Muy bien ¿qué haría usted? Tarde o temprano quien critica la política de Estados Unidos en Vietnam se enfrenta a esa pregunta —argumento realmente demoledor—. Hasta ese momento podía estar ganando la discusión. Su interlocutor quizás le reconoció que fue un error enviar tropas norteamericanas a Vietnam, que no existía mando de la SEATO o de cualquier otro «instrumento» semejante, que la guerra es espantosamente destructiva, que la pacificación no marcha, que Hanoi no
responde como era de esperar al bombardeo —en síntesis, que todo lo hecho hasta el momento ha sido un error—. Pero ahora cómodamente instalado en esa montaña de errores, mira magnánimo desde las alturas al crítico y le invita a dar soluciones. Tiene la seguridad de que le será imposible salir del paso con una.
Y en cierto sentido tiene razón. Si le dice «Vayanse» —la única solución lógica— le contestará «¿Cómo?» Y se respantigará sonriente. Ha ganado. Se volvió la tortilla, y el crítico está a la defensiva. Si intenta trazar un plan de evacuación rápida, consciente de que 464.000 soldados, más los servicios civiles de abastecimiento, no pueden desaparecer de la noche a la mañana (y qué hacer con los «leales» vietnamitas —¿los abandonamos o les habilitamos una línea aérea a Taiwan?), el plan inevitablemente parece flojo e improvisado en comparación con la gran concentración de poder y el profesionalismo de esta guerra que se está librando.

  • Trampa para Tontos
  • La debilidad fundamental en el pensamiento de la mayoría de los opositores de Johnson es no darse cuenta de que el problema es una trampa para tontos. En general, por más eminentes que sean, por más celo que demuestren en proponer «recomendaciones positivas», «soluciones», una gradual y prudente retirada, dejan la sensación de simple censura y de tener mejores alternativas propias. The Bitter Heritage (La herencia amarga) de Arthur Schlesinger es un ejemplo lastimoso:
    «convincente, lúcido, penetrante — nos dice lo que se debe hacer en Vietnam» (John Gunther)—. Es convincente, lúcido, penetrante hasta que Schlesinger nos dice lo que se debe hacer en un capítulo titulado «The Middle Course» en el cual urge una solución política mientras insiste en la necesidad de seguir aplicando la fuerza (moderadamente) para lograrla, intentar negociaciones «disminuyendo» paulatinamente los bombardeos (sin cese de fuego en tierra, previene —demasiado peligroso—),
    prometer al Vietcong «intervención» en el futuro de Vietnam pero no, por supuesto, demasiada intervención, confiar en los «procedimientos» orientales o en el precedente de Lao3 para resolver las pequeñas dificultades que se interpongan a un gobierno de coalición. Quien esté de acuerdo con los argumentos negativos de Schlesinger desearía recortar cuidadosamente, con una navaja de afeitar, sin dejar rastros, este capítulo del libro, antes de prestarlo a un amigo menos convencido. Frente a la fórmula de Schlesinger para enfrentar la «amenaza comunista», el lector tiende a creer que la fórmula de Johnson es mejor.
    La misma sensación de hundimiento producen Richard Goodwin en «The New Yorker», las «soluciones moderadas» de J. K. Galbraith (ensalzadas por James Reston), el programa de ocho puntos del senador Fulbrigth, y, triste es decirlo, en general todas las intervenciones de Fulbrigth. Emerge con claridad, superada la chachara, que ninguno de ellos se opone realmente a la guerra. O no lo suficiente para dejar de pensar en términos de «soluciones», que suponen cualquiera de ellas continuar la guerra, con ínfimos matices de diferencia, hasta que el Vietcong o Hanoi (Schlesinger expone la excitante posibilidad de una «escisión explotable» entre el Vietcong y Hanoi) estén dispuestos a desear la paz.
    Incluso un hombre como George Kennan, que sin duda considera errónea la guerra y formula testimonios impresionantes contra nuestra política ante el comité Fulbrigth, no tuvo el instinto que lo previniera de no meterse en honduras. Presionado por atolondrados senadores a decir qué haría si fuera el presidente (pasando por alto lo ya hecho), Kennan cayó en la estrategia del enclave, y se convirtió en un blanco fácil para los militares, que pueden demostrar sin inconveniente cómo los enclaves fueron un fracaso para los franceses en su guerra, cómo los guerrilleros de Tito supieron que habían ganado cuando lograron movilizar a los nazis hacia enclaves costeros, cómo en realidad, cuando se pelea contra guerrillas el último lugar donde se quiere estar es sumergido en un enclave. Y el propio Kennan debió darse cuenta de que había perdido una partida en la lucha por la paz cuando se dejó arrinconar para ofrecer inconsecuentes recomendaciones de sillón, en el terreno hostil, erizado con alertas antenas de TV, del sentimiento popular estadounidense.
    Esos son los errores de una oposición que desea ser responsable, en contraposición a la «irresponsable» oposición que quema sus libretas de reclutamiento o se niega a pagar impuestos. Para asegurarse la absoluta diferenciación de esos indeseables, se comporta a veces como una tropa de «Eagle Scouts». Basta pensar en el ridículo mensaje enviado a Vietnam del Norte por dieciséis congresistas «palomas», una exhortación a Ho a comprender que son: a) una minoría no representativa y b) leales norteamericanos cuyos discursos no están dirigidos a Hanoi ni deben ser «mal interpretados» por éste.

  • Demasiados Cobardes
  • Un reciente editorial del «New York Post» critica la suspensión de la libertad de expresión, (garantizada por la nueva constitución) decretada por el gobierno de Ky y continúa: «No podemos atender el consejo de los tímidos y los extraviados y retirarnos. No nos atrevemos a apartarnos de los deberes que exige la democracia». La verdad es que el Post es demasiado cobarde para poder exhortar a la retirada. Para la respetable oposición, la evacuación unilateral se ha hecho paulatinamente más inconcebible a medida que la intervención estadounidense se ha extendido. Era perfectamente concebible antes de 1961. Era concebible incluso para Bobby Kennedy hasta setiembre de 1963, cuando, en una reunión del National Security Council, preguntó si no habría llegado el momento de irse. Es aun concebible, aunque ya no para los Kennedy, que fuera del poder, no se atreven a razonar como quizás lo hicieran en la reserva de un consejo presidencial.
    Aun podemos, si lo deseamos, emprender una «retirada francesa» del Vietnam, y cómo debe hacerse no concierne a quienes se oponen a nuestra presencia allí. Cuando los profesores y los intelectuales franceses del comité de los 121 insistían en que Francia debía salir de Argelia, no proporcionaron a De Gaulle un programa de diez puntos para decirle cómo tenía que hacerlo. Correspondía a De Gaulle, decidirlo. Era el responsable y no ellos. Como intelectuales, enfrentaban a su gobierno con una inequívoca demanda moral, y en lugar de identificarse con ese gobierno y sentirse impotentes para ayudarlo, se disociaban completamente de él mientras continuara librando la guerra de Argelia. Los problemas administrativos de la conclusión de la guerra eran dejados a aquellos que se habían embarcado en ella, al igual que el problema político de reconociliar al electorado francés con una derrota fue dejado en manos de De Gaulle, político de profesión.
    Nuestros panfletarios y polemistas, si estuvieran resueltos, actuarían de la misma manera. No: «Vemos su dilema, señor Presidente. No será su dilema, Sr. Presidente. No será fácil terminar con esta guerra, pero aquí tiene algunas ideas»: El país debe comprender que la guerra es injusta, y la única tarea de la oposición, debe ser forzar esa comprensión y llevarla, cuanto sea posible, al lenguaje de la acción. Es evidente que los senadores estadounidenses y los ex embajadores no pueden manifestar ante el Pentágono ni arrojarse bajo los ferrocarriles de tropas; nadie espera eso de ellos y nadie espera seriamente que funcionarios elegidos o nombrados se nieguen a pagar impuestos. Pero se podría esperar apoyo de la gente joven que resiste el reclutamiento, de unos pocos valerosos funcionarios y de algunas personalidades privadas, con un verdadero sentido de la responsabilidad pública.

  • No Hay Salida Honorable
  • En lugar de esperar que no se les identifique con indómitos grupos y otros activistas, los norteamericanos que seriamente se oponen a la guerra deberían negarse a identificarse con el gobierno de Estados Unidos, incluso con un gobierno putativo que cambiara hacia una «actitud» defensiva y se dispusiera, como dicen, a concluir la guerra. El problema es sencillo: ¿Desapruebo más los carteles que llevan esos grupos —y las barbas que usan— que la guerra vietnamita? A juzgar por introspección, la respuesta no es bonita. Para el «opositor» de clase media, de edad madura, la guerra de Vietnam es más fácil de admitir que un cartel que diga, «Johnson asesino».
    La guerra no amenaza nuestro inmediato bienestar. No nos toca en nuestros hábitos de consumidores que nos han literalmente determinado. Rara vez nos acordamos de los grupos marginales rurales y de bajas rentas de nuestro propio país —de la parte silenciosa de la sociedad—. La ausencia de sacrificios ha tenido sus efectos en la oposición, que no considera necesario, en conjunto, apartarse de sus costumbres y niveles de vida —¿para qué?—. No le hemos retirado nuestra simpatía al poder norteamericano y a la forma de vida que implica, conexión más evidente para un soldado raso G.I. en Vietnam que para la mayor parte de los intelectuales norteamericanos.
    Una simpatía, oculta o no, por el poder norteamericano debilita la oposición contra Johnson; que actúa como si tuviera la triste obligación de proseguir la guerra salvo y hasta que alguien le encuentre una honorable salida. No existe salida honorable para una vergonzosa sucesión de acontecimientos, aunque puede haber una escapatoria afortunada. Pero el espejismo de una salida honorable —un «camino intermedio»— sigue siendo la ilusoria premisa de la oposición liberal, que urge al desconfiado presidente a conseguirla a través de bases erróneas y empíricas; que nadie cree que darán resultado.
    Por ejemplo, «Cesen el bombardeo para lograr negociaciones» —se refiere al bombardeo del norte—; y es extraño que nada se diga sobre el bombardeo mucho más terrible del sur. Pero en realidad nadie sabe, salvo que sea Ho Chi Minh, si un cese de bombardeos traerá negociaciones o no y, en caso afirmativo, cuáles serán los términos de Ho. Suspéndanlos por seis meses y vean, sugiere Bobby Kennedy. «No los acosen. Mantengan la incertidumbre», dicen otros. ¿Pero en qué difiere todo esto, excepto en duración, de una de las famosas treguas de Johnson que no lograron, como lo proclamó, provocar ninguna respuesta? Más aun, si el cese de los bombardeos es sólo un truco o una maniobra para lograr negociaciones es decir, para ver las cartas del enemigo, entonces Rusk y Joseph Alsop tienen también derecho a afirmar que hablar de negociaciones, por parte de los amigos de Hanoi, es sólo un truco para detener los bombardeos y darle al norte una posibilidad de reconstrucción. ¿Y qué sucede si cesan los bombardeos y Hanoi no se presenta en la mesa de conferencias o se presenta con términos intransigentes? Entonces la oposición, parecería, se vería obligada a admitir nuevos y quizás más intensos bombardeos. Abogados de una hipótesis falsa en tiempos de guerra sólo pueden permanecer en silencio y escuchar al hermano mayor.
    Exigir la suspensión de los bombardeos incondicionalmente, sin calificaciones, es algo muy distinto. El ciudadano que hace esa demanda no puede ser «acusado» de equivocado por el desarrollo subsiguiente de los acontecimientos, p. e., la obstinación de Hanoi o el incremento de infiltración. O moralmente está mal que Estados Unidos bombardee un pequeño y virtualmente indefenso país o no está mal, y un estudiante que manifiesta ante el Pentágono es tan experto en esta materia como Dean Rusk o Joseph Alsop. Sin lugar a dudas, en realidad, el estudiante que exige el cese de los bombardeos habla con mucha más autoridad que el profesor que urge a ello.

  • La Etica y la Fuerza
  • Por no ser un especialista militar, no puedo planear la logística de la evacuación de Vietnam de 464.000 norteamericanos, pero se que puede hacerse, si es necesario, y también lo sabe Johnson. Todo el mundo lo sabe. Una derrota como la de Dien Bien Phu, si llega a suceder, puede proporcionar a los generales de Johnson la oportunidad para planear y ejecutar la retirada. Es tarea de ellos, y Johnson puede llevarse todos los honores.
    Recuérdese a Churchill y la heroica hazaña de Dunquerque, que no dependía de negociaciones previas con Hitler. Pero no podemos esperar una gran derrota para cubrir la retirada honorable de Johnson o para salvarle la fachada. Tampoco podemos esperar una intervención china o soviética, que podría tener el mismo efecto (o quizás otro muy distinto) al precipitar una confrontación semejante a la de Cuba; la guerra podría entonces
    concluirse con la retirada de los grandes, que dejarían un destruido Vietnam para los vietnamitas. Esa, sin duda será una «solución» aceptable para los hombres en el poder.
    En política, según parece, retirarse es honorable cuando lo exigen consideraciones militares y vergonzoso incluso sugerirlo por razones éticas; así pues, por cierta ley de inercia, la fuerza sólo puede ceder ante la fuerza superior o ante algún obstáculo natural, como un terreno inapropiado o el «general invierno», que Napoleón encontró en Rusia. Por- consiguiente, la inmensa superioridad norteamericana en armamentos por si misma se convierte en un argumento para quedarse en Vietnam; en realidad, a esta altura, en el único argumento. Cuanto más soldados y material comprometamos en Vietnam, más difícil parece la retirada —no por el enemigo, sino por nuestros propios números—. Exhortar a la evacuación frente a ese compromiso (el único que realmente hemos hecho en Vietnam) según parece no es oponernos a una política sino a hechos, que por su propia naturaleza son incontrovertibles. En privado, un portavoz de la política estadounidense quizás admita que les norteamericanos no puedan ganar en Vietnam. «Pero tampoco perder», agrega con aire satisfecho. Se espera convencer a los opositores de la política norteamericana, cuando van a Vietnam, con el hecho consumado de la presencia de 464.000 soldados; ¿y en realidad qué se puede decir frente a eso? La réplica de Johnson a sus opositores ha sido simplemente agregar más hechos, en forma de hombres y armas. Su finalidad no es precisamente derrotar al Vietcong por la fuerza del mayor número, sino derrotar el descreimiento interno; si no pueden parar al VC, pueden parar las conversaciones de evacuación unilateral. Bajo esas circunstancias, la idea de que emite hechos —el escalonamiento— es rechazada por Johnson como ilógica. La lógica de los números es la única que lo convence de la justicia del camino que ha elegido.
    Entre tanto, los generales están convencidos de que pueden ganar la guerra si los dejan bombardear el puerto de Haiphong y la carretera Ho Chi Minh en Laos. Reprochan a los políticos su debilidad para ganarla y políticos significa la existencia de fuerzas contrarias en el teatro: China, Rusia, el Pathet Laos, y gente, civiles, un débil contrincante, pero asimismo un obstáculo a la lucha total en las condiciones actuales.
    Se dice con frecuencia que el equilibrio del terror provoca una serie de guerras limitadas. Hasta el momento, ha sido cierto, mientras se mantenga la escala geográfica, pero abstenerse de usar la bomba atómica, en Vietnam, no ha servido precisamente para moderar la guerra.

  • Pozo de Desaciertos
  • Al contrario, el cuerpo militar, privado por el momento de armas atómicas (juguetes guardados e;i el armario) e impedido de bombardear el puerto de Haiphong y la carretera Ho Chi Minh, ha sido compensado por esas limitaciones con el desarrollo otras armas o inventos: bombas antipersonales; un nuevo napalm, más adhesivo; el detector humano E-63, inventado por General Electric, en sustitución de los sabuesos ingleses, para olfatear vietcongues; un fuelle a batería que eleva la temperatura en la red de túneles VC a 100 grados Fahrenheit (por altoparlantes, por supuesto, se exhorta a los vietcongues en los túneles a rendirse); gases lacrimógenos perfeccionados, desfoliantes perfeccionados. La clásica resistencia ofrecida por el clima y el terreno a los ejércitos, una de las antiguas limitaciones de la guerra, sin duda será eliminada con las nuevas aplicaciones de las patentes presentadas en la U. S. Patents Office. La selva será deshojada y limpiada, y los pantanos secados; el clima será controlado, y será posible bombardear los 365 días del año, salvo en el aniversario de Buda, en Navidad y en el Tet. Las enfermedades de la selva y del trópico ya han sido confinadas a la población nativa, gracias a las píldoras y las inmunizaciones. En síntesis, para una nación desarrollada, prácticamente no existen obstáculos para el ejercicio de la fuerza excepto la «política». La tecnología norteamericana está dispuesta a no dejar nada librado al azar en la guerra vietnamita, a acabar con el riesgo en la guerra (para nosotros, por supuesto, mientras aumentamos el riesgo para el enemigo). Todo aquello que no puede ser controlado científicamente —ráfagas de viento, lluvia— es superado por radares y cerebros electrónicos. El comportamiento de los soldados está ampliamente garantido por el «Selective Service» y por la rotación; el «elemento humano» propenso a desertar o al pánico, es despreciado y atemorizado. Y si el azar ha sido reducido al mínimo por el «milagro» de la tecnología norteamericana, queda una sola realidad golpeando las «hybris» norteamericanas: el peligro de la intervención china o rusa, que las computadoras del Pentágono calculan constantemente, para acabar también con ese riesgo.
    Sin embargo es peculiar que esta guerra sea un pozo de desaciertos, por parte de los norteamericanos; nunca se oye hablar de los desaciertos, aunque algunos debe haber, por parte de los vietcongues. Dejando de lado la sucesión de desaciertos políticos, empezando por el gran Diem hasta llegar a Ky (perpetuo dolor de cabeza de los funcionarios norteamericanos), ha habido gran cantidad de desaciertos militares: aldeas gubernamentales bombardeadas, aldeas de Camboya bombardearas, una aldea estratégica ametrallada desde un helicóptero norteamericano el día antes de la visita del embajador, tropas norteamericanas bombardeadas por su propia aviación y artillería. Un breo ruso bombardeado en el puerto de Haiphong, vuelos sobre China.
    En el caso de Vietnam del Norte, los desaciertos son infinitos por lo que se ha hecho regularmente contra las aldeas, iglesias, hospitales, a una leprosería modelo, colegios. La opinión pública norteamericana se niega a creer en un «modelo de bombardeo deliberado» en Vietnam del Norte, aunque existen numerosos testimonios y evidencias fotográficas de la destrucción de centros poblados. El gobierno insiste en que bombardeamos sólo objetivos militares, aunque admitió, cuando prácticamente era una evidencia, que usamos bombas antipersonales en el norte, sin especificar cómo esos armas, creadas para un cuerpo blando como el humano, son efectivas contra puentes, fábricas y vías de ferrocarril. No obstante, aun los no convencidos por las negativas regulares del gobierno prefieren pensar que lo que está sucediendo es resultado de un error humano o mecánico, posibilidad categóricamente excluida por la U. S. Navy.
    En el portaviones nuclear «Enterprise», un escuadrón de pilotos In-truder en la climatizada biblioteca aseguraron a los periodistas, yo incluida, que bajo ninguna circunstancia habían bombardeado blancos no militares en el norte. ¿Cómo lo sabían? Porque sólo bombardeaban los objetivos que les asignaban, que habían sido cuidadosamente seleccionados con la ayuda de computadoras que trabajan sobre fotos aéreas. Además, el reconocimiento post-incursión registraba en películas el «impacto» en todo lo alcanzado; imposible equivocarse. ¿Nunca sucedió que, al regresar de una misión sin haber podido por alguna razón —una falla o lo que sea— alcanzar el blanco asignado, arrojaran sus bombas en tierra firme? Nunca. Siempre en el mar. ¿Qué hay de esas informaciones sobre aldeas devastadas? Imposible. «Nuestras fotografías aéreas las habrían registrado». No es posible sacudir su plácida, impasible, casi desinteresada convicción. Empero las máquinas fotográficas de alguien mienten. ¿Las de los periodistas y otros testigos que traen fotografías comunes tomadas en el norte o las anónimas máquinas fotográficas de la U. S. Navy?

  • Que Hanoi nos Libere
  • Su fe en la tecnología ha puesto a estos hombres más allá de la sospecha. Desconfiarían antes de una máquina de sumar. ¿Es concebible que al volar mantengan su atención fija en su tablero de instrumentos y en su pantalla de radar, buscando Migues y Sames, sin prestar más atención en lo que está debajo, en ambos sentidos, que la que tuvieron para nuestras preguntas?
    La misma fe en la tecnología incita al gobierno a proseguir la guerra, a pesar de las evidencias de fracaso, y lo hace recurrir a la inventiva norteamericana, no sólo en materia de armas; también en materia de propaganda —altoparlantes, emisiones radiales desde el aire, mensajes insertados literalmente entre las líneas de los almanaques de adorno distribuidos gratis («no lo hagamos demasiado evidente»). El próximo paso en esta materia será la sugestión subliminal, bombardeos en fracciones de segundo, de luz y color proporcionados por General Eletcric, ofrecidos gratuitamente a la población por las Special Forces, con el respaldo de la CÍA. lo que contará sin duda con la desaprobación del ejército regular.
    La «política» se interpone en el camino de la tecnología. Si se pudiera liberar al mundo de los políticos, incluso de los políticos sudvietnamitas, la victoria estaría próxima. La política, interna e internacional, evidentemente es el único disuasivo que reconocen los norteamericanos para una embestida general sobre la nación vietnamita; es el sustitutivo de la voz interior de la conciencia, que nadie, salvo unos pocos que se resisten al reclutamiento, pueden oír. Johnson, que sigue actuando como si se inclinara ante la necesidad, espera que la «política» —es decir Hanoi— lo libere a él, prisionero de las circunstancias. Invita a sus enemigos y a sus opositores a «mostrarle el camino de salida». Al mismo tiempo insiste en que «la puerta siempre está abierta», lo cual significa, si es que algo significa, que los portones de la paz se abrirán ampliamente para dejar pasar las propuestas de Ho Chi Minh pero permanecerán cerradas con llave para él, que golpea y hace señas desde adentro. Parece querer decir que Ho Chi Minh es libre, y en cambio él y sus consejeros no.
    Esta hipócrita actitud puede, como toda escena teatral, tener cierta verdad sicológica. Johnson y sus consejeros, como todos los norteamericanos, son los sujetos condicionados del sistema de la libre empresa, que a pesar de algunos controles gubernamentales, parece funcionar automáticamente, sin requerir el consentimiento de quienes involucra. Un sentido de compulsión, dictado por las leyes del mercado, penetra en el sistema nervioso de la vida nacional. La industria, por ejemplo, se- ha visto «compelida» a automatizarse por la ley de los costos de producción, que rige en el capitalismo «libre» con la misma fuerza que un teorema de geometría. Y la necesidad de la automatización fue aceptada por la sociedad sin chistar. El perjuicio humano que involucra, visto de cerca, puede suscitar un suspiro, cuando por ejemplo una propiedad horizontal despide a su viejo ascensorista negro («hace veinte años que está con nosotros») y lo sustituye por un ascensor automático («no teníamos más remedio; es mucho más barato»). O cuando se pregunta a un autor de éxito por qué dejó a su viejo editor, prácticamente su padre, por una nueva editorial de gran tiraje. «No tuve más remedio», explica simplemente. «Me ofrecían más dinero».
    La sensación de no tener alternativa se ha extendido paulatinamente en la vida norteamericana, y en particular entre la gente de éxito, a la cual se supone seres libres. Desde un punto de vista concreto, la carencia de alternativa es por regla general una realidad deprimente. En años de elecciones hay libertad para elegir entre Johnson y Goldwater o Johnson y Romney o Reagan, es decir lo mismo que elegir entre un Ford y un Chevrolet: sólo una pequeña diferencia de estilo. Al igual que en los cuartos de hotel norteamericano se puede decidir a favor o en contra del aire acondicionado (haga como quiera), pero no abrir la ventana.
    Es natural que en un sistema semejante la idea de libertad esté asociada con la evasión, viajes o drogas, en lugar de estarlo con el ejercicio de las propias facultades normales. Y al mismo tiempo la sensación de aprisionamiento está unida a un convencimiento de inocencia. Johnson, quizás más sinceramente, desearía liberarse de su «obligación» de hacer la guerra en Vietnam, y cuanto más profundamente se compromete, tanto más compelido e inocente se siente y menos inclinado a intentar liberarse, porque significaría confesarse culpable o —lo que es lo mismo— haber sido libre en todo momento para hacer lo que podría hacer ahora.

  • Retirada por Invitación
  • Los opositores de Johnson que, como el senador Fulbright, repudian la idea de una retirada «desordenada», tácitamente admiten sólo una retirada ordenada, con la armadura de las negociaciones, garantías, y todo lo demás. Es decir, una retirada ayudada y facilitada por Hanoi. Pero esa alternativa, casi con seguridad ya no es posible, gracias al propio Johnson. Tendría mucha suerte, a esta altura, si lograra negociaciones sólo a costa de suspender el bombardeo en el norte, a costa de que Ho o la gente racional se volviera irracional, puesto que, según las quejas de nuestros militares, no existen ya blancos en Vietnam del Norte por destruir, excepto el puerto de Haiphong, que Johnson, por sus propias razones y no para congraciarse con Ho, ha respetado hasta el momento. En realidad, para tener algo de valor que ofrecer a falta de la evacuación de las tropas, la lógica peculiar de Johnson lo llevaría a iniciar el bombardeo del puerto de Haiphong para poder suspenderlo después. Exactamente la misma serie de razonamientos que hizo despegar a nuestros aviones en febrero de 1965, y los ha mantenido atacando desde entonces.
    Las mejores esperanzas de la oposición para una retirada ordenada radican en los sudvietnamitas, tanto como, probablemente, en los miedos del gobierno. En el mes de setiembre pasado se creyó una vez más que las elecciones de setiembre pudieran dar el poder a un gobierno capaz de negociar la paz por separado con el FLN; algunos se respaldaban en el regreso del general Minh como candidato de coalición. Si se le permitiera regresar y si fuera elegido, con el apoyo de los budistas radicales y de los grupos liberales en la Asamblea Constituyente, habría permitido a los norteamericanos retirarse por invitación —perspectiva muy atractiva—. Ahora Thieu y Ky están elegidos, el general Minh sigue en Tailandia, una solución vietnamita no parece inminente, aunque se habla de una coalición entre los budistas radicales y los candidatos civiles derrotados, de una ruptura entre Thieu y Ky, de una ruptura entre Thieu-Ky y la embajada norteamericana. Están además las elecciones norteamericanas en 1968. La oposición quiere la postulación de un Romney o un Percy, que podrían derrotar a Johnson y podrían terminar la guerra, como Eisenhower en Corea. Y teme la proclamación de un Nixon o un Reagan, que la «obligaría» a votar de nuevo por Johnson —perfecta ilustración de las alternativas del consumidor norteamericano.
    Hay grandes esperanzas en un redentor que venga del exterior a salvarnos de nuestras propias acciones: un general asiático, un republicano que no encaje en el programa ni en la imagen del partido. De la misma manera que Johnson quizás desee un redentor encarnado en Kosiguin que lo lleve a la mesa de conferencias. O tal vez tenga un designio más ambicioso, la ocupación eventual del norte y el establecimiento de bases norteamericanas al lado de las fronteras con China. No obstante, si ese propósito existe, debe estar en la parte de atrás de la mente del gobierno y ser más una solapada esperanza que un cálculo realmente probable, una idea registrada en el expediente y clasificada «cósmica».

  • La Enorme Invasión
  • En realidad, hasta donde yo sé, Johnson no tiene programa para terminar la guerra en el sur. Si se le preguntara qué va a hacer, también él, sin duda, se vería reducido a rascarse la cabeza. Prometió evacuar las tropas norteamericanas en cuanto terminaran las hostilidades, promesa que evidentemente no puede mantener. Las consecuencias de la evacuación bilateral serían casi tan «desastrosas» como las consecuencias de la evacuación unilateral: el regreso del Vietcong. Los vietnamitas lo saben, lo cual les crea la incertidumbre sobre qué temer más ¿Un hombre nuevo en la Casa Blanca que decida cumplir la promesa? ¿O un estatuto colonial permanente?
    «Los vietnamitas deben decidir por sí mismos», repiten los norteamericanos después de haber hecho lo imposible para privarlos del poder de decisión durante los trece años de ayuda militar que paulatinamente se transformó en una enorme invasión norteamericana —no existe otra palabra para expresarlo—¦. Los norteamericanos pretender que se vieron forzados a ello; en realidad, los únicos forzados son los vietnamitas, como lo demuestra la baja moral de sus soldados. «No quieren pelear», afirman los oficiales norteamericanos con aire de asombro. Si los vietnamitas quieren desembarazarse de los norteamericanos, deben volverse hacia el FLN, decisión difícil para algunos idealistas de cultura francesa, que, a pesar de su experiencia con la marca norteamericana como producto de exportación, aún creen en la democracia. No obstante la brutalidad de la guerra ha llevado a algunos grupos de clase media en Saigón a intentar discretas tratativas con su enemigo de clase; entre tanto, en el campo de batalla, las fuerzas del Vietcong se han acrecentado (nuestros expertos lo atribuyen a «mejores métodos de reclutamiento»). Por su parte, los norteamericanos preocupados por el futuro de la república más que por el futuro del poder norteamericano, se ven reducidos a esperar que el Vietcong pueda aguantar frente a los abrumadores hechos dirigidos contra él, como si sus armas a menudo primitivas y caseras poseyeran una fuerza moral de resistencia negada a los miembros de la Gran Sociedad.
    La impotencia de nuestras instituciones, agradables en sí mismas, para interponer una solución a una guerra de esta clase repudiada, aunque no lo suficiente, por las personas llamadas pensantes, sugiere que la libertad en Estados Unidos no es ya un valor político, y parece tan simple como el derecho a la autoexpresión, en el baile, el drama sicológico, «beins», «kinky sex», el cocimiento de cerámica. En verdad, sólo una minoría está interesada en la guerra de Vietnam y discutir el tema es considerado pasatiempo de la minoría, mirada por la mayoría con más o menos tolerancia. «El país puede permitírselo», es la actitud. O: «Es un país libre», lo que quiere decir tanto como «cada cual con su gusto». Un poco menos de tolerancia podría endurecer a la oposición. Sí la oposición quiere hacerse sentir políticamente, tiene que actuar de manera tal que provoque intolerancia. Es difícil, porque el gobierno ignora. Existen diversas maneras de obligar al gobierno —y al país— a darse por enterado: algunos extremadamente radicales, como la autoinmolación de los bonzos; otros no tanto, como negarse a pagar impuestos o simplemente boicotear algunas industrias de guerra claves; nadie que esté contra la guerra debería estar recibiendo dividendos por la fabricación del napalm, por ejemplo, que se pide sea puesto fuera de la ley.
    Desde la revolución, este país no ha tenido experiencias de ocupaciones extranjeras y por consiguiente de movimientos de resistencia; en ese terreno, carece de inspiración e inventiva y se desanima fácilmente. Pero los profesores y estudiantes que se descorazonaron cuando sus conferencias no lograron cambiar la política de Estados Unidos podrían tomar ejemplo de los abolicionistas, lo más parecido a un movimiento de resistencia, que haya tenido la república. Por supuesto, ningún plan aislado de acción puede deterner la guerra de Vietnam y quizás ni siquiera cientos de planes concertados la detengan. Pero si es posible detenerla, será sólo a través de iniciativas de personas o grupos de personas (así sean Johnson o Ho o un presidente republicano o Big Minh o los lectores de este diario) y no a través de «soluciones» cocinadas, proporcionadas a otro para que actúe, como un reglamento interno de oficina. El «pensamiento duro» sobre esta guerra necesita empezar en casa, con la oposición preguntándose a sí misma qué puede hacer en contra, modestamente o en grande, con amigos o sola.

    Mary McCarthy

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