• LA IGLESIA Y EL CAPITALISMO LIBERAL
  • En más de una ocasión me tocó señalar que la Iglesia había “condenado” al capitalismo en las doctrinas sobre las que se basa y en las consecuencias que lleva consigo. Siempre hubo gente que se extrañó de esas afirmaciones, con todo sabía que la Iglesia había “condenado” al Marxismo. Supongo que después de esta encíclica a nadie quedará la menor duda, que podría no haber existido de estar suficientemente informado. Pero siempre es necesario distinguir. Nunca se dan errores puros. Hay fundamentos doctrinarios del liberalismo económico que son valores adquiridos. Se reconoce que la libertad es necesaria para el desarrollo de los pueblos. Que la técnica y la industria, marcadas por ahora con el sello de los imperialismos, son exigidas por esta marcha ascendente del hombre. Se previene del exceso de materialización en contra de los bienes del espíritu. Se señala que la regla del libre cambio está sometida a la justicia social, y al derecho natural y que puede ser “libre” sólo entre potencias iguales por eso entre países ricos y pobres aumentan los desquilibrios. Basta leer la encíclica para ver como una mentalidad capitalista debe ser totalmente reestructurada para vivir según el pensamiento de la Iglesia.

  • LA PROPIEDAD PRIVADA
  • Uno de los pernos de lo que se ha llamado “la doctrina social de la Iglesia” es la propiedad privada “garantía de la libertad esencial de la persona y al mismo tiempo un elemento insustituible del orden de la sociedad” (Mater et Magistra).
    La propiedad privada es el fruto del trabajo del hombre, prolongación de su propia personalidad; expresión de su libertad en sus aspiraciones y atentaciones; favorece el ahorro, la previsión y la riqueza pública. El bien común exige que todos gocen de esa libertad y no es la propiedad en sí, sino la frustración de este derecho la causa de males. (Cfr. Vaticano II, Iglesia y mundo actual).
    Estas han sido esquemáticamente las exposiciones de la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad. El presente documento toma otro punto de partida. Habla primero del derecho, divino, por su origen, de todos los hombres a los bienes de la tierra, para que la tierra trabajada por el hombre procure a cada uno lo que necesita para su pleno desarrollo. “Todos los demás derechos, sean los que sean, comprendidos los de propiedad y libre comercio, a ello están subordinados” (Populorum Progressio). Es importante el punto de partida, pues señala lo desviado de un ordenamiento de la propiedad que impide esta “finalidad primera”.
    Todos los Papas se han esforzado por aclarar la posición de la Iglesia entre propiedad privada y derecho común a los bienes de la tierra. En los últimos cien años se ha negado el derecho a la propiedad privada y se pretendió que defenderla era defender la fuente de todos los abusos. La Iglesia que no está por los vientos del momento, sigue sosteniendo que la propiedad privada ayuda a la realización del hombre. Por otra parte siempre se exige que “esté al servicio del bien común y no de la pura utilidad individual. De ahí que se ha de “administradores” de los bienes en utilidad común.
    Que existan comunidades en que las personas renuncien a sus derechos privados de propiedad por una propiedad comunitaria y que aún en el caso de la separación de una persona de la comunidad no tenga derecho a reclamar aquello que contribuyó a crear, lo ha creído siempre lícito la Iglesia pues tal es el caso de las comunidades religiosas.
    Creo que esta encíclica trae tres precisiones importantes sobre la propiedad:
    a) “No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario” (“La propiedad”, Populorum Progressio).
    b) “Si se llegase al conflicto entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias primordiales toca a los poderes públicos procurar una solución con la activa participación de las personas y grupos sociales”. |
    c) “El bien común exige algunas veces la expropiación, si por el hecho de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de la miseria que de ello resulta a la población, del daño considerable producido a los intereses del país, algunas posesiones sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva. (“El uso de la tierra”, Populorum Progressio.)
    Supuesta por tanto la subordinación de derechos, señalada más arriba, estas tres afirmaciones son sumamente jugosas. Nada se dice de como habrá de ser la futura propiedad, pero hay que tener en cuenta lo que dice la Mater et Magistra sobre la socialización.
    Por tanto es responsabilidad de los poderes públicos y de los grupos sociales un reordenamiento de la propiedad, injustamente apropiada. Ya documentos anteriores señalaban el daño a la economía, que producían los latifundios no explotados, pero señalaban que es necesaria “la indemnización, según equidad, teniendo en cuenta el conjunto de circunstancias” (Iglesia y Mundo Actual, Vacitano II).
    Aquí no se habla de indemnizar, omisión harto elocuente. Y se señala la extensión, como motivo suficiente de expropiación. O también el daño considerable a los intereses del país. Lo que hay que unir con lo que la Mater et Magistra dice de la distribución de la riqueza y lo que aquí se dice; “No se podría admitir que… las rentas provenientes de la actividad nacional sean transferidas al exterior por puro provecho personal”. Lo cual contiene un ancho campo de aplicación a los países explotados.

  • LA IGLESIA Y LA VIOLENCIA
  • No hay duda alguna que el cristianismo es un mensaje de paz entre los hombres que la única violencia es la que debemos realizar sobre nosotros mismos, sobre nuestros egoísmos y desequilibrios, para poder vivir de verdad al servicio de nuestros prójimos. Con todo, los filósofos y teólogos cristianos han hablado siempre del derecho a la guerra justa; a la pena de muerte; a la legítima defensa, aún hasta la muerte, del que injustamente adrede a muerte. Por influencia del Hinduísmo y de otras comunidades cristianas, hay una corriente del pensamiento católico que ha optado por la no-violencia y el pacifismo absoluto. De allí el reconocimiento del derecho de los “objetores de conciencia” a no realizar el servicio militar y a no participar en operación armada de ningún tipo. Por influencia del marxismo, teóricos y prácticos del catolicismo, perciben la violencia actual de este mundo que oprime en sus derechos fundamentales de personas a una gran mayoría de hombres del mundo entero. Fundamentados en algunas doctrinas de la Iglesia y en la experiencia revolucionaria de algunos países se inclinan a sostener lo que podríamos llamar un “derecho revolucionario” Esta es la tensión hacia dentro de la Iglesia Católica. La Iglesia siempre advirtió de los peligros de la revolución y de como había que evitar las causas con profundas reformas de carácter social y advirtió de los peligros de la situación “actual” que provocaba a los despojados a una revolución violenta. El presente documento avanza un paso. Ciertamente no es una exhortación a la revolución armada, pero creo que por primera vez se expresan condiciones sobre la situación y sobre los efectos de una “insurrección revolucionaria”.
    Condiciones: “Tiranía evidente y prolongada”. No hay porque entender solamente tiranía de una persona o de un partido político, creo que también puede entenderse tiranía económica, como poco más arriba se señala de los efectos del capitalismo liberal, “…que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y damificase peligrosamente el bien común del país…” Todo el tono de la encíclica denuncia justamente las graves violaciones que este “orden” actual realiza contra los derechos fundamentales de las personas y de los pueblos.
    Efectos: la encíclica da por sentado que la insurrección revolucionaria “…engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor”. Es por lo tanto una cuestión de prudencia, de posibilidad de mayor bien, a la corta o a la largo. La fijeza “prolongada” del orden actual con todos sus desórdenes, puede justificar aún en el orden de los principios doctrinarios, la prolongación de un estado de insurrección revolucionaria necesariamente prolongado, que incluirá también otros desórdenes, no queridos como tales, ni como medios para una nueva sociedad, pero inevitables para rechazar la injusticia social que es cada vez mayor: “los pueblos pobres permanecen siempre pobres y los ricos se hacen cada vez más ricos” (Populorum Progressio).
    Para los cristianos comprometidos, participar o fomentar una insurrección revolucionaria “no es una cuestión de oportunismo, según se sea libre o no de actuar como partido político, ni de cartel para la gran masa de ciudadanos, es, en primer lugar, una cuestión de conciencia y un asunto de justicia.

  • LO QUE NO DICE LA ENCÍCLICA
  • La encíclica no habla de la propiedad común de los bienes de producción. Señala simplemente que la propiedad de los bienes no es absoluta, tiene límites y obligaciones. La medida será el hombre y el bien común. Hay aquí un ancho campo para los sociólogos y economistas, para ensayar sistemas de producción que no partan de la, propiedad individual y privada. La Mater et Magistra señala repetidas veces la necesidad de que todos los componentes de una empresa, vengan a participar de la propiedad de la misma y señala asimismo otras formas donde las seguridades sociales y las capacidades profesionales, de hecho, ayudan a la realización del hombre más que la propiedad privada. Creo que esta línea de pensamiento hablando del desarrollo, urgente para muchos, podía haber sido más profundizada en esta encíclica.
    Al hablar de la acción social (“Pluralismo legítimo”) se señala que muchos hombres desde distintas organizaciones trabajan al servicio de sus hermanos pero como “toda acción social implica una doctrina, el cristiano no puede admitir la que supone una filosofía materialista y atea que no respeta ni la orientación de la vida hacia un fin último, ni la libertad ni la libertad ni la dignidad humanas. Pero con tal que estos valores queden a salvo…”.
    Evidentemente este párrafo muy parco por cierto, si bien menos caro, no contradice las palabras de la “Pacem in Terris” de Juan XXIII: “se ha de distinguir también cuidadosamente entre las teorías filosóficas sobre la naturaleza, el origen, el fin del mundo y del hombre, y las iniciativas de orden económico, social, cultural o político, por más que tales iniciativas hayan sido originadas e inspiradas en tales teorías filosóficas; porque las doctrinas, una vez elaboradas y definidas, ya no cambian, mientras que tales iniciativas, encontrándose en situaciones históricas continuamente variables, están forzosamente sujetas a los mismos cambios”. (…) Creo que también en esta línea, se podría haber avanzado algún paso o por lo menos señalar claramente la doctrina del papa anterior.
    Al hablar del imperialismo económico, la Iglesia no habla de su supuesta o real participación en él, por medio de grandes capitales en los consorcios financieros internacionales. Creo que el tema ha sido demasiado discutido a nivel mundial por parte de los hijos de la Iglesia y por parte de los que se dicen sus adversarios. Si la Iglesia tuvo en el pasado esa participación y ahora esta arrepentida de ello, debe decirlo en este momento de revisión y fidelidad profunda y si la tiene todavía debe poner los medios para deshacerse de esa colaboración activa en el pecado del capitalismo internacional. Y si no la tiene y no la tuvo nunca, espléndida ocasión ésta para haberlo dicho.
    Habla de la insurrección revolucionaria como una de las tentaciones de los pueblos explotados, que ya hemos comentado. Habla de la miseria de los desposeídos y se los deberes de justicia para dejar de ser explotadores. Creo que se habla demasiado de la acción de los pueblos ricos hacia los pueblos pobres y creo que se podría haber sido más explícito, en capítulo aparte y no en forma genérica, sobre la lucha del llamado “tercer mundo” para emerger, no como pueblos aislados sino como grandes comunidades de pueblos, hacia una solidaridad universal. El tema así como la “tentación revolucionaria”, da como para una próxima encíclica, que esperamos, en la medida que esté madura una opinión de Iglesia, entretanto corresponde a todos elaborar opiniones y doctrinas y tomar actitudes concretas.

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