{En este año del Guerrillero Heroico, el Ejecutivo de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), acordó exaltar al compañero Jorec Ricardo Masetti, Director fundador de PRENSA LATINA, en ocasión del Día Internacional del Periodista. Masetti, el Comandante Secundo, murió en 1951 combatiendo por la liberación de América latina en la provincia de Salta, Argentina.}

Intelectual revolucionario no es únicamente quien sea capaz de escribir una tesis ideológica o social o científica. Precisa también, para serlo, saber llevar el libro en la mochila y el fusil en bandolera para afrontar con odio al enemigo.
PRENSA LATINA tiene un ejemplo que mostrar al mundo. Es el de su fundador: Jorge Ricardo Masetti. El que entre los que luchan y los que lloran, supo escoger a los primeros, “para que muchas Lauritas puedan seguir viviendo”. El que después de muerto en las montañas de Salta, sigue viviendo también. Masetti, el guerrillero Masetti, el periodista, Jorge Ricardo Masetti, el intelectual revolucionario. Hijo de burgueses venidos a menos, nació en Avellaneda, un barrio de Buenos Aires, en 1929. De niño, enfermizo, viaja ranas veces a Montevideo para visitar a su abuela. Y ya entonces su imaginación es destacada. En los primeros años de la escuela, le imponen como tarca en su clase hacer una composición. La maestra al día siguiente le pide lea algo que no ha escrito. El despierto párvulo abre su cuaderno y comienza a “leer”. Ella sospecha algo fuera de lo común y se acerca. El cuaderno está en blanco y en realidad Jorge Ricardo está improvisando.
Con una sensibilidad miope, la maestra le impone un duro castigo. Ella será seguramente de las que lloran. Nunca estará entre las que luchan. A los 15 años comienza a trabajar en un periódico de Buenos Airea. Es realmente un estudio práctico de lo que sería su profesión.
Durante años trabaja en varios diarios, revistas y emisoras sin encontrarse a sí mismo, vaga por las redacciones elaborando noticias, corriendo detrás del reportaje, soñando con algo más profundo.
En los últimos años de 1957 entabla relaciones con un grupo de cubanos revolucionarios exiliados en Argentina. Lo que hasta entonces sólo era el peculiar laconismo del despacho de las Agencias de Prensa, se convierte en el temo de discusión cotidiana: la Revolución Cubana.
Decidido, Masetti eleva a los dirigentes de radio “El Mundo” su proyecto de trasladarse a Cuba, a la Sierra Maestra y hacer un reportaje sobre los que ya devienen famosos guerrilleros cubanos.
La razón el mismo la describiría en su libro: “Los que luchan y los que lloran”, al relatar la primera conversación con Che Guevara. “El deseo de esclarecer, primero que nada ante mi mismo, que clase de Revolución ora la que se libraba en Cuba desde hacía 17 meses; a quién respondía; cómo era posible que se mantuviera durante tanto tiempo sin el apoyo de alguna nación extranjera”.
Y continúa Masetti: “Pero yo, pese a todo eso, desconfiaba. Me negaba a dejarme arrastrar por entero por mi simpatía hacia los campesino-, mientras no escrutase coa la mayor severidad las ideas de quienes los conducían”. La desconfianza aprendida de oficio, se tornó solidaridad activa, hacia lo que él describía como “el ejército de niños hombres que celebraba a gritos y carcajadas la llegada de un fusil o una ametralladora”.
Y ampliando el análisis sobre su labor anotaba: “Mi misión fue absolutamente objetiva. Esa objetividad me hizo conocer la verdad. Y no es decente permanecer indiferente entre el bien y el mal, el honrado y el asesino, el patriota y el cipayo”.
Masetti realiza su primer reportaje en la Sierra Maestra con los Comandantes Fidel Castro y Che Guevara, regresa a La Habana y cuantío se entera que sus envíos no se han recibido en Buenos Aires decide volver a La Sierra y repetirlos.
Una vez logrado esto y llevándose consigo las grabaciones, parte rumbo a la patria. Se alejaba de Cuba, pero había sido tocado muy hondo por esta Revolución. Y se reflejan sus sentimientos en las palabras con que cierra el libro que más tarde, en setiembre de 1958, publicará en Argentina. “Y volví a encontrar dentro de mí una extraña, indefinible sensación de que despertaba, de que retornaba al mundo de los que lloran…”.
Una vez llegado a su patria comienza a dar una serie de conferencias sobre la Revolución Cubana, escrita para la radio y publica su libro. Comienza en Argentina un trabajo que debía continuar por otros países latinoamericanos: dar o conocer la Revolución Cubana.
El primero de enero de 1955 lo encuentra en esos trajines. En los primeros días de ese año habla por teléfono con el Comandante Guevara al que le hace una entrevista telefónica, recibiendo una invitación a trasladarse a Cuba. Viaja en un avión junto a los familiares del Che, y llega el día nueve de enero. Ya no se irá más de Cuba hasta su partida definitiva en el año 62.
Trabaja en la preparación de una reunión de periodistas internacionales que se celebra en esos primeros meses. Y en seguida comienza su trabajo de construcción de la Agencia de Noticias “Prensa Latina”. Sobre la Agencia escribe en setiembre de 1959: “Sabemos que a medida que He acrecienten los ataques contra la Revolución Cubana, o sea, contra Latinoamérica, también se aumentarán las dificultades que debemos superar. Es por eso que estamos corriendo contra el reloj, apurándonos para consolidar lo que ya tenemos y conseguir aún más en los países en donde recién estamos comenzando”.
Se mantiene en la dirección de la Agencia hasta los primeros días de abril del 61 en que pide al gobierno ser sustituido de su cargo. Aunque a los pocos días vuelve para hacerse cargo de ella durante el ataque del imperialismo a Playa Girón. Se mantiene en la dirección de la Agencia y participa en el interrogatorio de los mercenarios por radio y TV.
Al terminarse el peligro de la agresión, pasa un tiempo estudiando la Revolución Argelina y parte en octubre del mismo año a conocerla.
Toma contacto con el Estado Mayor del FLN se dirige a los campos de batalla pasando algunos meses con los combatientes argelinos. Vuelve después a Argelia, representando al gobierno cubano, al lograrse la independencia con los Acuerdos de Evian. Prepara un libro sobro la guerra argelina, el que deja inconcluso al partir definitivamente de Cuba, en los últimos meses de 1962. Entonces, ya era una obsesión lo que Comenzó a acariciar en sus días de la Sierra Maestra, junto a Che. Atrás habían quedado las redacciones de Buenos Aires. Las redacciones de La Habana. El nervioso ajetreo de su talento tras la noticia cada minuto, cada día. La conducción de la Agencia que fundó con un grupo que parecía tan soñador como él.
Cuando sólo un puñado pretendía cubrir el mundo informativamente. A principios de 1903. Ya con el libro en la mochila y el fusil en bandolera, el guerrillero Masetti escribía desde la montañas de Salta, Argentina, su tierra natal: “Ya van cuatro meses y medio que aguardamos, con ansias controladas pero que nos devoran, el momento de rendir «nuestra materia». Siempre presente, las primeras palabras de la carta de Martí a Mercado que constituyen también las iniciales de la Segunda Declaración de La Habana: Ya puedo escribir… Ya estoy todos los días en disposición de dar la vida por la patria.
“Y la realidad que se presenta ante mí permanentemente y en la que hago reflexionar siempre a mis «compañeros de cursos es eso: nada hemos hecho hasta ahora. Ni siquiera tenemos derecho a reclamar por un error o a reclamar por una injusticia. Sólo podremos exponer nuestras ideas, predicar la Revolución, cuando hagamos la Revolución. Mientras tanto, nada tiene valor.”
“Si alguna vez expuse mi vida por Cuba, no puede considerarse sino como pago de una infinitésima parte de lo que yo aprendí de ella y de su pueblo. Y eso, si alguna vez, realmente, mi vida estuvo en peligro, mas que la de cualquier ciudadano corriente en Cuba.
“Por eso, cada vez cobran más valor para mi y trato de que así sea para mis compañeros las palabras de Martí. Hasta que no estuvo en disposición de dar todos los días la vida por su patria, no se consideraba (él, que todo lo había hecho), con derecho a escribir siquiera. ¿Que derecho tenemos nosotros? Tenemos que ganarnos el derecho a tener derechos. Y eso sólo se consigue entregándolo todo”. “Mucho aprendí en Cuba y creo haber asimilado bastante. Vi en ella triunfar al pueblo en una guerra y al pueblo comenzar una Revolución, desarrollarla en medio de las más grandes dificultades y cimentarla pese a sacrificios que asombrarán a la historia de la humanidad. He tenido la dicha de ser testigo de todo eso y de participar en algunos acontecimientos que ya son parte de la Revolución Cubana. Que me resta ahora, sino la más sagrada obligación de practicar lo aprendido. El hecho de haber sido testigo y protagonista a veces junto con otros compañeros de hechos que constituyeron eslabones de la Revolución Americana, hace que sea ineludible para mí no otro camino que el de la Revolución.
“En Cuba tuve las más grandes alegrías y los más grandes sufrimientos de mí vida. ¿Pero, acaso la Revolución es otra cosa? Llegué a la isla como un observador de buena voluntad, como lo había sido hasta entonces. Daba mi colaboración a lo que creía justo, ayudaba a lo que consideraba más honesto y me sentía satisfecho por ese “lujo” que constituía ser una especie de rebelde solitario y sin más compromisos que los que yo creía debía asumir. Pero eso, lo comprendí después, era nada más que una posición absolutista, un lomar de la lucha lo que nos gusta, y dar la espalda a lo que nos desagrada.
“Participar en la Revolución es distinto. Ya no ocupamos el sitial de juez, niño el de testigos, el de acusado y el de fiscales, indistintamente. Y jamás pasa por nuestra mente el deseo de renunciar, de abandonar la pelea. Ya no somos idealistas, pero seguimos batiéndonos por principios. La Revolución ya no es un acontecimiento a observar, un hecho histórico a criticar, sino que la Revolución somos nosotros mismos, está en nosotros, es nuestra conciencia y la que nos juzga y nos critica y nos exige.
“Sabemos que nada podemos pedirlo y sin embargo, estamos conscientes de que tiene derecho a todo.
“La Revolución va haciendo nacer en nosotros la vocación revolucionaria, un apasionado deseo de justicia social, una rebeldía superior a nosotros y a toda nuestra vida anterior. ¿Qué revolucionario puede echar una mirada atrás y dar algún valor a algo que hubiese hecho antes de entregarse a la Revolución? Todo nos parece absurdo, sin sentido, inocuo, desoladamente baldío, un eterno alimentar nuestro amor propio para acomodar a la conciencia, como el comerciante que acumula riquezas para ensanchar su panza.
“Hasta que toda la humanidad esté liberada, sólo la Revolución puede constituir el quehacer de los hombres honrados. Patria o Muerte. Patria socialista, justa, pareja, sin privilegiados, ni elegidos, o muerte gloriosa, en la trinchera codo con codo con el hermano, con el compañero a quien no se pregunta si pertenece a algún clan para entregarle el fusil con que defenderá su tierra revolucionaria, o cuántos libros ha leído para poder morir peleando.
“La Revolución es hermosa, pero no debemos mirarla desde un punto idealista, sino real, con todo lo que mueve y remueve. Y por eso es dura, tanto que exige hasta el último sacrificio.
“Vuelvo a repetirte que me siento optimista y alegre. E iré a rendir mi examen con la más absoluta confianza en el triunfo. Porque contaraos con todo para vencer. La mujer y los hijos constituyen muchas veces uña excusa para los débiles, pero son un acicate en la conciencia de los Revolucionarios”. En otra carta de finales del 63, Masetti cuenta sobre la situación de la guerrilla:
“Ahora llevamos recorridos más de un centenar de kilómetros en el mapa, aunque en realidad son muchísimos más.
“Nuestro contacto con el pueblo es desde todo punto de vista positivo. De los coyas aprendimos muchas cosas y a ellos los ayudamos en todo lo posible. Pero lo más importante es que quieren pelear. Es que reconocen que es su única alternativa. Que ningún gobierno hará por ellos más de lo que hirieron decenas de gobiernos anteriores. En esta una región en que la miseria y las enfermedades alcanzan el máximo imaginable, lo superan. Impera una economía feudal. Aún los arrenderos deben ir a prestar servicios a las fincas del “señor”.
“Quien venga aquí y no se indigne. Quien venga aquí y no se alce. Quien pueda ayudar de cualquier manera y no lo haga, es un canalla egoísta.
“Para comprender aquí la necesidad de luchar no hace falta ser revolucionario, ni marxista, ni otra cosa que ser hombre y tener sentimientos. “Para comprender aquí la necesidad de luchar no hace falta ser revolucionario, ni marxista, ni otra cosa que ser hombre y tener sentimientos.
“Los otros días llegamos a un ranchito. Había tres criaturas. Dos de ellas huérfanas y una muy enferma. Vomitaba todo lo que comía. A los huerfanitos les había hecho matar el padre unas semanas antes el “hombre fuertes” de la zona, que representa en la región los intereses del amo, un testaferro. La madre había muerto no sabían de qué. Y la chiquita enferma, “ya está lista para el hoyo, como los dos hermanitos que murieron así”. Y esa gente lo decía casi con resignación, como si hablasen de algo inevitable. Nuestros médicos le dieron antibióticos a la chiquita. Cuatro días después la chiquita comía su maíz sin problema.
“Yo pensé en mis hijos, a ellos sólo les falta el padre. Pero por ese sacrificio, cuántas Lauritas podrán seguir viviendo. Ser un poquito más felices y un día, tener todas las comodidades que necesita un niño”. Luego, meses después de estas líneas, una noche se acostó con la muerte en el bosque de los guerrilleros, Jorge Ricardo Masetti llegó a sentir desprecio por los que lloran, como definió a los conformistas. A los que mendigan los derechos. Masetti escogió la senda de los que luchan. La senda que le pertenecía. La de los que no perecen jamás.

Por Gabriel Molina

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