«Favela», «favelado», «fila», hambre, miseria, «macacao», «tren de la Central», «masa» son vocablos que a las «élites» causan desprecio y pavor. Por eso, V. E. y la «élite» que lo rodea se enfurecen frente a esa masa que quiere surgir como seres humanos; se aterrorizan delante de la «favela» que desciende a la ciudad; sienten náusea junto a un «macacao» chorreando aceite. Pero «favela», «macacao», masa, significan pueblo oprimido, pueblo explotado que no quiere más tutela, pueblo humillado que ahora mira el horizonte con la cabeza erguida, pueblo en marcha hacia una civilización diferente, hacia un mundo nuevo, verdaderamente fraternal y cristiano.
Se menciona en la nota de la Curia el «escándalo». ¿Escándalo de quienes? ¿Escándalo de los campesinos, de los pobres, de los humildes, de los obreros, de los estudiantes? No; mi actitud no escandalizó la conciencia de ninguno de ellos. Puede y debe haber escandalizado, sí, a aquellos que desde hace mucho son la personificación de toda clase de escándalos.
Mi actitud de hombre y sacerdote sólo puede ser la que siempre asumí y seguiré asumiendo; jamás y por ningún precio podré traicionarme y traicionar al Evangelio, abandonando al pueblo al que fui destinado por el sacerdocio. Por eso continuaré luchando, luchando siempre hasta el límite de mis fuerzas, hasta donde humanamente me sea posible, hasta el sacrificio.
El mundo que queremos construir, el nuevo mundo fraternal al que aspiramos, merece todos nuestros sacrificios y es lo suficientemente bello como para dar sentido a toda nuestra vida. Acepté el Evangelio y no puedo mirar para atrás, sin volverme indigno. Serenamente continuaré al lado del pueblo, en Río de Janeiro, en Marañon, en cualquier parte del Brasil, en todo el mundo. Serenamente, en la certeza de que el Evangelio de nuestros días significa realizar la reforma agraria, la reforma universitaria, la reforma urbana, la reforma de las relaciones de trabajo en la industria, la lucha contra el imperialismo político y económico, la lucha contra toda clase de opresión.
Creo que estoy en la verdad y como la verdad se expande, de ningún modo podría guardarla para mí solamente.
Padre Alipio de Freitas
Los Obispos del Nordeste, encabezados por D. Helder Cámara, reunidos en sesión ordinaria los días 12, 13 y 14 de julio, tomaron conocimiento del manifiesto de la A. C. Obrera sobre la situación de los trabajadores del Nordeste y del memorándum presentado por la A. C. Rural y la Juventud Agraria Católica sobre el medio rural del Nordeste.
Este es el texto de la Declaración de los Obispos:
«Ante un documento tan objetivo, cúmplenos agradeceros, caros militantes y Asesores por la contribución que aquel representa en pro de la verdad y de la justicia. Al término de nuestra reunión queremos reafirmar nuestra entera solidaridad a los trabajadores, especialmente aquellos que pasan hambre, sufren presiones o son víctimas de injusticias. Proclamamos con el Concilio, que el trabajo supera en valor y en dignidad a los demás elementos de la vida económica y reconocemos que no puede haber desarrollo o promoción, donde no se coloca al hombre en primer lugar. Donde no se respeta la persona humana, donde no se tiene la vista puesta en el bien común, o no se defiende la igualdad esencial de todos los hombres, no existe desarrollo, ni cristianismo.
Ahora, los documentos citados y otros informes que nos llegan de diversas regiones del Nordeste dan cuenta de una situación vejatoria a que se hallan sometidos operarios urbanos y rurales.
La Iglesia, madre y maestra de todos, no toma posición contra nadie. Puesta en el mundo para servir, siéntese deudora de todos, patrones y obreros, asalariados y propietarios, pobres y ricos y hombres de mediana condición. Si por imperativo de conciencia condenamos la injusticia no queremos acentuar las divergencias entre los hombres o entre grupos sociales; queremos sí, unir cada vez más los miembros del Pueblo de Dios. Entretanto, la solicitud material de la Iglesia ha de volver a ser preferente para los que sufren, los que no consiguen ganar el pan para sí y para su familia, aún con el sudor abundante de sus rostros, para aquellos que parecen condenados al estancamiento y a condiciones infrahumanas de vida.
Convocamos a las autoridades y a los hombres de empresa a emplear todas sus energías y recursos en la creación de nuevas fuentes de promoción social. Deploramos y condenamos todas las injusticias cometidas contra los trabajadores sea en materia salarial, sea en las presiones ejercidas contra los órganos de clase, sea en las innúmeras transgresiones a las leyes laborales y al Estatuto de la Tierra.
Recomendamos a todos los trabajadores, que a pesar de las dificultades de la hora presente continúen confiando en sus sindicatos y prestigiando sus asociaciones. Aún cuando esos instrumentos de promoción y defensa de los obreros no puedan resolver todos los casos satisfactoriamente, es en ellos que está la esperanza de los trabajadores. Solamente por la unión de todos será posible la defensa de los intereses colectivos.
Al mismo tiempo, sin embargo, recordamos a todos los trabajadores que, defendiendo sus derechos, no olviden, en ninguna circunstancia, sus deberes para con el trabajo y se esfuercen para tornarse siempre más concienzudos y eficientes en el ejercicio de sus tareas profesionales. Reafirmamos, en fin, nuestra confianza y nuestro apoyo a las organizaciones de Acción Católica que actúan en el medio operario y en el medio rural. Reconocemos que reclamando mejores condiciones de vida para los trabajadores, ya están haciendo verdadera evangelización y preparando el clima para el anuncio completo de Cristo y su doctrina. Os exhortamos, caros militantes a permanecer firmes e impávidos como fermento evangélico en el mundo obrero, confiantes en la palabra de Cristo «reanimaos y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra redención».

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