En el ámbito sociológico existe una noción que aplicada primeramente al análisis interno de las sociedades en desarrollo, fue posteriormente extendida al estudio de las relaciones internacionales. Se trata del concepto de “marginalidad estructural”. La difusión del mismo parte del reconocimiento de que en el mundo contemporáneo el subdesarrollo no es un problema que atañe solamente a las naciones que lo padecen. Al cerrarse el ciclo de las guerras napoleónicas y completarse la expansión colonial de aquellas naciones que encabezaron la revolución industrial, se afianzó en el mundo una estructura y un estilo de relaciones internacionales que tuvo como característica dominante la desigualdad entre las naciones.
Costa Pinto, analizando el fenómeno de la marginalidad estructural, señala que procesos tales como los anteriormente mencionados cristalizaron una estratificación internacional que funcionó, esencialmente, como un todo cuya lógica interna descansaba en la desigualdad necesaria de las partes que lo formaban.
El subdesarrollo como concepto y como problema, nació de la comparación y de la dinámica de las relaciones entre esas partes de una sociedad internacional desigual y asimétrica. Es en este sentido que el subdesarrollo refleja la marginalidad estructural de la sociedad internacional.
No cabe ninguna duda de que en tal sistema de estratificación mundial, los países latinoamericanos se ubican, aún cuando desiguales entre ellos, en los peldaños correspondientes a los países subdesarrollados, en tanto que los Estados Unidos ocupan el primer puesto en la escala del desarrollo.
Claro está que no avanzamos demasiado al conceptuarnos como subdesarrollados, pues de tal modo no explicamos las causas por las cuales hemos llegado a tal lamentable situación. Tiene razón Sartre cuando escribe: “Admiro el pudor de ese neologismo: sub-desarrollado, como si la culpa fuese de nadie. ¿Será del clima? ¿O de los recursos del suelo? ¿Quién sabe? ¿La indolencia de los habitantes? En todo caso, es la naturaleza; se ha mostrado madrastra; avara o demasiado pródiga en sus dones, ¿para qué vamos a buscar los responsable entre los hombres?
Se acepta usualmente que los países subdesarrollados son aquellos que tienen un ingreso nacional por habitante hasta 400 dólares, o sea, países con escaso ingreso “per cápita” comparativamente con los países industrializados que exceden los 400 dólares. Pero hasta aquí sólo estamos describiendo el problema, porque decir que los países subdesarrollados lo son por disponer sólo de un pequeño ingreso o una muy pequeña producción anual por habitante, equivale a la tautología de declarar que son naciones pobres… porque son pobres, como ha expresado acertadamente Nurske.
Nuestra intención no es la de rechazar el concepto de subdesarrollo, sino la de asignarle un sentido preciso, conscientes de que la definición de una categoría equivale igualmente a apuntar sus distorsiones posibles.
Ocurre que la noción de subdesarrollo, como expresa Fernando Henrique Cardoso sólo se vuelve significativa cuando hay una referencia implícita a una relación determinada entre un tipo particular de sociedad con otra que es “desarrollada”. Carece de sentido “histórico-estructural” la noción de subdesarrollo cuando es aplicada a distintas naciones con prescindencia de las relaciones políticas y económicas que mantienen con países desarrollados.
A poco de analizar las causas del subdesarrollo nos vemos entonces motivados a comprender que un estado de atraso está indisolublemente ligado a fenómenos tales como el colonialismo, imperialismo y neocapitalismo que definen el tipo de relación existente entre las áreas desarrolladas y las subdesarrolladas. Claro está que nos referimos a las causas reales, no a las invocadas en las racionalizaciones de los científicos sociales académicos. Inexplicablemente, en pleno siglo XX todavía subsisten teorías que basan el subdesarrollo económico de América Latina, y en general, de todo el Tercer Mundo, en factores biológicos, raciales, religiosos, climáticos, o psicológicos. No vamos a ocuparnos de ellas porque su falsedad resulta a todas luces evidente: ¿quién puede defender seriamente que los latinoamericanos no hemos logrado desarrollarnos porque somos seres inferiores, perezosos o impulsivos, ignorantes, refractarios a toda idea de progreso y con hábitos y actitudes mentales que imposibilitan todo intento serio de desarrollo?
Más interesante resulta analizar una serie de pretendidas causas que logran en muchas ocasiones convencer a los mismos latinoamericanos, como por ejemplo, la falta de capital, el bajo nivel técnico, la ausencia de un espíritu de empresa, el acelerado crecimiento de la población.
El primer argumento es eficazmente respondido por Paul Barán quien afirma que el principal obstáculo al desarrollo no es la escasez de capital, sino el excedente económico real que se invierte en la expansión de los medios de producción. El problema no es entonces la incapacidad de ahorro derivada de un bajo nivel de ingreso sino el hecho de que una serie de factores estructurales tienden a mantener la tasa de inversión por debajo del nivel necesario para inducir un proceso de desarrollo autosostenido. Entre estos factores ocupan un lugar fundamental aquellos que posibilitan la inutilización o pérdida de considerables capitales, tanto por inversiones improductivas innecesarias y nocivas, como por las gravosas pérdidas de capital por la desventajosa relación de los términos del intercambio comercial y el pago de dividendos, intereses y regalías a las empresas extranjeras, y el servicio de la deuda pública externa.
En cuanto al bajo nivel técnico, es preciso destacar que éste es una de las características de una economía atrasada, pero no la más explicativa para comprender el proceso que mantiene al país en el estancamiento. La utilización de una técnica de baja eficiencia se relaciona con una serie de factores estructurales entre los cuales nuevamente tienen seria importancia la distribución del excedente económico en inversiones improductivas, o solamente favorables para ciertos sectores privilegiados ya sean nacionales o extranjeros.
La tesis de la falta de “espíritu de empresa” puede ser respondida desde dos ángulos. El primero de ellos es el que indica que la subordinación económica tanto del país como de los empresarios nacionales a los grandes monopolios internacionales con los cuales difícilmente pueden competir, y a los cuales se ven obligados a asociarse, determinan una estructura económica usualmente signada por el insuficiente desarrollo del mercado y falta de competencia efectiva, una estructura financiera inadecuada (que sólo favorece a ciertas empresas con sus créditos, por ser su capital fundamentalmente extranjero), etc., que lógicamente conforma una burguesía nacional “subdesarrollada” que se vuelca sobre aquellas actividades que les garantizan las mayores ganancias con el menor esfuerzo y riesgo posible. Esto se consigue por dos caminos: las inversiones en bienes raíces y la actividad prestamista usuraria o la vinculación (como más adelante hemos de analizar) a los monopolios extranjeros, a través, por ejemplo, de las sociedades mixtas, cuya razón social es nacional pero su capital es extranjero.
Una, segunda formulación expresa que esta tesis se basa en la creencia de que los sectores empresarios y los incentivos típicamente capitalistas han de ser el motor del cambio, sin tener en cuenta que paradójicamente pero explicablemente en la mayoría de los países subdesarrollados, los empresarios privados, tanto nacionales como extranjeros, no solo no son un factor dinámico capaz de oponerse a quienes se oponen al progreso, sino que son precisamente ellos y sus intereses los baluartes más encarnizados en la defensa del statu quo.
Lo importante es que ambas perspectivas dejan bien en claro que el interlocutor que habla de “espíritu de empresa” tiene en mente una serie de rasgos propios de los empresarios que llevaron adelante un cierto proceso de industrialización en los países de occidente, que no se pueden repetir mecánicamente en la actualidad y en un contexto diferente, justamente porque tales países se han ocupado de detener el avance de los países atrasados como base para su propio desarrollo, y por lo tanto también de crear un “espíritu de empresa” favorable a sus inquietudes.
En cuanto a la incidencia del rápido ritmo de crecimiento demográfico de la población tampoco es aceptable como explicación válida del subdesarrollo. Sin negar que una disminución en la tasa de crecimiento demográfico a corto plazo podría aliviar en parte una angustiosa situación de subconsumo en las grandes masas populares así como la presión sobre los gastos públicos, la experiencia señala que a largo plazo sólo un proceso de desarrollo auténtico podrá contribuir a un mejoramiento de la situación, porque el problema no es que la población crezca demasiado rápido, sino que la producción crece a un ritmo muy lento y distorsionado.
Somos perfectamente conscientes de que nuestro análisis (sumario e imperfecto) se limitó a ciertas formulaciones de poca complejidad teórica. Existen elaboraciones de mayor alcance, tales como las de Nurkse, Nyrdal, Raymond Barre o la más difundida de Rostow, de la cual sin embargo se ha dicho que… “A pesar de la propaganda que en los últimos años se ha hecho de Rostow, sus ideas centrales poco o nada contribuyen a conocer los obstáculos al desarrollo latinoamericano… sus etapas del desarrollo no parecen ser aquellas en las que se ha desenvuelto el proceso histórico, el marco real y las contradicciones de éste no están presentes, las leyes propias de cada formación socioeconómica no se toman en cuenta, ni tampoco se consideran las relaciones entre los países industriales y subdesarrollados en la órbita del capitalismo”.0 El análisis de tales concepciones nos demandaría un artículo especialmente dedicado al tema y que en esta ocasión excede nuestros propósitos.
Hemos señalado las que a nuestro entender eran causas ficticias. Corresponde ahora que señalemos las causas reales. A tal efecto creemos que es preciso apelar a una teoría que encuentra en el fenómeno del imperialismo la explicación fundamental de las causas de atraso de los países subdesarrollados. Esta teoría, tal como fue desarrollada por Hilferding, Rosa Luxemburgo y Lenin, nos proporciona una interpretación de la matriz de relaciones internacionales dentro del sistema capitalista, así como del desarrollo de las condiciones sociales y políticas en los países insertos en tal sistema.
Dos obstáculos fundamentales se han opuesto al desarrollo de los países latinoamericanos. El primero de ellos, en cuanto a su aparición histórica, es el colonialismo.
No en vano es una característica común a todos los países del tercer mundo su anterior (y a veces actual) sujeción a la hegemonía política directa de alguna potencia extranjera. Tal dominio/ colonial subordinó durante largos siglos a todos los países de la América Latina a los intereses de la metrópoli, destruyó el desarrollo independiente “porque el crecimiento del mercado interno de nuestros países, en el grado en que lo hubo, fue desviado desde un principio en beneficio de la metrópoli política y económica, porque los principales recursos nacionales pasaron a manos extranjeras y las beneficiaron a ellas; porque las potencias coloniales impusieron desde siempre severas limitaciones al desenvolvimiento de la agricultura y la industria colonial”.10
En esta línea es preciso basamentar históricamente el desarrollo de los pueblos latinoamericanos (y por qué no, el de todos los pueblos del tercer mundo) en su pretérito sojuzgamiento económico y político por parte de las grandes potencias en expansión colonialista. En tales circunstancias, la relación entre colonia y metrópoli puede sintetizarse en el “Pacto Colonial” mediante el cual los países atrasados ofrecen un mercado amplio para la expansión de la producción manufacturera de las potencias, al tiempo que les proveen las materias primas necesarias para sus industrias en desarrollo creciente, así como productos alimenticios.
Tales materias primas y alimentos eran obtenidos a bajo costo, y de tal modo contribuían a elevar el volumen de la plusvalía y a reducir el capital como componente orgánico, incrementando así la tasa de ganancia.
Durante esta fase de desarrollo del sistema capitalista, las finalidades de los países avanzados eran mejor cumplidas a través del comercio libre y la libre competencia.
El segundo obstáculo, que le corresponde a la segunda fase del desarrollo del sistema capitalista, en la cual se produce una creciente monopolización de la economía, es el imperialismo. Observamos la descripción que realizan Paul Barán y Paul Sweeze de esta nueva etapa:
“La segunda fase, iniciada a partir de 1880 más o menos, se caracteriza por el dominio del capital financiero. La concentración y centralización del capital conduce a la expansión de la forma corporativa, de los mercados de valores, etc. En este escenario los banqueros copan la iniciativa, promueven combinaciones y monopolios sobre los cuales sientan su dominio y devienen así en sector decisivo dentro de la clase capitalista. Como los banqueros negocian con capitales más que con mercaderías, su interés primordial en los países subdesarrollados consiste en exportar capitales hacia ellos a las tasas más altas de ganancia que sean posibles. Pero ni el comercio libre ni la libre competencia favorecen este propósito. Los capitalistas financieros de cada país imperialista quieren establecer un dominio exclusivo que sus rivales no puedan penetrar y dentro del cual sus inversiones permanezcan perfectamente protegidas. De aquí el vigoroso renacimiento de la edificación de imperios —algo decaída desde los días del mercantilismo— en las últimas décadas del siglo 19. No quiere decir desde luego que la exportación de capital se contraponga a los objetivos del período precedente —materias primas y mercados— pues, por lo contrario, una y otros se complementan a las mil maravillas. Se trata sólo de que en la teoría Hilferding-Lenin es la exportación de capital la que domina la política imperialista.
Es preciso comprender que tanto en una situación como en el período imperialista, no es una decisión voluntarista de los empresarios y los gobiernos la de exportar, ya sea productos manufacturados o capitales, sino una imposición del sistema que se halla imposibilitado de continuar su desarrollo, en los estrechos márgenes nacionales. La tendencia de las grandes empresas estadounidenses a invertir en América Latina tiene entonces su explicación en la limitación a la expansión de los monopolios en su propio país, a la tendencia descendente de la tasa de ganancia ocasionada tanto por la elevación de la composición orgánica del capital, es decir, los bienes de capital: maquinarias, etc., fruto de la competencia, como por la incapacidad de realizar el valor íntegro de las mercancías, fundamentalmente por la excesiva producción en relación a las posibilidades internas de consumo.
Siguiendo a Dobb: No sólo (la inversión en áreas coloniales) significa que el capital exportado… se invierte a una tasa de ganancia más alta que si se hubiese invertido en el país, sino que crea también una tendencia de la tasa de ganancia en el país… a ser mayor de lo que de otro modo hubiera sido. Esto último ocurre porque la plétora de capital que busca inversión en la metrópoli se reduce debido al morcado colonial de inversión lucrativo, la presión sobre el mercado de trabajo se afloja y el capitalista puede comprar fuerza de trabajo en el país a un precio inferior… En esta forma el capital se beneficia doblemente: por la tasa de ganancia más alta que obtiene en el exterior y por la “tasa de plusvalía” más alta que puede mantener en el país”.
Tanto Dobb, como Sweeze y Barán afirman que el efecto general de la exportación de capital reside en retardar la maduración de las contradicciones que el proceso de acumulación engendra en los países exportadores de capital.
Un pequeño dato nos ejemplifica claramente la lucratividad de las inversiones en países subdesarrollados en comparación con los beneficios obtenidos en los países desarrollados. Si analizamos la distribución geográfica de bienes y ganancias de la Standard Oil de Nueva Jersey, la segunda corporación industrial del mundo por su magnitud (la aventaja la General Motors) observamos en las postrimerías de 1958 la siguiente distribución porcentual:13
Bienes Ganancias
Estados Unidos y Canadá 67 34
América Latina 20 39
Hemisferio Oriental 13 27

Una publicación estadounidense, Business Week indica que “…Industria tras industria, las compañías norteamericanas fueron descubriendo que sus ganancias de ultramar aumentaban sin cesar, y que los beneficios de la inversión en el exterior eran muy superiores a los que se obtenían en Estados Unidos. A medida que la ganancia del exterior fue aumentando, los márgenes de ganancia de las operaciones internas empezaron a decaer .. Esta es la combinación que forzó el desarrollo de la empresa multinacional”.
Por otro lado, Gunther Frank, citando la opinión de una comisión de negocios estadounidenses ratifica que “los beneficios en Brasil son normalmente mucho más altos que en los Estados Unidos. No es raro que una fábrica se pague a si misma en uno o. dos años, esto es, que realice un beneficio del 1000 0/0% por año”.
De todo lo dicho anteriormente acerca de la exportación de capitales, podría quedar la impresión de que las empresas estadounidenses exportan increíbles cantidades de capital a los países latinoamericanos. Dediquemos unos instantes a clarificar esta cuestión. En un análisis de muy corto plazo nos enfrentamos con la decisión por parte de diversas empresas de radicar capitales en inversión directa: lógicamente, en este instante, las empresas aparecen exportando capitales. El monto de los mismos pueda tal vez resultar considerable en comparación con los capitales que las empresas nacionales pueden movilizar, pero ello no significa que en términos absolutos sean grandes cantidades de capital. Por el contrario, analizando a largo plazo, y comparando las inversiones con las utilidades percibidas, observamos que a partir de una reducida exportación de capitales éste se fue multiplicando rápidamente a través de la reinversión de sus propios beneficios. Tan grande han sido los beneficios que al cabo de pocos años estas empresas no sólo han cubierto sus gastos sino que también han podido enviar ingentes ganancias a su casa matriz en los Estados Unidos.
Por supuesto que lo dicho no implica negar el real incremento de inversiones directas provenientes de empresas norteamericanas registradas en los últimos años en América Latina (el Departamento de Comercio de los Estados Unidos nos señala que de 7.200 millones de dólares en 1946 se pasa a 34.700 millones en 1961), que por supuesto significó grandes exportaciones de capital para diversas empresas aisladas. Pero si tomamos a los Estados Unidos en su conjunto, resulta claro que el volumen de beneficios transferidos al país como contrapartida de las inversiones directas supera en mucho al monto de las erogaciones iniciales. Paul Barán y Sweeze han elaborado el siguiente cuadro en base a estadísticas oficiales.

(Volumen neto de Beneficios de las inversiones las inversiones directas de capital directas en millones de U$S)
1950 621 1.294
1951 528 1.492
1952 850 1.419
1953 722 1.442
1954 664 1.725
1955 799 1.900
1956 1.859 2.120
1957 2.058 2.313
1958 1.094 2.198
1959 1.372 2.206
1960 1.694 2.348
1961 1.467 2.672
Total 13.708 23.204

De tales cifras se deriva que las empresas norteamericanas lograron recoger como beneficio 9.500 millones de dólares más de lo que invirtieron.
El análisis de esta cuestión lleva a los autores recién citados a afirmar que “…la inversión directa, lejos de desarrollar países subdesarrollados, es un dispositivo de los más eficientes para transferir la riqueza de los países pobres a los opulentos y al mismo tiempo permitir que éstos aumenten su control sobre la economía de los pobres”.16
Toda esta etapa que tiene como rasgo primordial la exportación de capitales, se caracteriza por la localización de los mismos en las industrias extractivas energía eléctrica o servicios, y en la constante política seguida por el gobierno y las corporaciones de los Estados Unidos de obstaculización de todo intento por parte de los países latinoamericanos para desarrollar sus industrias de transformación. Puede considerarse asimismo que es la etapa “abiertamente represiva” del imperialismo estadounidense.
Pero, a partir de la segunda guerra mundial, parece comenzar a desarrollarse una sub-fase en la evolución del imperialismo, cuyo indicador podría estar representado por la tendencia a invertir en industrias de transformación, aun cuando se trata de industria ligera y nunca de máquinas-herramientas que posibilitarían el desarrollo de una industria que dé las bases para un desarrollo auto-sostenido. ¿A qué obedece el cambio de actitud de EE.UU. hacia América Latina? Durante mucho tiempo Estados Unidos ejerció sin excesivas dificultades su dominio sobre América Latina. Las contradicciones que se fueron suscitando, usualmente reprimidas con descarado vigor, no llegaron en ningún momento a provocar en los sucesivos sectores gobernantes de los Estados Unidos el temor de que su “derecho histórico” sobre esta parte del mundo, ya confirmado por la doctrina Monroe, pudiera ser perturbado. América Latina se presentaba a los ojos de los norteamericanos como un hijo sumiso, o mejor, como un pariente pobre (ello exime de mayores responsabilidades) de cuya fidelidad era inconcebible desconfiar. En tales circunstancias, Estados Unidos dejó en manos de los intereses privados el ejercicio de la tutela, siendo reemplazada toda política sistemática y coherente por las conveniencias seccionales de las grandes empresas.
Cabe preguntarse si tal actitud sólo fue aplicada en latinoamérica o es un hecho obligado de que los intereses privados de EE.UU. sean los que primen en cualquier lugar del mundo.
Indudablemente, siempre los intereses privados de las grandes empresas han sido pioneros en la penetración estructural de EUA en los diversos continentes. Pero la diferencia con América Latina reside en que en ellos estaba en juego sus intereses nacionales, es decir, los intereses del complejo capitalista del cual EE. UU. es la unidad central. Fácil es comprender que EE.UU. se viera obligado a emprender una política no librada a los azares de las empresas privadas (aunque tampoco obstaculizando los planes de éstas) en lugares en los cuales el “mundo libre” se veía seriamente amenazado por continuas convulsiones políticas fácilmente instrumentadas por organizaciones políticas de izquierda.
Lo dicho no significa que América Latina fuera un edén, pero sí que las contradicciones fueron agudizándose tiempo más tarde que en Asia, por ejemplo, en donde la constitución de la República Popular Clima representó una amenaza constante para las bases sobre la cual reposaba la hegemonía estadounidense.
Sin embargo, ya desde 1940 existía en EUA una corriente de pensamiento que vislumbraba el camino que habrían le seguir las futuras relaciones con A. L. y que fomentaba un cambio de estrategia. Nelson Rockefeller, afectado por la decisión del presidente de Méjico en 1939 de nacionalizar las concesiones petrolíferas de la Standard Oil, comprendió que algo debía ser modificado en el comportamiento de las grandes empresas si querían continuar obteniendo proficuas ganancias, al tiempo que también se imponía una cierta modificación en la política exterior de su país. Un documento elaborado por un núcleo convocado por Rockefeller compuesto por importantes hombres de negocios, banqueros, economistas, abogados, etc., titulado “La política económica de todo el hemisferio”, afirmaba: “Si los Estados Unidos quieren mantener su seguridad y sus posiciones políticas y económicas en el hemisferio occidental, deben adoptar inmediatamente medidas para asegurar el florecimiento económico de América Latina… dentro del marco de la colaboración económica y la dependencia mutua en e) ámbito de todo el hemisferio”.
Pero la situación de los países latinoamericanos parecía no ser todavía tan grave como para poner en marcha tales planes, al punto que en la Conferencia ínter-americana sobre Problemas de la Guerra y de la Paz llevada a cabo en Chapultepec, Méjico, en 1945, el gobierno de los Estados Unidos “…declaró que no estaba en condiciones de prestar ayuda financiera en las proporciones que pedían las repúblicas iberoamericanas. Además, se les dijo a los delegados que, a juicio del gobierno de los Estados Unidos, el papel principal en la financiación del fomento económico de sus países, lo debían desempeñar las empresas y las inversiones privadas”.
Claro está que de cualquier manera no estaba en la mente del Grupo Rockefeller todavía ningún tipo de participación económica oficial del gobierno estadounidense para impedir un deterioro en las relaciones interamericanas. Adeptos entusiastas de la iniciativa privada” creían sin embargo que eran las mismas empresas las que debían modificar su conducta, al matizar sus inversiones en industrias extractivas que proporcionaban las mayores ganancias, con otro, tipo de inversiones que sin brindar altas ganancias contribuían a crear la imagen de que las empresas estadounidenses se preocupaban por mejorar las condiciones de vida de América Latina.
La política exterior propiciada por Truman durante su presidencia fue contradictoria con la opinión de Rockefeller, y perseveró alentando la antigua política de hacer caso omiso a las reacciones que causaban en los países latinoamericanos las actividades rapaces de las grandes corporaciones estadounidenses. Pero los conflictos fueron en ascenso y los países situados al sur del Río Grande comenzaron a aplicar medidas enérgicas para impedir los efectos perniciosos de los capitales estadounidenses. Rockefeller se sentía verificado en su tesis y poco a poco ésta se fue imponiendo. El mismo Truman, asustado por la emergente reacción anti-estadounidense incorporó en su programa, al asumir la segunda presidencia, una propuesta de Rockefeller sobre ayuda técnica, conocida con el nombre de punto IV.
A pesar de todos estos esbozos de una nueva política exterior, se requirió un suceso como la revolución cubana para que la nueva estrategia se sistematizara e institucionalizada. Que este suceso operó las veces de un acelerador del cambio de orientación es reconocido por los mismos estadounidenses. Una prueba la hallamos en la siguiente cita: “…la situación cubana constituyó una causa importante en el cambio registrado en el pensamiento norteamericano sobre lo que habría que hacer en el campo latinoamericano… Estados Unidos se dio cuenta que el ambiente reinante en Cuba fue lo que en gran parte provocó el descontento en ese país y que a pesar de ello no se procedió a instrumentar ningún cambio, desembocando la situación, eventualmente, en una revolución. La conclusión que sacó Estados Unidos fue la siguiente: existen malos ambientes en otros países latinoamericanos; el descontento va creciendo y a menos que haya cambios básicos, pueden muy bien ocurrir otras revoluciones. Así, pues, la fórmula a que se llegó fue la de actuar en la promoción de reformas”.
Si esta frase parece poco convincente, agreguemos otra proveniente de un senador estadounidense:
“¿Cuántas Cubas necesitamos para darnos cuenta de que América Latina es un volcán que está por entrar en erupción y que nuestra propia cabeza está en el cráter? La Alianza para el Progreso podría ser el mayor experimento de este siglo en lo que respecta a la democracia. Su fracaso sería uno de los mayores desastres de la historia. Ya es tarde para decidir en la América Latina, pero no demasiado tarde si actuamos a tiempo”.
En síntesis podemos afirmar que el viraje en la orientación de la política exterior asumida por el Departamento de Estado en relación a América Latina tiene su explicación en la transformación de las correlaciones de fuerza en el plano internacional y también en el regional. En cuanto al plano regional es posible detectar dos situaciones nuevas; en primer lugar el citado desafío de Cuba, en segundo término la crisis del esquema tradicional de poder asentado en las oligarquías terratenientes y burguesías comerciales.
En cuanto al desafío que Cuba representa, es acertada la afirmación de Regis Debray de que Cuba ha elevado el nivel de preparación material e ideológica de la reacción imperialista en menos tiempo que el de las vanguardias revolucionarias (y no por su mayor inteligencia sino porque dispone de todos los medios materiales de la violencia organizada). Esto significa que EUA ha extraído rápidamente las enseñanzas de la gloriosa revolución cubana, es decir, que los pueblos oprimidos pueden hoy, en América Latina, liberarse, si conducen a las masas por la única vía revolucionaria que posibilita la liquidación del aparato estatal burgués: la lucha armada.
Estados Unidos comprende entonces que tiene dos caminos por delante. El primero, la abierta represión a cualquier pueblo que intente su liberación. República Dominicana experimentó esta salida. Pero es evidente que ésta es una salida de emergencia que produce un constante deterioro y pérdida de aliados “liberales pero no violentos”. Entonces se presenta la segunda posibilidad: el intento de neutralizar las condiciones subhumanas de las masas mediante la elevación de su nivel de vida (en realidad, sólo la imagen de tal elevación).
La Alianza para el Progreso señala la formalización de esta nueva orientación política de los Estados Unidos. Quede bien en claro que conceptual izamos a la Alianza como un instrumento político y no meramente económico, lo cual queda ratificado desde dos vertientes completamente opuestas: por un lado, Alberto Lleras dice claramente y sin embagues: “Eso es la Alianza para el Progreso: es un plan político, esencialmente. La idea de convertirlo en una forma inocua de asistencia técnica y financiera a la América Latina no era, precisamente lo que se pensaba en Punta del Este. Entre otras razones porque la Alianza se conformó en un debate contradictorio entre dos sistemas de promover el desarrollo económico: el de planeación y dirección central y totalitaria presentado como un desafío a la América Latina por Ernesto Guevara, jefe de la delegación cubana, y el de planeación democrática y la libertad de empresa”.
La segunda vertiente es justamente la protagonizada por el recién citado Ernesto Guevara, que en su exposición pronunciada en la conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social, celebrada en Punta del Este, Uruguay, en agosto de 1961:
“Tengo que decir que Cuba interpreta que esta es una conferencia política, que Cuba no admite que se separe la economía de la política y que entiende que marchan constantemente juntas. Por eso no puede haber técnicos que hablen de técnica, cuando está de por medio el destino de los pueblos. Y voy a explicar, además, por qué esta conferencia es política; es política, porque todas las conferencias económicas son políticas; pero es además política porque está concebida contra Cuba y está concebida contra el ejemplo que Cuba significa en todo el continente americano… Señores: la Revolución Cubana es una revolución socialista, la Alianza para el Progreso es una Alianza para frenar el proceso, de liberación de los pueblos americanos”.
¿Cuál es el objetivo manifiesto de la Alianza? La declaración de Punta del Este pone el acento en los siguientes tres propósitos: 1) Desarrollo económico, para “acercar, en el menor tiempo posible, el nivel de vida de los países latinoamericanos al de los países industrializados”; 2) Programas de reforma agraria integral, “con miras a sustituir el régimen de latifundio y minifundio por un sistema justo de propiedad”; 3) Reforma de las leyes tributarias, “para exigir más a quienes más tienen, redistribuir la renta nacional en favor de los sectores más necesitados”. Analicemos fugazmente los tres puntos, cotejándolos en lo posible con lo ya realizado por la Alianza.
En cuanto a la ayuda al desarrollo económico es posible afirmar que ha sido nula. Es verdad que se han suministrado fondos (no los prometidos) para obras de infraestructura social, pero es indudable que no es ese el camino indicado para acercar, en el menor tiempo posible el nivel de vida de los pueblos latinoamericanos al de los países industrializados”. Claro está que los impulsores de la Alianza pueden afirmar en su descargo que ellos opinan lo contrario: “A veces se expresa la idea de que un aumento en el nivel y la diversidad de la actividad económica resulta necesariamente en la mejoría de las condiciones sanitarias. Sin embargo, el Grupo es de opinión que el mejoramiento de las condiciones sanitarias no sólo es deseable en si mismo, sino que constituye un requisito esencial, previo al crecimiento económico, y debe formar, por lo tanto, parte esencial de los programas de desarrollo de la región”.
No podemos evitar la impresión de que se trata de una mera racionalización, que oculta el hecho de que EE.UU. en ningún momento se ha planteado auténticamente colaborar en nuestro desarrollo y que sólo busca medidas demagógicas para contener el descontento popular. No resistimos la tentación de transcribir parte de la respuesta de Guevara a la opinión recién citada;
“Es un poco… yo no se, pero casi lo calificaría como una condición colonial; me da la impresión de que se está pensando en hacer la letrina como cosa fundamental. Eso mejora las condiciones sociales del pobre indio, del pobre negro, del pobre individuo que yace en una condición sub-humana: “vamos a hacerle letrina y entonces, después que le hagamos letrina, y después que su educación le haya permitido mantenerla limpia, entonces podrá gozar de los beneficios de la producción”. Porque es de hacer notar, señores Delegados, que el tema de la industrialización no figura en el análisis de los señores técnicos. Para los señores técnicos, planificar es planificar la letrina. Lo demás, ¡quién sabe como se hará!.. .
“Yo me pregunto, señores Delegados, si es que se pretende tomarnos el pelo… Se dan dólares para hacer carreteras, se dan dólares para hacer caminos, se dan dólares para hacer alcantarillas; señores, ¿con qué se hacen las carreteras, con qué se hacen las casas? No se necesita ser un genio para eso. ¿Por qué no se dan dólares para equipos, dólares para maquinarias, dólares para que nuestros países subdesarrollados, todos, puedan convertirse en países industriales, agrícolas, de una sola vez? Realmente, es triste”.
Verdaderamente, son muchas las cuestiones tristes que la Alianza ocasiona. Veamos algunas de ellas. En primer lugar, el desencanto que produce una promesa incumplida. En la conferencia de Punta del Este Douglas Dillon ofreció 20.000 millones de dólares para los próximos diez años. Pero para el período 1962 63 la Alianza no dispuso de más de 525 millones, que fue la cifra votada por el Congreso norteamericano, en lugar de los dos mil millones de dólares que corresponderían. Hasta mediados de 1964 EE.UU. había aportado 3335.5 millones de dólares, pero si tenemos en cuenta que 1.368,8 correspondían al fondo de Alimentos para la Paz, que no forma parte de la Alianza ni estaba previsto por ella (tal afirmación la realiza Alberto Llera? Camargo), resulta que sólo nos restan 1.966,7 millones de dólares, que como resulta evidente, no cumple el objetivo fijado por la Alianza de proporcionar USS 2.000 millones en recursos totales de capital externo por año.
En segundo término, no es serio proponer una tasa de crecimiento de ,5% anual como objetivo para acercarse al nivel alcanzado por los países industrializados, Con tal ritmo de crecimiento, teniendo en cuenta que el ingreso promedio per cápita en América Latina es de 330 dólares, allá por 1980 se habrá accedido a quinientos dólares per cápita, lo cual, a decir verdad, no nos pone demasiado cerca de los países más desarrollados.
En tercer lugar, es necesario reflexionar para quién es el Progreso que propugna la Alianza. Fawler Hamilton, director de la ayuda al extranjero afirmó frente a un grupo de hombres de negocios norteamericanos: “cada dólar que sale de nuestro bolsillo debe entrar de nuevo a los EE.UU. después de habernos comprado mercancías por el importe de un dólar”. Nos hallamos entonces con que la “ayuda” posibilita la apertura o la consolidación de mercados para los productos estadounidenses. No se trata de otra cosa que de un crédito que se le abre a los países latinoamericanos en las grandes empresas norteamericanas, mediante el cual pueden comprar productos manufacturados a un precio en ocasiones superior al del mercado mundial.
Pero no sólo por esta razón EE.UU. se beneficia económicamente con la Alianza. Eduardo Galeano, en un artículo que intenta explicar por qué “la Alianza para el Progreso naufraga sin pena ni gloria” describe una cierta irregularidad en cuanto a la administración de los fondos de la Alianza. En documentos oficiales se computan como pertenecientes a la Alianza, los préstamos aprobados por el BID (Banco Interamericano de Desarrollo). Si se lee cuidadosamente el informe publicado por el BID en diciembre de 1962, se detecta que del total de recursos ordinarios de capital, los EE.UU. aportaron 150 millones de dólares y América Latina 232 millones. Ahora, el tota! desembolsado por el Banco en créditos para los países latinoamericanos gira en torno a los 26 millones. Es perfectamente legítimo preguntarse cuál es el destino de los millones restantes. El informe explica que son volcados en “inversiones en valores a corto plazo del gobierno de los Estados Unidos, o en depósitos a plazo fijo en bancos comerciales…” Traduciendo las conclusiones: América Latina proporciona ayuda a los Estados Unidos por 205 millones de dólares.
Todo lo mencionado no significa negar que en los últimos años se ha acentuado la orientación dé las grandes empresas estadounidenses a invertir capitales en industrias de transformación, exhortados por la Alianza. Pero tal cuestión la hemos de discutir más adelante cuando nos refiramos a los planes de “integración latinoamericana”. Lo que debe quedar claro en lo que respecta a la ayuda que la Alianza presta directamente al desarrollo es que no va dirigida a planes de industrialización sino principalmente a planes de infraestructura social.
¿Qué ha ocurrido en lo que respecta a los planes de “reforma agraria integral”? Guevara dictó su receta en Punta del Este: ¿Quieren hacer la Reforma Agraria?, tomen la tierra al que tiene mucha y dénsela al que no tiene. Así se hace Reforma Agraria, lo demás es canto de sirena… la reforma agraria se hace liquidando al latifundio, no yendo a colonizar allá lejos”.
Pero por lo visto, la solución preconizada por el ex ministro de Industria de Cuba pareció demasiado drástica a los expertos de la Alianza, y por ello la reforma sólo se limitó a la compra de pequeños lotes a los latifundistas por el Estado y el reparto en pequeñas parcelas entre campesinos sin tierra y peones, o, en otros países al reparto de tierras del Estado. Pero hubo una constante entre ambos casos: se trataba de las tierras más alejadas de los mercados de venta de los productos agrícolas o sin cultivar por su escaso rendimiento.
Sería sin embargo erróneo afirmar que la “reforma agraria” fue ineficaz. Por el contrario, fue muy útil para la consolidación de la base de poder de los sectores dominantes de los países latinoamericanos, y de tal modo, también para los Estados Unidos. ¿Por qué? Obviamente, la expansión demográfica de los países latinoamericanos, la pauperización creciente de los sectores populares, entre ellos los asalariados rurales y los campesinos, y la oleada de esperanza que hizo expandir la revolución cubana, hizo tambalear el dominio de los grandes señores terratenientes. Sin pensar demasiado en la pérdida de “status” que ello podría significar, y demostrando que la oligarquía terrateniente puede “modernizarse” cuando sus intereses más caros se ven afectados, los terratenientes comienzan a hablar de reforma agraria y apoyan (en general) los planes de la Alianza, conscientes de que ellos se hallaban inspirados en su misma inquietud. Tiene razón Edén al explicar los beneficios de tal operación agraria; salvar lo esencial, guardando la parte más rica del dominio, atenuar la tensión social gracias a esta concesión, estabilizar una nueva capa de pequeños propietarios susceptibles de romper la cohesión colectivista del mundo rural tradicional, en resumen, establecer un “cordón sanitario” de pequeños propietarios individualistas desolidarizados de la masa de aquellos que no tienen tierras. Es obvio que el peón que recibe una parcela de tierra con arreglo a los planes de la Alianza queda ligado de alguna manera a quienes se la entregan, tanto por gratitud, como por el hecho de que una actitud suya contraria al gobierno establecido redundaría en verse privado de la tierra al año siguiente.
El tercer objetivo mencionado era la reforma tributaria. Prácticamente, ni siquiera fue intentada, y los expertos de la Alianza suponemos sabían de antemano que así habría de ser, porque una reforma de tal tipo equivale para la mayoría de los gobiernos latinoamericanos perjudicar intereses de los sectores que son su base de sustentación. Y esto nos lleva de la mano para concluir la razón por la cual, al cabo de cinco años de Alianza para el Progreso no se ha verificado en América Latina un proceso acentuado de desarrollo económico auténtico, ni una real reforma agraria ni una reforma tributaria:
“Nosotros entendemos —y así lo hicimos en nuestro país, señores Delegados—, que la condición previa para una verdadera planificación económica es que el poder político esté en manos de la clase trabajadora. Ese es el “sine qua non” de la verdadera planificación para nosotros. Además, es necesaria la eliminación total de los monopolios imperialistas, y el control estatal de las actividades productivas fundamentales…
“Además, hay dos requisitos que permitirán hacer o no que este desarrollo aproveche las potencialidades dormidas en el seno de los pueblos que están esperando que las despierten. Son por un lado, el de la dirección central racional de la economía por un poder único, que tenga facultades de decisión y, por otro, el de la participación activa de todo el pueblo en las tareas de planificación”.
Nos preguntarán: ¿si tras los planes de la Alianza sólo se esconden propósitos demagógicos y no un real interés en desarrollar América Latina, cómo puede explicarse el temor que la misma inspiró en diversos sectores tradicionales tanto latinoamericanos como estadounidenses? Es indudable que existen sectores ultramontanos que están dispuestos a impedir cualquier camino por tenue que éste sea, y que se niegan a comprender que sólo modernizando sus técnicas de dominación podrán continuar beneficiándose con la situación reinante. Asumiendo la representación de tales sectores, hallamos en una publicación estadounidense una advertencia a la Alianza. Escribe “The American Banker”:
“Si la Alianza ataca sin discriminación a la oligarquía sudamericana hará un irreparable daño. Primeramente, descorazonará a los hombres de empresa que están modernizándose; es más, estos mismos se sienten hoy descorazonados de la manera cómo la orientación intelectual de la Alianza parece recompensar sus esfuerzos sólo con crítica y desprecio. Segundo, decapitará el orden social destruyendo la clase que mas o bien es la que dirige, y esta destrucción de la clase emprendedora mejorará las posibilidades del caos. Tercero, minará precisamente al grupo sudamericano cuyos intereses y posturas están más cerca a los Estados Unidos…”
Pensamos que no existían motivos para que estos señores se sintieran tan “descorazonados”, ya que tanto Moscoso, al asumir la dirección del programa de la Alianza, como otras fuentes oficiales estadounidenses se habían preocupado en infundirles confianza. Aún abusando de la mala costumbre de citar continuamente, veamos primeramente que dice Moscoso: “…el objetivo que persigue la Alianza no es volver a distribuir los pedazos de un pastel que se está agrandando rápidamente. El rico no tiene por qué empobrecerse si el pastel aumenta de tamaño, pero es evidente que el pobre se enriquecerá. Los miembros de la tradicional clase dominante que prestan su apoyo a la Alianza y a sus objetivos, no tienen nada que temer; es más, confío en que sean los que, en creciente medida, tomen la iniciativa de modernizar su país. Pero quienes traten de hacer fracasar la Alianza tendrán mucho que temer, no de los Estados Unidos sino de su propio pueblo… la Alianza merece el apoyo de los privilegiados porque es un llamamiento… a su sentido de propia defensa… Tienen que elegir entre apoyar los objetivos de la Alianza o exponerse a una revolución destructora de tipo castrista”.
Más claro imposible, y muy útil la imagen del pastel. Las bases económicas de la sociedad continuarán siendo las mismas, pero como habrá más riqueza, los pobres ascenderán de posición, aunque no tanto como para hacer peligrar el dominio que ejercen las clases privilegiadas. Claro está que se trata de un planteo que ni siquiera es coherente con lo que realmente hizo la Alianza, pues como hemos visto, dudosamente podemos pensar que la riqueza aumentó en América Latina gracias a los planes de la Alianza.
La misma advertencia que formula Teodoro Moscoso, aunque con otras palabras, es la que formula en un documento oficial sobre asistencia técnica y económica a Venezuela, los señores Irving Tragen y Robert Cox:
“Los Estados Unidos se verán en la necesidad… de señalar a los godos, a la oligarquía, a los nuevos ricos, a los sectores económicos nacionales y extranjeros en general, a los militares y al clero que tendrán en última instancia que elegir entre dos cosas; contribuir al establecimiento en Venezuela de una sociedad basada en las masas, en tanto que ello retienen parte de su statu quo y riquezas, o tener que hacer frente a la pérdida de los dos (y muy posiblemente a la muerte misma en el paredón) si las fuerzas de la moderación y el progreso son desplazadas en Venezuela”.33

  • Los planes de Integración y Desarrollo
  • Existe en el párrafo citado una frase muy interesante: “contribuir al establecimiento… de una sociedad basada en las masas”. ¿En qué sentido basada en las masas? ¿En el sentido en que lo expresa el “Che”? Creemos que sólo será posible develar este misterio si nos dedicamos durante unos instantes a analizar un nuevo fenómeno que, a nuestro entender es producto de la nueva orientación de la política exterior estadounidense hacia América Latina, y que expresa una complementación y superación de la Alianza para el Progreso. Los proyectos de “integración latinoamericana”.
    ¿Cuál es el origen de tales formulaciones? Parten del reconocimiento de un fenómeno que afectó profundamente la ya es inestable estructura de los países de la América Latina. Nos referimos a la crisis mundial de 1929, que al provocar una contracción de la producción, de los ingresos y de los niveles de ocupación en los países industrializados, provocó una disminución en sus importaciones y de tal modo, la del comercio internacional. La gravedad de la situación planteada determinó en los países industrializados la puesta en práctica de medidas proteccionistas; formación de bloques, acuerdos bilaterales de comercio, devaluación de las monedas, adopción de controles de cambio, establecimiento de cuotas de importación, etc. Como resultado, el volumen físico de las exportaciones mundiales cayó en un 25% y los precios en más del 30%. En América Latina, esta situación se ve particularmente agravada por el deterioro en un 50% del poder de compra entre 1929 y 1932 debido al cierre de antiguos mercados de exportación y la caída de los precios. Por supuesto que tal situación vino a agravar aún más la balanza de pagos ya resentida por el servicio de la deuda que se tornaba más pesado ante la interrupción del flujo de capitales extranjeros.
    ¿Cuál fue la respuesta de estos países que dependían en su nivel de ingresos, actividad y ocupación de las exportaciones ante la disminución de las mismas? La tendencia fue a satisfacer con producción interna cierta parte del consumo y la inversión que antes se cumplía con importaciones: es el llamado proceso de sustitución de importaciones. La necesidad de limitar la dependencia de toda la economía del nivel de exportaciones, así como la imperiosidad de sustituir importaciones va conformando un cierto cambio en la estructura productiva, que sobre todo en los países más desarrollados latinoamericanos determina la predominancia de las actividades destinadas a producir para el mercado interno y la disminución de las destinadas a la exportación. La industria comienza a desarrollarse cada vez con más aceleración y a visualizarse claramente la necesidad de fomentarla.
    Indudablemente, si tal desarrollo industrial cubriera todas las etapas, desde la industria liviana, hasta la de máquinas-herramientas, los países latinoamericanos estarían sentando las bases para su real desarrollo.

  • Industrialización o Seudo industrialización
  • ¿Cuál es la actitud asumida ante esta situación por Estados Unidos? Un argumento simplista supondría la total oposición de los EUA al cumplimiento de los procesos de industrialización. Como veremos, tal afirmación sólo tiene validez en un período histórico anterior a la depresión de 1929, y se ve totalmente contrastada por la real tendencia de EUA a invertir en industrias de transformación. Pero también es preciso señalar la falsedad del planteo que deduce de tal tendencia, examinada en abstracto, la decisión de Norteamérica a ayudarnos sinceramente en la industrialización.
    Planteemos la cuestión desde otro punto de vista: beneficia a EUA el desarrollo de algún tipo de industria en América Latina? La respuesta es afirmativa desde dos perspectivas. En primer lugar, teniendo en cuenta los intereses económicos, el descenso de la tasa de ganancia en la metrópoli posibilita mayores beneficios en nuestros países, especialmente en aquellas industrias que requieren menor densidad de capital y mayor mano de obra, excesivamente barata y abundante en América Latina. Por otro lado, la reducción del plazo de renovación del capital constante en las economías desarrolladas, en este caso EUA, como consecuencia del acelerado e incesante ritmo de las innovaciones tecnológicas y la necesidad de abaratar los costos por la competencia, crea el grave problema de los cuantiosos equipos obsoletos al poco tiempo de su puesta en marcha. Un proceso de industrialización en América Latina abre la posibilidad de exportar tales equipos bajo la forma de inversión directa de capital (ya que la capacidad de importar es reducida). Desde una perspectiva que tenga en cuenta la estrategia global de EUA hacia América Latina, teniendo en cuenta la correlación de fuerzas a nivel mundial de la “guerra fría”, es evidente que el proceso de industrialización posibilita el reforzamiento de los vínculos económicos que ligan a EUA con éstos, luego de resquebrajados los antiguos vínculos a raíz de la crisis del 29.
    Veamos de qué manera se produce tal reforzamiento de vínculos. Para ello es preciso analizar los fundamentos argumentados por los promotores del mercado común latinoamericano, y luego analizar de qué manera EUA incorporó tales planes en sus proyectos políticos.
    La CEPAL aparece como una de las principales inspiradoras del Mercado Común. Su razonamiento se basa en la idea de que la producción de bienes manufacturados (fruto del proceso de sustitución de importaciones) requiere de un mercado lo suficientemente extenso como para posibilitar que los factores productivos se combinen en una proporción tal que no signifique producir con costos muy por encima de los de la industria similar en los países industrialmente avanzados.
    Es un hecho conocido la alta tasa de crecimiento del gráfico de América Latina. Se calcula por ejemplo que para 1975 su población será de 300 millones. Igualmente se estima que si el producto medio latinoamericano per cápita aumenta a un ritmo del 2,7% anual, la demanda de productos industriales se vería en tal año cuadruplicada respecto al monto actual. “La CEPAL presume que, en ese año, la demanda latinoamericana de maquinarias y equipos sería de 9.200 millones de dólares y que la industria tenería que proporcionar tales bienes por un monto de 5.500 millones de dólares, en circunstancias que, actualmente, la producción latinoamericana de máquinas y equipos no supera los 200 millones de dólares. Esto es decir, la producción latinoamericana de bienes cié capital debería aumentar 27 veces, mientras que la producción de la industria en general tendría que hacerlo”.
    América Latina entonces, necesita para poder cumplimentar tales exigencias, desarrollar actividades industriales muy complejas y capitalizadas, cuya productividad depende, según la CEPAL, sobre todo de la magnitud del mercado, pues de lo contrario sus costos serían altísimos. Por otro lado, el desarrollo vigoroso sólo será posible si consecuentemente se desarrolla un intenso comercio recíproco entre los países de América Latina, para lo cual es preciso un mercado común regional.
    Entre los beneficios que este mercado común ofrecería se hallan la reducción progresiva hasta su posterior eliminación de las barreras aduaneras y los obstáculos interpuestos a la libre circulación de las mercancías y capitales, de modo tal de lograr una racionalización de la matriz de relaciones económicas latinoamericanas complicadas por la balcanización del continente —téngase en cuenta, por ejemplo, que el transporte marítimo de 1 tonelada de productos químicos asciende a 54 dólares en viaje directo de Bs. As. a Tampico, a 46 dólares si transita por Nueva Orleans y a 40 dólares si realiza un transbordo en Southampton.1″
    Claro está que tales planes podrían a largo plazo conducir a la constitución de un sistema económico que disputara la hegemonía de los Estados Unidos, al menos en lo que respecta al área latinoamericana. Veamos entonces la respuesta de los Estados Unidos.
    En todo un primer momento EUA se resistió a la integración latinoamericana, tanto a través de los empresarios privados como por intermedio del gobierno u organismos internacionales. Un documento de una entidad que reúne a ejecutivos de grandes entidades económicas estadounidenses, Bussiness International intenta explicar las razones por las cuales Estados Unidos no prestó atención, aún más, la obstaculizó, proponiendo proyectos contrarios a los de la ALALC o una duplicación de los mismos:
    “Las razones para este extraño comportamiento parece derivar principalmente de tres fuentes. El miedo de que el poder político de los Estados Unidos sufra por la creación de un bloque único de países latinoamericanos; el desencanto general de los Estados Unidos con organizaciones económicas regionales debido a su carácter discriminatorio contra los exportadores norteamericanos; y la idea de que la ALALC no tendrá éxito y que por tanto Estados Unidos no debe apoyar a un perdedor”.
    Hasta mediado de 1960 Estados Unidos continuó con su actitud negativa hacia la integración, agravada, como señala Wionczek, por la actitud de desconfianza que predominaba en EUA hacia la CEPAL, organismo considerado como intruso en los asuntos del hemisferio y como peligroso competidor de la OEA.
    A pesar de todo, el intento de integración, aunque lentamente, continuaba su evolución. El oportunismo se impuso entonces, y diversos hombres de negocios, técnicos y funcionarios de los EUA comenzaron a reconocer, como señala Marcos Kaplan en su excelente trabajo sobre “La Integración Latinoamericana y las Grandes Potencias; Estados Unidos y la ALALC, y al cual debemos muchas de las ideas sobre el problema que aquí exponemos, la necesidad y conveniencia de adaptarse al proceso integrador y aprovecharlo. Un buen ejemplo de esta línea de “adaptación y aprovechamiento” se encuentra en el documento de la “Bussiness International” “9 recientemente citado, donde se expresa: “Lo importante es ayudar a América Latina
    a desarrollar una economía capaz de sustentar un nivel de vida más alto. Si ello se realiza a través de la integración económica, sin duda que las exportaciones tradicionales de Estados Unidos habrán de sufrir, pero el total de exportaciones norteamericanas hacia el sur aumentarán, tal como ocurrió con la Comunidad Económica Europea… Una abierta oposición oficial de los EUA a la ALALC y a la SIECA (Mercado Común Centroamericano), probablemente contribuiría más rápido a su desarrollo, que cualquier otra cosa que los EUA pudieran hacer… Las grandes empresas internacionales ya han tenido experiencia con los restos del movimiento mundial hacia mercados regionales”.
    ¿Este cambio de línea exige demasiados esfuerzos a las grandes empresas estadounidenses…? Para las empresas verdaderamente internacionales, la ALALC no ofrece ningún problema que ellas no hayan resuelto o aprendido a soportar en otros lugares. La reunión de países en grupos regionales ya ha sido confrontada y vencida anteriormente por las empresas obligadas a producir localmente y a racionalizarse.
    “La Singer y la IBM constituyen ejemplos de empresas que siempre han considerado al mundo dividido en mercados locales, tales como los EUA, la CEE y la ALALC. Ellas establecen sus fábricas donde la producción sea más aconsejable. Una fábrica en Méjico puede muy bien abastecer de un producto determinado a los EUA, las Filipinas y muchos otros países, al tiempo que fábricas en los EUA, Alemania, Escocia pueden embarcar otros artículos a Méjico. Estas empresas planifican sobre la base del máximo intercambio de las piezas producidas donde quiera que sea más económica su producción. “…Singer considera a la ALALC como un todo. Ella tiene instalaciones industriales completas en Brasil, Argentina y Méjico y plantas de ensamblaje en Colombia y Perú”.
    Observamos entonces que la integración, acorde con esta línea de adaptación y aprovechamiento, posibilita el afincamiento de grandes consorcios estadounidenses que por sus grandes capitales, moderna tecnología, fuerte apoyo financiero y político de su país están en condiciones de desplazar a los empresarios nacionales. Estos, “vulnerables a las fluctuaciones de los precios mundiales de sus productos, que no controlan, faltando cantidades de capitales necesarios al desarrollo de su actividad bancaria e industrial, amenazados por las nuevas aspiraciones al socialismo que fermentan en el continente, están condenados, lo quieran o no, a asociarse en una situación de subordinación a la empresa capitalista, lo que se hace generalmente bajo la forma de “sociedades mixtas” cuya razón social es “nacional” pero cuya realidad económica es imperialista. Esas sociedades mixtas son la forma más típica de la dominación imperialista. Así, en 1954 en Brasil, el 20% de las inversiones extranjeras en ese país estaban inscriptas en 1496 sociedades mixtas; y de 1950 a 1957 en Méjico, el 11% de las inversiones nuevas eran introducidas en sociedades mixtas; en el 94% de los casos, las acciones extranjeras eran mayoritarias”.
    El fenómeno de difusión de las sociedades mixtas, ya presente en la década del 50, se acelera a medida que la “integración económica” se va cumplimentando. Brasil es una buena prueba de ello. El programa económico del gobierno brasileño se singulariza por el papel estratégico que brinda al capital extranjero. Al mismo tiempo que se reduce el crédito nacional, el gobierno se propone “ofrecer a los empresarios nacionales acceso al crédito extranjero en igualdad de condiciones con las empresas extranjeras que operan en el país”. Como señala Ruy Mauro Marini en un artículo titulado “La Interdependencia Brasileña y la Integración Imperialista” tales créditos son obtenidos a través de avales concedidos por los organismos financieros brasileños o por mediación de fondos gubernamentales de que participan capitales extranjeros. Actuando de tal manera, se impulsa el proceso de asociación de la burguesía nacional con el capital extranjero. Las cargas fiscales, obligan a las industrias a su renovación tecnológica tendiente a reducir mano de obra y de tal manera los costos de producción. La adquisición de esta tecnología se realiza usualmente mediante la ligazón con empresas estadounidenses que se ven precisadas de exportar sus maquinarias por haberse vuelto obsoletas.

  • Brasil: La teoría de un País clave
  • La referencia a Brasil no es casual. Más que en ningún otro país, el proceso de industrialización fue poco a poco sellando el pacto entre la burguesía nacional y el imperialismo, luego del intento frustrado de Goulart.
    Es por todos conocidos el viraje que asumió la política exterior brasileña luego del golpe de estado contra Goulart que culminó con la instauración de una abierta dictadura pro-estadounidense. De la llamada “política externa independiente”, de los tiempos de Quadros y Goulart, basada en los principios de autodeterminación y no intervención, se pasó al concepto de “interdependencia continental”, que supone un compromiso implícito entre Estados Unidos y Brasil mediante el cual Brasil se compromete a “aceptar conscientemente la misión de asociación a la política de los Estados Unidos en el Atlántico Sur”, recibiendo como contrapartida el reconocimiento por parte de EUA de que “el casi monopolio de dominio en aquella área debe ser ejercido por el Brasil exclusivamente”. En otros términos, Brasil acepta su integración económica con los Estados Unidos, y no sólo eso, sino que también se compromete, a la manera de “potencia intermediaria”, a ser un activo centro de transmisión de los intereses estadounidenses en América Latina. “No se trata de aceptar pasivamente las impresiones norteamericanas (aunque la correlación de fuerzas lleve muchas veces a este resultado), sino de colaborar activamente con la expansión imperialista, asumiendo en ella la posición de país clave”.
    Pero, ¿qué relación tiene la integración económica brasileño-norteamericana con los proyectos de integración latinoamericana? Nuevamente siguiendo las reflexiones de Mauro Marini hallamos que al optar la burguesía brasileña por su vinculación estrecha con las empresas estadounidenses, esperan reactivar la economía nacional mediante un gran flujo de capitales extranjeros. Aceptan de esta manera la exigencia estadounidense de ubicar sus maquinarias como parte de la inversión directa. El desarrollo de una industria moderna crea, por un lado, problemas de desocupación y por otro, la insuficiencia del mercado interno para absorber la producción creciente. De tal modo, Brasil se
    ve precisado de un mercado externo constante en el cual ubicar su producción. La insistencia del gobierno de Castelo Branco en la formación de un mercado común latinoamericano es ahora fácilmente comprensible a la luz de la integración económica y política de Brasil con Estados Unidos. Como también es comprensible el hecho de que Estados Unidos acceda a crear industrias básicas, en Brasil, en contraposición con la tendencia a desarrollar industrias ligeras, de bienes de consumo en el resto de los países latinoamericanos. Esta cuestión nos sugiere entonces que aún cuando se logre desarrollar una industria integral la independencia económica no está en absoluto garantizada si los resortes de tal industria y los procesos económicos básicos del país se hallan en manos de los grandes consorcios estadounidenses.
    Tal como hemos planteado la cuestión hasta ahora, observamos que Estados Unidos tiende a favorecer la integración económica latinoamericana, especialmente a través de un país clave en el cual las grandes corporaciones estadounidenses han comenzado a instalar industrias complejas en vistas a convertir a Brasil en uno de los mayores proveedores del mercado común latinoamericano. Es esta una de las maneras a través de las cuales Estados Unidos puede sacar beneficios del proyecto en marcha de integración.
    A través del BID Estados Unidos ha de tener otro medio de control de desarrollo de la integración económica latinoamericana, de modo de no obstaculizar sus intereses. También el BID le reporta a EUA un beneficio económico directo, puesto que existe una disposición por la cual parte de los bienes y servicios a ser utilizados en los proyectos que se encaren con los fondos prestados, deben comprarse en los Estados Unidos. Una muestra de este especial interés de Estados Unidos en la activa participación del BID en los proyectos de integración, se encuentran en el proyecto de resolución presentado en el Congreso de los EUA: “El Congreso recomienda, por otra parte, que los Estados Unidos se unan a otros miembros del BID para proveer los recursos que esa institución utilice para el funcionamiento de los proyectos multinacionales que alienten la integración económica latinoamericana” (Comercio Exterior, marzo de 1967, pp. 189)
    Tenemos ya ciertos elementos para responder a la pregunta que nos lanzó a todas estas reflexiones sobre los proyectos de integración: el significado de la frase “contribuir al establecimiento de una sociedad basada en las masas”. En un primer sentido, se trata de, adelantándose a los trastornos que el inmenso crecimiento demográfico pudiera acarrear, ampliar los límites de una economía de mercado, que incluya a sectores antes no plenamente integrados tanto en el consumo como en la producción, mediante el desarrollo industrial.

  • Una política de masas para el imperialismo
  • En un segundo sentido, nos encontramos con la valoración política que realiza EUA del papel que juegan los trabajadores en las sociedades latinoamericanas. George Lodge, que se desempeñó como Secretario Auxiliar de Trabajo, ya encargado de Asuntos Exteriores del Gobierno de los EUA nos dice:
    “…entre los elementos más importantes de la estructura política, económica y social de los países que se están desarrollando en Asia, África y América Latina figuran las organizaciones que estos trabajadores han formado a fin de perseguir la realización de sus objetivos con mayor vigor y efectividad. Por eso, las organizaciones de trabajadores o sindicatos han cobrado una importancia capital y crítica en la lucha mundial actual”.
    Y agrega; “En muchos países de Asia, África y America Latina, los sindicatos son casi la única fuerza originada que guarda contacto directo con al pueblo y, frecuentemente, figuran entre las influencias más importantes sobre el pueblo… Son blancos primordiales de la subversión y el control de los comunistas. Y, al mismo tiempo, son la primera línea de defensa contra el comunismo y otras formas de totalitarismo.
    La necesidad de trabajar sobre estas organizaciones y convertirlas en vallas contra el avance del comunismo fue reconocida oficialmente en la Conferencia ínter-americana de Ministros de Trabajo. Al brindar un “Informe sobre el papel de las Organizaciones Obreras en la Alianza para el Progreso, dicen: “Todo lo que se haga para fortalecer el movimiento sindical libre, como elemento activo dentro de la sociedad latinoamericana, es de fundamental importancia.
    “En este aspecto es encomiable la labor que realizan diversos sindicatos latinoamericanos, la ORIT y el Instituto Americano para el Desarrollo del Sindicalismo Libre (IADESYL), como también otras entidades nacionales e internacionales”.
    Nuevamente, encontraremos la aplicación de la línea de “adaptación y aprovechamiento”. Del reconocimiento de que la clase obrera tiende cada vez más a nuclearse férreamente en organizaciones de masa y a canalizar por intermedio de éstas sus reivindicaciones, así como del creciente grado de conciencia que los trabajadores latinoamericanos van cobrando acerca de las causas de su explotación y el florecimiento consecuente de actitudes nacionalistas y antiimperialistas, Estados Unidos deduce que es imprescindible incorporar en su nueva política exterior a las organizaciones sindicales de los países latinoamericanos. Se lanza entonces la nueva consigna: “Estados Unidos cree que debe capacitarse a los sindicalistas de América Latina para apoyar el desarrollo del gremialismo ubre”.
    La noción de gremialismo libre refleja el tipo de organización sindical existente en los Estados Unidos, que al decir de Wright Mills… “En vez de luchas económicas y políticas… se ha enredado profundamente en rutinas administrativas con el Estado y las Corporaciones. Una de sus principales funciones como un interés creado en la nueva sociedad, es la regulación de aquellas tendencias irregulares que puedan producirse en la base”.
    A través de qué mecanismos operacionalizó EUA su “ayuda” al movimiento obrero latinoamericano para que se pusiera en contacto con el sindicalismo libre? A tales efectos se creó el Instituto Americano para el Desarrollo del Sindicalismo Libre (AIFLD o IADESYL) cuya base de operaciones se halla en Washington, mantiene en Virginia una escuela de adiestramiento obrero, y once centros de educación sindical en otras tantas capitales latinoamericanas. Más de 49.000 trabajadores agremiados latinoamericanos han asistido a cursos organizados por el 1ADESYL. Por otro lado, el Instituto ha asesorado a las organizaciones sindicales latinoamericanas en la creación de cooperativas de vivienda, de consumo, bancos obreros, programas de desarrollo rural, etc.
    ¿Cuáles son las cuestiones principales que quiere enseñar el AIDESYL?
    “Desde el primer momento, una de las cosas más importantes que el AIFLD tenía que enseñar a sus estudiantes era la forma de competir con éxito contra los comunistas profesionales, adiestrados detrás de la Cortina de Hierro en el dogma de la “lucha de clases” y la técnica para sembrar el odio. Como lección objetiva, pensó Beirne —uno de los promotores de la AIFLD— se podía presentar un ejemplo de firme cooperación democrática entre patrones y obreros”.
    Se trata, en última instancia, de minimizar el efecto de las concepciones antinorteamericanas y difundir lo que Beirme ha llamado “el capitalismo del pueblo”.
    Antes de dejar este tema, veamos un ejemplo de los efectos de los planes de la AIFLD en la política sindical, tal como se halla narrado en un artículo de la publicación mensual Selecciones del Reader’s Digest: …”En 1963 por ejemplo, los rojos estaban conquistando el dominio de muchos de los sindicatos más importantes de Brasil. Alarmado por este hecho Rómulo Marinho, secretario de la federación de trabajadores brasileños fue a Washington para estudiar en la escuela de la AIFLD y a su vuelta organizó en muchas partes de su país cursos para el Sindicato de Trabajadores del Telégrafo al que pertenece… Y en abril grupos de obreros y personas de clase media apoyados por jefes militares demócratas se dispusieron a derrotar al presidente Goulart. Los rojos, confiados en la férrea garra con que atenazaban a los sindicatos dispusieron declarar la huelga general, principalmente entre los trabajadores de comunicaciones. Pero con gran desconcierto de los comunistas los cables se siguieron transmitiendo y los militares pudieron coordinar el movimiento de tropas con que pusieron fin a la situación sin derramamiento de sangre. El nuevo régimen militar designó prontamente a cuatro graduados del AIFLD para que hicieran una limpieza en los sindicatos dominados por los rojos…”
    Establecer una sociedad basada en las masas, entonces, puede significar la concesión de ciertos beneficios sociales a los sectores más desposeídos a través de los planes de la Alianza (vivienda, mejoras sanitarias, entrega de pequeños lotes de tierra, “alimentos para la paz”, etc.), apertura del mercado a sectores antes relegados, especialmente en las áreas rurales, mediante el desarrollo de industrias, usualmente industrias de bienes de consumo, y la mayor integración de las organizaciones sindicales al sistema mediante el fomento de un mayor acercamiento entre los dirigentes sindicales y distintos sectores de la burguesía (a través de cursos de capacitación sindical, por ejemplo).
    Hemos dicho que los planes de “integración económica” tales como son formulados por los Estados Unidos representan una complementación y superación de la Alianza para el Progreso, siendo ambos parte de la nueva orientación política exterior estadounidense. Es una complementación porque los planes de la Alianza se dirigen especialmente a dar “ayuda” en el plano
    de la infraestructura social, en tanto los proyectos de integración económica han debido contemplar la forma de permitir en América Latina un desarrollo industrial compatible con los intereses estadounidenses.
    Como señala Edné, “se trata de una industrialización y de una expansión económica real dentro de un mercado nacional o continental abierto pero integrado, es decir, cuidadosamente controlado por los monopolios imperialistas que sacan de ella un esencial beneficio político y económico”.
    Hemos reflexionado con cierta extensión sobre la nueva estrategia de Estados Unidos, (Edné ha hablado de un cambio, sino de naturaleza, al menos de estructura en el imperialismo). El análisis nos lleva a una conclusión muy importante: no es posible actualmente pensar en la influencia de Estados Unidos como una variable externa, que actúa sobre la estructura económica nacional determinándola con escasas mediaciones a través del comercio exterior y el financiamiento externo. Por el contrario, nuestra dependencia actual es mucho más compleja y profunda, afectando las bases mismas de toda la estructura económica y social, constituyendo una “red”, como expresa Bettelheim, de la que los países atrasados tendrán que deshacerse si pretenden realizar toda sus potencialidades. Es preciso pensar en el imperialismo como un factor estructural, inserto y actuante desde el seno de nuestras estructuras nacionales, conformando las raíces de una dependencia económica, tecnológica, política y cultural.
    Uno de los elementos básicos para comprender esta inserción estructural es su relación con las distintas clases en los países latinoamericanos. El análisis, que no sería otra cosa que la investigación sobre las consecuencias sociales y políticas del fenómeno imperialista, nos demostraría la íntima vinculación existente entre las clases dominantes de los países subordinados con las clases dominantes de los países avanzados, en especial con Estados Unidos. Hemos analizado ya tal vinculación y hemos visto a las “sociedades mixtas” como engendro de esta integración. El imperialismo deja de ser entonces un factor que opera desde “fuera” de las naciones dependientes, para convertirse en una fuerza actuante desde “adentro” e imbricada con toda la estructura nacional. El imperialismo se “nacionaliza” (no por los intereses que defiende, sino por su localización geográfica e imbricación social) en tanto que las clases dominantes se “desnacionalizan” (en tanto resignan su posible —hasta cierto límite— desarrollo autónomo y se ligan en la defensa de los intereses imperialistas, con el cual comparten ganancias). Tal integración sin embargo no fusiona totalmente los intereses nacionales con los de Estados Unidos, y las posibles contradicciones son usualmente resueltas en detrimento de los sectores locales, quienes acorralados por el temor al irrumpimiento revolucionario de las masas, pese a todo, continúan con su “colaboracionismo” consiente.

  • La militarización de las sociedades latinoamericanas
  • La presencia en el gobierno de países latinoamericanos de juntas militares no es un fenómeno al cual estemos desacostumbrados. Pero creemos que lo sucedido en Brasil y Argentina en los últimos años (en Brasil con el golpe contra Goulart, en Argentina, con el advenimiento al poder de Onganía, luego de la “revolución” del 28 de junio de 1966), señala que tal participación de las fuerzas armadas manifiesta una cualidad diferenciada: ya no sólo se interviene a nivel político, sino que se comienza a modificar el régimen institucional reordenando el dispositivo estatal e imponiendo un control directamente militar de la actividad civil, económica, política y social. Las fuerzas armadas aparecen cumpliendo el papel de gran partido de la burguesía y el imperialismo.
    ¿Pero tiene este fenómeno alguna relación con Estados Unidos? .De acuerdo a las reflexiones con relación a la nueva política exterior de EUA, alguien podría quedar con la impresión de que Estados Unidos se ha decidido a dejar de lado los métodos violentos de explotación para iniciar una etapa de “sojuzgamiento por consentimiento”. La formulación de la Alianza para el Progreso, eje del Plan Kennedy, que teóricamente afirma un programa que debía permitir a los países latinoamericanos llevar a efecto la “Revolución Social” sin cambios violentos manteniendo a la vez el ordenamiento social capitalista, puede parecer un instrumento “cortés” de explotación. Indudablemente, el equipo Kennedy realizó una política no tan violenta como la de sus antecesores, fruto de la situación crisis que creó la revolución cubana. Pero no olvidemos que es durante la administración Kennedy que sucede la invasión a Bahía de los Cochinos.
    Lyndon Johnson y su equipo se mostró realista para comprender que los postulados de la Alianza no eran garantía suficiente para asegurar la “estabilidad” de América Latina, y consecuentemente las bases de la hegemonía estadounidense en los países al Sur del Río Grande. La conclusión práctica fue la formulación de la “doctrina Johnson”, nada novedosa por cierto, y que en palabras de uso vulgar no significa otra cosa que el derecho del más fuerte a imponer su voluntad al más débil. Su esencia entonces; vivida en forma cruenta y dolorosa por el heroico pueblo vietnamita y por los patriotas dominicanos, reside en el imperativo de preservar a toda costa el ordenamiento existente si el mismo garantiza la influencia norteamericana, y en modificarlo si así no lo hace.
    Esa revitalización del “big stick” precisa de un complemento que se adecúe al nuevo contexto que el triunfo popular cubano y el florecimiento de nuevas formas de lucha revolucionaria han creado en América Latina. Tal complemento no es otro que la doctrina de la guerra interna que considera al enemigo como operando desde dentro y no fuera de las fronteras, que el enemigo potencial es la clase obrera y el pueblo. Estados Unidos, en tal situación, se compromete a “…ayudar con el equipo y la instrucción necesaria para mantener la coraza protectora detrás de la cual el desarrollo pueda avanzar” (Robert Mc Namara, Sec. de Defensa de los EUA, fragmento del discurso pronunciado el 18 de mayo de 1966 en Montreal, y comentado por el general Juan Guglialmelli en la Revista de la Unión Industrial, octubre-diciembre de 1966).
    Obsérvese que bajo tal doctrina, Estados Unidos hace copartícipe de su papel de gendarme a las fuerzas armadas de los países latinoamericanos en dos perspectivas. Por un lado, garantiza fuerzas adictas que preserven la integridad del sistema interamericano dentro de su órbita hegemónica. Por otro lado, dado que como hemos dicho, el imperialismo aparece inserto en nuestras estructuras económicas, a través de los grandes monopolios, tiene en las fuerzas armadas un auxiliar lo suficientemente fuerte como para poner coto a las presiones del movimiento obrero organizado que provoca una baja en la tasa de ganancia.
    Es preciso señalar que estas características no se encuentran presentes en todos los países latinoamericanos con la misma intensidad, pero que es una tendencia en rápido desarrollo. Téngase en cuenta que esta tendencia puede mantenerse bajo una fachada liberal de forma, pero militarizada de fondo..

  • ¿Existe salida?
  • Cuba es un testimonio viviente de la posibilidad de liberarse. Venezuela, Guatemala, Colombia y ahora Bolivia encarnan los puntos más álgidos de una lucha de conjunto abierta en América Latina que no puede sino terminar con la erradicación del imperialismo, y el acceso a la soberanía nacional y la justicia social para los pueblos en vías a la construcción del socialismo.

    Pedro Rivas

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