A pesar de la andanada de denuestos, a pesar de tener en su contra a casi toda la llamada “prensa sana” del país encabezada por el diario “La Razón”, a pesar del genuflexo documento episcopal que los condena. A pesar de esto y mucho más, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo sigue firme en su misión específica, o sea el compromiso efectivo con la lucha justa de los explotados.
Así, estuvieron presentes acompañando a los obreros de la Fábrica Argentina de Engranajes (FAE) y Lorilleux. Animando y colaborando en todo lo que fuera necesario para consolidar una nueva victoria obrera contra quienes cuentan con la protección que les da su dinero, los Sacerdotes del Tercer Mundo no hacían otra cosa que cumplir estrictamente —una vez más— lo que señala el Evangelio. A medida que su prédica fue haciéndose más efectiva, creció correlativamente la campaña de desprestigio orquestada por el régimen. Durante el gobierno de Onganía se intentó presionar por intermedio de los obispos para lograr neutralizar su acción, e incluso se pretendió plasmar un diálogo ocasional. El arribo de Levingston al poder y la publicitada inclusión de elementos de incuestionable procedencia cristiana en el caso Aramburu cambiaron radicalmente el estilo de presión y difamación sobre el Movimiento. De tibias críticas se pasó al ataque frontal. El gobierno exigió una definición condenatoria al Episcopado. En lo interno, sectores del clero conocidamente reaccionarios y preconciliares se manifiestan públicamente, por primera vez, contra los postulados terceristas y los obispos que apoyan su misión.
A esto se suma la actitud de quienes escudándose tras el Evangelio, firman solicitadas injuriando a los que lo defienden y lo predican en la práctica. Porque nadie puede llamarse a error sobre los que haciendo gala de un catolicismo de primera hora llevan adelante esta campaña de calumnias. Son los que menos tienen que ver con la Iglesia, los que haciendo honor de su acérrima tradición liberal la han atacado en numerosas ocasiones tratando de dividirla. Ellos son una parte misma de esa oligarquía que viene oprimiendo al país desde 1955.
Entre probos y elegidos
Es sumamente sugestiva la posición de la Jerarquía invocando el derecho canónico para precipitar la injusta excomunión al padre Raúl Marturet y por contraste el mutismo observado cuando la detención del padre Carbone, donde no se pusieron en juego ninguna de las argucias esgrimidas para fundamentar la condena del sacerdote correntino. Ante la participación reciente de numerosos cristianos empujados a la violencia vindicadora, no a pesar de su fe, sino como consecuencia de una profundización de la misma y tras agotar toda otra posibilidad de lucha eficaz por la justicia, los obispos no elaboran una respuesta original. Adoptan los argumentos oficiales condenando la violencia en general, sin querer comprender que los métodos de reacción del pueblo los impone el funcionamiento del régimen.
Se suman así al coro condenatorio por la muerte de Aramburu e insisten en su silencio ante hechos como la muerte de Valiese, Gerardo Ferrari, Baldú y otros.
Pero el pueblo no está solo en sus luchas. Prueba de ello es la presencia solidaria de numerosos sacerdotes acompañando los restos de los compañeros Abal y Ramus. Por despedirlos con palabras que el pueblo no pudo expresar, por su permanente entrega a la causa de la liberación, los padres Mugica y Benítez fueron detenidos. Por eso serán castigados. Pero sus voces redentoras no podrán ya ser acalladas. Ellos son la Iglesia hecha carne en la esperanza de los oprimidos.

  • El Documento Tortolino
  • Tras el prólogo con un nosotros y vosotros, que hace de Tórtolo la Iglesia docente y del clero la discente y ejecutante, a tono con el concepto de obediencia de que habla luego, cita a Pablo VI:
    “No admitamos jamás que un ministro del Evangelio anuncie una palabra puramente humana. . . “, cita al Concilio: “La misión de la iglesia no es de orden político”, cita otra vez a Pablo VI sobre el peligro de considerar en la verdad religiosa sólo lo humano…
    Estos textos los aprovecha Tórtolo para censurar como “peligrosos errores de sacerdotes y laicos” las declaraciones de estos abogando por la justicia social. En términos pocos claros parece deducir de los textos citados que le es ilícito al sacerdote la prédica directa de la justicia. Sólo le sería lícito predicar el mensaje de salvación del que se deducirá la justicia social. Sin embargo, siendo verdadero que los textos citados condenan un humanismo negador de lo sobrenatural, es falso que se pueda extraer de ellos que únicamente por lo sobrenatural deba el predicador llegar a hablar de lo natural. Si esto fuera cierto habría que ver también en ellos una condenación a todos aquellos que trabajan en la enseñanza de las ciencias naturales en el campo de la docencia de la Iglesia. Los textos citados solo condenan la enseñanza de un humanismo exclusivamente naturalista. Este error Tórtolo lo expuso con más claridad por T.V. días antes de aparecer su documento. A renglón seguido censura a los sacerdotes por no trabajar en comunión con los obispos. Debiera examinar primero si él está en comunión con todo el episcopado argentino y, luego, si este episcopado lo está con los obispos de todo el mundo. Ciertamente la declaración de Tórtolo desentona de las declaraciones de Medellín y San Miguel. Desentona de las recientes declaraciones de los obispos chilenos, uruguayos, brasileños, bolivianos, etc. Desentona hasta de las de los obispos españoles —tan conservadores siempre. Todos estos episcopados, en circunstancias casi idénticas a las nuestras, enfatizan siempre que la violencia no estalla arbitraria y caprichosamente sino como expresión de la injusticia, que no se disimula con propaganda dirigida. Todos estos episcopados a tono con Paulo VI denuncian que es hipocresía no reconocer la violencia opresiva causa de la violencia defensiva. (El ultimo documento de Mons. Partelli es la antítesis del de Tórtolo. Y las circustancias uruguayas son más graves que las argentinas.)
    Habla luego de la obediencia. Cita el decreto N° 15 del Vaticano II sobre los presbíteros. Si juzgamos por la forma como ha procedido Tórtolo en la redacción de su documento, sin dialogar con los sacerdotes terceristas que ataca y condenándolos sin oirlos. la obediencia como él la entiende es la pre-conciliar. Es la obediencia pasiva no activa. Es activa cuando superiores y subditos estudian conjuntamente los objetivos y medios a seguir. Es activa cuando el subdito delibera con el superior lo que se ordena y por qué se ordena. Tórtolo elaboró su documento a espaldas de los clérigos y de la mayoría del episcopado dándole carácter de sanción y de castigo a los terceristas.
    Por otra parte, la cita, dislocada del contexto, falsea su espíritu. Allí se habla de una obediencia que conduce a la madurez de la libertad personal. No de la infantilizante y cosificante. Allí se habla de una obediencia que obliga al clérigo a buscar nuevos métodos apostólicos para bien de la Iglesia, no para bien del obispo ante el gobierno o los generales amigos.
    Lo mismo se puede decir de las deducciones forzadas que se extrae de las citas del N” 6 del mismo decreto decreto sobre los presbíteros. Ese número encomienda especialmente a los sacerdotes, los pobres y necesitados, cuya evangelizaron fue señal mesiánica. Es en la construcción de la comunidad parroquial, nacional y mundial cristiana donde el presbítero no debe pretender que todos sean radicales o peronistas o socialistas de Ghioldi. Tórtolo confunde la prédica de la justicia y de la socialización, aconsejada por Juan XXIII en todo cuanto lo exige el bien común, con la prédica del proselitismo partidista. En el mismo error cae al citar el N° 19 de los documentos de Medellín.
    Encara luego dos temas, ya directamente contra los tercermundistas: l°) la exigencia de estos de socializar la economía y cultura: y 2°) la violencia. Sobre lo primero, aunque quepa reconocer cierta imprecisión en las declaraciones terceristas, jamás éstos han dejado de advertir que es el bien común el que debe dar la medida de la socialización. No son por tanto enemigos de la propiedad justa y beneficiosa incluso al bien común. No se han salido de la doctrina de las encíclicas ni de la doctrina social de la Iglesia.
    El que se sale de la doctrina de la Iglesia es Tórtolo con su documento. En el espíritu, por los fines perseguidos y la letra, el documento tortolino es la defensa del capitalismo individualista. Y, no de cualquier capitalismo sino del imperante, es decir, del sostenido por un gobierno inconstitucional, entreguista y desenfadadamente antipueblo. El ochenta por ciento de los argentinos lo ha entendido así. Ha entendido que allí se ha defendido al régimen de los militares. No precisamente la doctrina de la Populorum Progressio ni menos del Evangelio.
    Sobre la violencia Tórtolo repite una vez más la media verdad campaneada al presente, como una concesión a las oligarquías, por ciertos obispos para que no pierdan su amistad y acaso la fe ante la prédica de cambios socioeconómicos fundamentales y perentorios. La doctrina moral sobre la violencia, no a medias sino a enteras, la han expuesto mil veces los teólogos.
    Todo el documento es un lloriqueo por el ajusticiamiento de Aramburu, aunque no lo nombre. Sigue la política de Pilatos de castigar al justo para aplacar y contentar al injusto. Tórtolo no salió en defensa de los 33 argentinos asesinados, en junio del 56, por orden de Aramburu. Su documento no es un castigo a los tercermundistas. Es una afrenta al episcopado nacional y sobre todo al latinoamericano:

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