considerará al trabajo como una vocación. Un ser humano que, vinculado a las tradiciones culturales, patrióticas y revolucionarias de su país y de la humanidad, mirará ese pasado con espíritu crítico, un hombre que se proyectará con audacia hacia el logro de sus objetivos vitales.
La condición esencial para que ese hombre empiece a surgir, es el cambio revolucionario antiimperialista que establezca la independencia nacional y, avanzando por el camino propio que las características de cada país determine, quiebre la estructura económica y social en la que el hombre es esclavo del hombre. Pero la transformación de ese hombre no podrá dejarse a la acción espontánea y mecánica de las estructuras económicas. La sociedad consciente de sus deberes, ha de crear los me-unión del trabajo físico y el estudio, en el dominio de la ciencia y la técnica, en la apreciación del arte, en la formación física a través del deporte y en el cumplimiento de sus obligaciones militares en la defensa de la Revolución, que tiene también un sentido formativo, la sociedad dotará a ese hombre del futuro con las condiciones necesarias para su plenitud.
Abolido el egoísmo sobre el cual se ha sustentado en sociedades anteriores el individualismo excluyente, se enriquecerá cada vez más la individualidad verdadera.
Ese hombre nuevo no será una imagen inimitable y perenne: cambiará con las épocas, se transformará al paso de la ciencia y la técnica y de la imaginación incesante; pero habrá quedado para siempre atrás el hombre que el capitalismo nos impuso. El hombre alienado será, en adelante, el hombre liberado y cada día enriquecido.

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