• ACLARACIÓN PREVIA
  • Este discurso debió ser pronunciado el 15 de diciembre en el Platense Club de Montevideo. Las medidas tomadas por el Gobierno uruguayo en la madrugada del 13 de diciembre impidieron la realización del acto a la vez que clausuraron los diarios Época y El Sol y suprimieron los movimientos políticos que respaldaban dichas publicaciones.
    Todo esto confirma el acierto de estas afirmaciones hechas en el texto del discurso y convencen aún al más escéptico de la absoluta necesidad de encarar en serio la tarea revolucionaria para derrocar la tiranía.

  • El poder para el pueblo
  • Compañeros:
    Hoy cuando faltan exactamente dos meses para el segundo aniversario de la muerte de Camilo Torres, vamos a hacer un esbozo de su figura política y a comentar el significado que esta figura tiene para la juventud uruguaya. La vanguardia revolucionaria de América Latina ha reconocido en la persona del sacerdote colombiano, a medida que el tiempo pasa y sus escritos y hechos son mejor conocidos, que se trata de un extraordinario líder, de un heroico revolucionario.
    ¿Cuáles son los grandes lineamientos del ideario político de Camilo Torres? Creo que podemos sintetizarlos en estas tres afirmaciones:
    1 — El poder para el pueblo, es decir para la mayoría desposeída. Sin eso no hay cambio social en América Latina.
    2 — La vía electoral no es el camino para la toma del poder para el pueblo.
    3 — Lamentable, pero inexorablemente, es necesaria la lucha armada.
    Estas tres afirmaciones —que son otras tantas ideas-guías para la revolución— ayer se consustanciaron con la vida de aquel hombre y hoy expresan sintéticamente la línea marcada por la OLAS: Camilo fue un precursor.

  • El poder para el pueblo
  • En el Uruguay, donde no existen los “soviets” como en la Rusia de Lenin, existe un Congreso del Pueblo y unas organizaciones sindicales para quienes debemos reclamar el poder. El Congreso del Pueblo ha sido una manifestación auténtica del sentir popular. Hoy algunos quieren olvidarlo porque no pudieron maniobrar con él para sus fines partidistas y electoreros, pero nosotros no podemos abandonarlo porque constituye una expresión pujante de la vitalidad del pueblo uruguayo. Existe también un gremialismo poderoso. Un gremialismo que, pese a haber sido manoseado por los gorilas ante la pasividad y el entreguismo de algunos falsos dirigentes sindicales, es un gremialismo que ha sabido repudiar a los grupos amarillos y a los institutos de formación de “carneros”. Para ellos debe ser el poder. Sin el poder en manos de las agrupaciones populares la revolución es una palabra vana. Como fueron vanos los intentos reformistas de la Alianza para el Progreso y de los planes de desarrollo económico para América Latina. Estos proponen algunos cambios estructurales, como por ejemplo las reformas agrarias. Pero lo que no proponen es entregar el poder al pueblo. Por eso fracasaron y por eso van a seguir fracasando todos los esfuerzos sustitutivos de la revolución. Porque no hay voluntad de abandonar los privilegios, no hay voluntad real y sincera de cambio social.
    Ejemplo elocuente de reformismo inoperante son los trabajos de la CIDE. Cuántos ingenuos creímos inicialmente que podría ser ese un camino para el desarrollo de nuestro país. Hoy ya nadie cree en la CIDE. Los seis tomazos publicados son un cúmulo de mentiras, un monumento de hipocresía y de deslealtad para con el pueblo. Son 11 kilos 000 gramos de papel ensuciado con tinta que no encierran un gramo de sinceridad. Porque en esos 11 kilos 600 gramos de papel escrito no hay una sola frase que hable de ceder siquiera en parte el poder a las mayorías, porque no se proyecta la creación de ningún organismo de decisión popular, porque no existe la más mínima voluntad de ejecución de” todas las maravillas que allí se planean. Palabras, palabras y palabras. Pero los cambios se hacen con hechos y con voluntad. Y la voluntad de cambio la tiene el pueblo.
    Ejemplo elocuente también de la inoperancia reformista lo constituye la “revolución en libertad” del gobierno chileno, donde no existe un auténtico poder social popular. ¿Existe revolución en Chile, donde se roba al pueblo? ¿Dónde se mata a los obreros? ¿Dónde se congelan los salarios y sube el costo de vida? ¿Dónde ahora quieren sacarle al pueblo el 15% de sus ingresos para un fondo que llaman de “capitalización”? ¿Capitalización de quién? ¿del pueblo? ¡De los imperialistas! Eso es una parodia de revolución, es una burla, es una farsa, es un sarcasmo. Unos cuantos magnates se encaramaron en el poder en nombre del pueblo para saquearlo, para masacrarlo.
    El proletario de América Latina, sabe muy bien que hoy no tiene poder económico, no tiene poder social, no tiene poder político, excepto en Cuba. Aquí en nuestro país, la minoría dominante tiene mil formas legales de trampear al trabajador, y si es necesario, lo hace en forma ilegal. Nuestro trabajador del campo es totalmente impotente para reivindicar sus derechos, aún sus derechos más explícitos en la ley. En este país, que se dice democrático, el patrón de estancia paga a sus peones lo que se le da la gana. Los propios gremios, que llamamos poderosos, en la angustia del sobrevivir cotidiano, han perdido toda posibilidad de controlar el mal uso que hacen los gobernantes de las riquezas del país, que son sus riquezas, las riquezas del pueblo. Los trabajadores uruguayos no tienen ningún poder político porque el aparato electoral ha arrancado de manos del pueblo toda posibilidad de hacer valer sus intereses. Los grupos de presión de la oligarquía son suficientemente poderosos como para regir los destinos del país. Hay que arrancar el poder a esa minoría dominante para ponerlo en manos del pueblo. Eso es revolución. Revolución es poder para el pueblo, es pueblo con las armas en la mano, es milicias populares. Revolución es un pueblo que sepa leer y escribir, pueblo alimentado, pueblo con nivel de vida decoroso, pueblo que controle el uso y el destino de las riquezas nacionales. Eso es revolución: poder para el pueblo, todo el poder para el pueblo. Pero eso no lo podemos alcanzar por vía electoral. Y esta es la segunda afirmación del ideario político de Camilo Torres.

  • La vía electoral no sirve como camino para la toma del poder para el pueblo
  • El sistema electoral de los países de América Latina es tremendamente fraudulento y cuando no se puede controlar el resultado de las urnas las elecciones se anulan lisa y llanamente como en el caso de Argentina, o se deja de lado la constitución y se dan golpes de estado como es corriente en casi todos los países. Frente a este cuadro de la democracia en América Latina, el Uruguay ¿es una excepción? Hay que reconocer que en este país el fraude es pequeño y que el resultado de las urnas hasta ahora ha sido respetado. Pero existe una forma más sutil de tiranía y no menos eficaz. Se nos ha adormecido con el mito de una democracia que es privilegio para unos pocos y sufrimiento cruel para la mayoría. La mayoría del pueblo uruguayo quería la reforma naranja; pero ¿quería el pueblo uruguayo esta tiranía que está ahora padeciendo?
    Rajan las detracciones de la carne, bajan las detracciones de la lana, bajan los aforos: pingües ganancias para los latifundistas. Aumenta el costo de vida en más de un 100% en un año, se devalúa el peso en más de un 100 % de golpe: más miseria para el pueblo. Ahora quieren congelar los salarios, intervenir la universidad ¿es esto lo que quería el pueblo uruguayo?
    La mayoría del pueblo uruguayo quería que el batllismo gobernara el país. ¿Y es el batllismo el que gobierna el país? Que lo diga Vasconcellos, o Michelini, o Faroppa, o tantos otros. Son los gorilas los que gobiernan el país. Es el Fondo Monetario.
    El sistema electoral uruguayo está totalmente corrompido. Corrupción de las tarjetas políticas para conseguir trabajo en medio de una desocupación masiva de más del 14 % de la población activa. Burocratismo paralizante de una plaga de más de 500.000 funcionarios públicos entre activos y pasivos.
    Frente a este proceso el camino de un cambio social por medio de una concientización paulatina de las masas queda completamente vedado por cuanto los medios de propaganda y de difusión masiva de las ideas están celosamente custodiados por la minoría dominante. La oligarquía controla esos medios y todos los indicios parecen indicar que ante una creciente conciencia de las masas no dudaría en apelar a la fuerza como se ha puesto de manifiesto en estas últimas medidas de seguridad. El respeto a las libertades democráticas que es cada vez más exiguo se mantiene mientras el poder pase de blancos a colorados o de colorados a blancos, porque la oligarquía y el imperialismo saben muy bien que mientras el poder esté en manos de blancos o colorados son ellos los que controlan la economía del país. Por más que protesten los izquierdizantes de cualquiera de estos dos partidos, la evidencia de los hechos recientes lo ha demostrado de una manera patente. Las denuncias de Vasconcellos son elocuentes, porque él mismo cae víctima de sus propias denuncias. Sólo falta que el pueblo saque las últimas consecuencias: nuestras famosas elecciones libres son un fraude.
    Hay que quebrar esa mentalidad electoralista que todavía se refugia en los mitos inculcados a nuestro pueblo. Hay que hacer ver que las elecciones son un lamentable y miserable sometimiento a los acomodos, a los pactos, a las intrigas y a las “cocinas” electoreras. Como lo hizo ver documentalmente la reciente película sobre las elecciones uruguayas.
    La verdadera democracia es la interpretación y la expresión fiel del sentir popular. Y esto no se puede lograr, como dicen los científicos y los sociólogos, si no se crea previamente un auténtico poder social. Pero caemos en un círculo vicioso.
    Porque no podemos crear un auténtico poder social con quienes no tienen poder político ni poder económico. Por eso la única manera de ejercer una presión eficaz de cambio social es recurriendo al uso de las armas. Tarea es pues de revolucionario, según Camilo y según la OLAS luchar contra el electoralismo. Porque el electoralismo divide al pueblo y el pueblo lo que necesita es unirse para la acción por sobre toda división de partidos. Esto significa en palabras más claras que la acción revolucionaria está más allá de la acción legal. Porque el derecho natural la aprueba, porque el Evangelio y el humanismo a reconocen válida, porque el derecho de las mayorías a tener lo indispensable para vivir, a saber leer y escribir, a llevar una vida decorosa, está más allá del brete jurídico con que las minorías privilegiadas quieren encerrarlos. El sistema legal, en un régimen de explotación se convierte en el instrumento de la tiranía. Por eso tenemos que romper ese instrumento porque es el instrumento del mal, es el instrumento de la mentira, es el instrumento de la tortura y de la muerte. Y esta es la tarea heroica que están realizando tantos compañeros nuestros que se han puesto al margen de la ley para defender el derecho de los pobres, que son perseguidos por la fuerza del orden porque luchan contra el desorden, que tienen cuentas con las justicia porque luchan contra la injusticia. Esos compañeros nuestros que las fuerzas oscuras de la reacción quieren confundir con los delincuentes pero que el pueblo sabe distinguirlos, que se los acusa de asaltos a particulares, pero que todos sabemos muy bien que no han hecho otros asaltos más que a las instituciones que primero asaltaron al pueblo. Pero evidentemente, compañeros, que esta lucha contra el sistema electoral, contra la falsa legalidad, no tiene verdadera eficacia sino encuadrada en una estrategia general de lucha armada. Llegamos así a la tercera afirmación en que hemos sintetizado el ideario político de Camilo Torres:

  • La lucha armada es necesaria
  • Yo no digo que lo sea siempre o en todas partes, pero digo que aquí y ahora no hay otra salida qué la lucha armada. Los cristianos predican la no violencia y la Unión Soviética la coexistencia pacífica. Pero en esta materia no es cuestión de opciones doctrinarias sino de realidad histórica. La revolución en su primera etapa de la lucha por la toma del poder nada tiene que ver con las teorías sobre la violencia. La lucha por el poder no se elige según el gusto de cada uno, o según la moral del revolucionario, sino que está dada por las condiciones de la realidad. Otra cosa es la elaboración y la ejecución de los cambios a realizar en la sociedad una vez tomado el poder por el pueblo. Allí puede haber escala de valores, orientaciones, principios rectores…
    Pero revolución en su primera etapa, es decir, en la lucha por la toma del poder para el pueblo, hay una sola, la real, la que es posible de hecho. Lo demás son pamplinas. Discusiones teóricas sin signifícado real.
    Todas esas declamaciones sobre la violencia, o sobre la coexistencia pacífica, sobre revoluciones en la libertad son payasadas. Lo que hay que estudiar y analizar muy seriamente son los medios reales, y no teóricos, que conduzcan verdaderamente a la toma del poder para el pueblo. Lo otro es una hipocresía más. Porque no hay ningún valor que sea superior a la dignidad de un pueblo, o al derecho que tiene el pueblo a disponer de si mismo. De modo que cualquier acción que conduzca eficazmente a esto queda cohonestada por ese solo hecho.
    La dificultad que experimentan los católicos —y hablo de ellos porque los conozco más de cerca— en la opción por una lucha armada no es generalmente una dificultad doctrinaria o de poca claridad en los principios, sino una dificultad inherente a la clase social a que pertenecen, cuando no es simplemente cobardía. Digo que es un problema de clase social porque, en estos países, la mayor parte de los cristianos pertenecen a la clase media o alta y son muy pocos los que pertenecen a las clases populares, sobre todo a las campesinas. Ahora bien, son éstas las clases explotadas. Por eso la mayor parte de los cristianos no sienten las injusticias. La tiranía no les toca tan de cerca, ni les afecta tan directamente, ni tan profundamente en su dignidad, ni en sus derechos fundamentales. Pero la historia aún reciente nos ha mostrado que estos mismos cristianos, cuando los regímenes políticos tocan los bienes eclesiásticos o la libertad de culto, o la práctica religiosa, no han titubeado en utilizar los medios más violentos para derrocar a dichos regímenes. Los que ahora dudan ante el uso de medios violentos, no han dudado en defender la religión con los medios más extremos.
    Recuerdo que siendo estudiante jesuíta en el Colegio Máximo de San Miguel, Provincia de Buenos Aires, el jueves 11 de Junio de 1955 hubo una quematina de Iglesias en Buenos Aires, y corrió la voz de que las “turbas” atacarían nuestra casa. En pocos días nuestro colegio se transformó en un nido de ametralladoras. Cada estudiante tenía un arma y un puesto de combate.
    Por ese mismo tiempo las iglesias de Córdoba se transformaban en arsenales de guerra, fabricaban bombas, se adiestraba la gente, etc. Sabido es de todos, la parte activa y destacada que tuvieron los grupos católicos de Córdoba en el golpe que derrocó a Perón ese mismo año. Y yo me pregunto, ¿son éstos los católicos que ahora dudan si se podrá recurrir a las armas para defender a los hambrientos, a los sin trabajo, a los humillados y marginados por el régimen capitalista?
    Y qué es más ¿la religión o el hombre que la practica? ¿el templo o el hombre que entra en él? Qué es más ¿el derecho de propiedad sobre los bienes eclesiásticos o la dignidad de la persona pisoteada y ultrajada por los tiranos y los imperialistas?
    La rutina del quehacer cotidiano y un lento acostumbramiento nos han insensibilizado frente al proceso avasallante y esclavizante del imperialismo. Resulta que en estos momentos nosotros que necesitamos comunicarnos con nuestros pueblos hermanos de Latinoamérica, conocernos, ayudarnos, para encontrar un destino común, que la lengua, la historia y la tradición nos deparan, no lo podemos hacer. Porque han surgido estos señores del norte que no contentos con la riqueza que amasaron durante decenios con el sudor de los esclavos y la explotación de nuestros países, vienen ahora a entorpecernos en nuestra búsqueda común, a obstaculizar nuestros encuentros, a dividir nuestros pueblos para impedir nuestro desarrollo y mantenernos en el atraso, en la miseria, en el analfabetismo, en la desorientación, en la esclavitud económica y política ¿Quién no siente indignación frente a estos hechos? Nos han dividido, no nos dejan conocernos, comunicarnos. La CIA nos vigila, nos da leyes, prohibiciones. ¿Dónde está la dignidad de nuestros pueblos? ¿Hemos perdido la capacidad de indignarnos? ¿Hasta cuándo vamos a tolerar este ultraje? Caen gobiernos, se cambian ministros, se cierran mercados, se rompen relaciones con Cuba, al beneplácito de estos señores. ¿Y frente a esta indignidad nos vamos a poner a dudar si conviene o no conviene la violencia? Un cristiano, un sacerdote debe sentirse identificado con los pobres y con los desposeídos y mas allá de todo discurso debe jugarse por la liberación
    de los oprimidos. Como no me creo eximido de esa tarea, por eso exhorto a la juventud uruguaya, y en particular a la juventud creyente, a luchar contra la mentira instalada en nuestras instituciones, a romper con estas viejas estructuras, a no creer más en el electoralismo, ni en el desarrollismo y a empezar de veras la construcción de una sociedad nueva, más justa, más fraterna, más humana, a partir de una honestidad rigurosa, sin vivezas ni privilegios. Exigiéndonos primero a nosotros mismos la superación de todo egoísmo, de toda ambición personal, sin concesiones a nuestros hábitos burgueses. Mostrando desde ya la austeridad de nuestras costumbres, sin esnobismos ridículos. Exigencias revolucionarias compañeros, que tenemos que aprender y practicar si queremos producir hechos y no palabras.

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