Muchas balas reventaron y so hundieron mullidamente en las aguas del río. Poro otras rompieron esa piel joven y tensa, fueron explotando adentro, cumplieron su cometido. Se dijo que eran balas del tipo doon-doon, especiales para cazar fieras; se dijo también que los atacados habían solicitado un alto el fuego y que solo un perverso ensañamiento justificaba que los agentes policiales siguiesen disparando. Pero dispararon sus armas sin cesar hasta que ese hombre que navega en una balsa las aguas del río Madre de Dios, junto al puerto Maldonado, en el sudeste del Perú, terminó de vivir. Habían matado a Javier Heraud, de 21 años, ese 15 de mayo de 1963. ¿Quién era Javier? ¿Por qué mataron a Javier?
Hablar de nuestro Javier, hablar de ese poeta guerrillero que hoy tendría entre nosotros apenas 27 años, es exactamente, ejercer al revés la vida que él enseñó con su muerte. Javier ingresaba a su Perú para integrarse a las filas de los combatientes revolucionarios que, hacia 1961, alumbraban en los valles del Cuzco los albores de la lucha armada insurreccional. Javier venía de. Cuba, adonde había llegado en la primera semana de abril de 1962 para estudiar cine y de donde salió un año después para entregarse a la causa revolucionaria. Esa parábola estremecedora de un muchacho taciturno y casi bucólico que en sus poemas había cantado a la naturaleza y al devenir mágico de las estaciones es una formidable alocución para todos los latinoamericanos que no han comprendido aun que estar en pie de guerra tiene una sola acepción: la pelea. Su muerte terrible y dolorosa a una edad tan increíblemente tierna parece haber unido consigo mismo todo el dolor, toda la tristeza arito la pérdida del cama rada fraternal, pero también todo el ilevantable orgullo fraternal de comprobar hasta
qué punto la guerra popular coloca a su vanguardia a los hombres mejores de este Continente. Poeta, viajero empedernido, Heraud es hoy una llaga viva para los auténticos intelectuales peruanos, aquellos que —como Héctor Béjar Rivera y Ricardo Gadca Acosta— pagan con larga cárcel su compromiso en las filas guerrilleras del inolvidable Luis de la Puente Uecda. Inútil hablar de la vida de Javier, sin hacerse cargo del tema central de su pasión, del leit-motív obsesivo que nos entrega con su muerte: no hay cine, no hay verso, no hay escultura, no hay investigación que valgan hasta que todos los hombres dignos y honestos del mundo subdesarrollado no se planteen consecuentemente el problema axial de la guerra revolucionaria y la construcción del socialismo como prioridad irrenunciable. Ese poeta de ojos soñadores, el lírico irremediable de «El río», «El viaje» y «Estación reunida», el estudiante de letras en la Universidad Católica del Perú y la Universidad de San Marcos, el andariego por Moscú y París, ese hombre al cual su talento le reservaban eventual mente el untuoso porvenir de intelectual rebelde del régimen, ese hombre dejó un día de lado los cristalinos poemas de una sensibilidad desbordante que no era capaz de tolerar la injusticia sin irritarse y tomar las armas de inmediato, y marchó adonde había que marchar, hizo lo que debía hacer. A cuatro días de la muerte de Javier, Mario Vargas Llosa (un exitoso novelista que seguramente morirá en la cama) escribió: «Cuando alguien como Javier Heraud estima que ha llegado la hora de temar el fusil, para mi no hay duda posible. Si el gesto que demuestra mejor que cualquier argumento que hemos llegado a lo que Miguel Fernández, otro poeta mártir, llamaba el apogeo del horror, que son inútiles ya la persuasión y el diálogo». Agregaba además este best-seller: «Quó honda y negra debe ser la injusticia, qué sangrienta y feroz miseria tiene que asolar al Perú para que este adolescente que cantaba la soledad y el paso de las estaciones, decida convertirse en un guerrero». Es que la muerte de Javier en una acción de guerra relampagueó electricamente en la piel de todos aquellos impostores que visten de brillantez ingeniosa su vista gorda a la tarea de la guerra revolucionaria, y encima se pasean por el mundo implorando patéticamente por la muerte del Comandante Guevara o dando, aquí o allá, algún consejito sobrador a los hacedores de la revolución.
Hace 6 años, Javier del Perú comprendió que nada valía, ni vida ni muerte, si no se era capaz de liquidar de cuajo a los enemigos de la vida, a los creadores de la muerte. Comprendió lo central, lo que hay que comprender: si no se lucha, no nos engañemos, se es complico. Su muerte fue una muerto bella, una muerte hermosa y grande, esas muertos que desparraman su gloria por todos los vientos y apagan el fétido olor a traición generado por las pandillas de intelectuales viajeros y cobardes que aman crear elegías a las balas en vez de dispararlas.
Luego de Javier fue su compatriota Edgardo Tello, otro poeta guerrillero muerto en combate junto a las filas del MIR en 1065, y también fue Otto Reno Castillo, el muchacho guatemalteco, poeta y guerrillero, caído peleando por las FAR del Comandante Luis A. Turcios Lima. Nuestro Javier muerto es más rabiosamente nuestro que nunca. Daremos combate por su ausencia, por su fusil suspendido. Porque no hay arte sin guerra, porque no hay vida sin guerra. Para que haya vida.
José R. Eliaschev

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