En este momento económicamente difícil, nosotros SACERDOTES Y OBISPO DE LA DIÓCESIS DE RECONQUISTA, sentimos el deber terminante de llamar la atención de todos los creyentes y de todos los hombres que creen en el valor de la persona humana, sobre un grupo humano particularmente desfavorecido y amenazado por el hambre.
Hacemos nuestro el grito de la gente que sufre la injusticia, porque no podemos seguir predicando el evangelio sin gritar sobre los techos el llanto y la invocación de los oprimidos: “…la súplica dolorosa de tantos que viven en condiciones indignas de seres humanos no puede dejar de afectarnos y dejarnos inactivos. No puede y no debe quedar en cuanto nos sea posible desoída e insatisfecha…” dice Pablo VI.
Nos referimos particularmente a la población de la zona del monte —conocida por cuña boscosa— de cuya situación dolorosa somos testigos. Habiendo sido utilizados para la explotación irracional de una riqueza inmensa, estos hombres se encuentran hoy sin trabajo en esta zona conscientemente empobrecida. Esta difícil situación humana se agrava al estar rodeada por la ignorancia o por el desprecio y la desconfianza de la mayoría de los hombres que casi en su totalidad se glorían del nombre de cristianos:
—Podemos aceptar salarios mensuales de cuatro o cinco mil pesos? salarios que frecuentemente son pagados en mercadería sin que el obrero tenga la posibilidad de controlar los precios?
—Podemos aceptar para estos hombres que trabajan duramente y que tienen la responsabilidad de su familia numerosa, una inseguridad laboral provocada para evitar los aportes legales?
—Podemos aceptar los despidos abusivos y la especulación con su hambre que los obliga a aceptar cualquier condición de trabajo?
—Podemos, sin inquietarnos, permitir como única solución para su subsistencia, dejarles salir sin orientación, con medios precarios, en dirección desconocida, para terminar en una villa miseria, con todas las consecuencias sociales conocidas?
—Pueden estos hombres del monte descubrir la belleza y el valor del trabajo creativo, cuando viven sin lugar fijo, sin vivienda digna del hombre, desconociendo las ganancias que aportan con el sudor ininterrumpido de su frente?
Todo se concreta en una miseria realmente presente que desnaturaliza y degrada a la persona que la sufre y que da por resultado hombres de nuestro norte sin libertad auténtica, sin esperanza, sin razón de vivir, comprobada la inutilidad de sus quejas aún ante organismos competentes. Todo esto les hace perder la fe en si mismos, la fe en los demás, la fe en los valores elementales de convivencia como la verdad, la justicia y la fraternidad, tan heridas en su triste experiencia humana.
Nos hemos tranquilizado configurando un lenguaje de despecho con juicios superficiales e injustos, sin tomar conciencia que estas llagas sociales que se echan en cara a estos hombres son una consecuencia de la condición de vida a la que hemos aludido arriba y de la cual somos responsables. Particularmente responsables somos todos aquellos que por cultura, por posición económica, por categoría social, no hemos comprendido el deber que incumbe a los cristianos de administrar estos bienes al servicio de los demás. Son también responsables los gobiernos que se han ido sucediendo, dejando intacta no sólo la actual explotación del hombre por el hombre, sino las causas jurídicas y económicas que posibilitan esta vergonzosa explotación.
NO QUEREMOS TOMAR POSICIÓN CONTRA NADIE, sino hacer juntos una revisión seria de nuestra posición religiosa y humana, condición previa para buscar juntos soluciones justas y animar con toda la pasión a los que pueden encontrar soluciones técnicas.
Por eso queremos como contribución para esta revisión, RECORDAR ALGUNAS IDEAS BÁSICAS que deben animar nuestra conducta en lo temporal para que sea sustancialmente humana y cristiana.
1) “Todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, de todo hombre, centro y cima de todos ellos”. “De donde surge que la finalidad fundamental de la vida económica no es el mero incremento, ni la ganancia mayor, ni el poder, sino el servicio del hombre integral”. (Constitución “Gozo y Esperanza”).
Por tanto es anticristiana una actividad económica que no tiene otra finalidad que el lucro personal o familiar.
2) “El trabajo humano que se ejerce en la producción, comercio y prestación de los servicios, es muy superior a los restantes elementos de la vida económica, puestos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos…” (Const. “Gozo y Esperanza”)… verdad pisoteada por un sistema económico donde el trabajo es rebajado al nivel de instrumento.
3) Tenemos que recuperar el sentido cristiano de la justicia. Como decía el P. Bigó a los obispos latinoamericanos “ya no nos atrevemos a hablar de justicia cuando no hay intercambio, cuando un rico da de lo que le sobra a un pobre… olvidando que la justicia en la gran tradición cristiana no es el derecho del que posee sino el derecho del que no posee…”
Concepto que retoma el Concilio cuando nos pone valientemente frente a una verdad tan cristiana y tan olvidada “… quien se halla en situación extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí…” ampliando profundamente el concepto de homicidio cuando recuerda aquella frase de los Padres “…alimenta al que muere de hambre, porque sino lo alimentas, lo asesinas”.
4) Tenemos que recuperar el sentido cristiano del desarrollo, denunciando firmemente como anticristiano, todo tipo de desarrollo donde no tenga prioridad el respeto y el amor al hombre concreto, donde no esté en primera línea el bien común, donde no sea sagrada la igualdad esencial entre todos los hombres.
5) Tenemos que recordar el doble deber del poder público con miras al bien común “el de coordinar por un lado las actividades para garantizar la utilización más plena y racional de las energías disponibles y por otro el deber de integrarse con una actividad propia donde existan insuficiencias de iniciativas por parte de los individuos en particular y de los grupos privados. ” (Carta del Secretario de Estado de la Santa Sede a la 37 semana social italiana).
Somos conscientes de nuestras culpas personales y colectivas hacia nuestros hermanos afectados por las injusticias sociales, pero la conciencia de nuestra fragilidad no puede acallar la proclamación del evangelio que nos ha sido confiado.
Confiamos que nuestro llamado doloroso mueva a todos los hombres, fuera y dentro de nuestra diócesis, para que se forme un largo, profundo y urgente movimiento de opinión y de acción en la ayuda a nuestros hermanos de la zona monte, la zona más pobre de la rica provincia de Santa Fe.
Que nuestra buena voluntad, nuestra respuesta al llamado de Cristo, renueve la imagen que muchos tienen de la Iglesia. Que Ella no aparezca desfigurada por nuestros egoísmos, sino que se vea como defensora del hombre, la Iglesia de los pobres y de los que sufren, la auténtica Iglesia de Cristo que se entrega a la muerte para lograr la liberación del hombre.
En la diócesis de Reconquista

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