Se ha afirmado rotunda y repetidamente como un axioma que «la violencia no es cristiana y no sirve para arreglar las injusticias». Es indispensable someter a reflexión ambas frases.
Se dice que la violencia «no es el camino para solucionar las injusticias». Pregunto a quienes hacen tal afirmación qué cambio profundo se ha realizado en la sociedad sin violencia. El catorce de julio se celebró el aniversario de la Revolución Francesa mediante la cual la burguesía quebró las estructuras forjadas por la nobleza y llegó al poder.
¿Tienen conciencia los burgueses de hoy de toda la violencia que fue necesaria y que significó la Revolución Francesa para que ellos llegaran al poder? Esos mismos burgueses que asisten a actos y vinos de honor en homenaje a una Revolución que llevó tanta gente a la guillotina, que derramó tanta sangre, hoy se escandalizan cuando obreros y estudiantes causan algunos destrozos reclamando justicia y protestando contra la opresión.
¿Acaso las guerras de independencia latinoamericanas se hicieron sin ejercer la violencia? Nuestros proceres, tenían otro camino para remediar la injusticia que representaba el colonialismo al que estábamos sometidos? ¿Cómo puede decirse entonces sin más que la «violencia no es el camino para solucionar las injusticias»?
De lo dicho se debe concluir por el contrario que desgraciadamente muchas veces la violencia es el único camino para solucionar las injusticias.
cerca al pueblo cristiano: «la violencia no es cristiana ni evangélica», a la que se suele agregar «el camino de Cristo no es el de la violencia sino el del amor», contraponiendo de esta manera como absolutamente antagónicos violencia y amor.
¿Se pueden hacer tales afirmaciones sin condenar la violencia de Cristo con los sacerdotes, escribas y fariseos? (Léanse las maldiciones de Cristo contra ellos en el cap. 23 de San Mateo; los llama «hipócritas, serpientes, raza de víboras, sepulcros blanqueados que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia») ¿Sin condenar la violencia de Cristo con los mercaderes del templo a quienes echó a latigazos? ¿Sin condenar las expresiones de Cristo: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz sino espacia» (Mt. 10,34). «Desde los días de Juan Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo conquistan» (Mt. 11,12). «Y tú, Cafarnaúm, hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el infierno te hundirán! (Mt. 11,23).
¿Sin condenar la violencia ejercida por la iglesia a lo largo de su historia: Cruzadas, conversiones obtenidas, mediante la fuerza, inquisición? Creo en efecto que esta violencia debe ser condenada por antievangélica, aún cuando sea necesario explicársela en el contexto histórico.
¿Sin condenar la violencia de los santos guerreros (San Fernando, San Luis, Santa Juana de Arco)? ¿No se percibe la contradicción que significa condenar sin matices la violencia por anticristiana y al mismo tiempo proponer a la veneración hombres que ejercieron aún la violencia de las armas?
¿Sin condenar la guerra de independencia latinoamericana y sus hombres, San Martín. Belgrrano, Bolívar etc.? ¿Sin condenar la aprobación y participación de muchos sacerdotes argentinos en la independencia argentina?
¿Sin condenar la existencia de ejércitos y el nombramiento de capellanes militares? ¿Acaso la existencia de ejércitos no prueba que se piensa que hay una violencia que no sólo es justa, sino también necesaria?
¿Sin hacer una distinción entre la violencia de arriba y la de abajo, la injusta y la justa, la de los que oprimen y la de los que luchan por liberarse?
¿Sin condenar el principio admitido ñor la moral tradicional de la legítima defensa, y la tesis tomista, comúnmente admitida en teología del tiranicidio? ¿Sin darle la razón a Nietzsche de que «sólo el hombre castrado es virtuoso»? ¿De que el cristianismo ha desvitalizado a la humanidad?
Por todo lo cual creo que resulta evidente que no se puede descartar sin más la violencia como medio de solucionar las injusticias, ni se la puede contraponer simplemente, sin matices, al cristianismo, pues; éste conlleva una buena dosis de violencia.
Propongo la siguiente linca de solución:
1) Violencia proviene de la palabra latina «vis» que significa fuerza. Expresa el impulso vital, inherente a todo el «cosmos» en cuanto viviente, evolutivo, que sólo puede progresar rompiendo las barreras que se oponen.
2) Por lo tanto la violencia es indispensable en cuanto todo ser y todo el cosmos está llamado a crecer y todo crecimiento encuentra obstáculos. Puede decirse que se trata de una ley estructural del ser. Es esta fuerza la que ha hecho posible que desde las especies inferiores se llegase hasta el hombre actual; es ella la que nos mantiene en vida y nos lleva a crecer continuamente.
3) En las etapas del proceso evolutivo inferiores al hombre, la violencia se rige por la ley de la supervivencia del más apto, ya se trate del individuo como de la especie. En la lucha por la vida sólo los más aptos sobreviven.
4) Con el advenimiento del hombre, no puede seguir rigiendo la ley de la supervivencia del más apto, pues, el individuo deja de ser solo una parte de la especie, para ser una persona, con valor absoluto en sí misma y por lo tanto no puede ser objeto de nadie.
La violencia ahora es ejercida no por unos contra otros, sino por todos hacia más ser.
Por lo tanto se debe condenar enérgicamente: a) La violencia de una persona sobre otra, impidiéndole ser-mas
b) La violencia de un grupo (raza, nación, grupo religioso …) sobre otro.
En estos casos se trata de violencia injusta, porque tiende a anular a las personas, a impedirles su crecimiento. En cambio no se puede sin más condenar la violencia que ejercen las personas explotadas para obtener su liberación. Por el contrario es indispensable una cierta violencia que rompa las barreras que impiden el crecimiento de las personas: racismo, persecución religiosa, capitalismo, imperialismo…
En épocas de gran crecimiento la violencia se intensifica para romper las barreras; tiene lugar entonces lo que conocemos con el nombre de «revolución». Pero la violencia no necesariamente es física, «armada»; puede ser también psíquica, moral, etc. La propaganda por ejemplo ejerce una verdadera violencia, sutil pero eficaz.
El Mensaje evangélico es un mensaje de liberación del hombre; está al servicio del crecimiento del hombre en todas sus dimensiones. Cristo no ha venido a anular la vida como parece deducirse de ciertas presentaciones del Evangelio, sino que ha venido para que los hombres «tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10,10). «El Espíritu del Señor sQbre mí, porque me ha ungido Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lucas: 4,1819).
En el centro de su Mensaje Cristo colocó el amor, pero éste no es simplemente contrapuesto a la violencia como a veces se suele interpretar. El amor se opone a la violencia opresora, no a la liberadora. Más aún, el verdadero amor es una violenta fuerza de liberación que hace saltar las estructuras que oprimen a las personas e impiden la realización completa del amor que sólo puede darse en un mundo de personas liberadas.
Los medios que se han de adoptar para lograr la liberación, no pueden establecerse o negarse «a priori» y desde fuera; corresponde a la comunidad comprometida en la liberación de los hombres elegirlos.
Los cristianos participan en esta lucha de la liberación cargados de amor, de esperanza y al mismo tiempo de la angustia que supone al saber» que al comprometerse concretamente en el proceso de liberación del hombre no podrán conservar las manos «limpias», porque todo lo humano es ambivalente; las situaciones concretas en que se encuentra el hombre nunca son «puras».
Sólo los cristianos que aceptan salir de la «pureza platónica» y «mancharse las manos» en la ruda tarea de la liberación de los hombres comienzan a entender lo que significa la «encarnación» de Dios.
Rubén R. Dri

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