El domingo 14 de abril, el párroco de Villa Quinteros —una pequeña comunidad ubicada en la zona sur de Tucumán— celebraba su cumpleaños en un clima realmente tenso y conmocionado. La reunión del aniversario contó con la presencia de numerosos periodistas que estaban filmando los destrozos causados por la brutalidad policial en las personas y en las humildes casas de la Villa.
En una misión de solidaridad, y tratando de poder expresar exactamente lo ocurrido en los violentos episodios de los días anteriores, «Cristianismo y Revolución» conversó con el padre Fernando Fernández y recogió estas impresiones directas de uno de los protagonistas que junto al pueblo fue víctima de la política «solidaria y cristiana» que predica Onganía y que la policía ejecuta fielmente en sus operativos represivos.
El padre Fernández repite una vez más la historia de la mentira y de la burla con que se viene engañando al pueblo tucumano (a pesar de que estos «revolucionarios» aseguraron el 28 de junio de 1966 que venían a terminar con el problema de Tucumán… y con lo que están terminando es con el pueblo). Y recuerda: «Este ingenio fue cerrado hace dos años. Así quedaron sin trabajo quinientos obreros temporarios y ciento veinte permanentes, sin contar los trabajadores del surco… Hace ya un año que los personajes del gobierno provincial y del «Operativo Tucumán» estuvieron aquí prometiendo la instalación de esas nuevas fuentes de trabajo, que nos darían la posibilidad de ganar el pan. El 18 de marzo, al cumplirse un año de «esas promesas que nunca cumplieron», nuestro pueblo comenzó a manifestar una protesta justa, que denuncia ante la opinión pública y ante la conciencia de todos los hombres ésta situación de miseria y de estafa. Miseria porque no hay donde trabajar y estafa porque ni siquiera se han pagado las indemnizaciones y aún se deben las quincenas del año 67. (Este ingenio San Román pertenece a la firma SIMÓN PADROS Y CIA.)
El padre Fernández es un sacerdote maduro, sereno, que nada tiene que ver con la imagen «revoltosa» y de «pandillas» que quiere presentar la policía y la prensa oficial cuando se refiere de manera tan burda a la situación explosiva de Tucumán. Pero este sacerdote, que se ha comprometido con su comunidad para vivir en todas sus consecuencias la defensa y la liberación del hombre, se llena de indignación cuando reflexiona sobre la mentira del Operativo Tucumán… «Este operativo que fue presentado como una solución pero que nosotros siempre lo consideramos como un paliativo, como un parche, ha venido a provocar una mayor humillación de la dignidad de los trabajadores y un éxodo de los hombres, de los jefes de las familias tan numerosas como pobres. Esta situación en que los padres deben dejar sus familias para buscar un trabajo que generalmente no consiguen y tienen que volver más quebrantados que cuando se fueron, produce efectos desastrosos en las familias: así avanza la prostitución, la deserción escolar, las enfermedades y la desintegración física y moral. Este operativo obliga a los trabajadores a agachar la cabeza por 500 pesos diarios, en tareas que los alejan diariamente de sus hogares y en condiciones de movilidad y de trabajo propios de explotados. Nuestro pueblo –medita amargamente el padre Fernández— se cansó de esperar las promesas oficiales, y se organizó en la Comisión Pro-Defensa para movilizar la protesta popular.
Se agotaron las gestionas, las audiencias y las reuniones. Y así se llegó al episodio en que frente a un pueblo indefenso la policía baleó a un chico de 13 años y fue creando —por el ejercicio de la violencia represiva— un clima que culminó en los sucesos de estos días que han sido reflejados por todos los diarios y en los cuales ha quedado demostrado el trato brutal y arbitrario de las fuerzas que el pueblo paga con su sacrificio y que sólo sirve para golpear y agredir al mismo pueblo…»
Recordamos que éstas son las formas «comunitarias» de lo que Onganía llama «integración y participación popular». Cada vez que en éstos tres años se ha querido organizar el pueblo para manifestar su inquietud, su preocupación o su desesperación, el régimen
ha mostrado sus garras que son mansas y complacientes con los poderosos pero que se llenan de violencia y de represión contra los humildes. Después de los episodios, el Gobierno tuvo que inventar la estúpida mentira del eventual «secuestro» de Avellaneda.
Es que mientras este increíble gobierno se había trasladado a la Patagonia, sus aparatos de represión se ensañaban en Villa Quinteros y en el norte de Santa Fe, y ya no hay excusas o contrabandos ideológicos que justifiquen la fuerza bruta contra un pueblo… cuando hasta los curas reciben los golpes y encabezan las luchas. El padre Fernández no se molesta en relatar una vez más los episodios —minuto por minuto— y de lamentar que la policía hubiese aprovechado su ausencia para desatar con más bestialidad la represión contra el pueblo… «aquí se pueden ver todavía las huellas de los golpes de los «bastones» y los culatazos, los impactos de las balas y las manchas de sangre. Las bombas de gases cayeron sobre el pueblo que no tenía con qué defenderse.»
(No es casualidad que las cápsulas de los proyectiles tuvieran una marca: MADE IN USA – ADORMECEDOR- LACRIMOGENO-VOMITIVO.)
Hay como un cierto orgullo y satisfacción en esta parto del relato de los hechos en los cuales aparece el gran protagonista: el pueblo. .. «La policía fue echada y desalojada de Villa Quinteros, se bloqueó el camino, se obligó a los «bravos federales» a replegarse y todo esto con las armas de la indignación popular que transformó los palos, las piedras, los brazos en una decisión y en una experiencia que no olvidarán quienes la vivieron y que quedará como un jalón más de la lucha. Todo lo que se pueda decir sobre los actos a mansalva es poco: entraron a nuestras casas, nos hirieron, nos golpearon, aterraron a nuestras mujeres embarazadas y a nuestros hijos, no hubo bestialidad que fuera ahorrada a éste pueblo cuyo único delito es el de querer vivir con dignidad de hombres, de cristianos, de seres humanos. los heridos, que fueron más de 40; y que fueron agredidos en el interior de sus casas, dan fe da esta nueva muestra de lo que estamos viviendo… Y no solamente en Tucumán, sino también en los ingenios cerrados de Santa Fe y en tantos otros lugares donde so humilla al hombre, al hermano, al prójimo. Y ESTA VIOLENCIA YA SE HA COBRADO CUATRO VICTIMAS; CUATRO HIJOS QUE NO NACERÁN NUNCA, PORQUE EL MIEDO Y LA AGRESIÓN COBARDE LOS MATO EN EL SENO DE SUS MADRES.»
Aquí termina nuestra crónica porque también terminan las palabras: a la sangre de Hilda Natalia Guerrero de Molina hay que sumar todo el dolor, toda la frustración, toda la burla, todos los golpes, toda la sangre de los humildes que —como muy bien lo expresa este sacerdote tucumano de Villa Quinteros—: «Estamos viviendo todavía en la agonía del Viernes Santo, porque todavía no ha llegado para nosotros LA LIBERACIÓN.»

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