Si bien es cierto que en todos los paises capitalistas, incluyendo a los más desarrollados como los Estados Unidos, siempre existe un gran porcentaje de población desocupada, es necesario comprender que en los países sub-desarrollados ese porcentaje es todavía mayor. La falta de trabajo para millones de hombres y mujeres constituye precisamente una de las características de esos países subdesarrollados. Y tenemos entonces que en un país rico como Colombia, nuestra oligarquía ha sido incapaz de crear nuevas industrias suficientes para dar trabajo a los miles de colombianos que todos los años llegan a la edad en que quieren entrar a producir, en que quieren .convertirse en hombres y mujeres útiles para la sociedad. Esa oligarquía ni quiere, ni puede abrir nuevas fuentes de trabajo. No quiere, por que es una oligarquía que piensa más en ella que en el país. Prefiere sacar su dinero para el Canadá o para Suiza antes que invertirlo nuevamente en el país. Es una oligarquía que porque sabe cuántos dolores le ha causado al pueblo, le tiene miedo, le tiene miedo a la Revolución, y por eso prefiere sacar su dinero antes que abrir nuevas industrias. Prefiere invertirlo en clubes lujosos y suntuarios antes que invertirlo en nuevas fábricas. Ella no tiene interés en crearse nuevas incomodidades, disputándole el mercado a las empresas norteamericanas, ni tiene personalidad ni empuje suficiente para buscar en otros países —fuera de Estados Unidos— la ayuda técnica y económica necesaria para industrializar nuestro país. Es una oligarquía conformista que «nació cansada» y que siempre ha pensado más en ella y en sus socios extranjeros que en las verdaderas necesidades del pueblo colombiano.
Todos sabemos que el nuestro es un estado limosnero que está dependiendo de las migajas que nos quieren dar los norteamericanos, y que ello tampoco están interesados en industrializar al país. Las «ayudas» que nos dan son para construir algunas escuelitas, ¿Algún barrio piloto, tal vez algunas letrinas, pero nunca nos van a ayudar a crear nuevas fábricas de maquinaria pesada, fábricas que a su vez producen nuevas fábricas y abran por consiguiente nuevas fuentes de trabajo. A Norteamérica lo que le interesa es tener países que suministren materias primas —minerales y agrícolas— baratas, que le compren a ella a ¡precios elevados todos los autos, todas las máquinas, todos los productos de su industria que nosotros necesitamos para nuestro uso. Norteamérica domina nuestra economía, y nuestra oligarquía está muy contenta de ser aquí su agente y su servidora.
Por eso los desocupados son los que más duramente soportan las consecuencias de nuestro subdesarrollo. La miseria de sus hogares, la angustia de no poder llevar al hogar el alimento necesario, de no poder pagar el alquiler o arrendamiento, de no poder educar a los hijos, lea está demostrando a todos los desocupados la necesidad de emprender la lucha definitiva contra el sistema. Ellos saben más que nadie que no son pobres porque no quieren trabajar, sino porque no hay dónde trabajar. Ellos saben que no es que el pueblo sea perezoso, sino que la oligarquía que ahora es dueña de las fuentes de trabajo y es «dueña» del Estado, no hace nada eficaz para solucionar verdaderamente nuestros problemas. Por eso los desocupados deben, estar siempre a la cabeza de nuestra lucha por arrebatarle el poder a esa minoría y entregárselo a las mayorías. Ellos deben ser los primeros en comprender la necesidad de que el pueblo se organice, ellos que están padeciendo como nadie el peso del sistema, deben ser los primeros en comprender que mientras el pueblo no haya tomado el poder, será imposible solucionar los problemas de cada uno de los hogares que hoy padecen las consecuencias de la desocupación.
Pero lo más grave está en que esa situación de desocupación crónica no tiende a solucionarse, sino que por el contrario, cada día el problema se hace más agudo. Todos sabemos a diario de nuevos casos de despidos colectivos, y sabemos de muchas pequeñas industrias que están quebrando a consecuencia del alza del dólar que, a su vez, elevó dramáticamente los costos de las materias primas.
Por otra parte, cientos de miles de personas han sido desplazadas del campo a la ciudad por la violencia que la oligarquía desató contra nuestros campesinos. Todos ellos deben comprender que la solución de sus problemas 710 deben esperarla de sus propios verdugos, de los que crearon la violencia, de los que tienen hipotecado al país, de los que precisamente causan, la miseria, sino que la solución está en manos de las mayorías, uno de cuyos sectores más importantes numéricamente es el de los desocupados.

CAMILO TORRES

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