La publicación del diario del CHE GUEVARA mereció una introducción de FIDEL CASTRO que publicamos íntegramente en este suplemento del número 8 de CRISTIANISMO Y REVOLUCIÓN.
Además de señalar la victoria que significa haber rescatado de las garras de la CÍA y de los gorilas bolivianos este histórico diario, se nos impone como un deber señalar nuestra solidaridad con las definiciones revolucionarias de la introducción de Fidel.
Debemos recordar que la experiencia guerrillera en Bolivia y su desenlace hasta la muerte del Che, significó una profunda crisis en la conciencia de muchos revolucionarios de nuestra patria y del resto de América.
La lección de esta lucha significó profundizar la crisis de una vanguardia inexistente e impotente. Toda la frustración de quienes habían tomado tantas veces el nombre del CHE en vano; toda la mentira acumulada en las fantasías revolucionarias y en las aventuras intelectuales; todas las expectativas populares traicionadas por los que son incapaces de asumir las luchas del movimiento peronista, del pueblo, quedaron descubiertas por el ejemplo del Che y sus compañeros de lucha en Bolivia.
Los hechos revolucionarios del CHE fueron descuartizados y criticados sistemáticamente por los «marxistas-leninistas» que nunca superaron la triste condición de escribas; el heroísmo del CHE y sus compañeros fue objeto de las burlas y de las calumnias más viles de los «revolucionarios» incapaces de probar en los hechos una sola de sus afirmaciones; aquí entre nosotros hubo muchos miserables capaces de saludar con alegría la muerte del CHE pensando que con él moría el difícil e inevitable camino de la lucha armada para la liberación.
No tuvimos ni siquiera la oportunidad de que el CHE disparara su fusil en su tierra, pero sin duda que aquí también se hubiese encontrado con los «jefes» dispuestos a disputarse no los lugares de la avanzada y del peligro sino los puestos de la figuración, del caudillismo mal entendido, de las pequeñas trenzas.
FIDEL es uno de los pocos revolucionarios que tiene autoridad para señalar, como lo hace en esta introducción, todas estas actitudes contrarrevolucionarias y cobardes. Nosotros solamente ratificamos y decimos que aquí también, entre nosotros, la lucha y muerte del CHE, exigen una permanente toma de conciencia de nuestro deber de revolucionarios.
Esto significa tocar algunos temas claves del actual proceso argentino y señalar algunas posiciones que implican compromisos y definiciones reales con la revolución.
Nuestra impotencia como vanguardia sigue marcando la hora cero de la revolución.
La unión de los grupos y militantes revolucionarios se irá dando a través de la lucha y no en las mesas, en las discusiones, en las propuestas teóricas e irrealizables.
La organización y afianzamiento de la tendencia revolucionaria en el movimiento peronista sigue siendo la clave para la lucha popular, considerando que el camino argentino para la revolución y el socialismo, es el peronismo.
La proclamación de la lucha armada se convierte ya en una vulgar payasada mientras no se concrete en los hechos y, en una infraestructura nacional que le asegure continuidad al proceso y encarnación en la lucha de las masas.
Los sectores izquierdistas intelectuales, las nuevas fracciones comunistas, las sectas y minisectas y todas las variantes de la atomización intelectual e impotente, deben aceptar que no han logrado una respuesta ni revolucionaria ni marxista que sea capaz de golpear al régimen.
Una respuesta revolucionaria supone el reconocimiento de la vanguardia en los hechos; supone métodos, actitudes, formas de lucha y de organización revolucionaria. Pero más que nada supone un estilo de hombre y revolucionario nuevo.
Porque todavía no somos ese hombre nuevo ni ese revolucionario nuevo, porque todavía no podemos ni siquiera violentar nuestros modos de vida burgueses, seguimos atrapados en la impotencia y somos la izquierda que la burguesía permite como una de las formas del snobismo, del happening.
La multitud de excusas, justificaciones, miedos, terrores, fantasmas, mentiras y todo lo que significa evitar el riesgo y la persecución, nos va paralizando en el proceso de nuestra revolución interior.
Mientras no entremos en el proceso interior, mientras nuestros valores, y formas de vida no sean revolucionarias, no podremos avanzar ni un paso: ni siquiera podremos reconocer nuestros propios errores y nuestras propias limitaciones.
Por algo todavía el régimen, el capitalismo, el imperialismo, los gorilas, los militares y los burócratas politiqueros, cuentan con nuestra impotencia y no somos capaces ni de perturbarles el sueño.
El pueblo no estará siempre esperando que la supuesta vanguardia esclarecida se manifieste a través del nuevo estilo revolucionario, de nuevos hechos revolucionarios, de una nueva dimensión del hombre, de la vida, de la violencia, del amor, de la muerte.
Porque mientras la supuesta vanguardia esclarecida discute la teoría revolucionaria y se dedica a buscarle defectos a los que se juegan la vida, como se los buscaron al CHE, el pueblo está haciendo su práctica revolucionaria a través de la lucha continua del movimiento popular, es decir, del peronismo revolucionario.
Todos los seudorrevolucionarios y miserables que levantaron su dedo crítico y prudente, viendo en la muerte del CHE la muerte de la lucha armada, la muerte de la experiencia guerrillera, la muerte de los caminos violentos por los cuales el pueblo va conquistando su liberación, están aterrados por la resurrección del CHE.
Porque el CHE resucita en los desconocidos y anónimos soldados que escucharon su grito de guerra y están dispuestos a empuñar las armas que ni la muerte pudo arrancarle de sus manos.
ESTAS REFLEXIONES, QUE SENTIMOS UN DEBER SEÑALAR, COMO UNA MODESTA ADHESIÓN A LO QUE FIDEL CASTRO ESCRIBE EN LA INTRODUCCIÓN AL DIARIO DEL CHE, LAS FORMULAMOS ASUMIENDO PLENAMENTE NUESTRA INDIGNIDAD, NUESTRA DEBILIDAD, NUESTRA INSIGNIFICANCIA QUE NUNCA SERÁN EXCUSAS NI PARA LA COBARDÍA, NI PARA LA TRAICIÓN, NI PARA DEJAR DE CUMPLIR EL DEBER DE TODO REVOLUCIONARIO QUE ES HACER LA REVOLUCIÓN.

  • UNA INTRODUCION NECESARIA
  • Era costumbre del Che en su vida guerrillera anotar cuidadosamente en un diario personal sus observaciones de cada día. En las largas marchas por terrenos abruptos y difíciles en medio de los bosques húmedos, cuando las filas de hombres, siempre encorvados por el peso de las mochilas, las municiones y las armas, se detenían un instante a descansar, o la columna recibía la orden de alto para acampar al final de fatigosa jornada, se veía al Che —como cariciosamente lo bautizaron desde el principio los cubanos— extraer una pequeña libreta y con su letra menuda y casi ilegible de médico, escribir sus notas.
    Lo que pudo conservar de esos apuntes le sirvió luego para escribir sus magníficas narraciones históricas de la guerra revolucionaria en Cuba, llenas de contenido revolucionario, pedagógico y humano.
    Esta vez, gracias a aquel invariable hábito suyo de ir anotando los principales hechos de cada día, podemos disponer de una información por-memorizada, rigurosamente exacta e inapreciable de aquellos heroicos meses finales de su vida en Bolivia.
    Esas anotaciones, no escritas propiamente para la publicación, le servían como instrumento de trabajo para la evaluación constante ele los hechos, las situaciones y los hombres, a la vez que daban cauce a las expresiones de su espíritu profundamente observador, analítico y muchas veces matizado de fino humorismo.
    Están sobriamente redactadas y poseen ininterrumpida coherencia desde el principio hasta el fin.
    Téngase en cuenta que fueron escritas en los ratos escasísimos de descanso, en medio de épico y sobrehumano esfuerzo físico y de sus agotadoras obligaciones como jefe de un destacamento guerrillero en la difícil etapa de los comienzos de una lucha de esta naturaleza, que se desenvolvía en condiciones materiales increíblemente duras, lo que revela una vez más su estilo de trabajo y su voluntad de hierro.

  • Las Críticas
  • En este diario, al analizar en detalle los incidentes de cada día, se hacen constar faltas, críticas y recriminaciones que son propias e inevitables en el desarrollo de una guerrilla revolucionaria.
    En el seno de un destacamento guerrillero esas críticas se tienen que producir inevitablemente, sobre todo en la etapa en que está constituido sólo por un pequeño núcleo, enfrentados a condiciones materiales sumamente adversas y a un enemigo infinitamente superior en número, cuando el menor descuido o la más insignificante falta pueden resultar fatales y el jefe debe ser exhaustivamente exigente, a la vez que utilizar cada hecho o episodio, por insignificante que parezca, para educar a los combatientes y futuros cuadros de los nuevos destacamentos guerrilleros.
    El proceso de formación de la guerrilla es un incesante llamado a la conciencia y al honor de cada hombre. El Che sabía tocar las fibras más sensibles de los revolucionarios. Cuando Marcos, reiteradamente amonestado por el Che, fue advertido de que podía ser expulsado deshonrosamente de la guerrilla, respondió: «¡Antes fusilado”. Más adelante dio su vida heroicamente. Similar fue el comportamiento de todos los hombres en los que puso su confianza y a los cuales se vio en la necesidad de amonestar por alguna u otra causa en el transcurso de la lucha. Jefe fraterno y humano sabía también ser exigente y en ocasiones severo; pero lo era en primer lugar y en mayor grado que con los demás, consigo mismo. Che basaba la disciplina en la conciencia moral del guerrillero y en la fuerza tremenda de su propio ejemplo.
    El diario contiene también numerosas referencias a Debray y evidencian la enorme preocupación que suscitó en el Che el arresto y encarcelamiento del escritor revolucionario a quien había encomendado una misión en Europa, aunque en el fondo habría deseado que aquel permaneciera en la guerrilla. Por eso manifiesta cierta inconformidad, y en ocasiones algunas dudas, sobre su comportamiento.
    Che no tuvo posibilidad de conocer la odisea vivida por Debray en las guerras de los cuerpos represivos y la actitud firme y valerosa mantenida por éste ante sus captores y torturadores.
    Destacó, sin embargo, la enorme importancia política del proceso, y, el 3 de octubre, seis días antes de su muerte, en medio de amargos y tensos sucesos, consigna: «Se escuchó una entrevista de Debray muy valiente frente a un estudiante provocador», siendo esta su última referencia al escritor.

  • La revolución Cubana
  • Como en este diario la Revolución Cubana y sus relaciones con el movimiento guerrillero aparecen reiteradamente señaladas, algunos pudieran interpretar que su publicación por nuestra parte constituye un acto de provocación que dará argumentos a los enemigos de la Revolución y a los imperialistas yanquis y sus aliados, los oligarcas de América Latina, para redoblar sus planes de bloqueo, aislamiento y agresión a Cuba.
    A los que así juzgan los hechos, es bueno recordarles que el imperialismo yanqui no ha necesitado nunca de pretextos para perpetrar sus fechorías en cualquier lugar del mundo y que sus esfuerzos para aplastar la Revolución Cubana se iniciaron desde la primera ley revolucionaria promulgada en nuestro país, por el obvio y conocido hecho de que ese imperialismo es el gendarme de la reacción mundial, promotor sistemático de la contrarrevolución y protector de las estructuras sociales más retrógradas e inhumanas que subsisten en el mundo.
    La solidaridad con el movimiento revolucionario puede ser tomada como pretexto, pero nunca será la causa de las agresiones yanquis. Negar la solidaridad para negar el pretexto es ridícula política de avestruz, que nada tiene que ver con el carácter internacionalista de las Revoluciones sociales contemporáneas. Dejar de solidarizarse con el movimiento revolucionario no es negarle un pretexto sino solidarizarse de hecho con el imperialismo yanqui y su política de dominio y esclavización del mundo.
    Cuba es un pequeño país de economía subdesarrollada, como todos los que fueron durante siglos dominados y explotados por el colonialismo y el imperialismo, situado solo a 90 millas de las costas de Estados Unidos, con una base naval yanqui en su propio territorio, que se enfrenta a numerosos obstáculos por llevar a cabo su desarrollo económico-social. Grandes peligros se han cernido sobre nuestra patria desde el triunfo de la Revolución, pero no por ello conseguirá el imperialismo doblegarla, sin que deban importarnos las dificultades que una línea revolucionaria consecuente pueda conllevar.
    Desde el punto de vista revolucionario la publicación del diario del Che en Bolivia no admite alternativa. El diario del Che quedó en poder de Barrientos, que de inmediato entregó copia a la CÍA, al Pentágono y al gobierno de Estados Unidos. Periodistas allegados a la CÍA tuvieron acceso al documento en la propia Bolivia y sacaron copias fotostáticas del mismo, aunque con el compromiso de abstenerse, por el momento, de publicarlo.
    El gobierno de Barrientos y los más altos jefes militares tienen sobradas razones para no publicar el diario, donde se puede constatar la inmensa capacidad de su ejército y las incontables derrotas que sufrieron en manos de un puñado de guerrilleros decididos que en unas pocas semanas le arrebató en combate cerca de doscientas armas.
    Che describe además a Barrientos y su régimen en los términos a que es acreedor con palabras que no podrán borrarse de la historia.

  • La fuerza del CHE
  • Por otro lado, el imperialismo tenía sus razones: Che y su ejemplo extraordinario cobran fuerza cada vez mayor en el mundo. Sus ideas, su retrato, su nombre, son banderas de lucha contra las injusticias entre los oprimidos y los explotados y suscitan interés apasionado entre los estudiantes y los intelectuales de todo el mundo.
    En los propios Estados Unidos el movimiento negro y los estudiantes progresistas, que son cada vez más numerosos, han convertido en algo suyo la figura del Che. En las manifestaciones más combativas por los derechos civiles y contra la agresión a Vietnam, sus retratos son esgrimidos como emblemas de lucha. Pocas veces la historia, o tal vez nunca, una figura, un nombre, un ejemplo, se han universalizado con tal celeridad y apasionante fuerza. Es que el Che encarna en su forma más pura y desinteresada el espíritu internacionalista que caracteriza al mundo de hoy y cada vez más al de mañana.
    De un continente oprimido ayer por las potencias coloniales, explotados en que este diario no se conocen el subdesarrollo más inicuo por el imperialismo yanqui, surge esa singular figura que se convierte en aliento universal de lucha revolucionaria hasta en las propias metrópolis imperialistas y colonialistas.
    Los imperialistas yanquis temen la fuerza de ese ejemplo y todo lo que pueda contribuir a divulgarlo. Ese es el valor intrínseco del diario, expresión viva de una personalidad extraordinaria, lección guerrillera escrita al calor y la tensión de cada día, pólvora inflamable-, demostración real de que el hombre latinoamericano no es impotente frente a los esclavizado-res de pueblos y sus ejércitos mercenarios, lo que les ha impedido hasta hoy darlo a la publicidad.
    Pudieran también estar interesados en que este diario no se conociera nunca los seudorrevolucionarios, oportunistas y charlatanes de toda laya, que autoconceptuándose marxistas, comunistas y otros títulos por el estilo, no han vacilado en calificar al Che de equivocado, aventurero, y cuando más benignamente, idealista, cuya muerte es el canto de cisne de la lucha armada revolucionaria en América Latina. «¡Si el Che —exclaman— máximo exponente de esas ideas y experimentado guerrillero, fue muerto en las guerrillas y su movimiento no liberó a Bolivia, eso demuestra cuan equivocado estaba. . . !» ¡ Cuántos de estos miserables se habrán alegrado de la muerte del Che, sin sonrojarse siquiera de pensar que sus posiciones y razonamientos coinciden por entero con los de los oligarcas más reaccionarios y el imperialismo !
    De este modo se justifican a sí mismos, o justifican a dirigentes traidores que en determinado momento no vacilaron en jugar a la lucha armada con el verdadero propósito —según se pudo ver luego— de destruir a los destacamentos guerrilleros, frenar la acción revolucionaria e imponer sus vergonzosas y ridiculas componendas políticas, porque eran absolutamente incapaces de ninguna otra línea; o a los que no quieren combatir, ni combatirán jamás, por el pueblo y su liberación y han caricaturizado las ideas revolucionarias haciendo de ellas opio dogmático sin contenido ni mensaje a las masas, y convertido las organizaciones de lucha del pueblo en instrumentos de conciliación con los explotadores internos y externos, y propugnadores de políticas que no tienen nada que ver con los intereses reales de los pueblos explotados en este continente.

  • Bienvenida Muerte
  • Che contemplaba su muerte como algo natural y probable en el proceso y se esforzó en recalcar, muy especialmente en sus últimos documentos, que esa eventualidad no impediría la marcha inevitable de la Revolución en América Latina. En su mensaje a la Tricontinental reiteró ese pensamiento:
    «Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo… En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas».
    Se consideró a sí mismo soldado de esa Revolución, sin preocuparle en absoluto sobrevivir a ella. Los que ven en el desenlace de su lucha en Bolivia el fracaso de sus ideas, con
    el mismo simplismo pudieran negar la validez de las ideas y las luchas de todos los grandes precursores y pensadores revolucionarios, incluidos los fundadores del marxismo, que no pudieron culminar la obra y contemplar en vida los frutos de sus nobles esfuerzos.
    En Cuba, ni la muerte en combate de Martí y de Maceo, a las que siguió más tarde la intervención yanqui cuando finalizaba la guerra de independencia, frustrando en lo inmediato el objetivo de sus luchas, ni la de brillantes propugnadores de la Revolución socialista como Julio Antonio Mella, asesinados por agentes al servicio del imperialismo, pudieron impedir a la larga el triunfo de un proceso que comenzó hace cien años, y nadie en absoluto podría poner en duda la profunda justeza de la causa y la línea de lucha de aquellos proceres, ni la vigencia de sus ideas esenciales que inspiraron siempre a los revolucionarios cubanos.
    En el diario del Che se pueden apreciar cuan reales eran sus posibilidades de éxito y cuan extraordinario el poder catalizador de la guerrilla, como él consigna en sus apuntes. En cierta ocasión, ante los evidentes síntomas de debilidad y rápido deterioro del régimen boliviano, expresó: «El gobierno se desintegra rápidamente; lástima no tener cien hombres más en este momento».
    Che conocía por su experiencia en Cuba cuántas veces nuestro pequeño destacamento guerrillero estuvo a punto de ser exterminado. Pudo ocurrir así en dependencia casi absoluta de los azares e imponderables de la guerra, mas, tal eventualidad, ¿habría dado a nadie el derecho a considerar errónea nuestra línea y tomarla además como ejemplo para desalentar a la Revolución e inculcar en los pueblos la impotencia? ¡Muchas veces en la historia los procesos revolucionarios estuvieron precedidos de episodios adversos! Nosotros en Cuba, ¿no tuvimos acaso la experiencia del Moneada apenas seis años antes del triunfo definitivo de la lucha armada del pueblo?
    Para muchos, entre el 26 de julio de 1953, ataque al Cuartel Moneada en Santiago de Cuba, y el 2 de diciembre de 1956, desembarco del «Granma», la lucha revolucionaria en Cuba frente a un ejército moderno y bien armado carecía de toda perspectiva y la acción de un puñado de luchadores era vista como quimera de idealistas e ilusos «que estaban profundamente equivocados». La derrota aplastante y la dispersión total del inexperto destacamento guerrillero el 5 de diciembre de 1956 pareció confirmar por entero los pesimistas augurios. Pero sólo veinticinco meses después, los restos de aquella guerrilla habían desarrollado ya la fuerza y experiencia necesarias para aniquilar aquel ejército.

  • Para no luchar
  • Para no luchar habrá siempre sobrados pretextos en todas las épocas y en todas las circunstancias, pero será el único camino de no obtener jamás la libertad. El Che no sobrevivió a sus ideas, pero supo fecundarlas con su sangre. Con toda seguridad sus críticos seudorrevolucionarios, con su cobardía política y su eterna falta de acción, sobrevivirán a la evidencia de su propia estupidez.
    Es notable, cómo se verá en el diario, que uno de esos especímenes revolucionarios que ya van siendo típicos en América Latina, Mario Monje, esgrimiendo el título de Secretario del Partido Comunista de Bolivia, pretendió discutirle al Che la jefatura política y militar del movimiento. Y puesto que alegó, además, el propósito de renunciar previamente para ello a su cargo de partidista, a su juicio, por lo visto, le bastaba el título de haberlo sido para reclamar tal prerrogativa.
    Mario Monje, por supuesto, no tenía ninguna experiencia guerrillera ni había librado jamás un combate, sin que por otro lado su autoconceptuación de comunista lo obligase siquiera a prescindir del grosero y mundano chovinismo que ya habían librado, superar los próceres que lucharon por la primera independencia.

  • «Jefes comunistas»
  • Con semejante concepto de lo que debe ser la lucha antiimperialista en este continente, tales «jefes comunistas» no han rebasado siquiera el nivel internacionalista de las tribus aborígenes que sojuzgaron los colonizadores europeos en la época de la conquista.
    Así, el jefe del Partido Comunista de un país que se llama Bolivia, y su capital histórica. Sucre, en honor de sus primeros libertadores que eran venezolanos uno y otro, que tuvo la posibilidad de contar para la definitiva liberación de su pueblo con la cooperación del talento político, organizador y militar de un verdadero titán revolucionario, cuya causa por demás no se limitaba a las fronteras estrechas, artificiales e incluso injustas de ese país, no hizo otra cosa que entrar en vergonzosos, ridículos e inmerecidos reclamos de mando.
    Bolivia, por no tener salida al mar necesita más que ningún otro país, para su propia liberación, sin tener que exponerse a un atroz bloqueo, del triunfo revolucionario de los vecinos. Che era, además, por su prestigio enorme, su capacidad y experiencia, el hombre que habría podido acelerar ese proceso.
    Che había establecido relaciones con dirigentes y militantes del Partido Comunista Boliviano, desde antes de producirse en el mismo la escisión, recabando de ellos la ayuda para el movimiento revolucionario en América del Sur. Algunos de esos militantes, autorizados por el Partido, trabajaron con él durante años en diversas tareas. Al producirse la escisión en dicho Partido, se creó una situación especial puesto que varios militantes de los que habían estado trabajando con él quedaron ubicados en uno u otro grupo. Pero Che no concebía la lucha en Bolivia como un hecho aislado sino como parte de un movimiento revolucionario de liberación que no tardaría en extenderse a otros países de América del Sur. Era su propósito organizar un movimiento sin espíritu sectario, para que a él se incorporasen todos los que quisieran luchar por la liberación de Bolivia y demás pueblos sojuzgados por el imperialismo en América Latina. Pero en la fase inicial de preparación de la base guerrillera venía dependiendo fundamentalmente de la ayuda de un grupo de valiosos y discretos colaboradores en el Partido de Monje. Fue por deferencia con ellos que invitó, en primer término, a éste, a visitar su campamento, aunque ciertamente no experimentaba hacia él ninguna simpatía.
    Después invitó a Moisés Guevara, líder minero y político que se había separado de aquel Partido para cooperar en la formación de otra organización, y que luego también se había marginado de ella inconforme con Oscar Zamora, otro Monje que hacía algún tiempo se había comprometido con el Che a trabajar en la organización de la lucha armada guerrillera en Bolivia, rehuyendo después los compromisos y cruzándose cobardemente de brazos a la hora de la acción, para convertirse con posterioridad a su muerte en uno de sus más venenosos críticos, en nombre del «marxismo-leninismo». Moisés Guevara se unió sin vacilación al Che, como le había ofrecido desde mucho antes de que éste llegara a Bolivia, le brindó su apoyo y entregó su vida heroicamente a la causa revolucionaria.
    Otro tanto hizo el grupo de guerrilleros bolivianos que había permanecido hasta entonces en la organización de Monje. Dirigidos por Inti y Coco Peredo, que después demostraron ser valerosos y destacados combatientes, se apartaron de aquél y respaldaron decididamente al Che. Pero Monje, no satisfecho del resultado, se dedicó a sabotear el movimiento, interceptando en La Paz a militantes comunistas bien entrenados que iban a unirse a las guerrillas. Estos hechos demuestran cómo existen en las filas revolucionarias hombres bien dotados de todas las condiciones necesarias para la lucha cuyo desarrollo es criminalmente frustrado por dirigentes incapaces, charlatanes y maniobreros.

  • La Jefatura
  • Che fue hombre al que nunca le interesaron personalmente cargos, mandos ni honores, pero estaba firmemente convencido de que en la lucha revolucionaria guerrillera — fundamental forma de acción para la liberación de los pueblos de América Latina, partiendo de la situación económica, política y social de casi todos los países latinoamericanos— el mando militar y político de la guerrilla debía estar unificado y que la lucha sólo podía ser dirigida desde la guerrilla y no desde cómodas y burocráticas oficinas urbanas. Y en este punto no estaba dispuesto a transigir, ni
    a entregarle a un inexperto seso-hueco de estrechas miras chovinistas el mando de un núcleo guerrillero destinado a desenvolver en su ulterior desarrollo una lucha de amplia dimensión en América del Sur. Che consideraba que ese chovinismo, que muchas veces infecta a los propios elementos revolucionarios de los diversos países de América Latina, debía ser combatido como un sentimiento reaccionario ridículo y estéril. «Que se desarrolla un verdadero internacionalismo proletario —dijo en su mensaje a la Tricontinental—. . . la bandera bajo la que se luche sea la causa sagrada de la redención de la humanidad, de tal modo que morir bajo las banderas de Viet-nam, de Venezuela, de Guatemala, de Laos, de Colombia, de Bolivia. . ., para citar sólo los escenarios actuales de la lucha armada, sea igualmente glorioso y deseable para un americano, un asiático, un africano, y aún, un europeo.
    Cada gota de sangre derramada en un territorio bajo cuya bandera no se ha nacido, es experiencia que recoge quien sobrevive para aplicarla luego a la lucha por la liberación de su lugar de origen. Y cada pueblo que se libere es una fase de la batalla por la liberación del propio pueblo que se ha ganado».
    Che pensaba igualmente que en el destacamento guerrillero participasen combatientes de distintos países latinoamericanos y que la guerrilla en Bolivia fuese escuela de revolucionarios que harían su aprendizaje en los combates. A su lado quiso tener para ayudarlo en esa tarea, junto a los bolivianos, un pequeño núcleo de guerrilleros con experiencia, que habían sido casi todos compañeros suyos en la Sierra Maestra, durante la lucha revolucionaria en Cuba, cuya capacidad, valor y espíritu de sacrificio conocía. De esos hombres ninguno vaciló en responder a su solicitud, ninguno lo abandonó y ninguno se rindió.

  • Responsabilidad irreprochable
  • Che actuó en su campaña de Bolivia con el tesón, la maestría, el estoicismo y la ejemplar actitud que eran proverbiales en él. Puede decirse que impregnado de la importancia de la misión que se había asignado a sí mismo, procedió en todo instante con un espíritu de responsabilidad irreprochable. En aquellas ocasiones en que la guerrilla cometía algún descuido, se apresuraba en advertirlo y enmendarlo, consignándolo en su diario.
    Factores adversos se combinaron increíblemente en su contra. La separación —que debía ser por unos breves días— de una parte de la guerrilla, donde se encontraba un grupo valioso de hombres, algunos de ellos enfermos o convalecientes, al perderse el contacto entre ambos en un terreno sumamente accidentado, se prolongó durante interminables meses, que ocuparon el esfuerzo de Che en su búsqueda. En ese período el asma —una dolencia que solía dominar fácilmente con sencillos medicamentos, pero que faltando éstos se convertía para él en un terrible enemigo— lo atacó despiadadamente, deviniendo esto en un problema serio por el hecho de que las medicinas que provisoriamente había acumulado para la guerrilla fueron descubiertas y ocupadas por el enemigo.
    Este hecho, unido al aniquilamiento a fines de agosto de la parte de la guerrilla con la que había perdido el contacto, fueron factores que gravitaron considerablemente en el desarrollo de los acontecimientos. Pero Che, con voluntad de acero, se sobrepuso al malestar físico y en ningún instante su acción aminoró, ni decayó su ánimo.
    Fueron numerosos sus contactos con los campesinos bolivianos. El carácter de éstos, sumamente desconfiados y cautelosos, no podía sorprender al Che, que conocía perfectamente bien su mentalidad por haberlos tratado en otras ocasiones, y sabía que para ganarlos a su causa se requería una labor prolongada, ardua y paciente, pero no albergaba ninguna duda de que a la larga lo obtendría.
    Si se sigue con cuidado el hilo de los acontecimientos se verá que aún cuando el número de hombres con que contaba en el mes de setiembre, algunas semanas antes de su muerte, era muy reducido, todavía la guerrilla mantenía su capacidad de desarrollo y algunos cuadros bolivianos, como los hermanos Inti y Coco Peredo, se iban ya destacando con magníficas perspectivas de jefes.
    Fue la emboscada de Higueras, única acción exitosa del ejército contra el destacamento que mandaba el Che, matándole la vanguardia e hiriéndole varios hombres más en pleno día, cuando se trasladaban a una zona campesina de mayor desarrollo político —objetivo éste que no aparece consignado en el diario, pero que se sabe por los sobrevivientes— lo que les creó una situación insuperable. Ese avance de día por la misma ruta que venían siguiendo durante varias jornadas en inevitablemente amplio contacto con los moradores de aquella zona que cruzaban por primera vez, y la obvia certeza de que el ejército debería interceptarlos en algún punto, era sin duda peligroso. Pero el Che, plenamente consciente de esto, decidió correr el riesgo para ayudar al médico que venía en muy mal estado físico.
    El día anterior a la emboscada, escribe: «Llegamos a Pujio, pero allí había gente que nos había visto abajo el día anterior, vale decir: estamos siendo previstos por radio bemba. . .». «El caminar en mulo se hace peligroso, pero trato que el médico vaya lo mejor posible pues viene muy débil».
    Al día siguiente escribió: «A las 13 salió la vanguardia para tratar de llegar a Jagüey y allí tomar una decisión sobre las muías y el médico». Es decir, buscaba una solución para el enfermo, a fin de abandonar aquella ruta y tomar las precauciones necesarias. Pero aquella misma tarde, antes de que la vanguardia llegara a Jagüey se produjo la fatal emboscada que llevó al destacamento a una situación insostenible.
    Días después, cercado en la Quebrada del Yuro, libró su último combate.

  • Nunca en la historia
  • Impresiona profundamente la proeza realizada por este puñado de revolucionarios. La sola lucha contra la naturaleza hostil en que desenvolvían su acción constituye una insuperable página de heroísmo. Nunca en la historia un número tan reducido de hombres emprendió una tarea tan gigantesca. La fe y la convicción absoluta en que la inmensa capacidad revolucionaria de los pueblos de América Latina podía ser despertada, la confianza en sí mismo y la decisión con que se entregaron a ese objetivo, nos da la justa dimensión de estos hombres.
    Che dijo un día a los guerrilleros en Bolivia: «Este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie humana, pero también nos permite graduarnos de hombres; los que no pueden alcanzar ninguno de estos dos estadios deben decirlo y dejar la lucha».
    Los que con él lucharon hasta el final se hicieron acreedores a estos honrosos calificativos. Ellos simbolizan el tipo de revolucionarios y de hombres a quienes la historia en esta hora convoca para una tarea verdaderamente dura y difícil: la transformación revolucionaria de América Latina.
    El enemigo que enfrentaron los próceres de la primera lucha por la independencia, era un poder colonial decadente. Los revolucionarios de hoy tienen por enemigo al baluarte más poderoso del campo imperialista, equipado con la técnica y la industria más moderna. Ese enemigo no sólo organizó y equipo de nuevo un ejército en Bolivia, donde el pueblo había destruido la anterior fuerza militar represiva y le brindó inmediatamente el auxilio de sus armas y asistentes militares para la lucha contra la guerrilla, sino que brinda su aporte militar y técnico en la misma medida a todas las fuerzas represivas de este continente. Y cuando no bastan esas medidas, interviene directamente con sus tropas, como hizo en Santo Domingo.

  • Revolucionarios y hombres
  • Para luchar contra ese enemigo se requiere el tipo de revolucionarios y de hombres de que habló el Che. Sin ese tipo de revolucionarios y de hombres, dispuestos a hacer lo que ellos hicieron; sin el ánimo de enfrentarse a enormes obstáculos que ellos tuvieron; sin la decisión de morir que a ellos los acompañó en todo instante; sin la convicción profunda de la justicia de su causa y la fe inconmovible en la fuerza invencible de los pueblos que ellos albergaron, frente a un poder como el imperialismo yanqui, cuyos recursos militares, técnicos y económicos se hacen sentir en todo el mundo, la liberación de los pueblos de este continente no sería alcanzada.
    El propio pueblo norteamericano, que empieza a tomar conciencia de que la monstruosa superestructura política que rige su país no es ya hace mucho rato la idílica república burguesa que sus fundadores establecieron hace casi doscientos años, está sufriendo en un grado cada vez más alto la barbarie moral de un sistema irracional, enajenante, deshumanizado y brutal, que cobra en el pueblo norteamericano cada vez más víctimas de sus guerras agresivas, sus crímenes políticos, sus aberraciones raciales, su mezquina jerarquización del ser humano y el repugnante derroche de recursos económicos, científicos y humanos de su desmesurado aparato militar, reaccionario y represivo, en medio de un mundo en sus tres cuartas partes subdesarrollado y hambriento.
    Pero sólo la transformación revolucionaria de América Latina permitiría al pueblo de Estados Unidos ajustar sus propias cuentas con ese mismo imperialismo, a la vez que en la misma medida la lucha creciente del pueblo norteamericano contra la política imperialista podría convertirlo en aliado decisivo del movimiento revolucionario en América Latina.
    Y si esta parte del hemisferio no sufre una profunda transformación revolucionaria, la enorme diferencia de desequilibrio que se produjo a principios de este siglo entre la pujante nación que -se industrializaba rápidamente por la propia ley de su dinámica social y económica, al mismo paso que marchaba hacia cumbres imperiales, y el haz de países débiles y estancados, sometidos a la coyunda de oligarquías feudales y sus ejércitos reaccionarios, en el balcanizado resto del continente americano, será apenas un pálido reflejo no ya del enorme desnivel actual en la economía, en la ciencia y en la técnica, sino del espantoso desequilibrio que, a pasos cada vez más acelerados, en veinte años más, la superestructura imperialista impondrá a los pueblos de América Latina.

  • Cada vez más pobres
  • Por ese camino estamos llamados a ser cada vez más pobres, más débiles, más dependientes y más esclavos de ese imperialismo. Esta sombría perspectiva afecta en grado igual a los pueblos subdesarrollados de África y Asia.
    Si las naciones industrializadas e instruidas de Europa, con su Mercado Común y sus instituciones científicas supranacionales, se inquietan ante las posibilidades de quedarse rezagadas y contemplan con temor la perspectiva de convertirse en colonias económicas del imperialismo yanqui, ¿qué le depara el futuro a los pueblos de América Latina?
    Si frente al cuadro de esta situación real e incuestionable, que decisivamente afecta el destino de nuestros pueblos, algún liberal o reformista burgués, o seudorrevolucionario charlatán, incapaz de la acción, tiene una respuesta que no sea la profunda y urgente transformación revolucionaria que pueda hacer acopio de todas las fuerzas morales, materiales y humanas de esta parte del mundo para lanzarlas hacia adelante, para recuperar el atraso económico y científico-técnico de siglos, cada vez mayor, con el mundo industrializado, del que somos tributarios y lo seremos cada vez más, y en especial de Estados Unidos; y además de la fórmula, el camino mágico de llevarla a cabo, diferente a la concebida por Che, que barra oligarquías, déspotas, politicastros, es decir: criados y a monopolios yanquis, es decir: amos, y lo haga con toda la urgencia que las circunstancias requieren, que levante entonces la mano para impugnar al Che.

  • ¿Quién puede impugnar al CHE?
  • Como realmente ninguno tiene respuesta honrada ni acción consecuente que implique una esperanza real a los casi 300 millones de seres humanos que componen la población de América Latina, desoladoramente pobres en su abrumadora mayoría, que serán 600 millones a la vuelta de 25 años, y que tienen derecho a la vida material, la cultura y la civilización, entonces lo mas decoroso sería el silencio ante el Che y los que con él cayeron del defendiendo sus ideas con coraje, porque la hazaña que este puñado de hombres realizó, guiados por el noble ideal de redimir un continente, quedará como la prueba más alta de lo que pueden la voluntad, el heroísmo y la grandeza humana. Ejemplo que iluminará las conciencias y presidirá la lucha de los pueblos de América Latina, porque el grito heroico del Che llegará hasta el oído receptivo de los pobres y explotados por los que él dio su vida, y muchos brazos se tenderán para empuñar las armas y conquistar su definitiva liberación.
    El 7 de octubre escribió el Che sus últimas líneas. Al día siguiente, a las 13 horas, en una estrecha quebrada donde se proponía esperar la noche para romper el cerco, una numerosa tropa enemiga hizo contacto con ellos. El reducido grupo de hombres que componían en esa fecha el destacamento, combatió heroicamente hasta el anochecer desde posiciones individuales ubicadas en el lecho de la quebrada y en los bordes superiores de la misma contra la masa de soldados que los rodeaban y atacaban. No hay ningún sobreviviente de los que combatieron en las posiciones más próximas al Che. Como junto a él estaban el médico, cuyo grave estado de salud se ha señalado antes y un guerrillero peruano también en muy malas condiciones físicas, todo parece indicar que el Che hizo el máximo para proteger la retirada a lugar más seguro, de esos compañeros, hasta caer herido. El médico no fue muerto en ese mismo combate, sino varios días más tarde, en un punto no distante de la quebrada del Yuro. Lo abrupto del terreno rocoso e irregular hacía muy difícil y a veces imposible el contacto visual de los guerrilleros entre sí. Los que defendían la posición por la otra entrada de la quebrada a varios cientos de metros del Che, entre ellos Inti Peredo, resistieron el ataque hasta el oscurecer en que lograron despegarse del enemigo y dirigirse hacia el punto previamente acordado de concentración.
    Se ha podido precisar que el Che estuvo combatiendo herido hasta que el cañón de su fusil M-2 fue destruido por un disparo, inutilizándolo totalmente, la pistola que portaba estaba sin «magazine». Estas increíbles circunstancias explican que lo hubiesen podido capturar vivo. Las heridas de las piernas le impedían caminar sin ayuda, pero no eran mortales.
    Trasladado al pueblo de Higueras permaneció con vida alrededor de 24 horas, se negó a discutir una sola palabra con sus captores, y un oficial embriagado que intentó vejarlo recibió una bofetada en pleno rostro.
    Reunidos en La Paz, Barrientos, Ovando y otros altos jefes militares, tomaron fríamente la decisión de asesinarlo. Son conocidos los detalles de la forma en que procedieron a cumplir el alevoso acuerdo en la escuela del pueblo de Higueras. El mayor Miguel Ayoroa y el coronel Andrés Selnich, rangers entrenados por los yanquis, instruyeron al sub-oficial Mario Terán para que procediera al asesinato.
    Cuando éste, completamente embriagado, penetró en el recinto, Che —que había escuchado los disparos con que acababan de ultimar a un guerrillero boliviano y otro peruano— viendo que el verdugo vacilaba le dijo con entereza: «¡Dispare! ¡No tenga miedo!». Este se retiró, y de nuevo fue necesario que los superiores Ayoroa y Selnich le repitieran la orden, que procedió a cumplir, disparándole de la cintura hacia abajo una ráfaga de metralleta. Ya había sido dada la versión de que el Che había muerto varias horas después del combate y por eso los ejecutores tenían instrucciones de no disparar sobre el pecho ni la cabeza, para no producir heridas fulminantes Esto prolongó cruelmente la agonía del Che, hasta que un sargento —también ebrio— con un disparo de pistola en el costado izquierdo lo remató. Tal proceder contrasta brutalmente con el respeto del Che, sin una sola excepción, hacia la vida de los numerosos oficiales y soldados del ejército boliviano que hizo prisioneros.

  • El último combate
  • Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tienen que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba.
    La forma en que llegó a nuestras manos este diario no puede ser ahora divulgada; baste decir que fue sin mediar remuneración económica alguna. Contiene todas las notas que escribió desde el 7 de noviembre de 1966, día en que el Che llegó a Nancahuazú, hasta el 7 de octubre de 1967, vísperas del combate de la Quebrada del Yuro. Faltan sólo unas pocas páginas que no han llegado todavía a nuestro poder, pero que por corresponder a fechas en que no tuvieron lugar hechos de importancia, no altera en absoluto el contenido del mismo.
    Aunque el documento por sí mismo no ofrecía la menor duda acerca de su autenticidad, todas las copias fotos-táticas fueron sometidas a un riguroso examen a fin de comprobar no sólo dicha autenticidad sino incluso cualquier posible alteración, por pequeña que fuese.
    Los datos fueron además cotejados con el diario de uno de los guerrilleros sobrevivientes, coincidiendo ambos documentos en todos los aspectos. El testimonio pormenorizado de los
    demás guerrilleros sobrevivientes que fueron testigos de cada uno de los acontecimientos, contribuyó asimismo a la comprobación. Se llegó a la más absoluta certeza de que todas las fotografías eran copia fiel del diario del Che.
    Constituyó una fatigosa tarea desentrañar la letra pequeña y difícil de la escritura, lo que se realizó con la participación laboriosa de su compañera Aleida March de Guevara.
    El diario será publicado en forma aproximadamente simultánea en: Francia, por Editorial Francois Mas-pero; Italia, Editorial Feltrinelli; R. F. A., Trikont Verlag; E.U.A., Revista Ramparts; Francia, en español. Ediciones Ruedo Ybérico; Chile, Revista Punto Final, y en otros países.
    ¡Hasta la victoria siempre!
    FIDEL CASTRO

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