1. En marzo de 1968 dijimos que preferíamos honra sin sindicatos, y no sindicatos sin honra. Perdimos los sindicatos, las federaciones la confederación, la palabra, la reunión, el periódico, al fin la libertad. No en las asambleas de los trabajadores sino en los gabinetes de los ministerios se nos remplazó por los charlatanes, ventrílocuos, negreros de la esperanza. Con manuales de inteligencia importados se operó científicamente sobre cada parcela del campo sindical se reconstruyó el aparato del vandorismo que por diez años había castrado las luchas populares, se tuvo al fin una CGT domesticada capaz de maullar sobre las alfombras de la Casa Rosada y de hacer la venia en los estrados oficiales.
Anunciamos entonces que con eso no conseguirían nada, porque lo que estaba combatiendo en las calles no eran los sindicatos, no éramos unos pocos dirigentes, era el pueblo burlado que hacía nuevamente su entrada en la historia, y la honra que nosotros conservamos no era tampoco la pequeña honra individual, sino la gran dignidad colectiva, la conciencia revolucionaria de ese pueblo.
2. Tres años demoró el general Onganía en descubrir a la luz del Cordobazo el sentimiento de un pueblo que ni lo eligió, ni lo quiso, ni lo respetaba ni lamenta su final de opereta. Nueve meses tardó otro presidente llegado de la estratosfera en averiguar que era nadie entre muchos, que su nombre era el vacío y su voz era la nada: patética figura introducida a los apurones y sacada a los puntapiés en el crepúsculo de una clase y la ruina moral de un sistema. A los dos les leímos su suerte y se la cantamos por anticipado.
Con el general Lanusse ha reasumido el poder, sin disfraces ni intermediarios el principal enemigo de clase de los trabajadores argentinos. Lo que él representa es la oligarquía misma, fuerte en su riqueza, fértil en su astucia, cargada con la experiencia de sus crímenes históricos a la que llaman el estilo de vida argentino; un estilo que hoy se dicta en Washington como ayer se dictaba en Londres y se defiende con tanques y aviones extranjeros. El estilo de vida de los cañeros tucumanos, de los habitantes de nuestras villas miserias y los obreros de nuestras fábricas.
Pero el general Lanusse ha tenido la lucidez de advertir que estamos en guerra y ésa es la única coincidencia que reconocemos con él.
3. Pero este teórico de la guerra interna se presenta hoy bajo el perfume de la pacificación nacional, ofreciendo como prenda el retorno negociado del general Perón. Los peronistas conocemos bien ese estribillo de las treguas que invariablemente precedieron a las represiones desde que la Revolución Fusiladora anunció que no habría vencedores ni vencidos. Sabemos de memoria esa cantilena del retorno tocada en la guitarra del oportunismo. Nos la cantaron al oído en el 58, cuando Perón volvía si los compañeros votaban al doctor Frondizi, y lo que volvió fue la Banca Loeb. el Fondo Monetario, el capitán Alsogaray y el plan Conintes. Volvimos a escucharia con fondo de cañones en el Comunicado 150, con música de kermesse en las Asambleas de la Civilidad —tan parecidas a estas Horas del Pueblo— y en el Frente Nacional y Popular. Ya entonces hubo fallos peronistas, menos ingenuos que aprovechados, convencidos de las virtudes mágicas de un táctica je electoral que a ellos los sentaba en el Concreso de la Oligarquía, y al pueblo lo dejaba parado en la calle. Vividores y malandras aseguraban que iban a quemar los diplomas y romper las bancas antes que ocuparlas sin la presencia de Perón: lo único que rompieron fueron los boletos en los hipódromos, y lo unico que quemaron fueron las esperanzas del pueblo.
4. El pretexto de esta cárcel son las palabras que dijimos en la ciudad de Resistencia, ante asambleas obreras, y que son las mismas que hemos pronunciado en centenales de reuniones, las que están estampadas en nuestro programa, en nuestras declaraciones y en nuestro corazón.
«El camino de la liberación no pasa por unas elecciones que si fueran consentidas llevarían el signo infame de la proscripción, y si fueran arrancadas seria demasiado poca cosa para arrancar.
El camino de la Liberación tampoco pasa por un golpe militar, porque el golpe militar interrumpe el proceso revolucionario del pueblo, alienta ilusiones reformistas y no se resuelve en los términos del pueblo sino en los del régimen que queremos reemplazar. Aquellos militares que quieran ser protagonistas y no testigos ni enemigos de la Liberación, no tienen otra alternativa que devolver al pueblo las armas que le pertenecen y sumarse a sus luchas sin más títulos que los que surjan de la lucha misma».
Los trabajadores argentinos que saben leer incluso lo que está prohibido decir, saben ya cuál es ese camino saben cuál es la respuesta a la guerra que nos han declarado; saben cuáles son las fuerzas armadas y los ejércitos que actúan en su nombre. Y están recorriendo ese camino dando esa respuesta, construyendo ese ejército librando esa guerra en la que yo soy apenas un prisionero entre otros prisioneros.
¡Adelante, compañeros! No habrá bandera blanca. Algún día venceremos, no tengamos miedo hoy día. ¡Venceremos!
Sin duda venceremos. RAIMUNDO ONGARO
Cárcel de Villa Devoto, 29-5-71

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