• LOS CLÉRIGOS DE COLOR
  • Nosotros, grupo informal de clérigos negros de los Estados Unidos, estamos profundamente perturbados a causa de la crisis producida en nuestro país por distorsiones históricas de importantes realidades humanas en la controversia sobre el PODER NEGRO. Lo que vemos, brillando a través de la variada retórica, no es nada nuevo sino el mismo antiguo problema del poder y la raza que nuestro querido país ha venido enfrentando desde 1619.
    Nos danos cuenta que ni el término «poder» ni el término «conciencia cristiana» son temas fáciles sobre los que hablar, especialmente en el contexto de las relaciones raciales en América. La distorsión fundamental que se nos aparece en la controversia sobre «el poder negro», está enraizada en un fuerte desequilibrio de poder y conciencia entre los norteamericanos negros y blancos. En esta distorsión, primordialmente, la responsable de esa difundida —aunque a menudo desarticulada— suposición de que los blancos tienen justificativos para obtener lo que quieren mediante si uso del poder, pero que los negros norteamericanos deben, ya sea por naturaleza o por circunstancias, hacer su apelación solo por medio de la conciencia. Como resultado, tanto el poder de los blancos como la conciencia de los negros han alcanzado igual grado de corrupción. El poder de los blancos está corrupto porque se enfrenta con muy poca resistencia significativa por parte de los negros para atemperarlo y evitar que los blancos remeden a Dios. La conciencia de los negros está corrupta porque, careciendo de poder para implementar las demandas de la conciencia, hace que el concernimiento por la justicia se trasmute hacia una forma distorsionada del amor, la que, en ausencia de la justicia, se convierte en un caótico auto-sometimiento. La carencia de poder genera una raza de mendigos. Nos enfrentamos ahora con una situación donde el poder sin conciencia choca con la conciencia impotente, amenazando las bases de nuestra nación.
    Por lo tanto, nuestra conciencia nos compele a dirigirnos al menos a, cuatro grupos de gente en áreas donde la clarificación de la controversia es de necesidad más que urgente. No pretendemos estar ofreciendo la palabra final. Sin embargo, tenemos la esperanza de comunicar desde nuestra experiencia, significados relativos al poder y a ciertos elementos de conciencia que ayuden a interpretar con mayor adecuación el dilema del que todos estamos participando.

  • A LOS LÍDERES DE AMERICA: PODER Y LIBERTAD
  • Resulta de crítica importancia los líderes de esta nación escuchen también una voz que dice que la principal fuente de la amenaza a nuestro país no proviene de los motines que estallan en nuestras grandes ciudades, ni de los desacuerdos entre los líderes del movimiento de los derechos civiles, ni siquiera del mero levantamiento del grito de «poder negro». Creemos que estos acontecimientos no son otra cosa que la expresión del juicio de Dios a nuestra nación por su fracaso para usar sus abundantes recursos a fin de que sirvan al bienestar del pueblo, en casa y en el extranjero.
    Damos pleno apoyo a todos los líderes de los derechos civiles, en su búsqueda de metas básicamente Americanas, pues no estamos convencidos de que el mutuo apoyo que los reforzó en el pasado vaya a terminarse en el futuro. Anhelamos que el poder público de nuestra nación sea utilizado para fortalecer el movimiento de los derechos civiles, y no para su manipulación o su fractura ulterior.
    Deploramos la violencia abierta de los motines, pero creemos que es más importante concentrarse en las fuentes reales de tales erupciones. Dichas fuentes pueden estar instigadas dentro del ghetto, pero sus causas básicas residen en la violencia del interior de la ciudad. Esas disimuladas, melosas y a menudo sonreídas decisiones de los líderes norteamericanos que atan un blanco nudo corredizo de suburbios alrededor de los cuellos, y que clavan las espaldas de las masas de negros contra las recalentadas paredes del ghetto —sin empleos dentro de una economía en auge; con sistemas educacionales malogrados y segregados ante leyes incumplidas que lo sancionan; en resumen; el fracaso de los líderes norteamericanos para usar el poder norteamericano a fin de crear ¡guales oportunidades en la vida así como en la ley— he aquí el verdadero problema y no el angustiado grito del «poder negro».
    Desde el punto de vista de la fe cristiana, no hay nada necesariamente errado en el interés por el poder. En el corazón de la reforma protestante está el credo de que el poder final pertenece sólo a Dios y que los hombres se vuelven más inhumanos cuando las concentraciones de poder llevan a la convicción —abierta o encubierta— de que cualquier nación, raza u organización puede rivalizar con Dios en este terreno. En la relación entre blancos y negros en Norteamérica, lo que se discute es el problema de la desigualdad de poder. De este desequilibrio surge la irrespetuosidad de los blancos hacia la personalidad del negro y su comunidad, y la irrespetuosidad de los negros hacia sí mismos. He aquí una raíz fundamental de la injusticia humana en América. En un sentido, el concepto del «poder negro» nos recuerda la necesidad y la posibilidad de una auténtica democracia en los Estados Unidos.
    No estamos de acuerdo con aquellos que dicen que debemos cesar de expresar interés en la adquisición de poder por miedo de estar haciendo peligrar las «ganancias» logradas ya por el movimiento de los derechos civiles. El núcleo de este asunto reside en que han habido pocos avances sustanciosos desde 1950 hasta aquí. La brecha se ha ampliado constantemente entre los ingresos de los no-blancos en relación a los blancos
    A partir de la decisión de la Suprema Corte en 1954, la segregación de facto en cada ciudad importante de nuestra tierra más que disminuir ha crecido. Desde mediados de 195… el desempleo entre los negros ha subido en vez de descender, mientras que en la comunidad blanca el desempleo ha decrecido.
    Mientras ha habido cierto progreso en algunos sectores para la igualdad de los negros, este progreso ha estado limitado principalmente a los negros de clase media, quienes representan sólo una reducida minoría dentro de la comunidad de color.
    Estas son las duras evidencias que debemos enfrentar juntos. Por lo tanto, debemos tomar una posición que perpetúe las antiguas costumbres.
    Cuando los líderes norteamericanos se decidan a servir al bienestar real del pueblo en vez de la guerra y la destrucción; cuando los líderes norteamericanos sean forzados a dar prioridad en la agenda nacional a la reconstrucción de nuestras ciudades: cuando los líderes norteamericanos sean forzados a dejar de usar mal y de abusar del poder norteamericano; entonces el grito de «poder negro» se hará inaudible, pues el contexto dentro del cual funciona todo el poder de EE. UU. incluirá al poder y la experiencia de los negros así como el poder y la experiencia de los blancos. De esta manera será extirpado el miedo al poder de los otros grupos. Norteamérica es nuestra querida patria. Pero Norteamérica no es Dios. Sólo Dios puede hacerlo todo. Norteamérica y las otras naciones del mundo deben decidir qué alternativas elegir entre las que se ofrecen.

  • A LOS CLÉRIGOS BLANCOS PODER Y AMOR
  • Como negros que hace tiempo fuimos expulsados de la Iglesia blanca para crear y esgrimir el «poder negro», no logramos comprender la calidad emocional del alboroto de algunos clérigos contra el uso del término hoy. No es suficiente responder que la «integración» es la solución. Porque precisamente, lo que se está desafiando es la naturaleza de la operación de poder encubierta por algunas: formas de integración. La Iglesia negra fue creada como un resultado del rehusar a someterse a las indignidades de una falsa clase de «integración» en la que todo el poder quedaba en manos de los blancos. Lo que se requiere como precondición para una auténtica interacción humana es precisamente un compartir el poder con igualdad. Nosotros entendemos la creciente demanda de la juventud negra y blanca para una especie de integración más honesta; una que en vez de disminuirla, aumente la capacidad de los desheredados para participar con poder en todas las estructuras de nuestra vida común. Sin esta capacidad de participar con poder —por ejemplo, disponer de una fuerza política organizada y de una potencia económica que influya realmente a la gente con la que se interactúe— la integración carece de significado. Pues la cuestión no consiste en lograr un equilibrio racial, sino en alcanzar una honesta interacción interracial.
    Para que este tipo de interacción tenga lugar, toda la gente necesita poder, ya sea negra o blanca. Consideramos como completa hipocresía o como ciega y peligrosa ilusión, el punto de vista que opone entre sí el amor y el poder. El amor debiera ser en el poder un elemento moderador, el amor no se opone al poder en sí, sino precisamente en su mal uso y abuso. Mientras los clérigos blancos sigan moralinizando y tergiversando el amor cristiano, así continuará siendo subvertida la justicia en esta tierra.

  • A LOS CIUDADANOS NEGROS: PODER Y JUSTICIA
  • Tanto el grito angustiado de «poder negro» como la confundida respuesta emocional a él, pueden ser comprendidos si toda la controversia es puesta en el contexto de la historia norteamericana. Especialmente, debemos entender la ironía involucrada en el orgullo de los norteamericanos en cuanto a su aptitud para actuar por una parte como individuos, y su tendencia a actuar por la otra parte como miembros de grupos étnicos. En las tensiones de esta parte de nuestra historia están reveladas la tragedia y la esperanza de una humana redención en los Estados Unidos.
    EE. UU. ha pedido a sus ciudadanos negros que luchen por sus oportunidades como individuos mientras que en ciertos puntos de nuestra historia lo que más hemos necesitado ha sido una oportunidad para el grupo entero, no para negros seleccionados y aprobados. Así, en 1863, los esclavos fueron legalmente hechos libres, como individuos, pero fue dejada de lado la cuestión real vinculada al poder personal y grupal para mantener tal libertad. En esa época, para una población en su mayor parte rural, poder significaba tierra y herramientas para trabajarla. En las palabras de Thadeus Stevens, poder significaba «40 acres de terreno y una muía». Pero no se hacía que este poder fuera accesible para los esclavos y hoy vemos los resultados en ese empujar fuera de las granjas al campesinado sin tierras hacia las grandes ciudades donde llegan mayormente en busca del poder para ser libres. Sólo hallan las formalidades de una libertad legal sin vigencia. Entonces, debemos preguntar, «¿cuál es la naturaleza del poder que buscamos y necesitamos hoy?».
    Hoy, el poder es algo esencialmente organizacional. No es algo caído en una calle, por lo cual hay que luchar. Es algo que, en cierta medida, ya pertenece a los negros y que debe ser desarrollado por ellos en relación con los grandes recursos de esta nación.
    Obtener el poder implica necesariamente una reconciliación. Debemos primero reconciliarnos con nosotros mismos para que no fallemos en reconocer los recursos que ya tenemos y sobre los que podemos edificar. Debemos reconciliarnos con nosotros mismos como personas y con nosotros mismos como grupo histórico. Esto significa que debemos encontrar nuestro sendero hacia una nueva imagen personal en la que podamos percibir un normal sentido del orgullo en la persona, incluyendo la variedad del color de nuestra piel y las múltiples texturas de nuestro cabello. Mientras estemos llenos de odio contra nosotros mismos, seremos incapaces de respetar a los demás.
    Al mismo tiempo, si estamos seriamente interesados en el poder, entonces debemos construir sobre aquél que ya tenemos. En cierta medida, el PODER NEGRO ya está presente en la Iglesia negra, en las fraternidades y hermandades negras, en nuestras asociaciones profesionales, y en las oportunidades acordadas a negros que toman decisiones en algunas de las organizaciones integradas de nuestra sociedad.
    Entendemos las razones por qué estas formas limitadas del «poder negro» han sido rechazadas por alguna
    de nuestra gente. Demasiado a menudo, la Iglesia negra ha removido a sus miembros lejos del reino de Dios en este mundo, hacia una distorsionada y complaciente vista de otra concepción universal del poder de Dios. Como clérigos nos comprometemos a dar mayor significado en la vida de nuestra institución, nuestra convicción de que Jesucristo reina en el «aquí» y «ahora», así como en el futuro que nos trae. Usaremos, por lo tanto, todos los recursos de nuestras iglesias en el trabajo para una humana justicia en los lugares de cambio social y trastorno donde nuestro Maestro ya se encuentra trabajando.
    Al mismo tiempo, urgiremos a las organizaciones negras sociales y profesionales para que desarrollen nuevos roles para comprometer el problema de la igualdad de oportunidades y dedicar menos tiempo a la frivolidad de la charla ociosa y el derroche social.
    No tenemos que disculparnos por la existencia de esta forma de poder grupal, pues hemos sido oprimidos como grupo, no como individuos. No hallaremos el camino para salir de la opresión hasta que tanto nosotros como Norteamérica aceptemos la necesidad de que los negros norteamericanos así como los judíos, los italianos, los polacos y los protestantes anglosajones blancos, entre otros, tengan y accionen el poder grupal.
    Empero, si el poder es buscado meramente como un fin en sí mismo, tenderá a volverse contra quienes lo buscan. Los negros precisan el poder a fin de participar más efectivamente en todos los niveles de la vida de nuestra nación. Nos alegra que ninguno de esos líderes de los derechos civiles que han clamado por el «poder negro» haya sugerido que se trata de una nueva forma de aislamiento o un tonto esfuerzo de dominación. Pero debemos aclarar por qué precisamos reconciliarnos con la mayoría blanca. NO ES porque sólo seamos el diez por ciento de la población del país; pues no hace falta que se nos recuerde el aterrador poder esgrimido por la mayoría del 90 %. Vemos y sentimos ese poder cada día en las destrucciones acumuladas sobre nuestras familias y sobre las ciudades de la nación. No necesitamos que se nos amenace con semejantes argumentos fríos y desalmados. Pues somos hombres y no niños, y estamos creciendo por encima del miedo a ese poder, que difícilmente podrá herirnos en el futuro más de lo que nos hiere en la actualidad o lo que nos ha herido en el pasado. Más todavía, esas frías cifras esconden una fuerza política potencial que es nuestra si nos organizamos apropiadamente en las grandes ciudades y si establecemos alianzas efectivas.
    Tampoco debemos posar nuestra preocupación por la reconciliación con nuestros hermanos blancos en el miedo de que un fracaso en lograrlo dañe ventajas ya obtenidas por el movimiento de los derechos civiles.
    SI esas ventajas son por cierto reales, resistirán los reclamos de poder y justicia de nuestra gente, no sólo para algunos negros selectos de aquí y allá, sino para las masas de nuestros ciudadanos. Más bien, debemos basar nuestro interés en la reconciliación sobre el firme terreno de que nosotros y todos los demás norteamericanos somos uno. Nuestra historia y nuestro destino están indisolublemente ligados. Si el futuro va a pertenecer a algunos de nosotros, debe ser preparado para todos nosotros, cualquiera sea su precedente racial o religioso. Pues en un análisis final, somos personas y el poder de todos los grupos debe ser esgrimido para hacer visible nuestra humanidad.
    El futuro de EE. UU. no pertenecerá ni a blancos ni a negros, a menos que trabajemos juntos en la tarea de reedificar nuestras ciudades. Debemos organizamos no sólo entre nosotros sino con otros grupos a fin de que podamos, juntos, ganar poder suficiente para cambiar el sentido de esta nación sobre lo que ahora es importante y sobre lo que ahora debe hacerse. Debemos trabajar con el resto de la nación para organizar ciudades enteras en la tarea de dar a la reconstrucción de las mismas, primera prioridad en el uso de nuestros recursos. ESTO ES MAS IMPORTANTE QUE LLEGAR PRIMEROS A LA LUNA O QUE LA GUERRA EN VIETNAM.
    Para consumar esta tarea, no podemos gastar nuestras energías en euforias esporádicas o temperamentales sin metas significativas. Debemos pasar de la política de filantropía a la política del desenvolvimiento metropolitano para una igualdad de oportunidades. -Debemos vincular a todos los grupos de la ciudad en nuevos rumbos a fin de que la verdad de nuestras ciudades pueda ser expuesta públicamente para que, juntos, podamos apelar a los grandes recursos de nuestra nación para hacer que la verdad sea más humana.

  • A LOS MEDIOS DE DIFUSIÓN PODER Y VERDAD
  • La capacidad o incapacidad de toda la gente de Norteamérica para entender los trastornos de la actualidad depende en gran forma del modo según el cual el poder y la verdad funcionen en los medios de comunicación masiva (prensa, radio, cine y TV). Durante las manifestaciones sureñas en favor de los derechos civiles, ustedes, hombres de la industria de la comunicación, prestaron servicios invaluables al país entero revelando llanamente a nuestros oídos y ojos la horrible verdad de un brutalizante sistema de discriminación y segregación abierta. Muchos de ustedes fueron aporreados y heridos, y continuar con la tarea les demandó coraje. Fueron instrumentos de cambio y no meramente proveedores de hechos sin relación entre sí. Hacerlo les fue posible a fuerza de coraje personal y debido al poder de las agencias noticiosas nacionales que los apoyaron.
    Hoy, sin embargo, la labor de ustedes y la nuestra es más difícil. La verdad que hoy precisa ser revelada no tiene contornos tan nítidos, y tampoco hay un concenso nacional que les ayude a formar relevantes puntos de vista. Por lo tanto, nada es ahora tan importante como que ustedes busquen varias fuentes de verdad a fin de que nuestras limitadas perspectivas puedan ser corregidas. Así como ustedes se basaron en un amplio espectro de gente en Misisipi, en vez de hacerlo sólo en los informes policiales y las cifras oficiales, así deben operar ahora en Nueva York, Chicago y Cleveland. El poder para apoyarles en tal esfuerzo está presente en nuestro país. Debe ser buscado. Deseamos usar nuestra limitada influencia para ayudarles a referirse a una variedad de experiencias en la comunidad negra de modo que las controversias limitadas no sean excluyentes en la verdad final sobre nosotros.
    El destino de este país está, y no en pequeña medida, dependiendo de cómo interpreten ustedes las crisis que protagonizamos a fin de que la verdad humana sea expuesta y las necesidades humanas sean enfrentadas.

    Esta declaración del Comité Nacional de Clérigos Negros fue publicada como «solicitada» en el New York Times, en julio 31 de 1966. Firmada por seis obispos
    y cuarenta y un sacerdotes; además de la Dra. Anna Arnold Hedgeman, de la comisión de Religión y Raza del Consejo Nacional de Iglesias de Estados Unidos, su contenido viene al caso de sobremanera pues excede en sí el tema racial y es aplicable a cualquier sociedad en crisis: bastaría en general cambiar la palabra «negro» por «cabecita negra». Como testimonio de fe cristiana revolucionaria representa un aporte de validez y sinceridad conmovedoras.

  • NORTEAMÉRICA NO ES DIOS
  • Partiendo de la tesis real «Norteamerica no es Dios» exige una reconsideración radical de los términos del capitalismo occidental, sin caer en exotismos que nunca aportan soluciones verdaderas a los problemas concretos de una sociedad en transición hacia formas de vida más justicieras. Estos clérigos enfrentan con bondad la división actual del medio en que viven, deploran la violencia, pero no dejan de denunciar la violencia precursora de los motines urbanos: el crudo egoísmo de la clase media, causa principal de muchos males. He allí la raíz envenenada del problema: la indiferencia de los que ya tienen frente a la angustia de los desposeídos. Desposeídos que en principio a nadie quieren despojar, sino que asumen un poder que les permita llegar a tener lo que necesitan para vivir como humanos.
    Se remarca la importancia de la reconciliación, de la reeducación (hay ciudadanos de segunda clase, desplazados y sin capacitación, porque no se les ha permitido aprender otra cosa: por eso el énfasis puesto por Carmichael en la necesidad de controlar las escuelas) y de la reorganización de las ciudades (eliminación de ghettos o villas miseria). En este contexto, tomar el poder presupone una alternativa que quiebra en parte el esquema tradicional y se hace revolucionaria acorde a una situación concreta. En este caso no se pretende deshancar a los burócratas del Gobierno, sino que se aspira a asumir responsablemente una potencia creadora latente. Esto es lo que aterroriza a los partidarios de la explotación y el privilegio. También en Estados Unidos hay 200 familias que tienen un curioso concepto de «patria» que condiciona el futuro del país a los interese-s de sus cajas de caudales.
    La fuerza política que el Poder Negro busca, apunta a la modificación de las estructuras mediante un reparto de las atribuciones para decidir el futuro social de los desplazados por un sistema fundado en la injusticia. El ascenso del negro (o del pobre) no implica necesariamente un descenso del blanco (o del rico), sino que presupone una extirpación de las causas que impiden el reparto de los beneficios urbanos o rurales. Naturalmente, esa extirpación arrastrará a los partidarios del monopolio hacia su autodestrucción, o hacia su liquidación en manos de los revolucionarios si el cambio termina siendo violento a causa de la resistencia de los privilegiados para aceptar como iguales a los anteriormente marginados. Este mismo sentimiento de desarraigo del negro en su propio país tiene bastante en común con el desarraigo de muchos argentinos en el suyo. Dicen los clérigos: «Mientras estemos llenos de odio contra nosotros mismos, seremos incapaces de respetar a los demás». Y agregan: «El poder ya es nuestro y debe ser desarrollado en relación con los grandes recursos de la nación».

  • UN CAMBIO IRREVERSIBLE
  • La revolución será pacífica en la medida que los que hoy disfrutan encaramados sobre la infelicidad de otros que hoy sufren, asuman su deber de trabajar con éstos para la recreación de la sociedad.
    Cuanto mayores sean sus resistencias a un cambio irreversible que la Historia fundamenta de sobremanera, más veloz será su rumbo hacia la auto-extinción.
    Porque el volcán de la justicia es inexorable, y no hay fuerza capaz de detener a los hombres determinados a ser autores de su propio futuro. «La carencia de poder genera una raza de mendigos». Una síntesis de amor y poder genera una estirpe de revolucionarios. El resto es hacerlo verdad en la realidad de la lucha cotidiana.

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