Referirnos al problema hachero necesariamente nos remite a lo que geográficamente se suele llamar “El Gran Chaco” que es esa inmensa región subtropical de nuestra América de Sur, que abarca el suroeste de Brasil, el Chaco Boliviano y Paraguayo y nuestras provincias de Formosa, Chaco, parte de Salta, Santiago del Estero y de Santa Fe, con extensiones similares en otras partes de nuestro país; Córdoba, San Luis y La Pampa. Este es el ámbito geográfico dentro del cual se “puede” dar el fenómeno del hachero, pero en nuestro caso no vamos a analizar el caso general sino que lo vamos a concretar en una zona específica; lo que se ha dado en llamar “La Cuña Boscosa Santafecina”, que sería la última manifestación chaqueña hacia el sur. Es la frontera sur de una enorme región natural que abarca parte de cuatro países latinoamericanos y donde sobreviven varios millones de personas, en medio de esto que se ha llamado “subdesarrollo”. Prácticamente el comienzo natural de la “Cuña Boscosa” marca la frontera entre dos mundos distintos, para el caso de nuestro país, aquí termina el mundo “civilizado”, el mundo que vive pendiente del desarrollo de la técnica y de la vida intelectual extranjera (fenómeno éste que afecta a todo nuestro mundo “desarrollado” sin distinción de corrientes o movimientos), en otras palabras el mundo que es parte del proceso de extensión de la cultura occidental que nos llega de Europa.
De esta línea natural del Chaco Santafecino (línea que aparte de ser “natural” fue impuesta como línea divisoria, porque es justamente la zona en la que se encuentra la “línea de los fortines” que marca el límite del mundo “conquistado”, en la década del 1870/80) hacia el norte se extiende el resto de América del Sur, la “marginada” del desarrollo cultural europeo, la que en el “proceso de universalización de la cultura occidental cristiana” sólo recibió el coletazo de las formas mágicas (básicamente religiosas) que transformó la anterior esclavitud, con respecto a la naturaleza, de sus pobladores, en una quieta situación de dependencia —ahora de los hombres—; en esta parte de la América donde por encima de la cultura oficial de élites propietarias y ciudadanas se extiende la mayor parte de la población que sigue viviendo un mundo cultural con marcadas características propias, que requiere también una respuesta propia que no parece coincidente con la opinión de las “vanguardias” intelectualizadas del occidente decadente. Con esto estamos queriendo significar la necesidad de acercarse a la problemática del “hombre colonial”, no con la actitud inconformista de quien es parte de la crisis europea, sino con la visión de las masas rurales que muy poco tienen que ver con el proceso de desarrollo de la cultura europea, del que tanto dependen nuestras élites, de cualquier tipo que sean.
Este es el marco geográfico y un esbozo, tal vez discutible, de la estructura cultural en medio de la cual vive el hachero.

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