Junio de 1955: Los aviones de la marina bombardean Plaza de Mayo, donde miles de trabajadores se habían congregado en defensa de su líder y sus derechos. El saldo fue una importante cantidad de muertos y heridos. Quedó así, inaugurada una etapa de la historia argentina signada por el odio y la violencia. A partir de ese momento, el pueblo sufrió la reacción sistemática de un sector minoritario, pero económicamente poderoso, que intentó eliminar por la fuerza todas las realizaciones de diez años de gobierno popular y nacional.
Sintetizado en la figura de Pedro Eugenio Aramburu, el nuevo régimen eliminó del concierto político nacional, todo aquello que pudiera representar, en “cualquier forma, al gobierno peronista: los sindicatos y la CGT fueron intervenidos a punta de pistola, el cadáver de Eva Perón, robado, en contra de los mismos postulados que sus profanadores predicaban, miles de militantes populares fueron perseguidos, torturados y asesinados. El pueblo, con sus organizaciones gremiales y políticas proscriptas, emprendió, forzado, el camino de la clandestinidad, comenzando a organizar la Resistencia.
Así se llega a 1956, cuando se produce el primer intento de reconquista del poder. El movimiento, aglutinado en torno al General Juan José Valle fracasa. Fue así que Pedro Eugenio Aramburu se hizo tristemente célebre, al firmar la sentencia de muerte de treinta y tres complotados, entre civiles y militares. Desde ese momento quedó bien claro que el régimen conoce una sola forma para silenciar a quienes se oponen a su voluntad: la violencia.
1958: En elecciones en las que el pueblo debió optar, al no poder elegir libremente, el gobierno cambia de hombres, pero no de manos: asume el poder Arturo Frondizi. Siguiendo la misma política que su antecesor Aramburu, este gobierno implantó el Plan Conintes —que encarceló y torturó a cientos de militantes—, reprimió brutalmente a los obreros del frigorífico Lisandro de la Torre, y ahogó toda expresión de protesta estudiantil y sindical. Como culminación de su traición a la clase trabajadora, anula las elecciones de 1962.
Otros hechos característicos de este proceso de violencia oficial son: el secuestro y muerte del obrero metalúrgico Felipe Valiese, crimen acallado por todos los sectores de poder, desde la prensa hasta las
Fuerzas Armadas y la Iglesia. El enfrentamiento entre azules y colorados que tiene como colofón el triunfo de los primeros y más de un centenar de muertos: todos soldados. Otra proscripción electoral al peronismo en 1963. Ya con Illía, se producen, nuevas víctimas obreras como Méndez, Mussi y Retamar, a manos de las fuerzas represivas.
1966: Llega Onganía al poder. A 30 días de gobierno, determina la intervención a la Universidad, y a numerosos gremios, lanzando una política de represión que tiene su punto culminante en Córdoba y Rosario, durante mayo y setiembre de 1969. En ambas fechas la violencia del régimen, más endurecida e intransigente que nunca, se cobra nuevas vidas. Pero la reacción del pueblo, es directamente proporcional al sistema empleado por el gobierno. A esta altura, muchos son los sectores nacionales —gremiales, estudiantiles, y políticos—, que comprenden la imposibilidad de dialogar pacíficamente frente a un gobierno decidido a no ceder un paso en su política de entrega y opresión. Es a la luz del Cordobazo, que surgen los primeros grupos armados, dispuestos a responder con idéntico idioma, a quienes usurpan el poder.
El principio: La Calera
Hasta el 1° de julio de este año, las reacciones violentas del pueblo, habían sido masivas, espontáneamente salidas de su seno. La lucha armada desarrollada por grupos organizados militarmente, era algo poco conocido en la Argentina. Hay empero, antecedentes: los Uturuncos, el Ejército guerrillero del Pueblo, en Salta y —más cercana— la experiencia de las Fuerzas Armadas Peronistas, en Taco Ralo, y del FAL, durante el secuestro del cónsul paraguayo. Sin perjuicio de esos brotes, auténticamente revolucionarios, puede afirmarse que con la toma de La Calera, por los Montoneros, queda inaugurado un nuevo ciclo en la lucha por la liberación nacional. Ese operativo, demostró que la guerrilla urbana está, en la Argentina, condicionada anímica y materialmente para ensayar con éxito, golpes de gran envergadura. Nadie, ni los medios oficiales, ni “los teóricos de la revolución permanente” podían creer lo que estaba sucediendo. Unos, porque subestimando a las fuerzas de liberación, habían descartado que se pudiera intentar un golpe contra tan estratégico centro, ya que La Calera, está a pocos kilómetros de dos importantes cuerpos militares cordobeses. Los otros, los pesimistas de siempre, intentaban argumentar de común acuerdo con los liberales, que quienes habían jugado sus vidas en esa acción, eran “hombres de la derecha” o “elementos utilizados por los Servicios represivos”, pero jamás peronistas. Estaba claro: había que desvirtuar de cualquier manera a quienes lapidaban con acción pura todas las tesis verbalistas, que se esgrimen día a día. Los sucesos se aceleran desde ese momento: Emilio Maza, acribillado a balazos con su compañero Ignacio Vélez en el barrio Los Naranjos, las torturas infligidas a Lozada, Soratti Martínez, Fierro, Cristina Liprandi y otros militantes son algunos de los ejemplos de la respuesta oficial, que una vez más tenía caracteres violentos. Sin embargo, en el seno del pueblo —sobre todo en Córdoba— la repercusión fue diferente. En esa ciudad, se desarrollaron colectas en las villas, asambleas en fábricas y en centros estudiantiles, todos los esfuerzos fueron pocos para testimoniar su adhesión material y espiritual a quienes se encontraban encarcelados por defender EFECTIVAMENTE la causa popular. Con la muerte de Emilio Maza esa adhesión adquiere perfiles incondicionales. Mientras la ciudad de Córdoba estaba prácticamente ocupada por las fuerzas represivas, y el mismo gobierno no garantizaba la seguridad de la población, tres mil personas se hicieron presentes en el entierro del combatiente caído. En el cementerio, frente a su tumba, vitorearon a Perón y a los Montoneros. En esta nueva etapa abierta por La Calera, es importante destacar la incorporación a la acción revolucionaria de elementos auténticamente cristianos, que al igual que en otros países de América latina, responden activamente al mensaje que dejó Camilo Torres.

  • Garín: la continuación
  • El régimen no estaba aún recuperado del duro golpe recibido por los Montoneros, cuando un comando de 45 hombres de las Fuerzas Armadas Revolucionarias incorporaba otro nombre a las listas de acciones armadas: Garín. Este operativo se caracterizó por su sincronización e ilimitada perfección. Ni un solo detalle quedó marginado de los cálculos de posibilidades. Un muerto fue el saldo irremediable de una vana resistencia. El cabo Sulling pagaba con su vida el clima de violencia desatado por el régimen que defendía.
    Poco después de estos hechos, las FAP —decana de las organizaciones armadas— entraban nuevamente en acción, intentando irradiar un comunicado por Radio Rivadavia, a la que rebautizaron con el nombre de Evita.
    A esta altura, el estado creado por el régimen nacido después de 1955, recibía una clara respuesta. Numerosos elementos se incorporaban espontáneamente a los grupos armados o formaban otros nuevos. Un ejemplo de lo dicho, es la expropiación realizada por el Comando Córdoba del Ejército de Liberación
    del Norte en el Bando de La Alicia, y la ocupación militar de la comisaría 16 de la localidad de Ferreira, por el MRA.
    Así, se llega a la muerte del gremialista José Alonso, absorbido por ese clima violento orquestado desde el mismo gobierno.
    Alonso, conocido por su traición al Plan de Lucha de la CGT, era entre otras cosas, uno de los hombres de confianza con que contaban Onganía y Levingston dentro de los gremios, y socio del exintendente frondicista Hernán Giralt en actividades financieras.

  • La senda está trazada
  • Argentina está virtualmente en pie de guerra. Pero no es, como se pretendió, una guerra civil, sino de descolonización. Es una lucha contra la violencia institucionalizada por el sistema neocolonial. Una lucha contra la ocupación invisible de los poderes económicos extranjeros, que son hoy propietarios de todos los sectores claves del desarrollo nacional. Una lucha violenta contra la violencia que engendra la miseria, el subdesarrollo, la insalubridad, la desocupación, el raquitismo, que sufren los amplios grupos humanos marginados desde 1955 de la realidad social, económica y política de nuestro país. Es una guerra que no pide ni quiere ya cuartel. Tampoco es impulsada ni financiada por “ideologías extrañas a nuestro ser nacional”, como también se pretendió hacer creer. Por el ¿contrario, es la reacción natural de un pueblo que después de soportar años de vergüenza y sometimiento quiere dejar de ser objeto de la voluntad de pocos. Desde ahora el pueblo argentino pasa a ser. en forma más marcada día a día, protagonista directo de su propia historia.
    Por su parte, el sistema establecido en Argentina —y en casi toda América latina— agoniza, ahogado en sus propias contradicciones. Así lo ejemplifica el motín policial de Rosario, en el mes de junio, en donde se invocaron en busca de reivindicaciones salariales, principios sustraídos precisamente a los eternos perjudicados por los abusos de los ocasionales peticionantes.
    La lucha por la liberación está dada, a esta altura, en todos los frentes. El régimen se encuentra, más que nunca, aislado. Los estudiantes, los obreros —caso elocuente es el de FAE—, la población misma, interpretan cada vez más que en la Argentina las soluciones no llegarán nunca por medio de la palabra. Nada más cierto que lo expresado por Camilo Torres: La revolución puede ser pacífica si los que tienen el poder no hacen resistencia violenta.
    Deben entender quienes se apoyan en la fuerza para gobernar que el “caos y la violencia” de que hablan con tanta generosidad de expresión, terminará cuando los trabajadores retornen al poder, en forma total y absoluta. Esto, más que un problema del pueblo, es hoy un problema de los gobernantes. Aquel descubrió ya su camino y ha comenzado a recorrerlo.

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