Hace unos cinco años los católicos de Estados Unidos de Norteamérica emprendieron la peculiar tarea de una alianza pra el progreso de la Iglesia de América Latina. Los cálculos suponían que para el 1970 el diez por ciento del total de sacerdotes, hermanos y hermanas americanos que rebasa los 225.000 se habrían ofrecido como voluntarios para ser enviado al sur de la frontera. Hasta hoy, las fuerzas combinadas del “clero” norteamericano en América Latina ascienden tan solo a la cifra del 1.622. Habiendo recorrido la mitad del camino en la peculiar empresa, se impone constatar si el programa lanzado sigue su curso y, lo que es aún más importante, si su finalidad original aún se justifica. Estadísticamente, el programa ha sido un fracaso. ¿Debemos sentirnos decepcionados o aliviados?
El programa nació de un impulso producido por una arbitrariedad imaginativa y un criterio sentimental. La técnica propagandística, un debo que apunta y “una llamada para 20.000 voluntarios” fue suficiente para convencer a muchos de que “América Latina TE necesita”. Nadie parecía atreverse a declarar abiertamente el por qué, aunque la primera propaganda publicada, en sus cuatro páginas de texto, incluía varias alusiones al “peligro rojo”. El Departamento Latinoamericano de la Conferencia Nacional Católica de Bienestar, NCWC, le añadió el adjetivo “papel” tanto al programa, como a los voluntarios, y al llamado en si.
Actualmente se intensifican los planes para una campaña destinada a aumentar los fondos del programa. Esta es, por lo tanto, la ocasión para reexaminar, tanto el valor de la llamada para reclutar 20.000 voluntarios, como la necesidad de recaudar millones de dólares. Ambas propuestas deben ser sometidas a debate público entre los católicos de Estados Unidos, desde el obispo hasta la viuda, ya que son ellos los que han de proveer el personal y pagar la cuenta. Se impone el análisis crítico de la situación. Nuevas consignas para otra colecta envueltas en lujo y colorido, con toda la carga emocional que éstas conllevan, servirán tan sólo para oscurecer el punto central del asunto que se discute. Examinemos calmadamente el arranque de entusiasmo caritativo de la Iglesia Americana que dio lugar a creación de los “Voluntarios
Papales”, “la Cruzada Estudiantil Misionera”, las concentraciones masivas anuales de CICOP, las numerosas misiones diocesanas y las nuevas comunidades religiosas.
No me he de concentrar en detalles. Los programas mencionados se encargan de ellos. Por el contrario, me tomo el atrevimiento de señalar algunos hechos fundamentales y algunas implicaciones que hacen del “plan papal” una parte del esfuerzo multifacético para mantener a América Latina dentro de las ideologías de Occidente. Los encargados de elaborar la política eclesiástica en los Estados Unidos deben asumir la responsabilidad por las consecuencias político-sociales que van envueltas en sus bien intencionadas aventuras misioneras. Deben examinar su vocación como teólogos cristianos y sus acciones como políticos occidentales.
El material humano y el dinero que se envían con motivaciones misioneras, llevan consigo una imagen extranjera del cristianismo, una concepción extranjera de la pastoral y un mensaje político extranjero. Llevan también consigo la huella del capitalismo norteamericano de la década del 1950. ¿Por qué no considerar, siquiera por una vez, las sombras de la “caridad”? ¿Por qué no sopesar el amargor de los daños que ocasionamos con nuestros sacrificios? Si, por ejemplo, los católicos norteamericanos se dedidieran a dejar a un lado el sueño de un “diez por ciento” y se dedicaran a reflexionar sinceramente sobre las consecuencias que su ayuda conlleva, podría despertarse una clara conciencia de las falacias envueltas que daría margen a una generosidad racional y sensata.
Preciso aún más. Hemos de distinguir con precisión entre el placer que conlleva el dar los frutos que percibe el que recibe. Me propongo señaiar tan sólo los resultados negativos que el envío de dinero, personal e ideas tiene para la Iglesia de América Latina a fin de que el programa norteamericano pueda tenerlo en cuenta al hacer sus planes para el futuro.
El costo de operaciones de la Iglesia latinoamericana en los últimos cinco años ha ido multiplicándose consistentemente. El corto de operaciones de una Universidad Católica, de una sociedad misionera o de una cadena radial, bien puede hoy en día superar el costo
de operaciones de toda la Iglesia en todo un país diez años atrás. Un tal crecimiento se hace posible tan sólo mediante los fondos que en su mayor parte vienen del extranjero. E3tos fondos se han recaudado normalmente de dos fuentes. La primera, la misma Iglesia que obtiene sus fondos en tres formas:
1. Dólar por dólar: apelando a la generosidad de los fieles. Así ha hecho “Adveniat”, “Misereor” y “Oostpriesterhulp” en Alemania y los países bajos. Este tipo de contribuciones asciende a más de 25 millones de dólares al año.
2. Sumas globales donadas por miembros particulares de la jerarquía, siendo el caso más notorio el del Cushingo por instituciones, tales como el NCWC (National Catholic Welfare Conference), que transfirió un millón de dólares de las misiones domésticas a su fondo latinoamericano (Latin Americam Bureau).
3. Mediante designación de sacerdotes, religiosos y laicos, entrenados a un costo considerable, y con frecuencia respaldados económicamente en sus empresas apostólicas.
Este tipo de generosidad extranjera ha tentado a la Iglesia latinoamericana para inducirla a convertirse en un satélite del fenómeno cultural y político del Atlántico Norte. El aumento de recursos para el apostolado intensifica cada vez más la necesidad de ayuda continuada creando islas de bienestar apostólico que cada día se encuentran más incapaces de autofinanciarse. Una vez más, florece La Iglesia renovando el estigma que le imprimió la conquista: una planta que florece porque se le cultiva de afuera. Los obispos, en vez de buscar los medios de seguir con menos dinero o cerrar la empresa, se dejan atrapar por el vértigo de la búsqueda de dinero y se preparan a legar a la posteridad una institución imposible de mantener en el futuro. La educación, único renglón que podría dar buenos frutos a largo alcance, es concebida mayormente en términos de entrenamiento de burócratas cuyo interés será mantener las estructuras existentes. i
Recientemente, pude apreciar un buen ejemplo de esto: un grupo de sacerdotes latinoamericanos enviados a Europa para obtener grados académicos. En la búsqueda de la relación entre la Iglesia y el mundo, nueve de cada diez de estos sacerdotes estudiaban métodos de enseñanza —catequesis, teología pastoral o derecho canónico— y, por lo tanto, ni adelantaban directamente sus conocimientos de la Iglesia, ni sus conocimientos del mundo. Sólo unos pocos estudiaban la Iglesia en su historia y sus fuentes o el mundo en su actualidad concreta.
Es relativamente fácil obtener grandes sumas de dinero para construir una nueva Iglesia en la salva o una escuela superior en algún suburbio de la ciudad y equiparlas de personal con nuevos misioneros. De este modo se mantiene artificialmente, a un elevado costo, un sistema pastoral obviamente intrascendente mientras se considera un lujo extravagante la investigación básica para crear un sistema pastoral vital. Becas para estudios humanísticos no eclesiásticos, dinero para experiencias pastorales llevadas a cabo con creatividad, donativos para documentación e investigación que dé margen a una crítica constructiva sobre asuntos particulares; todas estas cosas corren el temible riesgo de amenazar nuestras estructuras temporales, nuestras instalaciones clericales y nuestros métodos basados en “good business”.
Aún más asombroso que la generosidad eclesiástica a favor de la empresa eclesiástica es la segunda fuente de dinero. Se podría comparar a la Iglesia de hace diez años con una “noble dama” empobrecida que insistía en conservar una tradición imperial dando limosna de su mermado peculio. Durante los cien años o más que han transcurrido desde que España perdió sus colonias en América, la Iglesia ha ido perdiendo sus fuentes de ingreso: donativos gubernamentales, patronatos e ingresos de las tierras que poseía y que ha ido perdiendo. Aplicando el concepto colonial de la caridad, la Iglesia perdió su poder para ayudar a los pobres. Ha venido a ser considerada como una reliquia histórica, inevitablemente aliada con los políticos conservadores.
En 1966 sucede casi todo lo contrario, por lo menos simple vista. La Iglesia ha venido a ser una agencia a la cual se le confía la administración de programas dirigidos a crear el cambio social. Su innegable dedicación le garantiza ciertos resultados. Pero cuando se ve amenazada por el cambio verdadero, se retira antes de permitir que la conciencia social que surje se propague como el fuego. La supresión de las escuelas radiales brasileñas por un alto dignatario eclesiástico, ofrece un buen ejemplo.
En esta forma, la disciplina eclesiástica asegura al donante que su dinero rendirá más en manos de nn sacerdote, que no se habrá de evaporar y que tampoco se identificará con lo que verdaderamente es: publicidad para la empresa privada y adoctrinamiento en un modo de vida que los ricos han escogido como el más conveniente para los pobres. El que lo recibe, sin embargo, entiende bien el mensaje: el “padre” está de parte de W.R. Grace and Co., La Alianza para el Progreso, gobierno democrático, el AFLCO (American Federation of Labor Congress of Industrial Organization) y de todo lo sagrado que contiene el Panteón Occidental.
Naturalmente, hay opiniones divididas entre si la Iglesia se dedicó con ahinco a los programas sociales para lograr conseguir fondos “para los pobres”, o si buscó los fondos para ayudar a contener el Castrismo y asegurarse de este modo su prestigio institucional. Cuando la Iglesia se convierte en agencia “oficial” de un tipo de progreso, claudica de su derecho a hablar en nombre de los de abajo que están al margen de las agencias, por que van formando una mayoría cada vez más respetable. Cuando la Iglesia acepta el poder para ayudar, se ve obligada a denunciar a un Camilo Torres que es símbolo del poder de la renuncia. El dinero, por lo tanto, convierte a la Iglesia en una estructura pastoral que rebasa sus propios medios de mantenimiento y la convierte en un poder político.
El carácter emocional superficial de la involucración no permite la reflexión serena sobre las implicaciones de la “ayuda” americana al extranjero. Motivaciones extrañas, digamos, de ayudar en Vietnam, reprime los remordimientos que podrían resultar saludables. Al fin, nuestra generación comienza a taladar la retórica de la “lealtad” patriótica. Apenas comenzamos a reconocer la perversión de nuestra política de poder y el cauce destructivo que toman nuestros torcidos esfuerzos para imponer unilateralmente “nuestra forma de vida” a los demás. No hemos comenzado aún a enfrentarnos a las sombras que yacen detrás de los compromisos asumidos por nuestro personal clerical y a la complicidad de la Iglesia en el sofocamiento del despertar universal, el cual resulta demasiado revolucionario para poder co-existir en la “Gran Sociedad”.
Me consta que no hay ningún sacerdote o monja del extranjero, tan remiso en su misión, que no haya ayudado a enriquecer alguna vida durante su estancia en América Latina, y que no hay ningún misionero, tan incompetente, que no haya servido de medio a través del cual América Latina haya hecho alguna aportación a Europa o Norteamérica. Pero, ni la admiración que sentimos por la dedicación generosa, ni el temor de que nuestros amigos tibios se conviertan en enconados enemigos, deben impedirnos hacer frente a los hechos. Los misioneros que se envían a América Latina podrán hacer: 1) de una Iglesia extranjera, una Iglesia aún más extranjera; 2) una Iglesia abarrotada de clérigos, conducida totalmente por clérigos; 3) que los obispos se conviertan en pordioseros serviles. La discusión sobre Vietnam, traída a la palestra pública, ha quebrado la unanimidad del consenso público. Espero que despertando la conciencia pública sobre los elementos, represivos y corruptos que los programas cié ayuda “oficial” eclesiástica contienen, se ayuda a crear un hondo sentido de culpa por haber permitido que hombres y mujeres jóvenes desperdicien sus vidas dedicándose a la “evangelización” en América Latina.
La importación masiva e indiscriminada de clero ayuda a la burocracia eclesiástica a sobrevivir en su propia colonia que se vuelve cada día más enajenada y más cómoda. Este tipo de inmigración contribuye a transformar. la antigua hacienda de Dios (en la cual los hombres eran tan sólo advenedizos) en el supermercado del Señor con un gran surtido de catecismos, liturgia y otros medios de gracia. Convierte a los campesinos que antes vegetaban, en consumidores satisfechos, y a las gentes devotas, en clientes exigentes. Llena los bolsillos sagrados proveyendo refugio para los hombres que le tienen miedo a la responsabilidad secular. Los frecuentadores del templo, acostumbrados a los sacerdotes, a las novenas y a los libros y cultura de España (posiblemente al retrato de Franco en la casa parroquial) ahora se encuentran con un nuevo tipo de ejecutivo, un talento administrativo y financiero que promueve un cierto tipo de democracia como el ideal cristiano. Muy pronto la gente comienza a sentir que la Iglesia está alejada, enajenada de ellos. Que es una operación importada, especializada, financiada del extranjero, que habla con un acento sagrado por cuanto extranjero.
Esta transfusión extranjera —y la esperanza de más transfusiones— ha dado a la pusilanimidad eclesiástica una nueva esperanza de sobrevivir, otra oportunidad para revivir el arcaico y pintoresco sistema colonial. Si Norteamérica y Europa envían suficientes sacerdotes para llenar las vacantes en las parroquias, huelga la necesidad de considerar el trabajo parcial y gratuito de los seglares para llevar a cabo la mayor parte de las tareas evangélicas; se hace innecesario reexaminar la estructura de la parroquia, la función del sacerdote, la obligación dominical y el sermón clerical; no se hará esfuerzo alguno por explorar la necesidad de los diáconos casados, por idear nuevas formas de celebración de la Palabra y de la Eucaristía y por considerar las celebraciones íntimas de conversión al Evangelio dentro del ambiente familiar. La promesa de más clero es como el canto de una sirena encantada. Hace invisible el crónico exceso de clero en América Latina y hace imposible diagnosticarlo como la más grave enfermedad de la Iglesia. Esta perspectiva negativa comienza a modificarse ligeramente mediante un pequeño núcleo de personas valientes y creadoras, algunos de ellos no-latinos, que reflexionan, estudian y se esfuerzan por una verdadera reforma.
Una gran parte del personal eclesiástico de América Latina está actualmente empleado en instituciones privadas que sirven a la clase media y alta y que frecuentemente producen ganancias respetables. Y esto en un continente donde se necesitan desesperadamente maestros, enfermeras y trabajadores sociales en los instituciones públicas que sirven a los pobres. Una gran parte del clero se dedica a funciones burocráticas, relacionadas generalmente con el expendio de sacramentos, sacramentales y “bendiciones” supersticiosas. Muchos de ellos viven en la miseria. La Iglesia, incapaz de usar su personal para tareas pastorales significativas, no puede siquiera mantener la teología para justificar el sistema, el derecho canónico para administrarlo y al clero extranjero para crear ante el mundo la imagen de que debe continuar así.
Un sentido de valores saludable va vaciando los seminarios y las filas del sacerdocio en forma mucho más efectiva que la falta de disciplina o de generosidad. De hecho, la nueva corriente de bienestar, hace la carrera eclesiástica mucho más atractiva para los oportunistas. Como consecuencia, los obispos se convierten en pordioseros serviles y ceden a la tentación de organizar verbenas y de lanzarse a la caza de sacerdotes y fondos extranjeros para construir tales anomalías como seminarios menores. Mientras tales incursiones tengan éxito, será difícil, si no imposible, tomar el camino más duro: considerar con lealtad si en realidad necesitamos de semejante juego.
La exportación de empleados eclesiásticos de una nueva Iglesia. Tanto las autoridades norteamericanas como las de América Latina, diversamente motivadas, igualmente temerosas, se hacen cómplices del mantenimiento de una Iglesia clericalizada e irrelevante. Insistiendo en la sacralización de empleados y propiedad, la Iglesia se ciega cada vez más a la posibilidad de sacralizar a las personas y a la humanidad.
Resulta duro ayudar rehusándonos a dar limosna. Recuerdo que en una ocasión suspendí el reparto de comida desde las sacristías en un área de mucha hambre. Todavía siento el aguijón de una voz que me acusó: “Duerme tranquilo para el resto de tu vida con la muerte de docenas de niños en tu conciencia”. Hasta ciertos doctores prefieren usar aspirinas antes que cirugía. No les remuerde la conciencia si el paciente se muere de cáncer, pero temen el riesgo del bisturí. El valor que hoy necesitamos es el que sugiere Daniel Berrigan, S. J., al escribir sobre América Latina: “Yo sugiero que suspendamos el envío de personal y cosas por tres años y que mientras tanto busquemos nuestros errores y enfrentémonos a ellos buscando el modo de no canonizarlos”.
De mi experiencia de seis años entrenando cientos de misioneros extranjeros destinados a América Latina he aprendido que los verdaderos voluntarios desean más y más enfrentarse a la verdad que pone a prueba su fe. Los superiores que mueven su personal mediante decisiones administrativas, pero que no tienen que vivir las consecuencias decepcionantes, están emocionalmente incapacitados para hacer frente a estas realidades.
La Iglesia norteamericana debe enfrentarse al ángulo doloroso de la generosidad: el peso que la oblación gratuita de una vida impone al que recibe. Los que van a América Latina deben aceptar humildemente la posibilidad de ser inútiles y hasta de hacer daño, aunque estén dispuestos a dar todo lo que tienen. Deben aceptar el hecho de que un maltrecho programa de asistencia eclesiástica los utiliza como paliativos para mitigar las penas de una estructura cancerosa. Su única esperanza será que la receta logre dar al organismo el tiempo y el descanso suficiente para el inicio de un proceso de curación espontánea. Lo más probable es que la píldora del farmacéutico detenga al paciente de consultar al cirujano y que lo haga adicto a la droga.
Los misioneros extranjeros se van dando cuenta, cada vez con más lucidez, de que han respondido a una llamada para tapar los agujeros de un barco que se hunde porque los oficiales no se han atrevido a lanzar los salvavidas. De no ver esto con claridad, los hombres que obedientemente han sacrificado los mejores años de su vida se habrán de encontrar en una lucha inútil por mantener a flote un crucero que anda a la deriva.
Debemos admitir que los misioneros pueden ser utilizados como peones en una lucha ideológica de proporciones mundiales y que es blasfemia usar el Evangelio para propulsar cualquier sistema social o político. Cuando enviamos a una sociedad hombres y dinero enmarcados dentro de un programa, no pueden menos que importar ideas que les sobrevivirán. Se ha señalado, en el caso de los Cuerpos de Paz, que el cambio cultural catalizado en una aldea por un pequeño grupo de emisarios extranjeros puede ser de mucho más peso que todo el bien inmediato que de su labor puede derivarse. Lo mismo puede ser cierto del misionero americano —cerca de casa, con poderosos medios a su disposición, muchas veces enviado sólo por un corto período— que se traslada a una región de intensa colonización económica y cultural por parte de los Estados Unidos. El es parte de esta esfera de influencia que a veces se torna de intriga. A través de los misioneros norteamericanos, los Estados Unidos ensombrecen y perfilan a su modo la imagen pública de la Iglesia. El influjo de los misioneros norteamericanos coincide con el de la Alianza para el Progreso, con el de los proyectos Camelot y CÍA y parece como un bautismo de ellos. La Alianza da la impresión de estar orientada por la justicia cristiana y deja de verse como lo que es: una decepción diseñada para mantener el status quo, si bien con distintas motivaciones. El capital neto que sale de América Latina se ha triplicado en los primeros cinco años del programa de la Alianza. El programa es demasiado limitado para siquiera abrir la puerta a un crecimiento constante arraigado en el país. Es un hueso que se lanza al perro para mantenerlo callado en el patio de las Américas.
Dentro de estas realidades, el misionero norteamericano asume el papel tradicional de un capellán-lacayo de un poder colonial. Los peligros que implícitamente conlleva el uso del dinero extranjero por parte de la Iglesia, asume proporciones caricaturescas cuando la ayuda es administrada por un “padre gringo” para silenciar a los “subdesarollados”. Sería pedir demasiado a la mayoría de los americanos invitarles a criticar con cordura, claridad y franqueza la agresión socio-política de los Estados Unidos en América Latina. Y aún más difícil sería pedirles que lo hicieran sin la amargura del expatriado ni el oportunismo del renegado.
Los grupos misioneros de Estados Unidos no pueden evitar proyectar la imagen de las “avanzadas americanas” en tierras extranjeras. Sólo americanos individuales que se mezclan con el pueblo podrán evitar esta distorsión. El misionero estadounidense es necesariamente un agente “encubierto” —sin bien inconsciente— del consenso social y político de los Estados Unidos. Pero, conscientemente y a propósito, quiere traer a América Latina los valores de su Iglesia. La adaptación y la selección raras veces llega al nivel del enjuiciamiento de los valores como tales.
Hace diez años, la situación no se presentaba tan ambigua, cuando con buena conciencia, las sociedades misioneras servían de canales para el flujo de la mercancía de la Iglesia norteamericana hacia la América Latina. Todo, desde el “clergyman” hasta las escuelas parroquiales, desde la Confraternidad de la Doctrina Cristiana hasta las Universidades Católicas, eran considerados como productos vendibles en el mercado latinoamericano. No se necesitaba mucha propaganda para convencer a los obispos latinoamericanos de que valía la pena probar los productos rotulados “made in U.S.A.”
Hoy la situación ha cambiado considerablemente. La Iglesia de los Estados Unidos se estremece ante los primeros hallazgos de una autoevaluación científica y masiva. No sólo se examinan y atacan los métodos y las instituciones, sino aún las ideologías que los inspiran. Resulta evidente la paradoja de un nombre que intenta implantar en una cultura totalmente diferente estructuras y programas que ahora se rechazan en su país de origen. (Hace poco llegó a mi conocimiento el interés de un grupo de norteamericanos que hacían planes para crear una escuela elemental en una parroquia de ciudad donde ya existe una docena de escuelas públicas).
Existe también el peligro opuesto. América Latina no puede continuar tolerando ser un paraíso para los liberales de Estados Unidos que no pueden convencer a nadie en su propia casa, un escape para apóstoles demasiado “apostólicos” para encontrar su vocación como profesionales competentes dentro de su propia comunidad. Los vendedores de mercancía norteamericana amenazan con hacer pasar imitaciones de segunda clase de parroquias, escuelas, catecismos —ya pasados de moda aún en los Estados Unidos— por todo el continente latinoamericano. El escapista aventurero amenaza confundir aún más al mundo extranjero con sus declaraciones superficiales que carecen de viabilidad hasta en su propio país.
La Iglesia americana de la generación de Vietnam encuentra difícil dedicarse a brindar ayuda al exterior sin exportar a la vez sus soluciones o sus problemas.
Ambos resultan lujos prohibitivos para las naciones en desarrollo. Los mexicanos se ven obligados a pagar altos impuestos por regalos inútiles o no solicitados para no ofender a los bien intencionados amigos que se los envían. Los que hacen donativos no deben pensar en términos de este momento o de esta necesidad concreta, sino en términos de la generación completa y de los efectos futuros. Los planeadores de regalos deben preguntarse si el valor global del regalo en personal, dinero e ideas vale realmente el precio que el último análisis habrá de pagar el que lo recibo. Como afirma el Padre Berrigan, los ricos y poderosos pueden decirse a no dar, los pobres, en cambio, apenas pueden rehusar aceptar. Puesto que la limosna condiciona la mente del que pide, no hemos de culpar del todo a los obispos latinoamericanos por pedir la desorientada ayuda extranjera. Una gran parte de la culpa recae sobre la eclesiología subdesarrollada de clérigos norteamericanos que dirigen la “venta” de las buenas intenciones americanas.
El católico norteamericano desea comprometerse a un programa eclesiástico válido, no en programas políticos y sociológicos subsidiarios, diseñados para influenciar el crecimiento de las naciones que se desarrollan conforme a un determinado programa social, aún cuando una tal doctrina lleve el nombre de “papal”. Por lo tanto, el punto céntrico de la discusión no es cómo se ha de enviar personal y dinero, sino si debe o no enviarse. Mientras tanto, la Iglesia no esté en ningún peligro inminente. Nos inclinamos a salvaguardar estructuras en vez de indagar su propósito y su valor. Anhelando gloriarnos de la obra de nuestras manos, nos sentimos culpables, frustrados y coléricos cuando parte del edificio comienza a derrumbarse. En vez de tener fe en la Iglesia, intentamos frenéticamente construirla según nuestro nebulosa imagen cultural. Queremos construir comunidad descansando en técnicas y permanecemos ciegos al deseo latente de unidad lucha por lograr expresión entre los hombres. Llenos de temor, planeamos la Iglesia en base a estadísticas en vez de buscarla en la esperanza.

(Monseñor Ivan D. Illich es el director del Centro Intercultural de Documentación —CIDOC— en Cuernavaca, México, el cual por muchos años ha venido preparando misioneros para el trabajo en América Latina.)
Traducido al español del artículo “Ehe Seamy Side of Charity”, América, 21 de enero de 1967, vol. 116, núm. 3, número completo 3002.

Ivan D. Illich

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