En los días del aniversario del asesinato de la compañera Hilda, volvió a expresarse la rebeldía popular de los cañeros y Tucumán fue una vez más la noticia del pueblo. Allí se lucha siempre, a pesar de las traiciones y dificultades que enfrentan los compañeros tucumanos que han sido las víctimas predilectas de la política económica de entrega y de miseria.
Pero esta vez se sumó a la rebelión un nuevo apoyo que debemos resaltar por su significación y resonancia; algunos sacerdotes sintieron la lucha del pueblo como un deber, como sintió Camilo la lucha revolucionaria: “una lucha sacerdotal y cristiana”.
La sangre de la compañera caída defendiendo el pan de sus hijos y el destino de los trabajadores tucumanos, renacía en la nueva actitud de compromiso concreto con el pueblo que asumen estos sacerdotes en Tucumán, en otras zonas del país; en Brasil, en Guatemala, en Colombia y en casi todos los países de América.
Y a este gobierno “militar y cristiano” nada puede complicarle más su tarea de entregar la Soberanía y de hacer pagar al pueblo el plan económico de los yanquis, como el hecho de que los cristianos —sacerdotes y laicos— participen activamente en la lucha nacional y popular y le quiten el pretendido sustento ideológico “occidental y cristiano” que es el último disfraz del régimen y que se usa y abusa para justificar todos los atropellos, todas las explotaciones, todos los crímenes.
Por eso hubo una tensa molestia en los sectores militares cuando el valiente Vicario de Tucumán, Monseñor Gómez Aragón respondió, con un coraje evangélico casi desconocido en la jerarquía católica, a la impertinente y reaccionaria posición del gobernador: “Los que queremos seguir a Cristo no interpretaremos su corazón y su doctrina si no encarnamos nuestro destino en el destino de los demás; gozar con los que gozan, llorar con los que lloran, partir el pan con los indigentes y sufrir con los hambrientos; muchos no comprenden la dinámica hecha revolución en la caridad.”
No es que el gobierno no comprenda, es que comprende demasiado bien. Y por eso sabe que la respuesta del Vicario, la solidaridad de los sacerdotes con la lucha de los cañeros, la presencia de los cristianos en las expresiones populares revolucionarias puede causarle mucho más estrago en su pedestal, en sus columnas, en sus mecanismos de sustentación, que toda la prédica de las “vanguardias” impotentes.
Entonces se movilizó rápidamente el Nuncio, el mismo que hizo las maniobras para sacar al Obispo de Avellaneda y se designó rápidamente a un obispo de Tucumán que retome la complicidad del silencio y la omisión ante los hechos que afectan a los pobres, a los humildes, a los que merecen y exigen la solidaridad combativa y militante.
Desde este miedo a la acción revolucionaria de los cristianos, el régimen juega hábilmente: no quiere que en Argentina se repitan los enfrentamientos entre los sectores revolucionarios de la Iglesia y el gobierno reaccionario. No quieren problemas con este enemigo que no tenían en sus planes, ni en sus esquemas, ni en sus estudios de situación.
A medida que el cristiano militante va tomando conciencia de su responsabilidad y va profundizando su compromiso, sin detenerse en evasiones teóricas, coartadas existenciales, excusas ideológicas ni escapismos de soluciones o “revoluciones cristianas”, el gobierno irá descubriendo “conspiradores”, “subversivos”, “terroristas” y “extremistas” en cada uno de los que quieran ser fieles al Evangelio y se incorporen a la lucha de Liberación. En esta lucha de Liberación, el gobierno está del lado de los enemigos. Ya nadie, ni siquiera los que apoyaron esta experiencia, tienen dudas acerca del lugar que ocupa y del papel que cumple el gobierno.
Hay una lucha, una guerra, declarada a nivel mundial. Los enemigos del género humano son los que asesinan al heroico pueblo que lucha por su Liberación.
Son los mismos que sostienen a los gobiernos gorilas de nuestra América. Los mismos que asesinaron a Camilo, al Che, y a todos los que luchan, de cualquier forma, por la Liberación.
La sangre y la muerte de los Vietnamitas es el precio que todos los hombres pagamos por la Liberaron. Ahora en Vietnam; después será Vietnam en América Latina. El Vietnam de la próxima década es América Latina.
Somos todos nosotros. Son los compañeros tucumanos y los mineros de Bolivia y Chile, son los trabajadores y los pobres de toda América.
Y los cristianos estamos también metidos en esta guerra sucia y definitiva. En esta última violencia en la que el imperialismo yanqui se juega sus últimas cartas.
Los cristianos debemos sentirnos solidarios hasta el fin en esta guerra. Y tenemos que elegir el lugar de nuestra lucha. Por complicidad o por cobardía, por silencio o por omisión, por exigencias de lucha y revolución. Y saber que tenemos enfrente a los enemigos del Amor. A los que perfeccionan sus bombas, sus mecanismos de explotación y dominación. A los que ensayan en la carne y la sangre del heroico Vietnam, las mismas armas y el mismo odio que ya han usado y que pretenderán seguir usando contra nosotros, en América, en nuestra propia tierra.
En esta solidaridad de la complicidad o de la lucha estamos todos comprometidos. Aunque no queramos aceptarlo… como lo aceptaron y asumieron los sacerdotes tucumanos y como lo vivió Camilo.
También esto lo aceptó el régimen y por eso estamos en lucha, en guerra, que es la misma guerra en Vietnam, en Tucumán, hasta la Liberación, hasta la Victoria.

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