“Nos toca incorporamos a esta lucha como cristianos hambrientos y sedientos de justicia en el momento nacional en que aparece también entre nosotros el signo de la Revolución.
No de la revolución decidida por los comandantes militares. No de la revolución cuyo jefe es designado por decreto. No de la revolución antinacional con su política de fronteras ideológicas y fuerzas de policía interamericanas; antipopular en su línea económica liberal y empresaria; y antirrevolucionaria por la carencia absoluta de ideología y planificación para el cambio real y profundo de las estructuras”.
Ese jefe “no es por supuesto el caudillo que el pueblo esperaba y presentía. Es el testigo que el régimen engendró y que viene a dar testimonio de su muerte. Viene a dar testimonio de su última carta, de su propio fin. Y porque es el último testigo, es el enterrador de todo lo que estaba vencido, caduco, terminado. Por eso se acabaron los partidos políticos, el parlamentarismo, la negociación electoral”.
En septiembre de 1966, Juan García Elorrio caracterizaba de esta suerte al publicitado golpe institucional, que con mesianismo y publicidad desenfadada tomaba el poder para salvar la entraña de un régimen afectado por un mal incurable.
Aquel, apenas a tres años, no era un tiempo apto para esas definiciones, precisamente en un campo como el cristiano anegado por la fiebre cursillista, esa especie viscosamente reaccionaria, mezcla de espíritu cruzado y tecnocracia neo-capitalista.
Era el tiempo en que Antonio, cardenal Caggiano, concurría presuroso a firmar el acto de asunción del mando de la dictadura entreguista.
El tiempo, en que las ocultas simpatías de muchos católicos barnizados con el progresismo post-conciliar, por la revolución cristiana, asomaron desnudadas al calor del golpe de julio.
Tiempo de social-cristianos, de militares nacionalistas, de diálogo y expectativa, de desensillar hasta que aclare.
En septiembre de 1966 apenas pocas semanas antes que la huelga portuaria, heroica y solitaria, marcara el primer hito del enfrentamiento del pueblo con el golpe monopólico y antipopular, Juan García Elorrio señalaba lo que entonces muchos denominaron como el verbo irreflexivo de un profetismo místico: “Ahora va a repetirse entre nosotros el esquema del Brasil, donde la dictadura de Gástelo Branco enfrenta y persigue a los obispos y a las cristianos comprometidos con la lucha del pueblo por su pan y libertad”.
Y así, se acometió con celo y eficacia digna de mejor causa, la tarea de someter sector tras sector del país, de su economía, de su cultura, de sus ya escasas libertades individuales a las voraces aspiraciones monopólicas.
Alineados contra esa sistemática operación de entrega y represión que combinadamente se volcará sobre los argentinos, las voces que desde diversos sectores de la Iglesia Argentina intentaron señalar objeciones —algunas cuando menos candorosas— al proceso de entrega fueron radicalmente silenciadas. Allí está para confirmarlo el triste episodio del obispo Podestá, desterrado de la diócesis de Avellaneda entre gallos y medianoche. A él de nada le valió no pelear en el momento culminante: no salvó así su ropa.
Pero los episodios de palacio en el mundo ascéptido de la Iglesia Argentina han quedado superados. Mártires y sangre han ya marcado duramente a aquellos que se han alineado en la columna liberadora que lenta pero seguramente ha echado a andar en la Argentina. Así pocos días atrás Gerardo Ferrari, un militante cristiano y revolucionario fue asesinado por el régimen. Desde hace meses Arturo Ferré Gadea, otro auténtico militante cristiano y popular sufre prisión por haberse alzado contra el régimen. Nada de esto era inesperado, nada de todo esto era imprevisible. La dimensión del régimen instaurado el 28 de junio de 1966 no permitía —en un análisis sincero, sentado pero apasionado por la causa del pueblo— abrigar otra perspectiva que no fuera, desde el régimen, la de la decisión de la entrega y desde el pueblo la resolución de resistirla. Y en esa vía ya están muchos de los que integran la Iglesia Argentina. De aquella que se manifiesta por afuera de las sacristías elegantes, de los colegios oligarcas, de los organismos burocráticos de pastoral, de las caducas instituciones de apostolado.
“Felizmente la Iglesia y el Cristianismo de 1966 no son lo mismo que en 1945 y 1955. El Concilio y los signos de los tiempos no han pasado en vano. Por eso el gobierno militar se equivocó cuando creyó que ciertas presencias, apoyos, influencias y personas eran toda la Iglesia o La Iglesia simplemente”. “Creyeron que la verticalidad de los mandos militares equivalía directamente a la verticalidad de la Jerarquía: no conocen la madurez del clero, ni la libertad del laicado, ni la renovación de la doctrina, ni el compromiso encarnado en las exigencias que nos toca vivir”. En septiembre de 1966. decía Juan Garcia Elorrio. Seguramente por haber creído en aquello que escribía y contribuir, en alguna medida, a hacerlo realidad, el régimen ahora lo procesa a través de las decenas de artículos que están regados en el Código Penal para atrapar cada movimiento liberador de los argentinos.
Resulta un lugar común afirmar que con este proceso nada se va a parar en el país y en la Iglesia. A despecho de los que creen en las órdenes teledirigidas de La Habana o Pekín. Porque ahí quedan —nomás en la Iglesia, que tan desesperadamente llama el ministro Imaz para que respalde a un gobierno agonizante— los Sacerdotes para el Tercer Mundo, el movimiento de Rosario y las decenas de grupos, militantes y aún simples testimoniantes de un compromiso cristiano auténtico con la realidad.
Porque finalmente algo ha echado a andar en la Iglesia y en el país de los argentinos, algo que ciertamente no parará más. a pesar de las rejas, de las torturas, de las balas, de las muertes, de la mentira y el desaliento organizados.
Porque el Dios de los cristianos ha comenzado a mostrar en Argentina la cara justa —y temible— del Señor de los Ejércitos. Aquel que:
De su brazo el poder desplegó / dispersó a los soberbios Al potente del trono bajó / y al humille elevó
Al hambriento de bienes colmó / con las manos vacías al rico dejó.

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