Como suelo repetir a menudo, la juventud argentina tiene una tremenda responsabilidad frente a lo que está pasando en el país. Su deber frente a esa responsabilidad, debe impulsarlos a unirse y organizarse. Sólo una generación solidariamente unida y organizada, podrá hacer frente a la lucha que presupone la Liberación de la Patria y de su pueblo. Los jóvenes argentinos tienen el inalienable derecho de hacer, porque en último análisis han de ser ellos los que han de gozar y sufrir las consecuencias del quehacer actual. Demasiados muertos, encarcelados y proscriptos, nos reclaman el cumplimiento de ese deber. Tenemos la oportunidad histórica que la situación nos brinda, y la juventud no debe desentenderse egoísta de lo que representa su propio destino, y el porvenir de la Patria.
En la Plaza de Mayo dejamos enterrado un mensaje para la juventud, que sólo la ignominia gorila pudo haber destruido. En ese mensaje está el fundamento de nuestra acción, y el consejo de nuestra experiencia para la juventud argentina. Los acontecimientos y la evolución acelerada le han dado actualidad, y ahora ha llegado el momento de que nuestros muchachos, que son la esperanza de la Patria, tomen en sus manos los objetivos para llevarles a su completo cumplimiento. De ello ha de depender el destino de que es preciso ser artífice, si no se quiere luego ser juguete de los designios ajenos. Ha llegado el momento, y esta es la hora de la juventud. De que cada uno sepa cumplir con su deber, depende en gran parte la suerte del pueblo argentino. Al dirigirme a la juventud, muchas veces he dicho que así como no nace el hombre que escape a su destino, no debiera nacer el que no tenga una causa noble por la cual luchar, justificando así su paso por la vida. Pero, el que se decida a luchar, ha de estar armado de una sólida verdad.
Desde hace 25 años, en la medida de mis fuerzas y capacidad, he tratado de dar al pueblo argentino lo que yo considero que sea esa verdad, a través de una ideología que fije los rumbos permanentes, y de una doctrina que establezca las formas de ejecución de esa ideología.
La experiencia que le ha tocado vivir al pueblo en estos últimos 16 años de vergüenza nacional, ha sido lo suficientemente elocuente, como para que aun sigan existiendo dudas en las personas de buena fe. Por eso, las semillas de la emancipación nacional que sembró el justicialismo, son indestructibles. Pero queda a Uds., los jóvenes, el desarrollarlas hasta el fin.
Si es cierto que los pueblos que olvidan a su juventud renuncian a su porvenir, nosotros no tendremos el cargo de conciencia que esta presunción supone, porque siempre hemos tratado de dar a la juventud el lugar que le corresponde en la comunidad.
Desde 1945 a 1955, la juventud —tal vez equivocada por sus dirigentes—, tomó una posición desviada de lo que representaba el justicialismo; pero ha bastado lo ocurrido entre 1955 y 1970, para que los muchachos abrieran los ojos, y pudieran percibir la verdad de lo que está ocurriendo como consecuencia de una acción adversa que en poco tiempo ha conducido al país al neocolonialismo y la opresión. Ahora comprenden que la Liberación realizada por nosotros, hizo posibles y efectivas la justicia social, la independencia económica, y la soberanía nacional y popular, mediante el ejercicio de las cuales el pueblo argentino pudo gozar de 10 años de felicidad y abundancia desconocidas antes, y destruidas después de 1955 por los agentes del imperialismo, que ha sido siempre el factor que ha gravitado en el hambre, y la miseria, y el dolor de un pueblo, digno de mejor suerte.
Hace ya más de 5 años que el Movimiento Nacional Justicialista, fiel a la consigna de los tiempos, ha dispuesto el cambio generacional que ha de evitar el envejecimiento de su espíritu. Este cambio generacional no ha de consistir en tirar todos los días un viejo por la ventana, sino en un remozamiento constructivo de los niveles de dirigentes de la conducción y encuadramiento de nuestra masa peronista. Pero el concepto de reemplazo no puede ser rígido ni arbitrario, porque la juventud es más cuestión de mentalidad que de edades. De lo que se trata en consecuencia, es de dar entrada a la nueva sangre generosa de una juventud pujante como la que se presiente ya en la Argentina. A esos valores extraordinarios que ya se reconocen por todos, es preciso darles la oportunidad de labrar su propio destino. Nada puede ser más justo y conveniente. Pero ha de tenerse en cuenta que el dirigente nace, no se hace. Y si cada peronista lleva el bastón de mariscal en su mochila, está en sus manos y en su capacidad, el hacerse digno de empuñarlo con honor y beneficio. La Patria vive días inciertos y dramáticos, sometida al vasallaje de sus fuerzas de ocupación, al servicio de una causa que no es la de la República. Cada uno de sus hijos tiene un deber y un grado de responsabilidad, pero tiene ante sí la posibilidad de luchar para defender esa responsabilidad. En las leyes de Licurgo para la defensa de la República, había una que establecía que no había delito más infamante para un ciudadano, que cuando se jugara la suerte de la Patria no estuviera en uno de los bandos. Ha llegado la hora de cumplir porque a los argentinos de nuestro tiempo, enfrentados con una situación como la que tenemos que pulsar todos los días, les cabe la obligación insoslayable de luchar. Cuando la Patria no está de por medio, luchar es un derecho: pero cuando ésta está de por medio, luchar es un deber.
Tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad y su grandeza. Y tenemos una verdad que el tiempo se ha cargado de confirmar. Tenemos la oportunidad que la historia nos brinda: sólo nos falta que nos empeñemos con unidad y solidaridad.
Yo tengo una fe absoluta en nuestros muchachos, que han aprendido a morir por sus ideales. Y cuando una juventud ha aprendido y ha alcanzado esto, ya sabe todo lo que una juventud esclarecida debe saber.
Tenemos mucho que hacer como para que no aprovechemos el tiempo; tenemos demasiadas oportunidades como para desaprovecharlas. Tenemos un destino que cumplir, como para que nos desentendamos egoístas del deber de la hora. La guerra revolucionaria en que está empeñado, impone una conducta: luchar con decisión y perseverancia. Nuestros grupos activistas que la realizan, están dando todos los días el testimonio fehaciente de sus grandes valores.
Si la causa honra al ciudadano, éste también ennoblece a la causa. Es de esa dualidad incomparable, de donde salen los héroes que hacen de la historia el espejo en el que todos los días debemos mirarnos. No luchamos contra un gobierno determinado, sino contra todos los que hacen posible la esclavitud de la Patria y del pueblo argentino. Nuestros objetivos son, pues, la Liberación del país, entregado al neocolonialismo desde 1955, y la soberanía popular usurpada por los que han ocupado el poder desde esa fecha. Con ese concepto y con esa finalidad, cada peronista ha de ser un combatiente en la forma en que cada uno sea capaz de luchar y ser provechoso. Que cada uno de nosotros, al finalizar cada día nos preguntemos qué hemos hecho por la causa que servimos.
Seguros que si no sabemos responder, será porque no estamos cumpliendo con nuestro deber. No sabemos hasta dónde nos llevará la violencia de la dictadura militar, por eso debemos prepararnos y actuar frente a todo evento. El Movimiento Peronista ha de estar organizado apropiadamente para ello, en forma que permita la lucha orgánica de superficie, y pueda hacer frente también a las formas cruentas que suelen ser impuestas por las dictaduras como la que azota al país en nuestros días. Las formaciones especiales encargadas de lo último, deben tener características especiales y originales, como especiales y originales son las funciones que deben cumplir. Ellas actúan tanto dentro de nuestro dispositivo, como autodefensa, como fuera de él, en la lucha directa de todos los días dentro de las formas impuestas por la guerra revolucionaria. Nuestro Movimiento no es sectario, ni ha sido nunca excluyente. Todos los que luchan con nuestros mismos objetivos son compañeros de lucha, aunque no sean peronistas. Nosotros representamos el Movimiento orgánico, que desde hace 25 años somos la mayoría en el país. Por eso tenemos derecho a gobernar, aunque esos derechos se nos nieguen por la acción de la fuerza. Pero nadie nos puede negar el derecho de encabezar la lucha contra la ignominia improvisada por las camarillas militares, que están llevando el país a su ruina.
La dictadura militar no puede invocar la legalidad, desde que ella es la que ha provocado la ilegalidad en la República. La legalidad está representada por el Movimiento Nacional Justicialista. y las fuerzas que con verdadero arraigo en la opinión nacional, lo promueven y lo sostienen. Nuestro gobierno fue legal y constitucional, depuesto por un golpe de Estado. Y desde entonces no ha habido gobierno legal en el país. Cuando la dictadura habla de legalidad, está invocando su propio anacronismo. Por eso, dentro de las actuales formas de lucha, es preciso que nuestras organizaciones de superficie se empeñen con la mayor energía en la defensa de nuestra legalidad, sin la cual el país marchará hacia una lucha cruenta, para la cual también debemos estar preparados. De ello surge la importancia de nuestras formaciones especiales y de su forma de operar, como de su preponderancia paulatina a medida que vayamos acercándonos hacia la lucha violenta. De todo lo anterior se infiere la necesidad de que nuestra lucha se encare con unidad de concepción y de acción, inspirada en los objetivos que nos son comunes, sin que ello presuponga una conducción centralizada, impracticable en la guerra revolucionaria. La solidaridad de los que luchan es indispensable, y de ello fluye la necesidad de una armonía de conjunto, que ha de alcanzarse sólo por el camino de una amplia comprensión, y en lo posible entendimiento. Que cada uno haga su trabajo, a la par que comprenda y aprecia el que los demás hagan, sin tener en cuenta ni el campo en que se lo realice, ni las formas de ejecución que se empleen. La conducción de conjunto, impone la articulación de un dispositivo apropiado,
que ha de alcanzarse en nuestro caso por la lucha misma, ya que de este hecho se trata. El que maneja la política, y pretende dirigir el orden, suele morir de una sed desconocida, porque en la política rara vez impera el orden. En consecuencia es necesario acostumbrarse a manejar el desorden. La lucha revolucionaria intensifica esta verdad por sus propias características, y las circunstancias en que ha de realizarse. Comprender esto es fundamental. Un 17 de Octubre sólo fue posible porque nosotros fuimos capaces de manejar el desorden, y nuestros adversarios no.
Lo que interesa es alcanzar los objetivos propuestos; poco importa la forma en que se los conquista. La organización es sólo un medio, y los que se empeñan en una perfectibilidad orgánica inobjetable, olvidando lo que con ella deben hacer, me recuerdan a los viejos soldados que decían: “Que se pierda la batalla, pero que se salve la disciplina”. Como si así la disciplina pudiera servir para algo.
Si todo de cuanto venimos hablando es indispensable, no lo es menos que la juventud comprenda la necesidad de adoctrinarse, para lo cual sus dirigentes han de empeñarse seriamente en esa tarea. Una revolución necesita de realizadores, pero en mayor medida de predicadores, porque la preparación humana es decisiva para sus destinos.
No es suficiente con que los dirigentes sepan lo que quieren; es preciso que la masa que los sigue esté empapada de su propio pensamiento. Sólo así se puede llegar a la lucha consciente y organizada, porque en actividades como las que impone nuestra lucha, no se trata de mandar, sino de conducir. Mandar es obligar: conducir es persuadir. Y al hombre siempre es mejor persuadirlo que obligarlo. El principio de la fácil persuación es el adoctrinamiento oportuno y eficaz. De allí la necesidad de que cada uno de los que intervienen en nuestra lucha, esté convencido de la necesidad de hacerlo, y de lo insoslayable de sus objetivos. La experiencia es la parte más efectiva de la sabiduría. Es preciso que nuestros muchachos recurran a veces a los viejos dirigentes, en procura de esa experiencia. Pero en caso alguno han de titubear en la acción por temor a su inexperiencia. Es preciso actuar, y aunque la experiencia cuesta cara y llega tarde, ello no ha de ser obstáculo en la acción. De cualquier manera, peor que lo que lo han hecho los viejos, no lo podrán hacer. Basta contemplar el mundo que le dejamos. Para el Movimiento Justicialista todo lo que sea de los muchachos Rosarinos. tiene para mí un sello entrañable, que hace y nace de reconocer a los verdaderos valores peronistas. Por eso, al llegar a ellos con mis anteriores palabras, deseo que las tomen y las sientan con el mismo cariño con que se las dirijo. Soy un viejo luchador que asiste entristecido y proscripto a la desgracia de su pueblo. Sea por lo menos que por este medio, pueda servirlos desde lejos. Con esto creo haber contestado vuestra comunicación. Me queda llegar a ustedes con un gran abrazo, que espero pueda algún día reafirmar personalmente la Patria.

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