• 1: Amado Olmos – Federación de Trabajadores de la Sanidad
  • Los trabajadores y los sectores populares del país, desde 1946, nos hicimos “legalistas”. Creíamos en la ley y en el camino de la ley para defender nuestros intereses nacionales y sociales. Votamos en 1-049 una Constitución en la que estaban perfectamente definidos y defendidos los intereses de la Patria y el pueblo argentino. Nos adherimos a sus esquemas institucionales y nos mantuvimos en los carriles fijados por sus estructuras. Cuando se produjo la contra-revolución de 1955 y se operó la restauración de los privilegios de algunos sectores de la población y del imperialismo, nos encontramos desarmados: nuestras organizaciones servían para actuar dentro de LA LEY, no fuera de ella. Además nuestros dirigentes habían sido educados para la negociación y no para la LUCHA. Dolorosamente se pagó el precio de estos errores.
    Una generación de militantes gremiales y populares fue sacrificada en la pelea desigual y amarga contra los factores del privilegio nacional e internacional apoderados de la república.
    Ese sacrificio, sin embargo no fue en vano: el gobierno de la restauración oligárquico-imperialista, debió retroceder y convocar a comicios. Así elegimos a Frondizi como mal menor. Y, de este modo, equivocándonos nuevamente, reorganizamos el movimiento gremial sobre las bases de la LEGALIDAD que dejó intacto el manejo de los resortes del poder en manos de colonialistas de afuera y de adentro. Canjeamos por el plato de lentejas de una tolerancia oficial para con los gremios —siempre que no nos tomásemos demasiado a pecho nuestros deberes— el derecho a ser los artífices del destino de grandeza de nuestra patria.
    Así vinimos arrastrando este mal de origen, hasta estos días en que la derrota viene a abrir los ojos sin posibilidad alguna de equivocaciones.
    Asumimos la responsabilidad en lo que nos toca; también nos sentimos culpables de lo que acontece, pero asumimos la responsabilidad sin limitaciones y estimamos que parte de esa responsabilidad, no la menos importante, es la de llevar “hasta el fin este balance de lo que ha acontecido y formular públicamente, propuestas sobre lo que hay que hacer para que ello no vuelva a repetirse.
    Estábamos acostumbrados a la “legalidad”, repito, e hicimos de ella una especie de mito. Resultamos los mejores tramitadores de expedientes antes que los más decididos combatientes. Educamos en ese espíritu a nuestros cuadros y a nuestras bases. A cada atropello respondíamos no con la lucha sino con el recurso de amparo, cambiamos a Sorel por Vélez Sársfield.
    Nuestras huelgas fueron más que expresión de esa voluntad de lucha, una forma de dar salida al descontento de las bases y una presión a los poderes públicos para lograr nuevas negociaciones. De este modo terminamos defendiendo nuevamente la “legalidad”, ignorando que esa legalidad no era la del pueblo ni la de los trabajadores ni la de la Patria, sino la legalidad del privilegio colonialista. Concluimos finalmente uncidos al carro del RÉGIMEN, por aceptar la LEGALIDAD DEL RÉGIMEN. Ese camino no podía conducirnos sino al desastre, de un modo inesperado pero inevitable y el DESASTRE nos alcanzó.
    Los colonialistas han querido siempre un movimiento gremial que se ocupe de construir colonias de vacaciones y hospitales, antes que preocuparse de construir una Patria. Nos toleran como atenuadores de las consecuencias sociales producidas normalmente por ellos: sub-desarrollo y miseria. Para eso nos necesitan y a eso quieren limitarnos. Mientras estemos- dedicados a ser los samaritanos de las enfermedades sociales y económicas que otros provocan al país, seremos bien vistos y hasta recibimos con sonrisas en los salones desde donde los señores mandan, pero guay de nosotros si queremos defender a la Patria o al Pueblo o si procuramos que la miseria general no se siga transformando en riqueza de algunos pocos. Entonces nos acusan de subversivos se nos persigue y hasta se pretende aniquilarnos. Los colonialistas y sus amos solo nos permitirán vivir de rodillas en SU LEGALIDAD y al servicio de esa LEGALIDAD. ¿Estamos dispuestos los trabajadores y el pueblo aceptar ese papel? ¿Los descendientes de los que vivieron, lucharon y murieron con San Martín, Quiroga, Peñaloza y Várela, renegaremos de sus memorias e ignoraremos el mandato de esos sacrificios? Estoy seguro que no. Sé que el pueblo no ha elegido un camino pero no ignoro que ha RECHAZADO ya con agresiva decisión la capitulación y la entrega.
    ¿Qué debemos hacer? Hay que reconstruirlo todo. Comenzar desde abajo, abrir paso a los jóvenes militantes gremiales, reestructurar al nivel de fábrica y barrio las organizaciones gremiales, que, de ahora en más, no podrán ser separadas sino concebidas como vanguardias de organizaciones más bastas en las que estén y en las que confíen los sectores populares; organizar y promover a los trabajadores y al pueblo del interior argentino; organizar y promover la organización de los desocupados y de los sectores marginados en las villas miserias, organizarlos todo pero DECENTRALIZANDO y MULTIPLICANDO LOS CENTROS DE ORGANIZACIÓN.
    Hay que hacerlo de un modo inmediato y directo. Las circunstancias no nos permiten trabajar en la Ley y por la Ley. La legalidad para los trabajadores, para el pueblo y para la Patria INDUDABLEMENTE NO EXISTE. No hay legalidad sino para algunos y para sus amos extranjeros. Volverá haber legalidad para la Patria y para el pueblo cuando consigamos implantarla, pero NI UN SOLO MINUTO ANTES.

  • 2: Posición del S.U.P.A. ante el Comité Central Confederal
  • Este Comité Central Confederal se reúne en circunstancias dramáticas para la clase obrera argentina. La política antipopular y antinacional que sufre desde hace doce años es ahora ejecutada hasta sus últimas consecuencias por la dictadura militar que intenta prolongar la vida del Régimen extremando el hambrea-miento de los trabajadores y entregando los últimos restos de la soberanía política y económica del país. Pero de nada valen las protestas y condenaciones contra las medidas oficiales, que llevan a límites intolerables las condiciones de vida y desconocen los más elementales derechos de los sectores populares, si el Confederal no plantea con toda claridad que los planes oficialistas han sido facilitados por el fracaso de las estructuras sindicales.
    La crisis del Régimen liberal argentino determinó la sustitución del gobierno pseudo-constitucional por el gobierno de pura violencia a cargo de las Fuerzas Armadas. Pero es nuestra propia crisis, la crisis de la organización sindical, la que dejó indefensa a la clase trabajadora frente a la acción despiadada desatada contra ella desde el poder político. De esa crisis es de la que debemos ocuparnos de manera fundamental: de lo contrario, los cambios en el equipo de dirección de la CGT serán meras componendas para el reparto de figuraciones y privilegios. Y el enjuiciamiento de la política oficial serán despliegues de oratoria que ni el poder del Estado ni las bases obreras tomarán en serio.
    Cuando se arrasó con la clase trabajadora tucumana hubo oratoria, lágrimas para los niños alimentados malamente en las ollas populares, rogatorias que las autoridades escucharon con oídos sordos. La dictadura sembró la miseria y la desocupación en los hogares obreros de Tucumán, después mandó a su Secretario de Bienestar para que les repartiese unos tarritos de leche a los niños muertos de hambre. Lo mismo han hecho los responsables de la dirección de la CGT: no hicieron nada que pudiese malograr el “tierno diálogo” que mantenía con los opresores de los obreros tucumanos, en cualquier momento sollozaron por su triste condición con el consiguiente despliegue publicitario. Declamaciones lamentosas, lágrimas de cocodrilo y beneficencia era lo que los compañeros de Tucumán no necesitaban; lo único que les hubiese servido de algo es lo que no obtuvieron; solidaridad efectiva a través de la movilización y la lucha.
    Los portuarios fuimos de las primeras víctimas; en vano clamamos pidiendo la movilización del Movimiento Obrero organizado, explicando que si se admitía la intervención militar a nuestro gremio se alentaba la repetición del atropello contra cualquier sector de trabajadores que defendiesen sus derechos. Mientras el Poder Ejecutivo llevaba adelante sus propósitos al costo de tremendas pérdidas para la economía nacional y de 8.500 hogares de obreros portuarios que ahora carecen de trabajo, mientras nuestro Secretario General, Eustaquio Tolosa, está en prisión sirviendo de escarmiento para futuras rebeldías, tampoco encontramos eco en las frías esferas cíe la máxima conducción sindical del país. Éramos un “operativo piloto” que el gobierno utilizaba para demostrar que sería inflexible en la aplicación de sus planes y la represión de los que no se sometiesen mansamente.
    No fuimos derrotados sólo los portuarios: fue derrotada la clase obrera. Como se vio casi en seguida, cuando el Plan de Acción terminó en un vergonzoso fracaso. Ese fracaso es el que debemos examinar, porque si no eliminamos los factores de fondo que lo causaron, cualquier reorganización será una repartija de posiciones, en la cúpula de unas estructuras que no servirán para nada, salvo para aumentar la confusión y las frustraciones del Movimiento Obrero, manteniéndolo en la defección, para que sobre su impotencia se ensañen los planificadores del enriquecimiento de los que ya son ricos, los técnicos del desarrollo de los monopolios, los apatridas que trafican con los bienes materiales y morales de nuestra Patria.
    El coro que responde a los intereses de las clases oligárquicas locales y de las finanzas internacionales, entonan las alabanzas del gobierno militar por su victoria sobre el Movimiento Obrero, sentenciado que marca el fin de su poderío como fuerza social de transformación. Nosotros no creemos que el gobierno haya obtenido ninguna victoria, ni siquiera la mezquina victoria de los que se conjuran con los poderosos del mundo para asolar a los pobres y desvalidos. El Régimen tiene el monopolio de la fuerza material, todos los soldados, los tanques, los aviones, las policías y el control de todos los resortes administrativos, de difusión, etc., y volcó esa tremenda maquinaria contra nuestro Plan de Acción que no se proponía el derrocamiento del gobierno ni la toma del poder, sino apenas expresar la protesta obrera por la orientación económica y social del gobierno y presionar en busca de rectificaciones a sus aspectos más graves.
    Frente a acciones de propaganda y a un paro de 24 horas, seguido días después de otro de 48 horas, el gobierno declaró una guerra con “escalamiento” y pese a eso, el trabajador de las grandes áreas de concentración obrera expresó su alto sentido de los intereses de clase y su conciencia militante mediante paros que llegaron a altas cifras porcentuales. El gobierno demostró lo que todo el mundo ya sabía: que dispone de la violencia organizada, y algo que algunos simulaban no saber, que es una expresión despótica e insensible de los intereses privilegiados locales y foráneos. La clase trabajadora vio a su armado enemigo en toda su crueldad, su mezquindad moral y fanfarronería prepotente.
    Pero si no existe la victoria que pregona el Régimen, hubo en cambio una derrota de la clase trabajadora, que no le fue infligida por el poder represivo. La confrontación puso de manifiesto que su organización estaba en crisis, que su dinámica de lucha estaba deteriorada, que su integración orgánica no estaba a la altura de los desafíos de la época. Eso no fue la consecuencia de los días en que se desarrollaron los episodios de enfrentamiento a través del Plan de Acción: es un proceso de desgaste que viene de lejos y que alcanzó intensidad incontenible desde el golpe de junio del año pasado. El choque con el Estado no hizo más que poner al descubierto las raíces podridas de los estratos directivos del Movimiento, revelando la naturaleza opresora y antiobrera del gobierno que los jerarcas sindicales habían tratado de ocultar. Cuando la presión de las bases y la intransigencia del gobierno en el cumplimiento de su programa, dejaron sin margen de maniobra a la conducción cegetista, ésta se vio en el papel forzado de dirigir una lucha del Movimiento Obrero contra los mismos que hasta ayer venían sirviendo y que ahora prescindían de estos cómplices ya inútiles. La derrota de la clase obrera que fue una derrota de la Nación, no estuvo en porcentaje de huelguistas, ni en las consecuencias de las represalias oficiales, sino en la actitud de un estado mayor que llamó a la lucha y corrió a pactar la rendición. Que desea “dialogar” y no combatir con un enemigo que odia a la clase obrera y conoce demasiado a sus dirigentes para respetarlos.
    No se podía pretender que la CGT tuviese una dirección revolucionaria, por más que ya es tiempo de que se comprenda que el camino reformista está agotado. Pero sí había derecho a que, por lo menos, esa conducción defendiese los intereses de la clase, aun en los estrechos márgenes del Régimen liberal vigente. Ni siquiera de eso era ya capaz la camarilla que decide en los máximos organismos sindicales. Las bases vieron que las peores sospechas se confirmaron, que el estado mayor que tenía la responsabilidad de conducirla sólo deseaba entenderse con el enemigo. Y saben perfectamente que mientras no se cambien las direcciones máximas del Movimiento Obrero, sólo le esperan derrotas en cadena.
    No se trata, entonces, de cambiar algunos nombres que están gastados por largas etapas de maniobreos y claudicaciones. Ni que se presente como “unidad” un mosaico ingenioso en que se combinan hábilmente las proporciones entre los agrupamientos. Lo que hay que cambiar es una mentalidad, un método, una actitud.
    Hay derecho a enjuiciar a los culpables de no haber respondido a la alta responsabilidad de conducir a los trabajadores. Pero la adjudicación de culpas individuales no es lo esencial, porque nada gana la clase trabajadora si cambia, hombres y mantiene las prácticas de dirección y la mentalidad de sus representantes. Bajo la presión de un antagonismo con el gobierno que ya no era posible seguir .atenuando, se vieron los vicios en que se había llegado en las estructuras de conducción. Una dirección leal presupone, en primer término, creer en el Movimiento Obrero, considerarse emanación de la voluntad de la masa y obligado para con ella y eso significa confianza en los obreros, fe en su potencialidad revolucionaria y en su capacidad combatiente, en la unidad real que se crea por la solidaridad en la acción colectiva. En lugar de eso, nuestros generales aprobaron el Plan de Acción y corrieron a buscar mediadores: el Cardenal, las centrales empresarías y figurones diversos. Cuando se aproximaba la fecha del paro de 24 horas, no era de las bases de donde surgía el derrotismo, sino que todo el país sabía que los jerarcas sindicales buscaban la forma de dejar sin efecto los modestos actos de fuerza proyectados. Al principio buscando salvar las apariencias, luego olvidando hasta el mínimo decoro a que los obligaba su carácter de representantes obreros.
    Mientras el gobierno resolvía, con la torpeza omnipotente que lo caracteriza, interrumpir el diálogo con la CGT, la dirección de nuestra Central quería dialogar a toda costa. El desplante del gobierno, lejos de redoblar su ardor combativo, les sembró la moral del desastre.
    Ese triste espectáculo deparó al Movimiento Obrero humillaciones que no merece. Como hace siempre, la CGT buscó un “plan conjunto” con las patronales, la Unión Industrial Argentina y ACIEL, que han vivido temblando por la peligrosidad de nuestras masas, se dieron el lujo de negarse a ese contacto. Esos empresarios sin los cuales la dirección cegetista no puede dar un paso, a los que vive llamando para buscar una política común, se apresuraron a no hacer los aportes sindicales, apenas los gremios fueron sancionados por el Ministerio de Economía y Trabajo; esas centrales empresarias, cuyos abogados y asesores son los que invita la CGT a sus mesas redondas y a los que les encomienda el análisis de los problemas que preocupan a la clase obrera, lo primero que hacen ahora —cuando ven a la clase obrera indefensa— es pedir la derogación de la ley de asociaciones profesionales, la suspensión de la cuota sindical, etc., etc.
    En lugar de buscar diálogos y conciliaciones, planes comunes con los empresarios, una dirección auténtica y legal debe confiar en la propia clase trabajadora.
    Si algún acuerdo circunstancial fuese posible, siempre sería a partir de posiciones del Movimiento Obrero: pero no como ahora, en que se desarma al Movimiento Obrero y luego se pretende que los patrones, por puro espíritu altruista, “ayuden” a los trabajadores.
    La tregua social nunca existió: fue una pasividad unilateral de la clase obrera, desarmada por sus propios representantes. La “paz social” es un imposible, porque en nuestra economía estancada, los sectores patronales sólo tienen como salida exprimir el máximo provecho del trabajo obrero. La paz social es, no una política de entendimiento para un plan común a toda la comunidad, lo cual es una utopía para candorosos o traidores, sino que es una situación que busca implantar el gobierno a costa de aplastar las reivindicaciones de los trabajadores. La paz social es un requisito para que vengan inversiones extranjeras, para que el Fondo Monetario Internacional suministre apoyo, para que la Argentina sea una tierra de nadie, abierta a los despojos del capital norteamericano y sus socios locales.
    Esa paz social, que es la paz de las cárceles y los cementerios, presupone silenciar las protestas populares y castrar a la clase trabajadora para que soporte las privaciones y penurias del plan Krieger Vasena. Los tiempos no son de paz. Los efectos del plan económico recién se comienzan a sentir, pero se sabe lo que vendrá sucesivamente; desocupación, baja del nivel de vida, masas de desocupados que presionará hacia la baja de los larios, debilitamiento del poder sindical: sólo así podrán transferirse los ingresos del trabajo al sector de empresarios y terratenientes, con la consiguiente masa de riquezas que se evadirá en proporciones cada vez mayores de nuestro país, a medida que el neocolonialismo va controlando nuevas ramas productivas y obteniendo mayores concesiones. Para defendernos contra fuerzas tan colosales, debemos empezar por cambiar el estilo de conducción de la Central Obrera, pues el único diálogo que admite el gobierno es el de lanzar órdenes a una tropa obediente. Poner gente que se sienta identificada con las necesidades de las bases, que confíe en éstas para buscar las soluciones de la clase obrera, que ofrezca garantía y merezca de las bases una confianza que la actual dirección ha perdido totalmente por sobrados motivos. La masa obrera sabe que se pasan tiempos difíciles y que nada les será dado porque sí, sino que tendrá que ganárselo con sacrificio y coraje, como lo ha hecho en tantas oportunidades. No es eso lo que disminuirá su combatividad, sino la perpetuación de conducciones que tienen mentalidad de vencidos, que ya de antemano están en la actitud de los derrotados. Una conducción cuyos hombres no estén atados a las canonjías, a la maraña de intereses en que se han ido integrando hasta ser parte de ella. Estos pequeños hombres con grandes representatividades formales, estos prisioneros de la figuración, de sus fortunas rápidamente amasadas, con sus vinculaciones con personajes de todo tipo, han cumplido una triste etapa y, lo menos que podemos pretender, es que se vayan y no continúen usurpando posiciones que son de vanguardia, para el sacrificio y la solidaridad, y no para el goce, la poltronería y el manoseo con los detentadores del poder militar o económico. Y que su lugar no sea ocupado por sus ayudantes y cómplices, o por los que sólo piensan en emular esas tristes carreras hacia la comodidad material, mientras claudican las posiciones de una masa que cada día está más arrinconada en la miseria, en el subconsumo.
    Un cambio de estilo en los hombres y en los métodos de la conducción cegetista es el paso positivo que puede dar el Congreso General convocado; si no lo da, todo lo demás será retórica, palabras vacias y traición. Entonces sólo quedará confiar en que los elementos combativos, desde las bases vayan creando la dirección real que sustituya a una dirección formal que nada representa y de la que nada puede esperar. Está en nuestras manos iniciar esa rectificación desde la máxima autoridad del Movimiento Obrero organizado. Si la condición para que exista la CGT es que no defienda los intereses de la clase trabajadora, entonces esa CGT es una mixtificación que no sirve para nada a los obreros y sólo sirve a los enemigos de los obreros. No es al enemigo al que debemos consultar, esperar su visto bueno, buscar dejarle satisfacer. Es a la clase obrera. Y esta oportunidad es la última que tenemos dentro de la estructura actual. Si no la aprovechamos actuando como corresponde, formando una dirección combativa, donde esté representado el interior del país a través de sus centrales de cabecera, que interprete a las bases y las oriente en la lucha por la soberanía nacional y la instauración de una sociedad justa, se cernirá sobre los cuerpos directivos que desataron a la hora decisiva y vivieron el tiempo de la componenda y la pequeña maniobra, el condigno juicio de las bases en las jornadas decisivas que se avecinan.
    Posición del S.U.P.A. en el Comité Central Confederal del 14 de abril de 1967.

    Fdo.: Telmo Díaz, Rodolfo Basualdo

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