A los que sentimos el llamado de «ponernos de pie y levantar nuestras cabezas, porque la hora de la liberación se aproxima»,
a los que queremos participar en la revolución para que esa hora de la liberación se acerque y se realice en nuestra generación,
a los que vemos en la revolución la única manera eficaz del amor para todos los hombres, y especialmente para los pobres, los desposeídos y los humildes,
a los que nos hacemos permanente violencia en nuestro corazón para convertirlo en el corazón del hombre nuevo capaz de hacer la nueva humanidad,
a los que reconocemos la lucha de clases —provocada y mantenida por los ricos— como la forma trágica de la solidaridad con las víctimas de esa lucha inhumana que se ensaña siempre con los débiles,
a los que estamos hartos de la prédica en el desierto del corazón de los poderosos, y creemos que ha llegado la hora de armar la conciencia y los brazos de los humildes para reivindicar los derechos y la dignidad de la persona humana,
a los que nos conmueve la existencia miserable de las multitudes de nuestro continente y del nuevo proletariado de la humanidad que son los pueblos del tercer mundo, hasta identificarnos con ellos en su misma suerte de luchas, de derrotas y de victorias,
a los que nos sentimos solidariamente culpables del hambre, la desocupación, la prostitución, el analfabetismo, la inseguridad y el miedo de millones de hermanos y estamos dispuestos a unirnos a ellos en su larga marcha hacia la liberación,
a los que nos duele la muerte, el frío y las enfermedades de los niños que caen cada minuto en las frías estadísticas de los asesinos explotadores imperialistas y sus cómplices nacionales, como si fueran la muerte, el frío y las enfermedades de nuestros propios hijos,
a los que somos capaces de temblar todavía de indignación cada vez que se comete una injusticia en cualquier lugar del mundo, contra cualquier hombre, porque su piel es negra o amarilla, porque pertenece a otra raza, o otra clase, a otra idea,
a los que no nos hemos resignado a la rutina de las noticias que cada día nos muestran la masacre y el genocidio del heroico pueblo de Vietnam en nombre de la defensa «de los valores occidentales y cristianos»,
a los que padecemos en nuestra carne y en nuestra sangre la persecución, las torturas y la muerte por razones políticas, sociales, sindicales, ideológicas, y nos rebelamos ante la colaboración de los cristianos que aprueban, ejecutan o callan frente a estos crímenes que claman justicia.
a los que no podemos —como no pudo CAMILO— ofrecer la oración o la ofrenda a Dios, mientras nuestro prójimo cercano y latinoamericano nos reclama la deuda agobiante de la complicidad con el sistema de la injusticia y la explotación, del servilismo al reino del egoísmo y del dinero,
a los que esperamos recibir la muerte —como lo supo hacer el CHE— con un saludo de bienvenida y de esperanza, porque nuestra pequeña y humilde vida quedará incorporada definitivamente en la lucha de la humanidad que ha dicho ¡basta!,
a los que necesitamos encontrarnos para reflexionar sobre todas las tensiones que estamos viviendo en el proceso revolucionario y para coordinar esa solidaridad efectiva y activa que nos señale ante el mundo como los hombres que seremos juzgados en el Amor,
a los que sentimos que nuestro deber de cristianos es el de ser revolucionarios,
a los que sabemos que el deber de todo revolucionario es hacer la revolución.

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