A partir del 17 de octubre de 1945 comenzó en el Movimiento una división, que se hizo con el tiempo cada vez más profunda, entre el peronismo oficia] —superviviente en la burocracia actual— y el peronismo de masas. Es evidente que es aquí donde tenemos que buscar la contradicción interna del Movimiento y no en enfrentamientos momentáneos y superficiales.
Desde el gobierno, la burocracia frenó el impulso transformador de las masas, debilitó poco a poco sus propias bases de poder y permitió su derrocamiento.
A partir de 1955, frente a la violencia institucionalizada de un régimen entregado al imperialismo y cercado por una estructura económica y social en crisis, el general Perón ha cumplido un papel fundamental al asegurar una jefatura única al Movimiento, Impedir la consolidación del régimen y orientar estratégicamente y doctrinariamente, al sector más numeroso y combativo del pueblo hacia la liberación nacional y social.
Pero ello requería ser instrumentado, establecido orgánicamente, traducido al plano operativo para lograr la toma del poder. Y es aquí donde hemos sufrido en estos trece unos un vacío lamentable, porque entre el jefe y el movimiento de masas han funcionado mecanismos burocráticos, guiados por una política mediocre y vacilante, una dirección sin sentido histórico, con una visión mezquina y parcial de la realidad del pais, del Movimiento y de sus enemigos.
La burocracia no comprendió nunca el verdadero papel que juega el imperialismo en el país, ignora sus formas de penetración, desconoce el empleo de los métodos con los que ha logrado infiltrarse incluso en el movimiento obrero, y rechaza espantada la división y la lucha de clases entre los oprimidos y los opresores. Si dejamos a un lado a a los traidores conscientes y declarados que se han integrado en el régimen y negociado la entrega del Movimiento, descubriremos la dimensión enana del burócrata para el cual los elementos determinantes de la acción son exclusivamente individuales y no políticos, arbitrarios y condicionados por lo económico y lo social. De todo este falseamiento de la realidad y de la coincidencia ideológica con el adversario en los temas de fondo, no hay más que un paso a la conciliación (al margen de los intereses personales que puedan guiarlos a esa postura). Por formación mental, por hábitos de vida, por los métodos u que están acostumbrados a recurrir, la dirección oficial del Movimiento no pudo nunca plantear ni ejecutar una política que pudiera disputar el dominio o la iniciativa al enemigo. Ni siquiera han tenido una política equivocada, no han tenido ninguna política. Aun los mejor intencionados reaccionan como pueden ante cada coyuntura. No tienen objetivos finales ni permanentes. Cuando el Comando Superior so enfrenta con la necesidad de una retirada estratégica, la dirección local la convierte en desbande. Cuando el Movimiento debe posar a la ofensiva y se dan las líneas teóricas y prácticas de profundización revolucionaria, se sienten perdidos y se apresuran a convencerlo a sí mismos que es una política circunstancial o una táctica secundaria. No se ha aprovechado un solo resquicio legal, un solo período de calma represiva o de mínimas garantías políticas, para preparar al Movimiento y transformarlo en un aparato seguro, firme y eficaz para las épocas «le persecución y lucha clandestina. Al contrario, en esos periodos han aprovechado para desmantelar las estructuras insurreccionales y cada viraje histórico nos ha tomado desprevenidos y desorganizados, con la secuela de allanamientos, detenciones, torturas y muertes que han sufrido cientos de heroicos militantes que sin ningún apoyo so han lanzado a la acción directa, individual y desesperada.
Hoy podría discutirse si es admisible que algunos dirigentes se detengan en tácticas encubiertas para ganar a los vacilantes y a los desubicados, o busquen, en la medida de lo posible, neutralizar a ciertos sectores del campo adversario: pero en todo caso, eso no es lo fundamental. Lo fundamental es dar al Movimiento los elementos teóricos y prácticos que, mediante el desarrollo de la violencia revolucionaria, non conduzcan a la toma del poder. Eso es lo que ha faltado. Y el movimiento de masas no solo se encuentra anímicamente preparado para ello sino que lo reclama como una necesidad apremiante. Ha tratado incluso de buscarlo por su cuenta, con incoherencia orgánica pero con decisión firmo y valiente en los jornadas de la resistencia en el 56 y 57; en la huelga general del 59; en el proceso Conintes; en el apoyo a programas que, como el de Huerta Grande, representaban fielmente sus necesidades y sus anhelos; en intentos, a veces erróneos o defectuosos pero demostrativos por sí mismos de una clara actitud de enfrentamiento con el régimen sin concesiones ni compromisos; en cada manifestación de ese combate cotidiano e ininterrumpido librado contra los dominadores del pueblo y entregadores del país.
A través de esas experiencias, de hechos permanentes de grupos y comandos, a través de la teoría y de la práctica revolucionarias, el movimiento de masas se ha ido dando sus propias organizaciones, que fueron planteando cada voz con mayor claridad una estrategia de poder; se ha ido dundo, al margen de la dirección oficial, su propia expresión política, el Peronismo Revolucionario, que hoy se enfrenta con la tarea de explicar el objeto de la revolución y los objetivos a alcanzar, fijar los métodos y las formas de organización pora lograr esos objetivos, indicar las etapas de la lucha, establecer las arciones inmediatas en función de los niveles superiores del enfrentamiento con el régimen, reunir las fuerzas y los medios para la tarea en común y llevar a la práctica sus decisiones.

Jorge Gil Sola

Tags: ,