Creemos que para estos tiempos latinoamericanos en que los pueblos pisan el umbral de su definitiva liberación, lo más hermoso y sentido es lo que se escribe con hechos y no con palabras. Esta es también, a nuestro juicio, la mejor manera de rendir homenaje a nuestros héroes.
Pero, a un año de la muerte del más grande y puro combatiente revolucionario de los últimos años, el Comandante Che Guevara, la circunstancia de nuestra prisión nos impide hacer realidad este pensamiento. Por esta razón escribimos. Lo hacemos no como un homenaje formal, sino con la intención de hacer más claro su mensaje vital, aportando a su gran experiencia, nuestra propia modesta experiencia, con la convicción de que tú, hermano, lector, hijo de estos pueblos postergados y estafados, harán tuyo su canto de amor al hombro y de guerra a la injusticia, levantarás sus banderas de lucha y con la misma decisión marcharás al combate para volver realidad el sueño de nuestra única, auténtica y definitiva libertad.

  • RECORDANDO LA HISTORIA SOCIAL DEL HOMBRE
  • Vivimos una época de la historia de la humanidad particularmente hermosa. Es la época de coronación de una empresa de siglos a través de la cual el hombre, apenas diferenciado como especie, vacilante aún en su posición de pie, utilizando su inteligencia y su capacidad de acumular experiencia, ha desarrollado los medios que le están permitiendo un dominio total sobre la naturaleza, a la vez que construye su plena humanidad. Sin duda es el ensayo más afortunado de la naturaleza. No sólo ha logrado subsistir, sino que se ha elevado desde el primitivismo animal hasta alcanzar las formas superiores actuales. Esto ha sido posible merced al trabajo. La humanidad se ha construido pues, trabajando. En la medida del desarrollo del hombro, en la medida del perfeccionamiento de su equipo material, ha enriquecido su vinculación con el mundo, ha crecido su comprensión de los fenómenos naturales y de si mismo. El trabajo, entonces, no sólo produjo bienes materiales, sino también ha desarrollado el intelecto humano. Y es en relación con la producción de bienes materiales que los hombres han establecido distintas relaciones sociales entre sí y se perfilaron distintas clases de hombres, o sea distintas clases sociales. La historia de la humanidad resulta, así, la historia del desarrollo de su fuerza de producción y de las relaciones sociales que esta producción plantea. Esta historia no es una línea recta que marque un crecimiento regular, un desarrollo de lo inferior a lo superior sin interrupciones. Esto desarrollo ocurrió a saltos, verdaderos saltos que implicaron junto con un cambió dé las relaciones sociales, un incremento de la capacidad productiva de la sociedad.
    Cada nuevo ordenamiento social produjo la liberación de las fuerzas productivas de la sociedad y, como consecuencia de ello, un considerable progreso, un crecimiento del poder humano sobre la naturaleza, un mayor bienestar de los individuos. Pero los nuevos ordenamientos sociales no ocurrieron mecánicamente, no obedecieron a un fatalismo ciego, sino que fueron el producto de la voluntad de los hombres. Esta voluntad hizo realidad la necesidad histórica de cambiar las relaciones sociales para permitir la expansión de las fuerzas productivas.
    Enfrentados por intereses contrapuestos, los hombres lucharon. Cada salto significó el triunfo de una clase social sobre otra. Los desposeídos, los pobres, lucharon contra los poseedores, los ricos, en defensa de sus intereses. A lo largo de la historia, los poseedores se llamaron sucesivamente esclavistas, señores feudales, capital islas. Los desposeídos esclavos, siervos, proletarios. Los sistemas sociales donde se desarrollaron estas luchas fueron el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo. En todos estos sistemas los desposeídos crearon la riqueza y los poseedores se apropiaron de ella. Para asegurar este despojo, esta opresión de uno clase por otra, surgió el Estado. El Estado fue pues desde su aparición, el instrumento de opresión de una clase social por otra. La clase dominante, dueña del poder del Estado, creó las leyes, administró la fuerza e impuso sus ideas al resto de la sociedad.
    A pesar de esta injusticia evidente, cada período histórico significó un progreso sobre el que le precedió: el régimen feudal fue más justo que el esclavista y, a su vez, el régimen capitalista fue más justo que aquél. En todos los casos, fue el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad quien planteó la necesidad de modificar las relaciones sociales de producción, es decir, el paso de un sistema a otro. Como el desarrollo de las fuerzas productivas es una consecuencia de la mayor productividad del trabajo, es indudable que fue el trabajo el verdadero motor de la historia.
    El cambio de un sistema social por otro implicaba una lucha por la posesión del Estado. La nueva clase que surgía debía imponer su ideología y su fuerza al resto de la sociedad. Esta era la única posibilidad de que sus intereses predominaran. La clase que debía resignar los suyos, que había construido el gran edificio de sus instituciones, que había usufructuado Ion beneficios del trabajo hasta ese momento, no podía ceder pacíficamente su posición. Aferrada a sus privilegios, constituía un verdadero corsé que impedía la expansión de las nuevas fuerzas productivas de la sociedad. Pero la humanidad debía asegurar su desarrollo y para ello recurría a la fuerza haciendo saltar el corsé en pedazos. Los intereses de la nueva clase dominante, dueña ahora del aparato del Estado, estaban asegurados, y la sociedad comenzaba una nueva era de progreso. Pero en su seno crecían nuevas fuerzas que con el tiempo se enfrentarían con el mismo problema: imponer sus intereses y su ideología a traves de la toma del poder. Se hacía necesario un nuevo cambio que revolucionara las viejas formas de organización.
    La revolución social fue en todos los casos la partera de los cambios históricos y se gestó en el seno de la vieja sociedad sobre la base de una nueva clase social, surgida como consecuencia del incremento de la capacidad productiva de la humanidad. Siempre significó un progreso y encarnó la necesidad de la humanidad de asegurar su supervivencia, su desarrollo, su éxito como especie.
    En todos los casos, la lucha por el cambio revolucionario, estuvo dirigida contra la clase dominante y sus leyes. Fue por lo tanto declarada ilegal y reprimida por la fuerza. Es decir, que los cambios no se produjeron nunca con el concurso armónico de todos los hombres sino a través de la lucha de unos contra otros, de los explotados y desposeídos contra los que en su momento usufructuaban por medio del Estado las riquezas materiales y culturales de la sociedad.
    Es a través de este proceso de luchas que la humanidad creció hasta sus actuales formas. Heredero de circunstancias creadas, el hombre las fue modificando. No fue, pues, mero instrumento de las circunstancias sino gestor de circunstancias nuevas. La ideología, reflejo en la conciencia del hombre de una realidad objetiva, fue la justificación y explicación de una determinada práctica. La ideología de la clase revolucionaria expresaba la necesidad de expansión de las nacientes fuerzas productivas. Pero, además de la ideología, fue necesaria la voluntad del cambio. Los ideólogos de todas las revoluciones tuvieron que forjar, ademas de su pensamiento, la voluntad que lo hiciera realidad.
    No fue a través de una actitud contemplativa como el esclavismo fue superado por el feudalismo y ésto por el capitalismo, sino a través de una actitud practica. La ideología demostró finalmente su certeza en su confrontación con la realidad. Los hombres más lúcidos de su tiempo asumieron la responsabilidad histórica de conducir a sus pueblos hacia nuevas formas de estructuración social. En caria coyuntura histórica, las ideas de la revolución fueron la expresión del más alto y noble interés de la expecie humana, y los hombres que las forjaron y las hicieron realidad fueron los máximos exponentes de la humanidad. Estos hombres, dentro de la sociedad que moría, fueron prototipos de hombres nuevos. Espartaco. Cristo, los hombres de la Revolución Francesa, Marx, Lenin, cada uno en su época, están unidos, como por un hilo rojo, por el hecho de expresar los intereses supremos de la humanidad.
    Decíamos que vivimos un momento hermoso y en realidad es así. Vivimos nada menos que la época de la superación de las contradicciones de clases y del establecimiento de una sociedad más justa, acorde con el desarrollo de los medios técnicos actuales, con el equipo material del cual hoy nos servimos para asegurar la supervivencia y el desarrollo de la especie humana a niveles superiores. Hoy podemos vislumbrar la posibilidad de un hombre verdaderamente libre. Nosotros lo concebimos hijo de una sociedad donde el hombre sea hermano del hombre, donde no haya explotadores ni explotados, donde la humanidad supere SU vieja contradicción con la naturaleza ejerciendo un poder total sobre ella. Somos herederos de esta posibilidad; es el esfuerzo de miles ele años de lucha, de acumulación paciente y penosa, de trabajo y de experiencia.
    Pero en esta hermosa época que nos toca vivir, como en todos los períodos anteriores, también luchan dos fuerzas por el poder. Los explotadores y los explotados. Hoy los explotadores se llaman capitalistas y los explotados proletarios. Como siempre, también ahora es la fuerza del trabajo quien mueve la rueda de la historia. La sociedad que muere se aferra a sus estructuras que tienden a perpetuar sus intereses; la que nace lucha por realizar sus legítimas ideas y aspiraciones. Y es también por esta contradicción, y no a pesar de ella, que nuestra época es hermosa.

  • EL CAPITALISMO, LOS TRABAJADORES, EL SOCIALISMO
  • Si el siglo pasado correspondió ni desarrollo y la maduración de la sociedad capitalista, ésto pasará a la historia como el siglo de la transición al socialismo. Profundos procesos políticos y sociales sacuden al mundo. Es que la evolución de la sociedad humana exige un cambio. Las enormes fuerzas de la actual sociedad pujan por romper la coraza que impide su expansión. Esta coraza está constituida hoy —como ayer— por relaciones sociales anacrónicas. Incapaz de resolver esta contradicción, el capitalismo se debate en su agonía. Nuevamente los explotados, los que sólo disponen de su fuerza de trabajo, luchan por instaurar un orden nuevo. Las clases dominantes, cuya vida se justifica en la explotación del trabajo ajeno, no están dispuestas a ceder esto privilegio. Asentadas sobre un inmenso aparato jurídico-represivo institucionalizado en el Estado, luchan por perpetuar esta situación. La revolución se hace nuevamente necesaria y en cuanto interpreta la necesidad humana de desarrollo como especie, se convierte en el acto más humano de este tiempo.
    ¿Cuál ha sido el proceso que nos trajo a esta situación? Veámoslo rápidamente. Los comerciantes y productores de manufacturas más poderosos en el período feudal, no encontraban en la organización social existente el terreno propicio para su expansión. El hecho de que las tíerras estuvieran en manos de un pequeño grupo privilegiado, el de los señores feudales, reducia la capacidad de consumo de la sociedad. La expresión ideológica de esta situación no tardó en llegar. La burguesía, clase en ascenso, reflejó su necesidad de desarrollo en las ideas liberales. Alrededor de ella se agrupó la inmensa mayoría de los hombres en aquellos países que atravezaban esa etapa. Tras largas luchas, el poder feudal fue derrotado en algunos países, se instauró el poder capitalista y la producción de bienes materiales y espirituales dio un enorme salto hacia adelante. Se habían liberado las fuerzas productivas de la sociedad y las relaciones sociales por ellas determinadas fueron más justas. Sin embargo, este nuevo sistema mantenía unn vieja condición de injusticia: la explotación del hombre por el hombre, por lo cual vivió desde su nacimiento una contradicción insalvable. El desarrollo industrial generaba, a la vez que un incremento de la riqueza, una nueva clase social; la de los proletarios. Esta sólo disponía de su fuerza de trabajo, la que convertida en mercancía, so vendía en el mercado como una cosa más. Los beneficios del trabajo iban a parar así a los bolsillos de los capitalistas, dueños absolutos de los medios de producción. La riqueza creada con el trabajo de la sociedad era apropiada individualmente. Regidos por la ley de la mayor ganancia, los capitalistas explotaban brutalmente a los trabajadores.
    A poco andar, la contradicción fundamental del sistema se manifestó como crisis de superproducción. Las enormes cantidades de mercancías acumuladas, merced al adelanto técnico no tenían salida en un mercado empobrecido. Las fábricas cerraban sus puertas con el consiguiente despido y miseria de sus obreros. Los capitalistas más débiles quebraban y eran absorbidos por los más poderosos con el resultado de una concentración de mayor capital en menos manos. Esta, que es una consecuencia básica del régimen capitalista, puso desde entonces al desnudo su carácter esencialmente injusto. La mayor producción, en lugar de traducirse
    en un mayor bienestar de los que producen, trae más miseria y despojo. Estas crisis de superproducción obligaron a los capitalistas a buscar, fuera de los límites de sus países, nuevos mercados donde ubicar sus mercaderías. Corrompiendo gobiernos o si no a sangre y fuego, irrumpieron en otras naciones iniciando la etapa colonial c imperialista que aún subsiste. De las economías nacionales se pasó a una economía mundial del capitalismo y las historias particulares de los paises, ahora ligados por relaciones de dominio o dependencia, pasaron a formar parte de una misma coyuntura mundial: cualquier hecho ocurrido en cualquier país, por más remoto que fuera, pasó a tener repercusión, cada vez más honda, en el resto del planeta, convertido ahora en un inmenso mercado dominado por los monopolios del capital.
    Las posibilidades de desarrollo de toda la humanidad, que ahora se mostraban ilimitadas como realmente son, chocaban sin embargo, por encima del desarrollo técnico y cultural alcanzado, con un freno cruel el orden social existente. El proletariado, único productor de riquezas, no disfrutaba de los beneficios de su trabajo. Limitadas en su crecimiento, las nuevas fuerzas productivas no podian llevar a la humanidad a un nivel superior. La producción social y la apropiación individual de las riquezas constituían el escollo fundamental. Se hizo evidente entonces que, aunque luchando inconcientemente, el proletariado luchaba por los fines más altos de la humanidad.
    Con el tiempo, las formas inconscientes de lucha fueron tomando un carácter más consciente. Carlos Marx y Federico Engels, analizando la nueva sociedad, pusieron al desnudo sus contradicciones internas, descubriendo al mismo tiempo las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad humana y señalando el método científico de análisis de la sociedad. A partir de ellos, los proletarios contaron con una herramienta ideológica y la revolución se convirtió en una necesidad consciente.
    Las clases explotadoras, defendiendo sus intereses, apelaban a todos los recursos, incluso a la represión violenta, para contener las luchas populares. Peco a esto, las luchas crecían en cantidad y calidad. La experiencia extraída de sus victorias y derrotas maduró a los pueblos en su lucha por la toma del poder, hasta que en 1917, bajo la dirección de los bolcheviques, a cuyo fíente estaba Lenin, se creó el primer estado de obreros y campesinos del mundo, la Unión Soviética.
    Este hecho agudizó aún más las contradicciones del capitalismo.
    Las crisis capitalistas, originaron grandes guerras para la posesión de nuevos mercados, las cuales fueron su válvula de escape. Con la segunda guerra mundial, la derrota de los ejércitos hitlerianos por el Ejército Soviético posibilitó la instauración de regímenes socialistas en varios países de Europa.
    Asi llegamos a nuestros días: La humanidad abriendo caminos para su desarrollo y en ese proceso Jos hombres enfrentados por intereses contrapuestos, alineados tras ideologías que responden a estos intereses. Pero esta realidad no es igual en todos los países. El desarrollo del capitalismo generó, como dijimos, el dominio de unos pueblos sobre otros. Un vasto mundo colonial o dependiente paga con sus trabajos lo¿lujos y las grandezas de los países poderosos, convertidos en verdaderas metrópolis. También en estos países expoliadores, los trabajadores son explotados y no sólo en lo económico por su mera condición de asalariados, sino que además sufrente la deformación de sus mentes y el embotamiento de sus conciencias.

  • EL DOMINIO IMPERIALISTA Y LAS LUCHAS DE LIBERACIÓN
  • Veamos más detenidamente nuestro tiempo, no como analistas puros o simples espectadores, sino como hombres que viven una coyuntura histórica y tienen el deber de asumir su responsabilidad: asegurar el avance de la especie humana. Nos explicaremos también los motivos profundos por los cuales mueren hoy, luchando, sus más auténticos representantes.
    La exportación de mercancías y capitales de los países capitalistas más desarrollados a los menos desarrollados, condujeron al capitalismo a su faz Imperialista. Esta faz implica la existencia de países subdesarrollados, proveedores de materias primas y consumidores de productos elaborados. La explotación a que son sometidos sus pueblos es brutal y está posibilitada por la existencia de gobiernos dóciles a la política imperialista. El aparato del Estado se encuentra en manos de las clases explotadoras locales —terratenientes y burgueses— que son verdaderos socios menores de los monopolios internacionales. Estos gobiernos instalados por la fuerza de los ejércitos imperiales, o comprados a través de la corrupción, se mantienen en el poner por la fuerza de sus aparatos represivos y de los instrumentos jurídicos creados para tal fin.
    Es sobre las espaldas de estos pueblos que los imperialistas descargan los efectos de sus crisis, logrando de tal forma sostener un alto nivel de vida en los suyos.
    Pero, poco a poco, los pueblos fueron comprendímos que la desaparición de su miseria estaba ligada indisolublemente a la ruptura de todo tipo de dependencia. Guiados por sus vanguardias revolucionarias que interpretaron el anhelo de sus pueblos, varios paises rompieron el dominio colonial, acabaron con los gobiernos locales que los sustentaban y comenzaron la construcción del socialismo. El pueblo chino, dirigido por el Partido Comunista, tras llevar victoriosamente adelante su guerra patriótica anti-japonesa, culminó esa larga lucha de liberación nacional, derrotando a las fuerzas explotadoras locales apoyadas por los paises imperialistas y fundó un nuevo estado socialista.
    Con características parecidas, los pueblos coreano y vietnamita derrotaban al imperialismo agresor y a sus aliados locales, dando origen a nuevos Estados populares. El desarrollo impetuoso de las economías socialistas condujo pronto a un equilibrio de fuerza entre los dos bloques. El dominio de nuevas técnicas y armas cerró prácticamente el camino de las guerras mundiales, el enfrentamiento directo entro ambos. Cerrada esta válvula de escape, se agudizaron las contradicciones entre los países imperialistas, y la miseria de los pueblos de los países subdesarrollados. Frustradas las tentativas de liberación pacífica, muchos pueblos iniciaron el camino de la lucha armada contra el dominio colonial.
    Francia, derrotada en Vietnam, se enfrentó en Argelia con un pueblo decidido a triunfar. Los crímenes feroces cometidos por sus ejércitos no doblegaron Ja voluntad de libración de los argelinos; ni siquiera el apoyo directo de los imperialistas yanquis los salvó de una catastrófica derrota. El mundo colonial francés se derrumbaba. Inglaterra, expulsada de la India y de los Países Árabes, corría la misma suerte. EE.UU., cuya potencia había crecido enormemente, absorbió con sus capitales a los viejos imperios y los reemplazó en el ejercicio de sus políticas coloniales. Se convirtió así
    en la cabeza de los países imperialistas. América Latina, vasto territorio sometido, no escapó a este complejo político mundial. Sus tentativas de liberación fueron una y otra vez aplastadas, hasta que en Cuba, una vanguardia de revolucionarios consecuentes llevó al pueblo al poder, creando el primer estado socialista del continente.

  • LA HORA ACTUAL Y LA ESTRATEGIA DEL ENEMIGO
  • El mundo de hoy se caracteriza políticamente por la existencia de un grupo de paises luchando, con diferentes matices, por la construcción del socialismo; un grupo de paises Imperialista! cada vez más hegemonizados por la concentración de capitales y poder en las manos yanquis; y un enorme conjunto de paises es dependientes del imperialismo, subdesarrollados y colonizados que luchan por liberarse de su dependencia. El socialismo sólo podrá alcanzar su pleno desarrollo cuando desaparezca la posibilidad de acción del imperialismo; es decir, que el hombre nuevo, liberado de sentimientos egoístas, generoso, será posible cuando el socialismo sea un fenómeno mundial. De allí que los paises socialistas necesiten de la revolución en el resto del mundo. A su vez, la explotación a que están sometidos los paises dependientes plantea a sus pueblos la necesidad de liberarse.
    Creemos que de esta situación real pueden inferirse los lincamientos estratégicos que rigen la política mundial en la actualidad. Y como habitantes de un país subdesarrollado y dependiente del imperialismo, habiendo tomado conciencia de la necesidad de liberarnos, creemos «pío tenemos la obligación de comprender estas cosas como medio de trazarnos un camino tendiente a unificar criterios, descartando todo lo inútil y todo lo que frena el proceso de nuestra liberación.
    Las fuerzas del socialismo libran una lucha a muerte con las fuerzas del capitalismo, pero las nuevas técnicas de destrucción masiva hacen prácticamente imposible un enfrentamiento directo. Nosotros creemos que la guerra atómica no será la solución de este problema. Si bien el socialismo sólo será posible con la liquidación del imperialismo, esto no surgirá como consecuencia de una guerra termonuclear entre EE.UU. y la URSS.
    ¿Es entonces la posibilidad del socialismo una utopía? Indudablemente no. El imperialismo se caracteriza por el dominio económico y político de muchos países subdesarrollados cuyos pueblos soportan terribles penurías, y se ven postergados y oprimidos humana y políticamente. Las clases dominantes de estos países sen sus fíeles aliados y aseguran a través de los órganos de poder —Estado— la continuidad de esta domínación. Es con el producto de este despojo cómo el imperialismo oculta sus contradicciones internas. Así, la lucha de clases no se caracteriza por su agudeza dentro de los EE.UU. Pero, sin embargo, la explotación de otros pueblos plantea al imperialismo una nueva contradicción: la lucha de esos pueblos por su liberación. Consideramos que estas luchas de liberación nacional determinan la situación política actual y constituyen —en cuanto implican la destrucción de las bases sustentativas del sistema imperialista— el único camino conducente al socialismo.
    Esto hechos, advertido por Norteamérica (cabeza del imperialismo mundial, ha significado un endurecimiento de su política exterior, una necesidad mayor de recurrir u las fuerzas de sus propios ejércitos, una nueva estrategia de lucha. Decididos a defender su existencia a sangre y fuego, no vacilan en asesinar masivamente a los pueblos, interviniendo directamente en cualquier país donde, sus personeros locales son rebasados por la voluntad de lucha de sus pueblos.
    ¿En que consiste pues la nueva estrategia imperialista? Dirigida a evitar la liberación de cualquier país subdesarrollado plantea la utilización de su poderío militar allí donde las circunstancias lo exigen, es decir, en cualquier país donde los gobiernos: reaccionarios, serviles a él, corren el riesgo de ser derrotados por sus pueblos. Los pactos militares, la organización de fuerzas de represión, sólo tienen ese fin: crear los instrumentos que legalicen la intervención.

  • LA CONCIENCIA DE LOS PUEBLOS QUE LUCHAN; VIET-NAM, UN EJEMPLO
  • Dentro de los países subdesarrollados, las luchas se agudizan como consecuencia lógica de su estancamiento económico y cultural. l,os marcos de la democracia liberal no alcanzan a contenerlos y cada voz más deben recurrir a gobiernos de fuerza, a dictaduras militares abiertas. La verdadera cara del Estado —instrumento de opresión de una clase por otra— se hace más evidente. Las vanguardias revolucionarias se perfilan cada vez más nítidamente. Los pueblos tienen cada día conciencia más clara de que no ce trata de reemplazar un gobierno por otro, sino un sistema por otro sistema; no se cuestionan ya algunos aspectos del gobierno sino qué clase social debe gobernar. Unidos por su condición de doblemente explotados —por los de adentro y los de afuera— y por las características inherentes al subdesarrollo, las vanguardias revolucionarias de los pueblos se plantean la necesidad de elaborar una estrategia de lucha común. Esta estrategia común no es pues el fruto del pensamiento de superdotados, sino la consecuencia lógica de una situación real, de la asimilación de la experiencia de lucha de la humanidad por un mundo mejor, y es preciso entenderla si pretendemos entender la actitud de los individuos en la actual coyuntura histórica, si pretendemos ser útiles al desarrollo de un proceso necesario, pero más o menos costoso, más o menos doloroso, en la medida de su retarde o aceleración. Porque no nos cansaremos de señalar que los cambios históricos no son el resultado de un devenir ciego, fatal, sino que dependen de la voluntad de los hombres. Son ellos los que modifican con su acción las circunstancias heredadas. La historia no ca un despeñadero que realiza su necesidad; son los hombres quienes la realizan. Y si la necesidad histórica es el socialismo, y éste pasa por la liberación de los pueblos sujuzgados, nuestro deber como revolucionarios y como hombres es forjar la volutand que la haga posible, y esta voluntad sólo puede surgir de la toma de conciencia de esta realidad que vivimos.
    ¿En qué consisto entonces la estrategia común de los pueblos subdesarrollados? Si los gobiernos reaccionarios y sus fuerzas luchan junio al imperialismo para reprimir a loo pueblos que luchan, es obligación de los revolucionarios evitar que actúen en un solo punto, que se concentren sobre un solo pueblo. Dicho en otros términos, si el imperialismo y sus lacayos utilizan su poderío sobre Vietnam, la obligación de los revolucionarios es abrir tantos frentes como sea posible, hasta obligar a intervenir al imperialismo para que la presión sobre el Vietnam cese («abrir dos, tres, muchos Vietnam»). Esto que parece sencilla no ha sido sin embargo bien entendido y como Vietnam es un ejemplo conocido, insistiremos sobre él. Vietnam enseña y aclara muchas cosas. Encuadrado en el marco de las luchas de liberación nacional, constituye la vanguardia mundial de este proceso. El imperialismo so ha empeñado ahí en una guerra brutal y sucia. Y esto no es una casualidad; no es la defensa de la democracia afectada en un pequeño país ni la defensa de los títeres reaccionarios dóciles a su política, sino Ja defensa de fu propio sistema. Ellos saben que de la existencia de países explotados depende su propia existencia; de se liberación, su muerte; y como todo cisterna agónica libra su batalla definitiva con todos los medios de que dispone. No se trata de un problema de buenas o malas intenciones; se trata de un problema de interés vital, j el interés del imperialismo es asegurar sus ganancias, seguir existiendo como tal. Por eso no vacila en asesinar y masacrar utilizando todo su poderío en un pequeno país. Libran una guerra contra la historia. Tero, ¿acaso los esclavistas no crucificaron a Espartaco y a Cristo? ¿Acaso los señores feudales entregaron sin resistencia el poder? La vida de los imperialistas se justifica en la explotación de otros pueblos —ésta es su moral— y, por este motivo, impedir esta explotación es arrancarle la vida. ¿Y quién se deja arrancar la vida tranquilamente? Por eso mismo, la lucha de hoy es una lucha a muerte contra el imperialismo y la lucha de los vietnamitas es nuestra lucha. Vietnam se ha convertido en un pantano para el inmenso aparato represivo imperialista y se ha convertido en un pantano por la determinación y el heroísmo de un pueblo que no sabe de claudicaciones y que, alzado como un solo hombre, está dispuesta a vencer. Y un pueblo alcanza esta determinación cuando una vanguardia revolucionaria lúcida los guía; cuando a través de ella comprende el problema fundamental de nuestro tiempo: acabar con el imperialismo allí donde este, allí donde un régimen de explotación sirva de apoyo a su sistema, porque así lo exige la historia, la humanidad, el futuro del mundo. Sólo así un pequeño pueblo como el vietnamita se agiganta, y de tal modo, que no hay fuerza capaz de vencerlo. Las derrotas que inflige allí al imperialismo y su empeño en la lucha nos están gritando una verdad: un pueblo conciente de que sus miserias se liquidan liberándose, no puede ser vencido y, ademas, comprometo seriamente la estabilidad de los opresores. Es indudable que el esfuerzo de guerra de los yanquis en Vietnam los debilita dia a dia. No podrían destinar fácilmente nuevas fuerzas para reprimir otro Vietnam. Desde este punto de vista, la lucha de los vietnamitas se convierto en una lucha por la humanidad. Ellos luchan por el mundo de los explotados y por el socialismo, ellos luchan por nosotros. Son fieles a una clara concepción estratégica; combatir contra el imperialismo allí donde esté, allí donde tenga puntos de apoyo, bases de sustentación, para encerrarlo en su propio país, donde sus propios explotados darán cuenta de sus explotadores para hacer realidad, al fin. el socialismo, la fraternidad de los pueblos y los hombres libres. Sólo sobre estas bases construiremos al hombro nuevo, desenajenado, generoso, hermano del hombre, humano.
    Ellos han asumido su responsabilidad histórica y no vacilan ante la muerte, ante ningún tipo de sacrificio. ¿Y qué aprendemos los revolucionarios de tanto abnegado heroísmo? ¿Qué hacemos por ellos que tanto hacen por nosotros? Responder estas preguntas implica para los revolucionarios de los países subdesarrollados hacer un análisis de las corrientes y tendea dias que los orienta, y como consideramos que se trata de un problema fundamental de nuestro tiempo, le haremos.

  • LA UNIDAD DE LOS QUE LUCHAN Y LA VERDADERA PAZ
  • Se trata de derrotar al imperialismo y o sus personaros locales. Esto será posible sobre la base de la unidad en la lucha de los pueblos, y los pueblos lucharán unidos cuando sus vanguardias revolucionarias tomen conciencia de la necesidad de esta unidad. Los enemigos, a pesar de sus diferencias, persiguen un mismo fin: mantener el actual régimen de explotación. La di.ferencia entro un gobierno y otro gobierno explotador es la mejor o peor administración y defensa de su3 intereses y de los intereses del amo imperialista. Todos ellos están unidos por el mismo interés: impelir la liberación de sus pueblos, y no vacilan en emplear cualquier medio para conseguirlo. Su arma política más importante es la división de las fuerzas de la revolución y en este sentido no podemos negar que han tenido éxito. En los últimos años se han producido diferencias de concepto muy marcadas dentro del campo socialista: Soviéticos y Chinos se han lanzado a una polémica cuyo fin no parece cercano. Las fuerzas revolucionarias, en los paises subdesarrollados, se han alineado detrás de unos y otros. Esta división, además de convertirlos en fuerzas irreconciliables, las ha apartado de la práctica revolucionaria. Pareciera que el «título» de vanguardia se pudiera ganar en una mesa de discusiones. Las inquietudes de las masas que luchan espontáneamente con fuerza progresiva no encuendan mientras tanto respuesta alguna en las pretendidas vanguardias, cada vez más esterilizadas por interminables discusiones alejadas de la realidad.
    Para nosotros, el problema real es asi. Sólo puede haber una división entre los hombres: los que están del lado de la revolución y la liberación nacional de nuestros países, y los que no.
    Cualquiera otra división no es una respuesta a las necesidades reales de nuestros pueblos. En todo caso es, concierne o inconcientemente, una manera de favorecer los planes del imperialismo. Loe únicos enemigos de los revolucionarios son los imperialistas y sus títeres, y el combate por su derrota es el único lugar donde podemos empeñar nuestros esfuerzos. Si alguien lucha contra los explotadores, nuestro deber es apoyarlo, y no sólo eso, sino estar dispuestos a correr sus mismos riesgos. Los vietnamitas luchan y muchos asisten a su sacrificio como si fuera ajeno. Otros, también lamentablemente muchos, actúan como si la victoria o la derrota del Vietnam dependiera de la actitud de los Soviéticos y de los Chinos. Creemos que esto olvidar ni más ni menos que la lucha del Vietnam se encuadra en la lucha de los pueblos dependientes contra el imperialismo, o sea, que se trata de una lucha nuestra, que su victoria o derrota será nuestra victoria o nuestra derrota. Mientras los vietnamitas asumieron ya su responsabilidad con hechos incontrovertibles, nosotros todavía no hemos ni siquiera terminado de comprender la nuestra. Que la ayuda soviética o china debiera ser mayor no es fundamental; lo fundamental está en nosotros. Tenemos la obligación de hacer lo que nos corresponde y lo único que nos corresponde es obligar al imperialismo a luchar en nuevos frentes, en muchos frentes, incluso en su misma casa. Esto significa no sólo comprender sino ser consecuentes con una estrategia común. Si el imperialismo ha de sucumbir, será a manos de los pueblos explotados y no por medio de una conflagración atómica, porque los imperialistas se baten a sangre y fuego pero no se suicidan, y una guerra atómica implica hoy poco menos que un suicidio universal. Están incluso quienes piensan, a raíz de este problema, que la lucha fundamental es la lucha por la paz, es tratar de evitar los hechos que puedan poner al mundo al borde de la guerra atómica. También consideran que Vietnam, en ese sentido, constituye un hecho «peligroso». Frente a planteos de este tipo, nosotros decimos sin vacilar que amamos la paz, pero la paz sin explotación, sin miseria, la paz sin imperialismo. No hay que olvidar que son los explotadores de los pueblos los que hacen la guerra, que ellos son esencialmente belicistas. Frente a esta realidad, no podemos desarmarnos ni ideológica ni prácticamente. La paz reinará en el mundo cuando enterremos definitivamente al imperialismo, y para ello hay un solo camino: la liberación nacional y social de los pueblos oprimidos. Por eso mismo, luchar por la liberación de nuestros pueblos es luchar realmente por la paz, es luchar realmente por Vietnam y todos los pueblos que combaten, es asumir nuestra responsabilidad histórica, es ser fieles a la humanidad y a nuestra condición de hombres.

  • LATINOAMÉRICA: UN CONTINENTE, UNA LUCHA
  • Nuestro pais no escapa a las condiciones generales de subdesarrollo de América Latina, y para comprender nuestra situación nacional, no podemos dejar de analizar la situación de Latinoamérica y el mundo. Consideramos que lo dicho hasta ahora es válido para nosotros también. Lo que podemos agregar sólo servirá para abonar lo anterior, en razón del mayor conocimiento que tenemos de nuestra realidad, en cuanto ésta nos incluye y en cuanto participamos de sus hechos cotidianos, ya como meros espectadores, ya como protagonizas.
    EE.UU. ha ido reemplazando a otras potencias imperialistas en el dominio económico y político de América Latina en la misma medida en que aquéllas fueron declinando. Poco a poco, «América para los americanos» se ha ido con virtiendo en «América para los norteamericanos». Con la idea de perpetuar cata situación sueñan los imperialistas yanquis; contra ellos luchan los puehlos latinoamericanos continuando las luchas de los patriotas que hace más de un siglo se levantaron contra el dominio colonial español. Una larga cadena de atropellos, despojos y crímenes caracterizan la historia de nuestro continente. Las clases dominantes locales, aliadas al capital extranjero, al yanqui sobre todo, fueron siempre el brazo ejecutor de esta politica. Rebasadas a veces por los pueblos en pie de lucha, debieron acudir al socorro de sus amos, quienes intervinieron siempre muy solícitos, demostrando en todos los casos una gran sensibilidad por sus intereses en peligro.
    Sin embargo, los pueblos luchan y estas luchas se profundizan día a dia, a medida que se acentúa la miseria económica y crece la injusticia social. Las masas explotadas van tomando conciencia de su situación real, de cuál es la raíz de sus males. También van tomando conciencia de las posibilidades reales de cambiar este estado de cosas.
    Un pueblo revolucionario de América latina ha asumido ya el control de su país y ha liberado de esa forma una porción de territorio latinoamericano. Bajo la dirección de una vanguardia revolucionaria consecuente, indoblegable en sus posiciones y principios, Cuba construye el socialismo, desarrolla un hombre nuevo, y se convierte en la avanzada de las luchas emancipadoras del continente. Contra ese pueblo aguerrido y heroico se estrellan diariamente los intentos de los imperialistas de ahogar la revolución y ocultar su ejemplo. Y se seguirán estrellando porque la revolución se ha hecho carne en el pueblo y no sólo dentro de los límites geográficos de Cuba sino que, trascendiéndolos, se ha hecho carne también en los revolucionarios latinoamericanos. Porque la rueda de la historia no se detiene, porque los pueblos del continente, cansados ya han dicho basta a la explotación y a la miseria, y guiados por el ejemplo de un pueblo hermano, se aprestan a librar las batallas definitivas. Los imperialistas y sus testaferros —las oligarquías criollas— saben que se trata de una lucha a muerto y ellos también se aprestan a librarla. Cuentan para ello con las fuerzas de sus ejércitos y organismos represivos, legalizados en su funcionamiento por el poder del Estado y por secretarías de colonias yanquis, como la O.E.A. Sobre la base de intervenir en cualquier país donde los gobiernos reaccionarios sean derrotados, los imperialistas yanquis han elaborado 3U estrategia. Y los pueblos saben ya que los imperialistas intervendrán pero saben además que cuantos más frentes simultáneos de lucha se abran, más difícil será la intervención, más dura será la derrota para los intervencionistas. Por eso, la unidad de los gobiernos explotadores exíje como única respuesta la unidad de los pueblos explotados, y a la solidaridad de los lacayos del imperialismo, los pueblos deben responder cada vez más con la solidaridad revolucionaria continental.
    Nadie duda ya de que el subdesarrollo es una consecuencia del régimen de dependencia económica del imperialismo, y de que sólo se acabará con él y su consecuente miseria cuando so rompa esta dependencia. Pero romperla implica hacer una revolución, cambiar el poder de manos de la oligarquía a manos de los trabajadores. Y este cambio no será fruto de la simple condición mayoritaria de los explotados, sino de luchas bien concretas. La característica de la lucha estará determinada por la resistencia que las clases dominantes opongan a los pueblos. Y esta resistencia llega en todos los casos a la represión sangrienta, al uso de la fuerza de los ejércitos creados y mantenidos para tal fin. de lo que se trata, entonces, es de derrotar esa fuerza. Entre los revolucionarios se plantean muchas discusiones alrededor de estos problemas, discusiones que, en lugar de acelerar, frenan el proceso liberador. De lo que se trata es de la toma del poder. Pensar que las clases dominantes entregarán pacíficamente el poder, es olvidar las razones mismas de su existencia. En las actuales circunstancias, no podemos dudar que lucharán con todos los medios de que disponen, que no vasilarán en aplastar a los pueblos con toda la fuerza de sus ejércitos. Por lo tanto, la organización que pretenda dirigir el proceso revolucionario, debe estar preparada ideológicamente y prácticamente para esta posibilidad. Ningún revolucionario puede caer en la trampa electoral del legalismo liberal. Ellos dan elecciones cuando saben que las ganan. Cuando corren el riesgo de ser derrotados apelan a gobiernos de fuerza. Los golpes de estado, además de mostrar la debilidad de la democracia burguesa, muestran su disposición a defenderte mejor y ponen de manifiesto el verdadero rostro del sistema. Las «dictaduras democráticas» y las dictaduras militares son las dos caras de la misma moneda: gobiernos al servicio de los explotadores, fieles aliados del imperialismo. Por eso, los revolucionarios debemos cuestionar el poder, no los gobiernos, y qué clase social debe ejercer el poder.
    Las dictaduras militares en América son la respuesta de los explotadores a las luchas de los explotados por su liberación. Los pueblos se plantean la necesidad de derrotarlos y los revolucionarios debemos dar una respuesta a esta necesidad. De esta respuesta de los revolucionarios depende la creación de una vanguardia. Y es indudable que ésta no nacerá de una discusión de café sino de una práctica concreta. Nosotros estamos convencidos de que la vía pacifica para la toma del poder no existe ya en América Latina. Que os necesario estructurar las organizaciones que nos permitan desarrollar la lucha armada popular; porque a un ejército de los explotadores sólo se lo puede derrotar con un ejército de los explotados. Y dado que el imperialismo intervendrá con sus ejércitos, la declaración de cada país será él fruto de la lucha común de los pueblos latinoamericanos contra el imperialismo. Esta lucha no será común porque los revolucionarios caprichosamente así lo quieran ni porque la guerra de los pueblos sea resultante de una exigencia mundial, internacional, sino porque la situación interna de cada país, de donde proviene la necesidad de la guerra popular, es común en cuanto explotación y dependencia a todos los países latinoamericanos. La estrategia de lucha surge de sus propias realidades particulares y se integran en una estrategia mundial de lucha contra el imperialismo. De aquí que ser solidarios con los pueblos que luchan, Vietnam, Cuba, Corea del Norte, Angola, etc., es abrir nuevos frentes, es hacer la revolución donde corresponde, en cada país.
    Lo que urge es desarrollar la lucha armada. Las interminables discusiones teóricas a priori, la lucha por la hegemonía ideológica, no tienen cabida dentro de esta realidad. ¿Cómo podemos seguir discutiendo y hablando de solidaridad y de lucha cuando todos los días hay hombres que mueren por la causa de sus pueblos, que es también nuestra causa? En América hay hombres que luchan con armas en la mano por la libertad de sus pueblos. Y mientras ellos pelean, muchos «revolucionarios» contemplan expectantes el resultado. Si ganan los revolucionarios, aplausos; si son derrotados, angustias, llantos y críticas, sobre todo críticas. No se trata de ser solidarios emocionalmente sino desarrollando una actividad solidaria; ae trata de correr los mismos riesgos, de luchar con los que luchan. ¿Qué tienen que ver con esto las discusiones entre Chinos y Soviéticos trasladadas a nuestro medio? Las discusiones se ganan o se pierden en la acción práctica; la verdad de una teoría como vimos, solamente surge de su confrontación con la realidad. Hay una verdad: los pueblos exigen un cambio y luchan por ere cambio; los revolucionarios deben orientar esas luchas, deben transitar un camino. Nuestros pueblos han sido muchas veces estafados. Y es con hechos concretos cómo constituiremos una vanguardia reconocida. Los enemigos de los pueblos, los reaccionarios gobiernos de cada país, tienen fuerzas muy concretas preparadas y entrenadas para reprimir y hoy en día en casi todos los países de nuestro continente, gobierno y fuerza son una misma cosa. Los hechos revolucionarios concretos consistirán pues en la destrucción de esas fuer/as. Y una fuerza armada y organizada sólo so destruye con otra fuerza armada y organizada. No es tan sencillo para el pueblo armar su propia fuerza. Si pretendemos tener el mismo poderío que posee el enemigo para comenzar a combatir, jamás haremos la revolución. Nosotros tenemos más fuerza potencial que ellos, tenemos con nosotros al pueblo explotado, ampliamente mayorítario. Y lograremos con él un ejército más poderoso que el de los explotadores si sabemos dar las batallas.

  • ARGENTINA Y LA LUCHA CONTINENTAL
  • Todo esto también es válido —a nuestro juicio— para nuestro país y para nuestros revolucionarios, porque también aquí la revolución es la única manera de romper con el subdesarrollo derivado del dominio imperialista, es la única manera de acabar con la injusticia social; porque también aquí las ciases explotadoras no están dispuestas a ceder tranquilamente el poder, sino —al contrario— se aprestan a una lucha que saben definitiva. Muchos revolucionarios hacen incapié en las características «singulares» de nuestro país, características que permitirían un camino «independiente» para nuestra liberación, señalando además como impracticable a la lucha armada con comienzo de luchas guerrilleras para la toma del poder. Hay otros que se oponen a este planteo aunque teóricamente aceptan la concepción de lucha armada revolucionaria, pero que no han logrado la elaboración de una estrategia y una táctica necesarias para la realización de hechos prácticos. Entre ambos, encontramos toda una vasta gama de posiciones teóricas intermedias. La gran cantidad de discusiones alrededor de las distintas posiciones ha atomizado a las fuerzas revolucionarias, alejándolas de las masas populares cada vez más apremiadas por los problemas concretos que surgen de una economía nacional en crisis. Mientras tanto, las clases dominantes, impotentes para resolver esta crisis y su consecuente agudización de lucha de clases, han recurrido a un gobierno de fuerza instalando a las fuerzas armadas en el poder. La verdadera cara del sistema ha quedado a la vista. Incapaz de resolver los problemas derivados del subdesarrollo, huérfano de apoyo popular, sobrevive apelando a la fuerza las luchas populares derivadas del deterioro progresivo de la situación económica, no logran la cohesión necesaria que las haga invencibles. A raíz de esto, hay quienes plantean la unidad como premisa básica para el desarrollo de la lucha revolucionaria. Y alrededor de este problema surgen nuevas discusiones y nuevas corrientes, cada una poseedora de la verdad absoluta. Lo evidente es que no ha resultado de todas las corrientes la formulación de una estrategia global contra el régimen imperante, estrategia que sea abrazada por las masas. Menos aun se han tomado las medidas prácticas tendientes a desarrollar dicha estrategia. Se ha caído en el círculo vicioso de la infructuosa discusión teórica. Guerrilleristas y pacifistas no han pasado de la discusión, y no ha surgido de tanta pureza teórica la vanguardia capaz de conducir al pueblo hacia la toma del poder. La situación del país impone una salida revolucionaria y la revolución no se hará sin la mayoría del pueblo, pero aun con la mayoría del pueblo no se hará de cualquier manera. Las clases dominantes aferradas al poder por su aparato represivo, no serón derrotadas en el terreno de la discusión sino en su mismo terreno. El problema de los revolucionarios es pues el de desarrollar la lucha armada popular. Pero cualquier lucha popular exige una vanguardia que la conduzca y ha quedado demostrado por la experiencia que esta vanguardia no surge de la discusión teórica. La teoría debe servir de instrumento a la lucha concreta, debe servir para forjar la voluntad que haga factibles esas luchas. Pero, ¿es posible la lucha armada en nuestro país? Nosotros creemos que es necesaria y si es necesaria es posible. Discutir la forma que revestirá es otra manera de no hacer, y no hacer es eludir nuestra responsabilidad histórica. Las largas discusiones alrededor de problemas ajenos a esto son, a nuestro juicio, la excusa de la indecisión. Es necesario resistir, combatir y destruir la maquinaria represiva de los enemigos del pueblo. Esta es la responsabilidad que debemos asumir los revolucionarios; ésta, la única decisión posible. Y decidido esto, sólo se trata de hacer. La mejor forma surgirá solamente de los hechos, de la experiencia recogida aquí y en cualquier lugar del mundo donde se luche. Y esta experiencia enseña muchas cosas. Enseña que la fuerza del enemigo es la fuerza de sus ejércitos dispuestos a masacrar a un pueblo inerme y dividido; que la fuerza de los revolucionarios está en el pueblo y en la justicia de su causa; que el pueblo no se incorpora masivamente a la lucha sino a través de un proceso y a partir de una vanguardia que vaya abriendo con hechos el camino al poder; que estos hechos deben permitir vislumbrar desde los comienzos la toma efectiva de ese poder. La confianza del pueblo en su vanguardia va creciendo en la medida de la justeza de su línea politica. La unidad del pueblo y de las fuerzas de la revolución vendrán pues de la mano de la lucha concreta y no de la discusión.
    ¿Cuál será la forma que resistirá la lucha armada? Como ya dijimos, si tratamos de derrotar un ejército, debemos saber que esto sólo es posible enfrentándole otro ejército. Hay que formar, pues, un ejército de oprimidos para derrotar al ejército «le los opresores. Pero los opresores cuentan con todos los elementos de guerra y el pueblo no. No es posible entonces plantear de entrada una batalla decisiva; este, evidentemente, no es el camino. Ellos concentran sus fuerzas en los lugares más importantes del país, desde el punto de vista de la concentración de habitantes y del nivel de sus luchas políticas. Plantearnos ahora una guerra allí, en esos lugares, sería suicida. El pueblo cuenta con muchos hombres, pero no con la misma cantidad de recursos para la guerra, no con un ejército estructurado. Desarrolla pues una lucha politica. Nosotros debemos insertar en ella, como su expresión más alta, la lucha de un ejército popular. Como armaremos este ejército popular? Nosotros creemos que lo formaremos enfrentando al enemigo donde podamos golpearlo, donde logremos victorias, además de elementos y experiencia. Y esto sólo es posible a través de una guerra irregular. La táctica guerrillera no es más que una táctica de la guerra irregular y por cierto, aunque no es la única, es ella una táctica aplicable en nuestro país. Existen inmensas zonas con condiciones para ello, zonas boscosas y montañosas, pueblos debatiéndose en una miseria absoluta y con una conciencia cada día mayor de la necesidad de luchar para aliviar su situación. Allí pueden actuar destacamentos guerrilleros como una avanzada de la fuerza popular. De su desarrollo y vigor dependerá el desgaste del enemigo. Pero la guerrilla en estas regiones no será la única fuerza de la revolución sino una de las tantas que deberemos utilizar. Al enemigo hay que hostigarlo en donde esté y el enemigo está en todos lados. Será necesario profundizar las luchas políticas, aumentar la fricción de su aparato de guerra, golpearlo en el campo y las ciudades. Y para esto hace falta una gran organización, muchos hombres organizados. ¿Es posible contar con ellos en el comienzo de la lucha? Pensamos que creer esto sería una ilusión, volver a caer en las interminables discusiones teóricas, en el logro apriori de la vanguardia. En cambio sí es posible comenzar con una pequeña organización bien montada que pase a la acción directa, que libre los primeros combates. Su mayor preocupación será sobrevivir, y si consigue esto, se asentará en el pueblo y será indestructible. Con sus batallas alentará las luchas populares, sumará voluntades y convertida en vanguardia, será el eje de la unidad del pueblo. La discusión teórica será entonces la postura cómoda de los que nunca estuvieron para luchar realmente. Y todo esto en nuestra patria es posible y necesario, a menos que oslemos dispuestos a asistir a un largo martirio de nuestro pueblo, a esperar para las calendas griegas el triunfo de la justicia. Claro que esto no sería de revolucionarios sino de cómplices conscientes o inconcientes de quienes nos oprimen. Emprender este camino implica tener una profunda fe en nuestros pueblos, una clara conciencia del momento que vivimos, una gran responsabilidad histórica; implica correr riesgos personales, asumir un compromiso con el pueblo y con uno mismo: el de luchar por el sagrado derecho a ser libres o morir en la lucha. Se trata de una decisión irreversible, poro tarde o temprano ineludible. La historia avanza por los hombres que luchan y no se detendrá porque algunos se entreguen a la pura contemplación. La humanidad ha forjado siempre los hombres que aseguraron su éxito y nuestro pueblo no es una excepción. Sabemos que muchos revolucionarios comprenden esto y que comenzarán a luchar con las armas en la mano. Los que considerándose revolucionarios no comprenden que es necesario correr los mismos riesgos que los que combaten, serán barridos por el pueblo.
    La guerra popular no será fácil. Será necesaria la unidad del pueblo para derrotar al ejército de la oligarquía respaldado por el imperialismo y al mismo ejército imperialista que finalmente intervendrá. Pero la lucha contra éste se librará en un frente más amplio que abarcará toda América Latina. Nosotros necesitaremos mañana lo mismo que necesitan hoy el Vietnam y los demás pueblos que libran su guerra liberadora. Cualquier sacrificio que conduzca a la destrucción del imperialismo vale la pona, teniendo en cuenta su carácter de expoliador de los pueblos, de gendarme internacional, de enemigo de la libertad, de corsé que impide el desarrollo de la humanidad a niveles superiores. Nuestro país no escapa entonces a las características de América Latina. Por lo tanto, comprender la estrategia de la lucha de los pueblos latinoamericanos es comprender nuestra estrategia. Así también, luchar por la liberación de nuestra patria es luchar contra el imperialismo, por la emancipación de la humanidad. Es ser solidarios con los pueblos que luchan, es correr sus mismos riesgos en beneficio de todos. El quietismo, el inmóvil sino de los charlatanes es lisa y llanamente complicidad con los enemigos de los pueblos.

  • LA experiencia DE NUESTRA PROPIA LUCHA
  • Hace cinco años nosotros iniciamos una experiencia guerrillera y sufrimos nuestra primera derrota táctica. Los hechos posteriores a nuestra caída lejos de demostrarnos un error estratégico, nos afirmaron en la convicción de la necesidad de aquel paso y de su justeza. Llegamos al planteo de la lucha armada en la búsqueda de un camino para la realización de la plena libertad del hombre y tomamos conciencia de la necesidad de cambiar la sociedad en que vive y que traba su desarrollo.
    Habíamos recorrido antes otras sendas que podríamos llamar legales, utilizando los medios que permitían las clases dominantes. La experiencia nos mostró su impracticabilidad. La revolución cubana terminó de despertarnos del adormecimiento que produce el canto legalista de los opresores. Comprendimos que la preocupación fundamental del imperialismo era la de preservar las fuerzas armadas de los paises dominados y poco le importaba qué presidente, qué senador, qué partido gobernaba. La fuerza del sistema estaba pues en sus fuerzas armadas. Allí debíamos golpear entonces los revolucionarios si es que pretendíamos tomar el poder, si es que queríamos seriamente la liberación nacional. Las masas trabajadoras insistían en las luchas reivindicativas agudizadas por la profundizaeión de la crisis económica del país, y al calor de esas luchas se radicalizaba su conciencia. Esta radicalización no encontraba respuesta —sin embargo— en sus direcciones conciliadoras, entregadas a los explotadores. Mientras tanto, los revolucionarios izquierdistas se enredaban en discusiones, al mismo tiempo que se dividían sin crear una opción propia para las masas y sin emprender una lucha concreta. Pensamos que habíamos caído en un círculo vicioso y que ésto sólo se rompería ante una situación de hecho. Pero para que esta situación de hecho produjera el efecto deseado, tenía que caracterizarse por atacar la médula del sistema y por la persistencia del ataque. Y esto sólo podría lograrse a través de una lucha de tipo guerrillero. Este fue nuestro pensamiento y la actitud asumida, su consecuencias práctica. Teníamos que transitar un camino inexplorado y sabíamos que podíamos cometer errores, pero comenzamos. Algunas cosas quedaron demostradas. 1) Es posible en nuestro país la lucha guerrillera. 2) Existen condiciones sociales y geográficas para ello. 3) Se puede asegurar su supervivencia. 1) La lucha guerrillera desorganiza al régimen poniéndolo a la defensiva, obligándolo a reprimir en condiciones más difíciles. 5) Plantea una opción real trasladando la situación a otro nivel.
    Creemos por esto que obtuvimos una victoria estratégica, aunque sólo sea por el hecho de demostrar la posibilidad de realizar este tipo de lucha en nuestra patria. La derrota es pues táctica y obedece a errores tácticos. Estos se corrigen en la medida que asimilamos la experiencia cotidiana.
    Pero aprendimos, además, otras cosas, pagando el alto precio de vidas heroicas. Aprendimos que la diferencia entre un revolucionario de verdad y un seudo-revolucionario es su consecuencia teórico-práctica y que esta consecuencia es un problema de decisión, de querer realmente la revolución, de amar realmente al hombre, de tener verdadera conciencia histórica. Aprendimos que vale la pena vivir cuando le damos a la vida un sentido humano, y el más profundo sentido humano fue siempre el desarrollo de la especie; que la vida de un individuo no es fundamental, pues lo fundamental es el triunfo de la humanidad. Por eso, quien ama realmente la vida humana, puede ofrendar la suya, porque sabe que cada hombre de mañana se forjará en las circunstancias que creemos los hombres de hoy. Por esto pagaron y pagan todos los días al precio de sus vidas, los revolucionarios que en todo el mundo combaten al imperialismo. Ellos son la expresión más alta de la humanidad en todos los tiempos, son su avanzada, son modelos de hombres nuevos. Sensibles n la injusticia, luchan contra ella escribiendo las páginas más hermosas de la historia de la humanidad.
    Ellos constituyen el rasero por el que debemos medirnos. Segundo, Hermes, Jorge, Antonio, Vallese, Pampillón, Hilda Guerrero, y tantos otros de nuestro pueblo. De la Puente Uceda, Lovatón, Camilo Torres, y todos los que han dado su vida combatiendo en todo el mundo por la libertad del hombro. Y el Che y Coco, y Tania, y sus compañeros ayer nomás, aquí cerquita regando con su sangre generosa el corazón indio de nuestra América, ejemplos de revolucionarios consecuentes, hermanos del hombro explotado de hoy, prototipos de los hombres que vendrán.
    Ellos nos enseñan que a la injusticia derivada de la esencia misma del régimen social imperante —la explotación del hombre por el hombre— no se la destierra con llantos ni con expresiones de anhelo; se la destierra peleando, derrotando a los que la sustentan, en el terreno mismo donde la lucha se plantee. Y únicamente así, no sólo la vida sino la misma muerte tiene un sentido humano. Porque luchar hoy contra la injusticia es luchar por una sociedad mejor, es asegurar el futuro plenamente libro de los hombres. Pensemos que sólo dentro de esta perspectiva podemos ubicar a los revolucionarios de nuestro tiempo, explicarnos su actitud humana y nuestra responsabilidad como herederos de sus luchas.
    Hemos visto a compañeros caer luchando en la plenitud de sus vidas. Cayeron buscando en la revolución la transformación de la sociedad de hoy, la creación de una humanidad nueva. Eieles a los hombres, consecuentes con sus ideales, interpretaron la necesidad histórica de esta época y asumieron su responsabilidad al igual que tantos otros en el mundo. Sus muertes son un canto u la vida nueva, al hombre libre, un canto optimista nacido de la certeza de que los mejores sentimientos humanos triunfarán. Hermanos de compartir sueños, esperanzas y caminos, nos une un afecto entrañable. De ahí que la caída de cada uno de ellos produjo en nosotros un sentimiento muy especial. Se integran en él la desesperanza de lo irreversible y el dolor de lo que se pierde, con el aliento renovado y la decisión reafirmada para las nuevas batallas en la lucha que sigue, preámbulo de la victoria que se aproxima. Son dolores de hoy que se mezclan con las alegrías del futuro. Los hombres libres de mañana confundidos con el recuerdo de los que hoy mueren combatiendo. Este sentimiento nos ha acompañado desde entonces cada vez que algún revolucionario en el mundo ha caído en el cumplimiento de su deber patriótico. La muerte del Che, hace un año, lo ha renovado con mayor fuerza aún, pues el Che era la exprosión superior del hombre que la lucha forja, síntesis clara de pensamiento y acción revolucionarios, de voluntad al servicio de una causa justa. Pero no concebimos su muerte sino ligada a un futuro próximo. Y pensando en el futuro, sabemos que sigue estando en nosotros, con nosotros, que su recuerdo y sus enseñanzas serán siempre la compañía cotidiana de los combatientes revolucionarios. Pues si hay algo que hace a la vida digna de ser vivida, imposible de terminar con la muerte física, es la vida consagrada al triunfo de un ideal que implica amor verdadero entre los seres humanos.
    Por eso decimos que al Che no tendrán que buscarlo ya los imperialistas en Bolivia, porque el Che estará hoy en cada guerrillero latinoamericano, en cada hombre sencillo que al influjo de su calidad humana, de su ejemplo combatiente, tome las armas para conquistar sus derechos. Y cuando la victoria llegue, el Che, arquetipo precursor, seguirá estando en cada hombre nuevo que surja del socialismo que él ayudó a nacer.
    El enseñó, además, que lo más hermoso es lo que se hace y no lo que se dice; que la solidaridad entre los revolucionarios es la acción práctica y no la discusión sin sentido, inmóvil isla; que si hemos de ser libres debemos correr riesgos, ser protagonistas y no espectadores; que la libertad no será nunca un regalo de los explotadores sino que hay que ganarla; que la fe en el hombre y en el socialismo como etapa superior del desarrollo de la sociedad humana se manifiesta luchando en el terreno que sea; que lo demás no son sino meras frases ingeniosas.
    Y esta es su enseñanza. El mundo de hoy está grávido. La humanidad necesita, para seguir avanzando, nuevas formas de organización social que superen las injustas relaciones actuales entre los hombres. Esto no ocurrirá fatalmente, si no como consecuencia de la voluntad de hombres dispuestos a oficiar de parteros. Sólo así nacerá el socialismo y, en las condiciones actuales, la lucha será contra el imperialismo y su eje pasa por los países subdesarrollados.
    Desde aquí, desde esta última trinchera del combate antimperialisia, concientes de la necesidad de empuñar las armas para la batalla definitiva, sólo podemos escribir para rendir homenaje a nuestro hermano mayor. Desda aquí afirmamos: Che, Comandante, nuestros oídos son receptivos, tus gritos de guerra nos han llegado y estamos dispuestos a entonar los cantos luctuosos con los tableteos de tu ametralladora. Che, Hermano Mayor, la historia que sin duda mañana escribirán los pueblos, te pertenece por entero.

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