Los vecinos villeros rechazamos indignados las normas policiales de «integración a la sociedad» que se imponen en las villas transitorias.
Los habitantes de las villas de emergencia nos consideramos más dotados en virtudes (principalmente humanas) que los que autotitulándose representantes de la sociedad, son los que a través de salarios de hambre, nos han condenado a vivir como vivimos.
El problema de la vivienda nos impresiona menos que el hecho de que cada día se nos hace más difícil dar una alimentación adecuada a nuestras familias, vestirlas y financiar la educación de nuestros hijos, o rescatarlos de la muerte al presentarse enfermedades que ya son exclusivas de nuestras villas: diarreas estivales, tuberculosis, etc. por la misma miseria, por la suba escandalosa de los precios de los comestibles, por el costo de los medicamentos, por la mercantilización de la medicina y la ciencia medica y los hospitales en los que debemos pagar hasta las sábanas.
De nada nos serviría habitar la más confortable de las viviendas si con los magros salarios apenas podemos mal alimentarnos; sería como el comprar en cuotas el más hermoso cajón mortuorio donde esconder nuestros miserables, despojos; de lo que podemos extraer la conclusión de que es una quimera pretender que podamos pagar las cuotas, para nosotros siderales, de las casas definitivas del Plan de Erradicación de Villas.
Como complemento para una reflexión más amplia de nuestra desnudez y que ya nadie di. cute, sirva como ejemplo que de la cifra que personas autorizadas hacen ascender de 45.000 a 60.000 muertes infantiles del año
1968, la casi totalidad corresponden a los niños de las villas de emergencia de nuestro país y el resto a familias de la clase trabajadora que viven en conventillos urbanos y que viene a ser lo mismo.
Es muy significativo por otra parte que nunca supimos que a los oligarcas o a sus lacayos se les muera un chico por falta de dinero para comprar medicamentos.
Es cierto que en nuestras villas existen familias que pueden enfrentar cómodamente el pago de las cuotas de las casas definitivas, pero se trata apenas de una minoría a los que recordamos su deber solidario para los que apenas podemos sobrevivir.
Para nosotros, porque queremos existir, porque queremos el vigor pleno de nuestras fuerzas, porque sabemos que nuestros patrones nos echarían del trabajo si no estamos bien alimentados, a pesar de que son ellos y el gobierno los culpables de la falta de fuerza de nuestros compañeros, porque queremos hijos bien nutridos y fuertes para soportar las calamidades epidémicas y la vida dura e injusta a que nos tiene sometidos «la sociedad».
COMER es más importante que el lujo de contar con una casa urbana que por más modesta que sea, para obtenerla debemos dejar de mal alimentar a nuestros hijos, debemos dejar de malvestirlos y ahorrar a costa del hambre, raquitizando hasta el simple acto de tomar agua.
Ya no es posible vivir ni en los caños, porque lo que ganamos no tiene poder de compra de los elementos más indispensables para subsistir; menos es posible vivir en una casa urbana, por el costo de su mantenimiento, pagos de agua, pavimento, luz, impuesto de todo tipo y pretexto existentes, y los nuevos impuestos que serán pretextados por la «sociedad» para acogotar más y más a los que como nosotros con nuestro sudor y nuestras manos —y el fantasma indigente detrás— hemos construido todos los bienes y riquezas visibles.
Y esa sociedad usufructuadora de nuestro sudor es la que convierte ese mismo sudor en chauchas. Y cuando nos paga una chaucha más es después de que le pataleamos con huelgas, es después que torturan y matan a nuestros compañero?, es después que los gobernantes y los medios de difusión nos rotulan de peronachos, de comunachos, como si fuera un insulto, de extremistas. Con ello tratan de crear una sicosis o sonsera pública para ocultar la «avaricia» de la «sociedad», la injusticia de nuestra indigencia y la desnudez de nuestros hijos y toda la clase trabajadora.
Conclusión:
La sociedad en boca de esos bribones es la gran mala palabra.
Por ello es que los habitantes de las villas de emergencia al tomar conciencia de nuestra desnudez y reflexionar sobre nuestra situación —que no es natural, ni ordenada por Dios, ni por la Virgen, su madre—, sino por la sociedad de zánganos representada por el mercachifle al que Cristo expulsó del templo, por especular y vivir del esfuerzo ajeno, venimos con nuestros curas villeros a ofrendar a la mama del divino peleador, nuestra decisión de pelear para liberarnos, como peleó su hijo Jesucristo, sin miedos, jetoneando las verdades y enfrentando a la muerte en defensa de la vida plena a la que aspiramos. Este sacrificio es el que nos exigen los sesenta mil niños que mueren por año y que no resbalan por nuestra conciencia.
Aplaudimos como nuestro el documento que en el día de la fecha han producido los curas villeros, estando totalmente de acuerdo con todas sus partes.
VILLAS Y BARRIOS DE EMERGENCIA DE BUENOS AIRES

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