Vamos a sintetizar nuestros puntos de vista y a iniciar una serie de comentarios al documento final del Episcopado que fue dado a conocer —como las series de terror— en expectantes entregas. Veamos en primer término los aspectos sobresalientes que rodearon este cónclave: a) un sutil juego de presiones internas en el Episcopado para obtener un lavado de manos general y una retirada estratégica del apoyo descarado al gobierno de Onganía; b) las expresiones abiertas de ‘micos y sacerdotes que venían exigiendo una definición del Episcopado sobre la situación nacional que estuviera de acuerdo con el Concilio y con la Conferencia de Medellín; c) la desesperación de los católicos “cursillistas”, encabezados por el presidente-cursillista, que presionaron para que el Episcopado no se definiera contra la política social y económica del gobierno y no le quitara de esa forma su única y última base de sustentación ideológica; d) el compromiso asumido ubicuamente por sacerdotes y laicos en los sucesos de violencia, registrados en las villas miseria, en Tucumán y en Santa Fe, que ponían al Episcopado en un grave aprieto táctico; e) el escándalo de Rosario que despertó la solidaridad de cientos de sacerdotes que hasta ese momento aparecían como neutrales o no comprometidos en la crisis de la Iglesia; f) la acción de los grujios cristianos revolucionarios —sindicales, estudiantiles y militantes de base— claramente enfrentados a la dictadura y prácticamente desengañados de cualquier planteo jerárquico; g) el primer desaire oficial de la Iglesia al gobierno al no concurrir, como era habitual, al finalizar las deliberaciones, al besamanos en la Casa Rosada. Frente a todo este juego de actitudes y teniendo en cuenta la imposibilidad de seguir postergando una toma de posición, la Asamblea de San Miguel dio a luz un documento que toma en cuenta las resoluciones de Medellín y pretende ser una aplicación a nuestra realidad nacional de los postulados establecidos en Colombia.
Es muy difícil percibir con claridad qué entienden los obispos por realidad nacional. Cómo pudieron ponerse de acuerdo manejando estos tres elementos: la distorsionada visión de la realidad que tiene la mayoría de los obispos, el enfoque de la realidad nacional que les Ofrecía Si gobierno a través del informe del CONADE y el profundo y valiente análisis que quiso hacerles ver la Juventud Obrera Católica. Por más habilidad teológica que monseñor Pironio o el perito Lucio Jera hayan podido desarrollar en la Asamblea, no el fácil conciliar una miopía, ceguera o evasión de la realidad con la visión más renovadora de Medellín. A esto hay que sumar toda la presión negativa de Nuncio Mozzoni y de los obispos comprometidos abiertamente en la línea reaccionaria que, desgraciadamente, siguen siendo mayoría.
Por todo esto, resultó un documento que servirá sin duda para engrosar los tomos de la literatura pastoral que nunca se termina de concretar, de encarnar, de poner en práctica.
No vale la pena comentar la apología desesperada del celibato o las reafirmaciones exasperadas de la autoridad jerárquica que copian fielmente los arrebatos de Pablo VI tintando de contener el éxodo, que se cuenta ya por miles, de sacerdotes y todas las manifestaciones de rebelión frente a la autoridad concebida como una dura carga a imponer a los demás. Loe párrafos que deben ser meditados profundamente son los que se refieren a la pobreza de la Iglesia, al compromiso con los desposeídos y a la participación de los cristianos en la tarea de la liberación. Podemos coincidir en cantidad y calidad de frases. Podemos apreciar un esfuerzo semántico para aparentar una mejor ubicación o toma de conciencia de las encrucijadas que a la Iglesia le toca vivir… pero no podemos engañarnos.
Hay una nueva táctica y tenemos que tenerlo en cuenta para no contribuir a crear falsas expectativas. El Episcopado está presionado por los cuatro costados y y debe cambiar su lenguaje y su política. Hay algunos obispos, reconocida minoría, que están dispuestos a cambiar en espíritu y en verdad, es decir, en los hechos. Los demás sólo se han lavado las manos frente al gobierno sin comprometerse realmente con la suerte de los pobres.
Ahora los obispos son capaces hasta de firmar documentos renovadores, pero ya se sabe que también son capaces de olvidar, negar y distorsionar lo mismo que han firmado.
Muchos podrán esgrimir algunos párrafos del documento aprobado para justificar una renovación en la Iglesia jerárquica argentina. Puede ser que todo quede en palabras. Y esta es la hora de la acción: lo que cuentan son las definiciones y los hechos. Mientras las universidades católicas sigan formando castas dirigentes de familias explotadoras; mientras los colegios católicos sigan recibiendo aportes económicos que paga todo el pueblo para formar “cristianamente” a los privilegiados; mientras el cardenal Caggiano siga asistiendo a los actos oficiales y chocheando con la vuelta a los partidos políticos, a las elecciones fraudulentas y a las proscripciones populares; mientras en nombre del catolicismo “cursillista” se siga hambreando a los tucumanos y creando “pueblos fantasmas” en el Chaco; mientras la Iglesia permita las “erradicaciones” (campos de concentración) de villas en operativos realizados bajo la advocación de santos y vírgenes… Mientras todo esto siga ocurriendo, los documentos, los papeles sólo sirven para secarse las manos después de cada lavada, al estilo Pilatos, o para pretender limpiarse de las manos la sangre de cada uno de nuestros hermanos víctimas del hambre, de la desocupación, de la miseria.
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