Entre el 31 de diciembre de 1966 y el 19 de enero de 1967 se realizó una importante conversación entre el c. Ernesto “Che” Guevara y el autor de estas lineas. La conversación no fue prolongada pese a la trascendencia de los problemas tratados, relativos a la revolución en la América Latina y, en particular, en Bolivia.
El c. Guevara, al ingresar al tema, planteó que él, independientemente del lugar en que había nacido o recogido sus mejores experiencias consideraba este continente —América Latina— como su patria; que en su calidad de revolucionario, lucharía en cualquier parte para expulsar al imperialismo norteamericano e instaurar el socialismo; que su intención inicial era comenzar la lucha en otro lugar o país, pero que había llegado a la conclusión de que Bolivia ofrecía buenas condiciones: difícil situación económica de las masas, hambre y miseria creciente, acentuada explotación y opresión imperialista, gran combatividad del pueblo, debilidad de las fuerzas reaccionarias y represivas, incapacidad del gobierno, inestabilidad política, etc., etc.; que tal situación permitía crear un foco guerrillero, un foco revolucionario impulsor de las luchas del pueblo, pues la guerrilla tendría la virtud de aglutinar a las fuerzas antiimperialistas y de arrastrarlas a la lucha armada; que el desarrollo de la lucha y la intervención
abierta del imperialismo y de otras fuerzas extranjeras permitirían crear nuevos focos en otros países, generalizándose de ese modo la lucha guerrillera en el continente; que la lucha podría durar entre diez y quince años; que, por otras vías, Bolivia podría ser, infelizmente, uno de los últimos países en alcanzar su liberación. Con todos esos antecedentes, el c. Guevara me pidió incorporarme a la lucha en calidad de Jefe Político, aunque aclarándome que él, como Jefe Militar, sería la autoridad máxima.

  • Condiciones para luchar
  • Respondí que mi incorporación dependía de tres condiciones: 1) La realización de una conferencia de partidos comunistas y obreros del continente, para coordinar una acción común contra la ofensiva del imperialismo yanqui; 2) La formación de un frente
    político amplio en el país, en el cual intervengan todas las fuerzas populares y antimperialistas, incluido el Partido Comunista de Bolivia, el mismo que debería organizar un comando único revolucionario; y 31 El plan revolucionario para Bolivia debía estar en correspondencia con la experiencia y conciencia de las masas y no asentarse exclusivamente en el esquema guerrillero; b) La jefatura político-militar podría estar en mis manos o en las de quien elija el comando revolucionario, pero que, en todo caso, la jefatura militar debía subordinarse a la jefatura política; c) para ayudar a esa lucha yo dimitiría a todos mis otros cargos políticos, a los cuales de todas maneras tenía intención de renunciar.
    Frente al esquema guerrillero esbocé un plan que consideraba más ajustado a la realidad nacional y que puede resumirse así: preparación del Partido Comunista de Bolivia y de las otras fuerzas revolucionarias para la lucha armada; agrupación, organización y militarización de las fuerzas armadas populares en escala nacional; coordinación de acciones simultáneas en las ciudades, minas, campo y montes; iniciación de la lucha en un momento de aguda crisis política, no como continuación de una simple acción huelguística o de respuesta a medidas represivas del gobierno.
    El c. Guevara restó importancia a los dos primeros planteamientos con observaciones pesimistas; pero las aceptó, señalando que para él. el tercer punto era e1º de Mayor valor. Expresó que el plan expuesto por mí significaba un período de preparación prolongado, un gran aparato revolucionario y una espera indefinida para la iniciación de la lucha. Manifestó, igualmente, que abrigaba el temor de que mi plan, de realizarse y tener éxito, podría quedarse dentro de los marcos del país con olvido de los intereses de los otros países y que yo, en tal caso, sin duda me circunscribiría únicamente a la tarea de consolidar la revolución en Bolivia, conciliando con el imperialismo sobre la base de una salida al mar.
    Por mi parte, le expuse que su plan no podía ser aplicado sin tener en cuenta los condiciones existentes y la experiencia acumulada por el pueblo; que su criterio llevaría a la precipitación de los acontecimientos, al sacrificio y fracaso de la lucha guerrillera y a la victoria fácil del imperialismo yanqui y del gobierno burgués reaccionario. Le hice notar, finalmente, que la jefatura máxima política o militar, significaba la realización de un plan, la aplicación de una línea y que, por lo mismo, insistía en que la jefatura militar debía estar subordinada a la jefatura política.
    Nuestros criterios eran absolutamente divergentes y nos fue imposible llegar a un acuerdo sobre lo esencial de los problemas planteados. En vista de ello, y considerando que eran innecesarias las discusiones sobre cuestiones de detalle, dí por concluida la conversación.

  • Algunas preguntas
  • Surgen ahora algunas preguntas. ¿Conocía el Partido Comunista de Bolivia, antes del 31 de diciembre de 1966, los planes del c. Guevara para nuestro país?
    ¿Qué razones pesaron para responder al c. Guevara en la forma que se ha indicado líneas arriba? ¿Qué responsabilidad tiene en todo esto el Partido Comunista de Bolivia?
    A partir de 1965 el Partido Comunista de Bolivia no mantuvo contacto alguno ni realizó entrevista alguna con el c. Guevara, el cual, más o menos en abril de ese año, hizo renuncia de sus cargos en el gobierno y en el Partido Comunista de Cuba, para continuar la lucha contra el imperialismo y por el socialismo, en otras partes del mundo donde podían ser útiles BUS servicios. Como es de suponer, en tal renuncia y actitud nuestro Partido no tuvo ni podía tener ninguna intervención.
    El c. Guevara, dueño de una gran personalidad —reconocida por todo el mundo— asumió esa actitud con entera y propia responsabilidad. Tenía pensamientos claros y los sostenía con firmeza. El mismo afirmaba que, cuando se señalaba un objetivo, lo perseguía a pesar de todos los obstáculos y que nadie podía hacerle cambiar de opinión. Como líder revolucionario indiscutible, tenía confianza en sí mismo y un criterio radical para emitir opiniones y para juzgar hechos y hombres. Seria, pues, ingenuo suponer que alguien, un grupo de personas o un partido hubiesen influido sobre él para hacerlo asumir esta u otra actitud. Los labios del c. Guevara no podían abrirse para decir “me han engañado” o “he fracasado”; él sabía lo que hacía y tenía fe en sus ideas más allá de su muerte, tenía sus propias fuentes de conocimiento para extraer conclusiones, que no eran precisamente las del Partido Comunista de Bolivia. Si conoció algún plan, con los medios de que disponía para ello, fue justamente el que le hice conocer. Y en él no se habla ingenuamente de que “ante el primer disparo guerrillero se levantaría todo el pueblo”. Esta de mas decir que el c. Guevara tenía confianza limitada en los dirigentes comunistas bolivianos, cosa que la demostró con los hechos. ¿Cómo entender, de otra manera, que confiara en las apreciaciones de algunos de ellos y, al mismo tiempo, les negara capacidad revolucionaria? Por otra parte, en la conversación que sostuvimos, dejó aclarado que su conducta y los planes que quería llevar adelante eran de su exclusiva responsabilidad y que hacía esta afirmación “para despejar incomprensiones y resentimientos que pudieran surgir de parte de los comunistas bolivianos”.
    El Partido Comunista de Bolivia tampoco conocía su traslado y llegada al país. No le hizo invitación alguna en ese sentido y, como hemos expresado líneas arriba, no tuvo ningún contacto con él. El c. Guevara llegó al país por su propia cuenta y por sus propios medios. Pero, si esto os cierto, ¿cómo se explicaría su contacto con algunos militantes comunistas que luego pasaron a formar parte de las guerrillas? Desde luego, se trata de no más de una docena de camaradas del Partido y de la Juventud que habían adquirido conocimiento sobre guerrillas por encargo del Partido, aunque con fines distintos. Esto es conocido. Al c. Guevara no le fue difícil ponerse en relación con ellos e influir en sus decisiones, pues no hay que olvidar el enorme prestigio y respeto de que gozaba. Por este motivo, no es aventurado afirmar que no únicamente una docena de militantes, sino muchísimos más del Partido Comunista y de otros partidos se hubieran incorporado a la lucha guerrillera si hubieran tenido la certeza de que el c. Guevara se encontraba en el país. La reserva que sobre el particular guardé preservó, en cierto sentido, la vida del c. Guevara y del propio Partido.
    Hasta el 31 de diciembre de 1968 estaba muy claro para todos que la revolución boliviana sería abordada por los propios bolivianos; que cualquier esquema o plan debía ser antes que todo boliviano; que los bolivianos harían su revolución sin interferencias de ninguna clase. Este sí era un consenso entre revolucionarios que debía cumplirse. Con el c. Guevara no hubo compromiso alguno en relación a sus planes en Bolivia. El Partido, con excepción de los cc. que estuvieron en contacto con él con anterioridad, no conoció su presencia hasta fines de diciembre de 1966. Es verdad que se me pidió hablar y discutir con el c. Guevara, pero sin indicárseme el lugar donde se encontraba. El sitio de la conversación a que me refiero en estas páginas se me indicó en vísperas de mi viaje a Camiri.

  • La mentira
  • En mi conversación con el c. Guevara, en Sancahuazú, le expliqué que en el Partido existía un criterio definido sobre la revolución boliviana, que había que respetar. Y, desde el punto de vista personal, le manifesté mi deseo de aprender de él, de seguirlo a cualquier otra parte. El c. Guevara no reclamó en ningún momento la suscripción de ningún compromiso y explicó las razones que lo habían llevado al convencimiento de que la lucha debía ser iniciada en este país. Para ello, pidió mi incorporación personal y del Partido. Pero, como ya está explicado, finalmente fue imposible llegar a ningún acuerdo. Suspendidas las conversaciones, el c. Guevara me dijo textualmente: “Tienes la libertad de informar sobre la conversación a tus camaradas y de abandonar el campamento cuando así lo crean conveniente: no se te detendrá por la fuera”.
    Al despedirme le manifesté que para mí era muy doloroso y amargo haber llegado a estas conclusiones, pero que teníamos dos concepciones diferentes; que no había otro camino que dejar a la práctica, a la lucha, la tarea de dilucidar la justeza de una de las dos posiciones; que le deseaba éxito y que era el primero en rendirle mi homenaje.
    En la conversación de Ñancahuazú se expusieron dos posiciones, dos concepciones diferentes, que condicionaron dos actitudes posteriores también distintas.
    Son conocidas las ideas del c. Guevara. Se encuentran en una serie de libros, folletos, articulo?, conferencias, etc. Las intervenciones, discursos y conferencias del c. Fidel Castro también ayudan a comprender mejor esta posición. Por eso, es preciso leer y estudiar esos materiales en su texto original, sin fiarse de las versiones publicadas por los propagandistas.
    Para ayudar a comprender mejor la posición del c. Guevara, procuraré resumir, lo mejor que pueda, su pensamiento: para él, la América Latina es como una nación de naciones, cuyos pueblos están unidos por lazos comunes, que históricamente fue un todo y será un todo; que las condiciones revolucionarias están maduras, de modo general; que debe abandonarse el diletantismo y el bizantinismo por la acción revolucionaria; que la revolución tiene su mejor camino en la lucha guerrillera; que lo que falta para llevarla a la práctica es decisión; que la revolución deberá realizarse en una serie de países; que, en último análisis, el foco revolucionario crea el instrumento, crea el partido o la fuerza política; que la guerrilla y su jefe deben concentrar el mando único de la lucha revolucionaria; que esta experiencia revolucionaria, este método, está escrito y reconocido por la historia y por este camino los pueblos de la América Latina han logrado su primera gran victoria contra el imperialismo en Cuba; que el pueblo cubano marcha invencible por el camino del socialismo.
    El c. Guevara pretendía, pues, poner en práctica en nuestro país su teoría revolucionaria. Nosotros, por nuestra parte, le esbozamos una concepción diferente sobre la revolución boliviana. Algunas de las razones que me permití exponerle son las siguientes: Es indudable que los pueblos de América Latina tienen muchos lazos, problemas y tareas comunes; que sus destinos están estrechamente ligados; que desde el sur del río Bravo (México) hasta la Patagonia (Argentina) está habitada por pueblos semejantes; que, para verificar tal aserto, bastaba recordar el pasado y constatar la existencia de dos grandes imperios: el Azteca en lo que hoy es México y el Incaico en lo que hoy es el Perú principalmente y, junto a ellos, las civilizaciones Maya, Chibcha, Araucana, etc., y una serie de tribus; que todos estos pueblos indios vivieron en un nivel económico, político y cultural más o menos parecido, aunque con idiomas y costumbres algo diferentes; que las fuerzas feudales de España y Portugal se apoderaron de este continente, sometieron a sus pueblos a sangre y fuego y se mezclaron con ellos; que les impusieron un nuevo modo de producción más adelantado, superando las anteriores diferencias existentes, unificando en cierto sentido el continente.

  • “Erudición histórica”
  • Le expuse, igualmente, que luego de tres siglos de dominación española-portuguesa, la lucha final contra estas potencias colonizadoras se desarrolló a partir del año 1809, en un periodo de 50 años, y que particularmente en la década comprendida entre los años 1820 y 1830, alcanzaron su independencia la mayor parte de los países, habiéndolo hecho otros unos años antes o unos años después. Luego de la expulsión de los colonizadores españoles y portugueses se crearon varios países cuya formación no puede” atribuirse simplemente a capricho personal, la voluntad de una persona e
    de un grupo. El nacimiento de esos países tiene su origen en causas económicas, políticas y culturales, en factores objetivos y subjetivos, que determinaron la parcelación del continente no obstante de existir tantos problemas, lazos y anhelos revolucionarios comunes.
    Constituidos estos países, las diferencias existentes se ahondaron, se provocaron luchas fratricidas, derramamiento de sangre, desmembraciones territoriales. Se estimuló el chauvinismo nacionalista, el revanchismo, etc., debido a que las clases dominantes buscaban consolidar su dominio, el capitalismo se expandía, crecía la ferocidad imperialista. Hoy todos los países latinoamericanos viven bajo el régimen capitalista —exceptuando Cuba—, con resabios feudales; pero dentro del mismo afán manifiestan desigualdades de orden económico, político y cultural, sin que esto signifique que no existen muchos lazos y tareas comunes para los pueblos de este continente. Frente a ellos, el imperialismo yanqui desarrolla una estrategia continental global, apoya a sus títeres en cada país, y tales títeres apoyándose en el imperialismo se ayudan mutuamente. Se sigue de aquí que la actitud de los pueblos debo ser común y única frente al imperialismo. Pero esta conclusión no debo llevarnos a absolutizar, a generalizar las posibilidades de victoria de la revolución en todos o en muchos países a la vez o en uno solo. En la situación de la América Latina no sUnión Soviético albacea del marxismo – leninismo

    El Partido Comunista de la Unión Soviética es, sin duda, el albacea del marxismo-leninismo, el centro del aglutinamiento del movimiento comunista internacional. Pero esto no significa establecer, a pie juntillas, que el PC US sea el partido que mejor conoce los problemas de la revolución en todos los países. Significa, simplemente, reconocer su papel de líder en la lucha contra el imperialismo. Por lo demás, el PCUS jamás ha reclamado ese derecho. En cambio, resultan inadmisibles las posiciones adoptadas por los dirigentes comunistas chinos al desconocer esta realidad. Es indudable que el pueblo chino ha alcanzado muchos éxitos, importantes victorias. Pero eso no da derechos a aquellos dirigentes para constituirse en jueces de otros pueblos. Se proclaman los mejores herederos de los forjadores de la Unión Soviética y, sin embargo, la critican sañudamente; dicen que están de acuerdo con los autores de una obra, pero no están de acuerdo con su obra, conociendo que los autores valen ante todo por sus obras. Pero los factores que impulsaron la revolución por bis cauces de socialismo son irreversibles. Por eso, aunque el proceso sea largo y doloroso, hay que esperar con confianza que el pueblo chino se restituya a la familia común.
    Frente a las contradicciones de estas dos grandes potencias socialistas —tras de las cuales han aparecido otras menores de otros países socialistas, motivadas, como en el caso anterior, en causas y fines esencialmente oportunistas—, lo que corresponde es lograr la unidad, pues semejante situación ofrece más ventajas al capitalismo que al socialismo. El imperialismo temerá siempre más a un frente revolucionario unido que a un frente revolucionario dividido.
    Un quinto aspecto planteado en la discusión fue el relativo a la Jefatura. Y ello no fue casual. La subordinación del jefe político al jefe militar supone una concepción diferente a la de la subordinación del jefe militar al jefe político. El problema de la revolución es fundamentalmente político, aunque en su solución intervengan factores de carácter militar’. En ningún caso la política puede subordinarse al criterio militar de modo fundamental y permanente. Ligado al problema político está el problema de Partido y ligado al problema militar está el problema del Ejército. Dicho sea de paso, a! referirnos al papel del Partido y del ejército revolucionario, teníamos en cuenta la situación en que en ese momento se encontraban ambas fuerzas —el Partido y las guerrillas— la necesidad de transformarlas para colocarlas a la altura de la situación planteada. En conclusión: la subordinación abierta o disimulada del Partido al Ejército significaba un criterio y otro, contrapuesto, la subordinación del Ejército al Partido. Lo militar como parte de la política y no la política como parte de lo militar, para abordar la revolución.
    Un sexto aspecto planteado fue que las revoluciones no pueden programarse ni determinarse por decreto, por un simple acto de voluntad. Ellas se engendran, crecen y maduran por la concurrencia de factores que no siempre dependen de la voluntad de los hombres. Estos pueden contribuir a su maduración, a acelerar su realización. Pero no pueden fijarle o señalarle plazos. Las revoluciones surgen de condiciones históricas concretas y no del simple deseo de los hombres.
    Estas fueron las razones y argumentos expuestos al c. Guevara, sintetizadas en las tres condiciones que le fueron planteadas. No había ninguna duda de que la revolución, por su esencia, debía ser socialista y antimpenalista, con proyección continental. Pero ella debía tenor forma democrática y patriótica por su realización dentro de los marcos nacionales. En el periodo histórico por el que Latinoamérica atraviesa actualmente, la vía fundamental de la revolución debería ser la lucha armada, sin descartar, empero, la vía pacífica o democrática. Por otro lado, la lucha armada no tenía por forma exclusiva la lucha guerrillera, ya que la guerra civil y la insurrección oran también formas de lucha armada.
    Han pasado muchos días del desenlace de la gesta guerrillera y la opinión pública comienza a juzgar los hechos con mayor serenidad y objetividad. Ha pasado el periodo de euforia, efervescencia, indignación y ofuscación. ¿De qué se acusa al Partido Comunista de Bolivia?

  • Nunca invitamos al Che
  • El Partido Comunista de Bolivia no conocía los planes del c. Guevara. En tal sentido, no pudo crearle ilusiones ni participar en la elaboración de sus planes. El Partido no conoció la llegada al país de c. Guevara; nunca lo invitó y, por lo tanto, no fue responsable de su presencia.
    El 31 de diciembre de 1966 el c. Guevara expuso su plan sobre Bolivia y, durante la reunión en que lo hizo, conoció el criterio diferente del Partido Comunista. No hubo compromiso con él ni antes ni después del 31 de diciembre para coadyuvarle en la lucha guerrillera que pensaba encabezar en el país. Conocidos los planteamientos del c. Guevara, ¿debía y podía el Partido Comunista de Bolivia renunciar a su línea y aceptar como suyos esos planteamientos? No se debo descartar que podía hacerlo si los consideraba justos y adecuados a la realidad. Pero, en todo caso, quiero dejar perfectamente aclarado que en la conversación llevada a efecto en Ñancahuazú, expuse mi criterio puramente personal y así se lo hice saber al c. Guevara. Le expresé, además, que informaría a la Dirección del Partido, del contenido de la conversación y que sería el Comité Central el organismo que dé su última palabra sobre el particular; pero, de todas formas, yo me reservaba el derecho de defender mis puntos de vista.
    Mi posición debe ser juzgada: están formulados los argumentos que me llevaron a ella.

  • Excusas para la traición
  • El Partido, por cierto, no estaba en la obligación de cancelar su línea política y de sumarse a la lucha guerrillera. De todas maneras, la Dirección del Partido explicó a los militantes y organizaciones partidarias su posición y, al mismo tiempo, no puso reparo que quienes quisieran sumarse a la lucha guerrillera, lo hicieran si ése era su deseo. Pero, al propio tiempo, adoptó medidas para preservar la seguridad del Partido.
    No se puede acusar al Partido Comunista de Bolivia de haber desertado de la lucha, de haber delatado a la organización guerrillera o de haber abandonado al c. Guevara. El Partido no inspiró, no planeó, no desencadenó la lucha; tampoco suscribió ningún compromiso con el c. Guevara. Contrariamente, mantuvo el más absoluto secreto sobre las guerrillas e hizo nuevos esfuerzos para que éstas actúen sobre la base del conocimiento objetivo de la realidad nacional. Más aún: desencadenada la lucha guerrillera, mediante documento redactado y publicado en fecha 30 de marzo de 1967, expresó su solidaridad con las guerrillas y defendió su línea política. Por otro lado, no se debe olvidar que la precipitación de las acciones guerrilleras interrumpió las relaciones de las guerrillas con sus adherentes y amigos de todas partes, motivo por el cual no recibieron ninguna ayuda hasta el final de sus operaciones. Además, los guerrilleros, dado el origen y carácter de su organización, no contaban —no podían contar— con que el Partido los socorrería en situaciones difíciles. Ellos confiaban antes que nada en sus propios medios. Esto lo tenían previsto naturalmente, como tenían prevista la posibilidad de que yo rechazara el puesto que me ofrecían ya que para tal eventualidad, tenían señalado con anticipación otro candidato.
    No es raro que después de una derrota aparezcan los estrategos, los agoreros, los pronosticadores de éste u otros sucesos. Hay en la historia muchos ejemplos de esta clase. Existen personas que en el momento de los éxitos revolucionarios expresan su mayor entusiasmo, y luego de la derrota son los críticos más sañudos. Es natural que el imperialismo y la reacción interna, así como el gobierno, hayan tratado por todos los medios de sacar el mayor provecho posible de la situación. Como enemigos de la revolución y de toda acción revolucionaria, podían y debían hacerlo. También es natural que los provocadores y amargados procuren echar el mayor todo posible contra los comunistas. Todos ellos no pueden hacer otra cosa mientras el Partido exista y llegue la revolución. Pero los revolucionarios no deben lamentarse simplemente o golpearse el pecho arrepentidos por el fracaso. El mejor homenaje que se puede rendir a los camaradas y hermanos caídos consiste en encontrar el camino que conduzca a la victoria definitiva. Los enemigos de los pueblos de Latinoamérica y del pueblo boliviano han obtenido un éxito parcial, pero no han ganado la guerra. Ellos conocen los secretos de lo que se hizo y pudo hacerte en un situación concreta, pero no conocen nada da lo que se puede hacer. En cambio, han mostrado toda su rapacidad, toda mi inteligencia, todas sus posibilidades, todos los medios y recursos a que recurren y recurrirán para enfrentar la revolución. Y ésta es una ventaja de las fuerzas revolucionarías sobre al enemigo.
    Hay un hecho cierto, indiscutible: cincuenta hombres sacudieron a un pueblo, hicieron temblar a un gobierno, quitaron el sueño de los imperialistas y sus sirvientes, concentraron la atención da todo el mundo. Esos hombres pagaron con sus vidas su paso a la inmortalidad. Hay que imaginarse lo que ocurrirá cuando todo el pueblo avance por el camino de la revolución.
    Los enemigos de la revolución han dicho que liquidados los guerrilleros, les tocará el turno a los demás revolucionarios y a todos los comunistas; Incluso se han dado el plazo de tres años para ello. ¿Será posible liquidar en tres años a la clase obrera, a los campesinos, al pueblo? ¿Será posible terminar en ese lapso
    con el hambre y la miseria? He aquí, entre otras, la causa de la existencia y acción de los revolucionarios.
    La verdadera historia de Latinoamérica recién comienza a ser escrita. En su primera página están las figuras heroicas del c. Guevara y de quienes cayeron con él. Se trata nada menos que de los precursores de la nueva vida, del triunfo del socialismo y del comunismo en esta parte del mundo. Lo que interesa, ahora, es recoger sus experiencias para alcanzar la cima que ellos intentaron alcanzar. El propio c. Guevara decía: “Mi fracaso no significará que no se podía vencer; mu-chos fracasaron para alcanzar el Everest y el Everest fue vencido al fin”.
    No se puede decir: “So debieron haber intentado hacer la revolución”. Si, en cambio, debe afirmarse: “había que haber intentado hacer la revolución da modo nuevo”.
    9 de diciembre de 1967.
    (Tomado de la revista ROJO Y NEGRO, Montevideo Año 1, N 1).

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