Padres Gaido y Delaferrera

  • Experiencia Pastoral
  • I. — La verdad confía más en su silenciosa e incontenible fuerza interior que en fáciles apologías.
    En la medida en que ella es más profunda e integral, más tiene que descartar exitosos inmediatismos para: remitirse al veredicto quizá lejano pero siempre irrevocable de la historia.
    Sin olvidar tampoco que en algún cruce de su camino podrá siempre estrellarse con la fuerza irracional que la ahogará en una amarga pero pasajera desesperanza.
    Ella constituye en efecto el tributo necesario de su victoria definitiva.
    Esta es la causa de que tanto hayamos esperado antes de decir nuestra palabra acerca de un hecho que tuvo la virtud de desnudar y poner al vivo la vida íntima de nuestra querida Iglesia.
    Así mientras que conocidos sectores, que desde afuera contemplaban los acontecimientos, se expedían en toda clase de juicios, quienes protagonizábamos los mismos, preferíamos callar. Para no trabar el normal e inexorable curso de la verdad, del crecimiento del Reino de Dios.
    Y si hablamos hoy, cuando en nuestro fracaso ya nada nos queda por defender porque todo se nos ha quitado, es porque vemos cumplido el primer tramo del proceso, es porque deseamos dar elementos de juicio esclareciendo a los que quieran. Optando por la historia y regalando la anécdota a quienes puedan vivir sólo de ella.
    II. — La experiencia pastoral de Cristo Obrero fue violentamente interrumpida.
    Nada de lo que había constituido su modesta historia —un tímido esfuerzo por bajar a la realidad las tan analizadas líneas conciliares— había hecho sospechar medida tan radical.
    Las razones para conferir a tal decisión un viso de legitimidad no se hicieron esperar.
    1) Se trataba, según algunos, de una pastoral ruidosa, chocante, revolucionaria. Admitiendo, cosa que dudamos con mucho fundamentó, un conocimiento profundo de ella, ¿qué alcance tiene tal acusación? Si por ruidosa, chocante y revolucionaria se entiende una pastoral que se esfuerza por romper la milenaria barrera que separa lo sacro de lo profano, que se preocupa por llevar el fermento evangélico a todas las realidades del hombre de nuestro tiempo, que confía con optimismo inquebrantable en todos los nombres rociados indiscriminadamente por la sangre de Cristo, que encuentra en ellos respuesta entusiasta porque la ven aparecer más que como un código represivo como un factor positivo de construcción, nos sentimos muy honrados de que nuestra experiencia pastoral haya sucumbido por lanzarse a tal empresa.
    2) Según otras voces el delito consistiría en haber orquestado al estudiantado, lanzándolo a la lucha en la que aún hoy se encuentra enrolado. Amén de que tal acusación puede ser sólo fruto de una mentalidad primitiva e irrespetuosa, afirmamos su total falsedad y rogaríamos que públicamente se la sustente con algún hecho digno de crédito. En situaciones tan delicadas, la honestidad exige pruebas revestidas de seriedad más que anécdotas con olor a conventillo.
    3) Dejando de lado por último ciertas difamaciones, que indican por su nivel el grado de decadencia humana en que viven ciertos bautizados, hay una tercera acusación. Tolerable quizá por una religiosidad híbrida, pero denigrante e inaceptable para quienes creen firmemente que la entrada a la Iglesia no exige la renuncia a ser hombres. La acusación de que hemos engañado. Y bien, frente a esto, declaramos con toda firmeza que tal acusación, provenga de quien provenga, es una incalificable calumnia, cuya falsedad estamos dispuestos a demostrar sea privada o públicamente.

  • Compromiso Total
  • III. — Hubo sí un hecho del cual nos hacemos totalmente responsables, y que en sus diferentes manifestaciones constituyó la columna vertebral de toda nuestra acción parroquial: nuestro compromiso con el estudiantado. El fue nuestra meta suprema y nuestra solicitud constante porque firmemente creemos que una Iglesia incapaz de hacer suyos los gozos y esperanzas, las alegrías y tristezas de los hombres y ambientes en que actúa, no es la Iglesia del Verbo hecho carne, no es la Iglesia del Evangelio, no es la Iglesia del Concilio Vaticano II.
    1) Quisimos en primer lugar un compromiso universal que abarcase a todo el estudiantado sin otra discriminación que la honestidad y buena voluntad, valores para nosotros esencialmente cristianos. No hemos querido tener ni la habilidad ni la diplomacia necesaria para regodearnos especulativamente con un estudiantado abstracto que ocupase nuestra oratoria dejando tranquilas nuestras vidas. Para nosotros el estudiantado eran todos los estudiantes de carne y hueso, eran sobre todo las agrupaciones, a través de las cuales, de la mejor manera, puede hacerse realidad el núcleo central del Evangelio: el amor, la preocupación concreta por el prójimo. Si en alguna circunstancia nuestro compromiso fue con un gremio determinado, eso no oscurece nuestro real contacto con todos, ni significó preferencia alguna, como elocuentemente lo atestiguan los hechos.
    2) En segundo lugar pretendimos un compromiso amistoso. El contacto mantenido con el estudiantado nos dio la posibilidad de descubrir sus enormes virtudes y riquezas. Ellas constituyen, pensamos, la mayor acusación lanzada a un orden caduco que frontalmente herido responde con insultos y la fuerza. Nadie nos creerá sin embargo tan ingenuos de no haber descubierto también sus defectos. Pero hoy más que nunca pensamos, que esos estudiantes están ya hastiados de jueces que sin ninguna autoridad moral, porque nunca se jugaron, lanzan condenaciones y anatemas desde el cómodo sitial de su aburguesamiento. Hoy más que nunca pensamos que esos estudiantes necesitan y ansían amigos, maestros, que con autoridad y títulos históricos, primero se pongan al lado y luego recién aconsejen. Están cansados de manos tendidas demasiado limpias porque esperan en la historia lo químicamente puro. Prefieren estrechar las que han tenido la valentía de ensuciarse con lo que históricamente es siempre ambiguo.
    3) Buscamos en tercer lugar un compromiso eclesial. Sólo mentes infantiles, que se caracterizan por su incapacidad de matizar y distinguir, pudieron confundir nuestra actitud con los requerimientos gremiales concretos. Habernos comprometido para posibilitar la reanudación de un diálogo evidentemente interrumpido, no significa dar la razón a una u otra de las partes. Posibilitar el derecho tan humano de la huelga para hacerse oir, es obedecer al Magisterio de la Iglesia
    4) Fue por último el nuestro un compromiso servicial. La Iglesia servidora de los hombres que tan significativamente personificara, el Papa Juan, quisimos fuese nuestra Iglesia. Sierva de los hombres, especialmente de los más débiles, desprovistos, pobres. Que una Iglesia así sea usada, instrumentada, lejos de ocasión de escándalo debe ser nuestro más preciado timbre de honor. Significa que se la valora, que sirve, que tiene mucho para dar a los hombres. Una cosa es sin embargo que sea usada, instrumentada por sectores privilegiados para defender intereses egoístas de tipo económico, racial, político o cultural; y otra cosa muy distinta es que sea instrumentada por sectores populares mayoritarios para defender derechos humanos conculcados. Hemos elegido lo segundo, convencidos que si la Iglesia no sirve para eso, no sirve para nada.

  • Sectarismo y Pesimismo
  • IV. — Evidentemente que un compromiso de esta índole, tal cual hemos tratado de describirlo, resultaría incompatible con ciertas realidades que ejercen en diferentes niveles una influencia innegable.
    1) Una determinada concepción teológica, según la cual la Iglesia acabaría con los límites de los Templos, de los conventos, de los institutos de enseñanza privada, del núcleo de militantes de acción católica, tendría obligadamente que rechazar un compromiso que partiendo de una concepción teológica más envolvente, tratase de romper barreras sectarias y de superar estilos de vida cortados del tiempo, para injertarse en la mente dinámica y el corazón palpitante de la sociedad de su tiempo.
    2) Una determinada constitución psicológica, vulgarmente conocida como burguesa, que en su pobre y débil andamiaje interior, cuidase y defendiese con desvelo cargos, posiciones y privilegios —choza mullida en la que hiciese durar su existencia—; una estructura psicológica inficcionada de un pesimismo metafísico que hiciese de la vida un mal que hay que narcotizar de cualquier manera; semejante estructura que entronizase la virtud del orden entendido como nivelación uniforme, ausencia de tensiones, garantía de seguridad exterior, necesariamente rechazaría un compromiso que fuese signo de vitalidad, invitación al riesgo, llamado a la personalización, que entendiese el orden no como la cómoda pasividad del rebaño echado en el camino, sino como la marcha ascendente de hombres que en la emulación amplia y caritativa traman su historia peligrosa.
    3) Una determinada situación social, que agotase la naturaleza y función de la sociedad en grupos selectos que desde la cúspide monopolizasen poder, privilegios y ganancias, dejando a las bases una función de pasiva servidumbre y esclavitud; una tal situación de cuño en definitiva clasista que pisotease lo que evangélica e históricamente resulta indiscutible: la igualdad de todos los hombres; tal situación que se tornaría más agresiva en la medida en que avizorase su cercana defunción, evidentemente rechazaría un compromiso que fuese esfuerzo de integración, anhelo de promoción horizontal, que estableciese la línea divisoria no entre poderosos y débiles, ricos y pobres, élites y pueblo sino entre lo veraz y lo falso, lo auténtico y lo inauténtico, lo generoso y lo egoísta.
    4) Por último, una estructuración política que pretendiese ejercer un proteccionismo con respecto a la Iglesia por no respetar los necesariamente autónomos ámbitos de acción; que fuese despóticamente intolerante y persecutoria por ser ideológicamente raquítica; que fuese anacrónica por ignorar el grado de madurez y desarrollo de la comunidad, declamando soluciones exteriores demasiado mesiánicas para ser verdaderas, sin lugar a duda repelería un compromiso que implicase una libertad total de la Iglesia, que se apoyase más en el diálogo y la persuasión que en la fuerza y la imposición, que servicialmente se comprometiese con lo que podría significar un cambio estructural de fondo, rechazando disfraces pasajeros de males inveterados.

  • Comenzar de Nuevo
  • V. — No queremos finalmente concluir esta nuestra última carta sin las reflexiones que se desprender de cuanto llevamos dicho.
    1) A nuestro Obispo, nosotros sus colaboradores en el único sacerdocio de Cristo, le decimos gracias porque un día nos encomendó esta comunidad, a la que hoy por expresa voluntad suya debemos abandonar. Esta separación que se nos impone nos duele, porque es duro alejarse de aquéllos a quienes se ama intensamente.
    Nos duele, pero aceptamos su decisión con el corazón limpio y ajeno a cualquier móvil menos puro. La aceptamos totalmente, aunque no entendemos mucho, aunque desorientados buscamos una hendidura que deje entrar un poco de luz.
    Nos duele este tiempo en que fuimos sacerdotes sin Altar y sin Ambón, aunque nadie nos podrá impedir seguir siendo testigos de un Resucitado.
    Nos duele irnos, apareciendo como mercenarios que han expuesto las ovejas a los peligros del camino, aunque entendimos compartir con nuestro Obispo y con ellas los riesgos del compromiso.
    Nos duele irnos como no se va ningún pastor, sin la posibilidad de partir el Pan por última vez con los hermanos que nos acompañaron, aunque seguiremos consagrando y comulgando con aquéllos a quienes vamos.
    Nos duele la justicia que no vemos o no entendemos, aunque no hay en nosotros ningún resentimiento que proceda de un corazón mezquino.
    2) A nuestros hermanos sacerdotes les decimos que estamos confiadamente seguros que seguirán anhelando y construyendo una Iglesia sin mancha y sin arruga, capaz de infundir esperanzas a los hombres, siempre dispuesta sin ningún tipo de traición para hacer presente en la historia a Jesucristo que proclamó las Bienaventuranzas, que comió con los pecadores, que todo lo dejó por buscar la oveja perdida, que dio testimonio de la verdad, que murió como malhechor condenado por la justicia humana.
    Que tal vez nuestro amor a ellos ha sido menos evidente porque nunca entró en nuestro actuar el cálculo o la hipocresía. La vehemencia con que defendimos nuestras convicciones pudieron aparecer dureza, desaprecio o ausencia de diálogo con las posiciones que no compartíamos.
    Siguen al frente de sus comunidades y para nosotros la ruta cambia y la búsqueda comienza de nuevo con todas sus dudas, con todos sus riesgos, pero la emprendemos gozosos, con espíritu confiado y corazón muy joven. Nuestros hermanos sacerdotes harán posible ante Dios que como en el día de la Ordenación, nos juguemos de nuevo dando testimonio de la verdad.
    3) Quizás algunos se escandalizaron porque nuestra pastoral pudo no ser la más común, pero intentábamos una pre-evangelización no estando tan seguros de que nuestra Córdoba no sea una verdadera tierra de misión; porque quisimos hacer dpi Ministerio Pascual lo esencial en el Culto y tal vez desapreciamos devociones demasiado arraigadas; porque quisimos hacer del amor a Dios y al prójimo la fuente de la moral, y quizás insistimos poco o nada en lo tantas veces predicado. Porque entendimos que no basta la palabra hablada para anunciar el Reino, y aceptamos la mano de los hermanos encallecida por el quehacer histórico, sabiendo que esperar la mano tersa puede significar quedar marginados en la construcción de la ciudad. Porque tal vez tomamos, como señalando el camino, la urgencia en la búsqueda y en el diálogo con los que se sienten fuera, y descuidamos a los pocos que demasiado seguramente se sienten dentro.
    4) A nuestros hermanos cristianos que con nosotros trabajaron, se alegraron y sufrieron, con el corazón inmensamente agradecido, les decimos que el ideal permanece inconmovible. El ideal al que el Señor nos llama es absoluto, verdadero, pero muchas veces se realiza de una manera diferente a lo que nuestro personal parecer y entender. Dios nos exige hoy un cambio de ruta que parece destruirlo todo. Y sin embargo el Señor es el mismo. El que habló al principio, no puede ahora destruir todo lo edificado. Aceptemos y abandonémonos en El. Nosotros sólo podemos dar a Dios una cosa verdaderamente grande, en comparación de la cual todas las demás son nada: fiarnos de El.
    Fiarse de Dios significa tener el coraje de comenzar de nuevo, y sobre una obra inconclusa hasta en lo material, que como signo queda plantada entre ustedes, hacer crecer el Reino de Dios con la esperanza de que ya nunca ese hacer se vea interrumpido.

    LOS PADRES DE CRISTO OBRERO
    Córdoba, octubre de 1966.

    Tags: ,