El 9 de setiembre el gobierno de Bolivia anunció que el jefe de los guerrilleros que operan en el país, Guido «Inti» Peredo, había perecido en una emboscada que se le tendió en La Paz. Cincuenta días antes el mismo gobierno había hecho un anuncio similar el cual, por supuesto, resultó falso. Según los gobernantes de turno, en agosto mataron al valeroso «Inti» Peredo, pero los mismos rectificaron más adelante y dijeron que había logrado salir con vida de una emboscada que se le tendió en Cochabamba.
El anuncio del 9 de setiembre, fatalmente resultó cierto.
El primer anuncio sobre la muerte de «Inti», transmitido como es lógico por las agencias informativas norteamericanas, dijo que el jefe del ELN murió luego de recibir el impacto de una granada que él mismo lanzó contra las fuerzas represivas que le rodeaban. La mención de una granada que «él llevaba» me hizo recordar una mañana del mes de junio de este año cuando tuve oportunidad de ver por primera y única vez al jefe del ELN, en Bolivia, en los mismos instantes en que los medios periodísticos controlados por Estados Unidos le hacían aparecer «escondido fuera de su país».
Es difícil olvidar esa entrevista, sobre la cual escribo por primera vez. Recuerdo justamente que al
comenzar la conversación el Comandante sacó dos granadas que llevaba en los bolsillos de una chaqueta de color verde olivo y las puso sobre la mesa en que humeaban dos jarros de café. Inti sonrió y me dijo:
—Me acompañan siempre. No me agarrarán vivo. Antes de caer les daré harto que hacer…
Al recordar esa mañana de junio vivida junto a uno de los cinco sobrevivientes del primer contingente que formó el Che en Bolivia, no puedo olvidar a sun ser que también estaba allí, el que sin abandonar la fuerza del guerrillero mantenía su condición femenina. Hablo de Maya (Rita Valdivia), una joven que vestía pantalones verde olivo que se incrustaban en unas cortas botas, miembro del ELN, la cual preparó los jarros de café que bebimos en esa helada mañana de junio. Ella cayó bajo el fuego de las fuerzas represivas en otra emboscada, en julio, en Cochabamba. Ahora también aprovecho la ocasión para referirme a ella ya que su muerte, culminación de una vida de auténtica revolucionaria, apenas fue mencionada en los despachos de las agencias cablegráficas que informaron sobre el combate en el cual cayó.
Maya, con su revólver al costado, no sólo preparó el café de la mañana. También elaboró el almuerzo

que nos servimos al término de la conversación con el Comandante Peredo. Tengo vivo en el recuerdo la escena de ese almuerzo. Al frente mío Inti, sonriendo a veces, pero sin perder el aspecto recio del líder guerrillero; a los lados otros miembros del ELN. Maya preocupada de repartir la comida. Después me despedí del Comandante y retorné a La Paz, luego de cubrir un viaje por el Altiplano del cual me habló tanto «Inti» al mencionar los motivos de su lucha.
No me fue fácil identificar esa mañana al Comandante Peredo. Llegó hasta el lugar donde le esperaba desde hacía treinta minutos junto a otros miembros del ELN. Yo no había visto fotografías recientes suyas.
El Comandante no se presentó con el aspecto fatigado o desgreñado del líder guerrillero que vive en la clandestinidad. Por el contrario estaba correctamente rasurado, lo que permitía apreciar sus marcados rasgos de tipo español. De regular estatura y movimientos ponderados, el Comandante no resultaba fácilmente identificable en medio de sus compañeros, algunos de los cuales si tenían un marcado aspecto guerrillero.
«Inti» vestía con discreción. Un combatiente de.’ ELN me expresó que el Comandante viajaba de un lado a otro del país por lo que no podía descuidar su aspecto. Una tenida guerrillera le podría delatar. Por lo demás en su país sí que hay muchos que le conocían y bien.
Antes de comenzar la conversación el Comandante se paseó de un lado a otro del lugar, como si deseara calentar el cuerpo, pero pude advertir que no tenía aspecto preocupado. Confieso que yo sí lo estaba, porque no podía sacarme de la cabeza la idea que podía ser responsable involuntario de alguna pista que permitiera a las fuerzas represivas que operan en Bolivia dar con el paradero del jefe del ELN.
En un momento de la charla previa a la conversación de fondo le dije:

—Comandante, pienso que se arriesga mucho.
La frase reflejó mi sorpresa al saber que la entrevista con el Comandante Peredo se registraría en pleno día. Sobre ese punto el mismo jefe y algunos de los soldados me dieron explicaciones que destruyeron mi sorpresa.
Al escuchar la palabra «Comandante», Inti se volvió hacia el sitio donde yo estaba y dijo:
—No me dé ese trato. No soy Comandante. En la actualidad no existe ese grado en el ELN.
—Usted perdone, es el jefe del ELN, el que ha sucedido al Comandante Guevara y además para mí es más natural llamarle así.
—El era realmente el Comandante…

No fue la única manifestación que me permitió pensar que Inti era en realidad un dirigente que se comportaba con modestia. Desde que entró al lugar en que lo esperaba mostró especial interés en que yo me sintiera cómodo para la conversación. Entre sus compañeros, que evidentemente sentían por él gran respeto, se movía con naturalidad. No exageraba la cordialidad pero tampoco podía decirse que era un hombre frío.
Al retomar la idea sobre los riesgos que corría en su peregrinar por Bolivia, dijo:
—No puedo vivir encerrado. Eso sería un error imperdonable que acarrearía daños a mi comportamiento humano y a la organización. Pienso que un jefe militar que se preocupa de cuidar su vida, con demasiado celo, termina sometiendo a un núcleo importante de la organización a la tarea de proteger su seguridad y termina por aislarse de la realidad. Un jefe, sobre todo en la fase que desarrolla el ELN para afianzar su carácter militar, necesita acercarse a los miembros de la organización. De ellos recibe
aportes útiles y está en condiciones de retribuirlos con otros de importancia. Un jefe que vive enclaustrado es influido por deformaciones que a la postre afectan a la organización.
Para acercarme al tema de fondo de la entrevista le recordé que, sin embargo, en esos momentos el gobierno de Bolivia y los norteamericanos le hacían aparecer fuera del país.
—Aquí me ve usted junto a los míos en el Ejército de Liberación Nacional, el mismo que formó en Bolivia el Comandante Guevara para echar las bases de la independencia latinoamericana. Es muy importante que se tenga claro que no hemos formado una nueva organización. Somos los soldados que tomamos ejemplo y seguimos las experiencias que legó uno de los más grandes estrategos de la lucha armada en el mundo.
Mientras Inti hablaba recordé la frase que el Comandante Guevara estampó en su Diario en Bolivia al relatar lo ocurrido el 27 de noviembre de 1966: «Viró el Coco y trajo a Ricardo con Braulio y Miguel y otro boliviano, Inti, también a quedarse». Es la primera mención que hace el Comandante Guevara de la aparición activa en la guerrilla de Inti. Más adelante en el Diario le cita en muchas oportunidades.
Desde esa cita de Inti hasta la mañana de junio de este año, sucedieron muchos hechos importantes que explican el liderato del guerrillero boliviano. En La Paz pude ver muros en los que se leían consignas como ésta: «Gloria al Che. Viva la lucha armada. Viva Inti Peredo».
Durante la conversación conmigo, Inti jamás habló como el jefe máximo del ELN pero sí se mostró como un líder político. Me citó en varias oportunidades la proclama que lanzó en julio de 1968 y que se conoce en los círculos revolucionarios de Bolivia y América latina como «¡Volveremos a las montañas!». El documento llevó su firma y al respecto expresó:
—Era necesario demostrar que nuestro Ejército está en pie y por eso se lanzó el documento y si se puso al pie mi nombre fue para asociar en la mente de los revolucionarios la memoria del Comandante Guevara con la organización. Ahora estoy preparando otro documento que será discutido por los miembros del ELN y que constituirá el pensamiento político de la organización militar.
El documento que mencionó el Comandante Peredo fue radiodifundido el 4 de septiembre, con su propia voz, exactamente cinco días antes que cayera muerto en una emboscada en La Paz.
Pienso que la pérdida de un jefe tan experimentado y valeroso como Inti producirá un impacto menor en el ELN, porque justamente él se ocupó de borrar la imagen angustiada de muchos revolucionarios, que fueron afectados por la muerte del Comandante Guevara. En aquella entrevista de junio Inti me dijo:
—Tuvimos la mala fortuna de perder a uno de los mejores hombres que ha producido nuestra América, pero la lucha a la que él dedicó su vida no ha terminado. Por el contrario está en pie y la memoria suya se ha fortalecido. Me entero que en todos los lugares del mundo se toma el nombre del Comandante para encabezar movimientos de rebeldía. Hemos perdido una batalla pero la guerra continúa porque los que luchamos junto al Che no aceptamos la rendición.
Esta frase la recordé cuando me enteré de la muerte del Comandante Peredo. Pienso que al verse definitivamente acosado, luego de haber agotado el arma que usaba, hizo estallar la granada sin pensar que en la acción comprometía su vida. No se rindió.
—Es muy importante que hagamos trascender en América la imagen del ELN. Este es el mismo Ejército que fundó el Che. No es una organización hecha para Bolivia. Esta es la época de la revolución continental, por eso aquí hay bolivianos, chilenos, argentinos, peruanos y de muchos otros lugares del continente. La lucha contra el imperialismo es una sola.
A esa altura de la conversación consulté al Comandante si podía tomar notas para reproducirlas lo más fielmente posible. Temía que la fatiga causada por un largo viaje en vehículo por la zona poblada más alta del mundo, me hiciera olvidar partes vitales de sus opiniones.
—Tome nota si desea, pero no publique esto como una entrevista. Lo importante es que haga trascender el sentido de nuestra lucha. Espere nuestro manifiesto político.
Respeté su deseo hasta este instante. Muerto él, pienso que los revolucionarios de América y el mundo deben conocer el pensamiento de este héroe de la independencia.
—Hay quienes desean congelar dentro de las fronteras nacionales a los movimientos que luchan por la liberación continental. Es absurdo. La lucha es de todos. Hay seudorrevolucionarios que le hacen el juego al enemigo con esas consignas, porque si ellas se respetan se divide el movimiento emancipador. Contra el Ejército de Liberación Nacional, hasta el instante en que perdimos la batalla más importante que significó la pérdida de nuestro Comandante, lucharon militares norteamericanos. Es estúpido sostener que en el ELN deben pelear sólo bolivianos. Necesitamos de la solidaridad de los revolucionarios de otros lugares de América y, además, sostenemos que ellos tienen que entender que aquí en Bolivia se juega una parte de la suerte de su liberación. En el instante en que las fuerzas represivas operen en mi país recibirán el concurso de otras fuerzas represivas de distintos países y así la guerra revolucionaria se extenderá a otros lugares. Pregunto, ¿qué harán en ese momento los revolucionarios chilenos, por ejemplo? ¿Permitirán que pasen por su territorio los soldados y las armas que usarán las fuerzas represivas para derrotar al ELN?

—¿Usted plantea la solidaridad revolucionaria en la lucha armada?
—La solidaridad es una sola. No se trata de dar consejos que parezcan reprimendas, lo que importa es que los revolucionarios entiendan que la solidaridad es una sola y que cada revolucionario está en condiciones de cumplir una tarea, por simple que parezca o sea. Es cierto que hay tareas que tienen aspecto político, pero lo vital es que son revolucionaria? y por lo tanto están dirigidas a apoyar a los que ya han emprendido la lucha armada.
—Hay quienes sostienen que aún cuando están en el campo revolucionario, consideran que hay otras formas, aparte de la lucha armada, para tomar el poder.
—Puedo decirle que en Bolivia ningún revolucionario puede sostener con seriedad que es posible tomar el poder por la vía electoral. Hablo de Bolivia, pero si desea conocer mejor nuestro pensamiento le recuerdo que ya lo dijimos en julio de 1968: «Para ningún revolucionario serio puede ser el camino electoral el que lleve a la toma del poder en Bolivia o en otro país latinoamericano». Desde el momento que apelamos a la solidaridad de los revolucionarios es porque creemos que ellos están comprometidos con la fase superior de la lucha: la armada. Estamos concientes que los revolucionarios que prestan solidaridad en
sus respectivos países a este Ejército continental están haciendo estallar en sus países «un nuevo Vietnam» como lo dijo el Comandante Guevara.
—Hay quienes mencionan la muerte del Comandante Guevara como una demostración del fracaso de la experiencia guerrillera en América latina.
—Ellos quieren acomodar su conciencia. La lucha armada es la única forma de acabar con las oligarquías y con el imperialismo. Reconozco que sufrimos el rudo golpe de perder a una de las figuras más importantes de América latina, pero recuerdo que él mismo dijo que no le importaría morir en cualquier lugar del mundo si su arma la tomaba otro revolucionario y seguía combatiendo. El Ejército de Liberación Nacional está en pie.

—¿Está reorganizado o es el mismo ELN?
—El mismo. Mantiene los principios que instauró el Che. Consideramos válida para la actual situación latinoamericana la tesis del foco guerrillero, por eso anunciamos nuestra vuelta a las montañas. Estructuraremos una fuerza armada. No buscamos formar un partido político. Estoy consciente que la organización de un aparato militar aporta problemas, pero creo que en la acción se alcanzan definiciones políticas. No nos podemos permitir el lujo de crear una organización de masas y que se entienda que no desdeñamos a éstas, por el contrario, luchamos para liberarlas de la dominación del imperialismo y de las oligarquías y de su explotación, pero consideramos que ante el poder militar alcanzado por nuestros enemigos sólo podemos enfrentarnos a ellos con un aparato militar y éste se forma con cuadros politizados y adiestrados militarmente, capaces de rechazar en todo momento a los elementos extraños que meten los enemigos para debilitarnos con las consecuencias de sus delaciones.

—La tesis del foco ha sido muy criticada, especialmente después de la muerte del Comandante Guevara.
—Estamos claros que para derrotar a nuestros enemigos hay que empuñar las armas y que no basta un alzamiento masivo sino una guerra revolucionaria que los destruya para siempre. Le recuerdo que en junio de 1967 el general Rene Barrientos hizo fusilar a cientos de indefensos mineros en la noche de San Juan, en los mismos instantes en que nosotros con una fuerza militar reducida le provocábamos bajas a ese mismo Ejército en las vecindades del lugar elegido para hacer estallar el foco guerrillero.

—Se dice, Comandante, que el ELN no pudo desarrollarse bajo el mando del Comandante Guevara, porque no logró ganar la confianza de los campesinos con lo que se demostró la inefectividad del foco guerrillero.
—Es una apreciación equivocada, que se explica en los que no conocen los auténticos antecedentes del desarrollo del proceso que vivimos entre 1966 y 1967. y que es alimentada por los que desean desalentar a los revolucionarios que anhelan tomar las armas. He oído mucho hablar de que el Comandante Guevara estaba mal informado sobre el lugar escogido para echar las bases del ELN, también he escuchado que sus fuerzas no despertaron confianza entre los campesinos bolivianos y se agrega que estos no abandonarán su posición conservadora por lo que ningún foco encontrará su apoyo. Ya se lo he dicho varias veces: tuvimos la mala suerte de perder al Comandante Guevara. Sufrimos una derrota en una batalla del ELN, pero éste existe y mantiene como método de lucha la teoría del foco. La tarea de sacar de la montaña al grupo que encabezaba nuestro compañero Fégis Debray obligó a la tropa a acercarse demasiado a los poblados y como consecuencia de las acciones que se realizaron para evitar enfrentamientos armados inconvenientes, se produjo la separación de nuestras

fuerzas, perdiéndose el contacto entre la vanguardia, el sector medio, que dirigía el Comandante Guevara y la retaguardia que dirigía Joaquín. Si usted ha leído el Diario del Che podrá advertir que los primeros enfrentamientos se produjeron cuando todavía el ELN estaba en tareas de reconocimiento del lugar, en la fase de asentamiento.

—Sobre eso, Comandante, se menciona como un error militar la sucesión de enfrentamientos con las fuerzas enemigas en circunstancias que el ELN aún no dominaba el terreno.
—En cuanto un hombre toma un arma en sus manos adquiere compromiso de luchar y desde ese momento está expuesto a entrar en la lucha. Es posible a veces evitarla por condiciones tácticas, pero no siempre puede imponer las reglas de un combate. La retaguardia, conducida por Joaquín, cayó en una emboscada y nuestra fuerza, el sector medio, con el Comandante Guevara a la cabeza cayó en otra emboscada, en la cual él resultó herido. En la batalla definitiva la vanguardia luchó apoyada por el sector medio que dirigía el Comandante Guevara, pero este último recibió luego fuego por la espalda, porque justamente la pérdida del sector de Joaquín nos había debilitado la retaguardia. No nos fue posible enfrentar esa batalla en las mejores condiciones, porque estábamos distantes unos de otros. Yo no vi al Comandante Guevara cuando fue herido, ni le vi ser retirado del cañón donde estaba. Seguimos disparando hasta que se suspendió el fuego y así los sobrevivientes rompimos el cerco, sólo cinco. Pero esa derrota no justifica que se cancele la teoría del foco ¿Y si el Comandante Guevara hubiese sobrevivido? Habría bastado ese hecho importante, no cabe la menor duda, por lo que representó para la lucha de liberación como militar, como intelectual, como humanista, como hombre, para vencer a los que atacan la teoría del foco. Por lo demás mucho se ha denigrado al brillante intelectual francés Régis Debray por su obra «Revolución en la Revolución», olvidando deliberadamente que él resumió en un ensayo denso, pero para revolucionarios exclusivamente, las formas del foco guerrillero. No puede pedírsele todo a un libro apretado. De paso le pido a usted y sus compañeros periodistas activen una campaña por la defensa de Régis Debray. Su vida está en peligro y eso es grave porque es un valor joven que está en condiciones de hacer muchos aportes al movimiento revolucionario.

—Ya no hablo Comandante, de los que rechazan la lucha armada, sino de los que aceptándola e incluso practicándola señalan que ella debe dirigirse desde un núcleo político.
—Eso significa condenar la lucha armada al fracaso. Esta debe dirigirse exclusivamente en el terreno donde se opera militarmente. Conozco a los que hablan del brazo armado y del brazo político. Eso equivale a convertir al sector que lucha en las montañas en un grupo de presión que opera conforme a directivas políticas que se emiten desde la ciudad. Sé de algunos jefes que han hablado de imponer treguas en la lucha armada, lo que significa dejar inactivo al organismo militar en la montaña. Eso lo puede decir el que no conoce la lucha armada auténtica o el seudo-rrevolucionario que en el fondo la usa para presionar políticamente por la vía electoral. Una fuerza militar que está en la montaña no puede ser mantenida por largo tiempo en la inacción. Nosotros mismos tenemos ese problema en la actualidad, porque nos encontramos en la fase de organización. La gente desea luchar, porque en la acción se superan muchos problemas que laten en los períodos de preparación. Retomando la idea de la dirección de la lucha armada, creo que la única posible es la dirección político-militar operando
en las montañas. La lucha urbana está destinada a cooperar con la acción guerrillera, pero es esta última la que tiene la vanguardia, por lo que debe desestimarse el planteamiento que habla de una vanguardia dirigida por control remoto.

—¿Fue ese el problema que se planteó respecto a la dirección del ELN cuando era formado por el Comandante Guevara?
—No. Si usted se refiere a los problemas que creó el traidor Mario Monje, le digo que ellos fueron originados por los que deseaban, primero, asegurarse la dirección del movimiento revolucionario en forma arbitraria, los mismos que en el fondo anhelan seguir en la lucha politiquera que jamás liberará a Bolivia. De paso le diré que el ELN hará justicia con Monje y con todos los traidores. No los perdonamos, porque hacerlo sería traicionar a los revolucionarios. Yo no luzco el título de Comandante porque considero que ese y cualquier otro cargo dirigente se gana en la acción. No basta autodesignarse vanguardia para tener esa categoría. Ya se lo dije: este es un Ejército empeñado en una lucha continental, por lo tanto en este Ejército no hay lugares de privilegio para nadie que no los gane luchando y no hay problemas con las nacionalidades de los combatientes. Sería insensato desconocer a esta altura el papel de dirigentes de vanguardia que ganaron San Martín, Sucre o Bolívar en la lucha por la Independencia, por su capacidad. Tampoco se puede desconocer el título que se ganó en la vanguardia revolucionaria del mundo el Comandante Guevara por su calidad de combatiente.

—Comandante, ya habló usted de los campesinos bolivianos frente al Ejército de Liberación Nacional, pero no aclaró el fenómeno de incomunicación que se produjo.
—El campesino vive explotado y teme a las fuerza represivas del régimen. Los guerrilleros deben demostrarle que están en condiciones de liberarle y sólo entonces ganarán su confianza. Por los problemas que nos plantearon con anticipación en la guerrilla, cuando nos encontrábamos en la fase de expansión, no nos fue posible realizar una labor constante con los campesinos. Muchas veces visitábamos los lugares por una sola vez y después caían sobre ellos las fuerzas represivas, las que realizaban acciones contra los trabajadores para amedrentarlos. Si nosotros hubiésemos podido demostrarles a esos campesinos que estábamos en condiciones de causarles bajas a los militares, de castigar a los civiles que los explotan, habríamos ganado en confianza y en tal caso la guerrilla habría contado con el apoyo decidido de los campesinos.

—Comandante, se dice que el Comandante Guevara recibió una mala información previa del lugar y por eso no pudo realizar su tarea.
—Eso sólo lo pueden decir los que deliberadamente persisten en deformar la realidad del ELN. El Comandante tuvo informaciones previas convenientes. Por lo demás él escogió ese lugar porque planeó el ELN como un Ejército continental, que lucharía en varios lugares, creando como lo dijo en su carta a la Tricontinental «uno, dos o más Vietnam». En su Diario, el Che en ningún momento se queja de haber tenido mala información.

—Comandante, hay quienes dicen que fue inconveniente publicar el Diario del Che.
—Los revolucionarios no le tememos a la verdad. Además no olvide que el enemigo tenía en sus manos el original del documento que dejara el Comandante Guevara y pensaba deformarlo para darlo a la publicidad adulterado.

—Los que sostienen esa posición, dicen que el Diario puede influir desfavorablemente en el ánimo de algunos revolucionarios.
—Dice bien «algunos» y pienso que entre éstos no todos son desdeñables, pero sí muchos que en el fondo tratan de hallar algo que calme su conciencia. El Che escribía cada día para anotar especialmente los aspectos que le merecían correcciones posteriores y por eso se explica el tono general del documento. No lo escribió para su publicación y por eso no aparece en él esa majestuosidad que el Comandante hacía trascender en la literatura que dejó para ser usada por los revolucionarios. Pienso honestamente que un verdadero revolucionario debe extraer un buen ejemplo del libro del Comandante, porque en él está retratado el esfuerzo que realiza un auténtico combatiente. Muchas veces no notamos nosotros los malestares que él delataba en su Diario, lo que revela su temple. Por eso para él nuestra mejor admiración.
En el resto de la conversación habló de variados temas. Consultó sobre la política chilena, hizo un recuerdo especial de Salvador Allende, diciendo que mantiene una actitud solidaria. Se refirió a la revista «Punto Final» diciendo que la lee «siempre que llega a mis manos» y objetó la publicación de un artículo del escritor chileno Manuel Rojas sobre la polémica que se ha planteado en Cuba y en algunos países respecto al comportamiento del escritor Heberto Padilla. Según el Comandante Peredo, «Punto Final» es identificada en el exterior como «una publicación revolucionaria y por eso su responsabilidad política es enorme, la que le obliga a no dar tribuna a aquellos que alienten a los contrarrevolucionarios». Expresó que «no me pareció justo que «Punto Final» enfatizara en su crítica a la acción desarrollada en Checoslovaquia en agosto de 1968, porque eso le hizo aparecer en una contradicción exagerada con la posición de los cubanos» la que de acuerdo con su pensamiento «fue correcta, con las salvedades que planteó Fidel en su discurso».
Cuando la charla política aflojó un poco, después de cuatro horas de duración (empezó a las 8.30 de la mañana del 23 de junio), pregunté al Comandante sobre algunos aspectos familiares. A esa altura él estaba encuclillado frente a un fogón, el que atizaba con un palo. Se paró, caminó hasta mí y sin cambiar el tono de su voz habló de su madre, de su esposa, de sus cuatro hijos y de su hermano Antonio, que vive en Chile.
—Mi madre estaba alejada de todo eso, pero la muerte de Coco, mi gran hermano, la impresionó. Entendió que si su hijo moría por un ideal, él tenía que ser justo. Actualmente está en Cuba. La invitó especialmente el Comandante Fidel Castro. El quiso que tanto mi madre como mi esposa y mis hijos se
fueran a Cuba. Le escribí una carta y le dije que luego de hablar con mi mujer habíamos llegado a la conclusión de que debemos estar todos en la lucha en Bolivia.

—¿Su mujer le apoya?
—Por supuesto. Es una combatiente. Mi madre se vendrá a Bolivia. No se lo hemos pedido, pero ella lo entiende como un deber. Dice que prefiere morir junto a sus hijos.

—¿Tiene algún recado para su hermano Antonio?
—Dígale que se venga, que aquí está su lugar…
Luego calló un rato y agregó como pensando en voz alta.
—No se lo diga por favor. Le escribiré una carta… o mejor lo dejaré por su cuenta. La decisión le pertenece. Es un gran hermano.
Más adelante habló de los problemas económicos de Bolivia, de la forma en que se comportará el ELN con los campesinos, considerando su modo de vida, de las contradicciones que se manifiestan en la política boliviana las que a su juicio impedirán «cualquiera solución pacífica a los problemas sociales y económicos del pueblo».
Al separarse me estrechó la mano con auténtica cordialidad. Su naturalidad por momentos me hizo perder la perspectiva que estaba hablando con un hombre que en esos momentos era buscado ñor los norteamericanos y las fuerzas represivas bolivianas. Por poco nos acompañó hasta el sitio donde me esperaba el vehículo.
Las últimas palabras que le oí fueron:
—Tengo confianza en algunos periodistas aún cuando creo que son más profesionales que revolucionarios. Piensan siempre en la noticia.
Cuando iba a agregarle algo, me dijo:
—No se olvide, hagan una campaña en favor de Debray, pidan solidaridad para la lucha del ELN que es la misma del Che y por lo tanto la de toda América latina. Solidaridad. Necesitamos recursos financieros. Las armas cuestan caras. Feltrinelli nos publicará aleo en Italia y los recursos que deje el libro nos servirán para entonar las finanzas.
Al alejarse el vehículo se quedó en el mismo lugar. En la madrugada bajé nuevamente a La Paz. Era la noche de San Juan, la que según la tradición es «la más helada del año» y por eso los campesinos acostumbran preparar fogatas que arden desde el atardecer del 23 hasta la mañana del 24.
Tomado de la revista «Punto Final», Santiago de Chile, año IV, N? 88).

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