“En Brasil, en sólo una región, el Nordeste, la duración media de la vida humana es de 27 años. Esto significa que no es necesario tener revoluciones en las calles del nordeste para que el 30 % de la gente muera antes de cumplir los 30 años…
En Recife, en un solo distrito, Casa Amarela, de cada 1.000 niños que nacen, mueren más de 500…
Norte de Amazona; cito un solo distrito: Eirupene. De cada 1.000 niños, 800 mueren en el primer año de vida.
¿Por qué, entre 1950 y 1959, el promedio de muertes causadas por la gastroenteritis fue de 140.000 niños?
La tuberculosis mata en Brasil, más de 100.000 personas por año. Cada diez años, Brasil pierde más de 6.000.000 de personas debajo de los 16 años de edad.
¿Se recuerda el “blitz” de los años 40, que dio muerte a tanta gente en Holanda, Bélgica, Francia? ¿El asesinato de judíos en Polonia? En una palabra, ¿todo lo ocurrido en los años críticos en que los nazis devastaron Europa? ¿Podría creérseme si dijera que la miseria mata, cada año, en tiempos de paz, un número mayor de niños que los muertos por el bombardeo de los nazis durante la última guerra?
900 poblaciones de Brasil carecen aún de médico.
Once millones de brasileños viven amontonados, en viviendas insalubres, en una promiscuidad que va de la degradación física a la moral.
La población brasileña entre 7 y 12 años de edad alcanza alrededor de 12 millones y medio. De esta cifra, 7 millones carecen de escuelas.
Sólo uno de nuestros estados, Río Grande do Sul, pierde 10.000 niños cada año, la población de una aldea; en diez años, pierde la población de una ciudad como Hiroshima.
Esta gente no muere. Morir es algo completamente diferente. Son asesinados por las enfermedades que se originan en las ultrajantes condiciones de vivienda, desnutrición y desamparo en que viven.
Su existencia transcurre tan ignorada que nadie se preocupa de su muerte, porque mueren de la misma manera en que viven.”

  • LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA
  • También entre el clero de Brasil se nota una profunda diferenciación de carácter regional. El desenvolvimiento económico desigual afecta también a los sacerdotes, especialmente a los del clero secular que prácticamente tienen que proveerse de los medios de subsistencia.
    Es difícil encuadrar en una misma categoría social al acomodado sacerdote de las zonas del Sur del país socio de cuantas industrias y negocios surgen en sus distritos, con el sacerdote nordestino casi tan miserable como todas sus ovejas.
    En el régimen capitalista tampoco el clero consigue salvarse de los desastres económicos. La inflación, el alto costo de la vida, la creciente pauperización del pueblo alcanza también al clero, con excepción de los que están directamente al servicio de las minorías privilegiadas.
    No es posible por lo tanto referirse al clero como si se tratara de un todo monolítico. Es necesario distinguir tres tendencias o “líneas” relativamente definidas: 1) La conservadora o reaccionaría 2) la reformista y 3) la “revolucionaria.

    LA LINEA CONSERVADORA ESTA ENCABEZADA POR EL CARDENAL JAIME BARROS CÁMARA:, de Río de Janeiro; por el Cardenal de Bahía y por el Obispo Sigand, co-autor del más reaccionario y publicitado libro sobre reforma agraria editado en Brasil: “Reforma Agraria, cuestión de conciencia”.
    Esta línea está integrada por la casi totalidad de los jesuítas y por una parte importante del clero secular, especialmente los sacerdotes extranjeros. Se caracteriza por una cerrada defensa del “statu-quo”, de los privilegios de las clases dominantes contra cualquier posición renovadora.
    Adopta el lema del integrismo de Plinio Salgado: “Dios – Patria – Familia” y sostiene la anacrónica unión de la Iglesia y el Estado. En nombre de la “civilización occidental y cristiana” aboga por los intereses, la intervención y la ocupación imperialista.
    Ese fue el sector del clero y laicado que dio respaldo al golpe del general Castelo Branco. Puede decirse que se convirtió en la vanguardia de las fuerzas “revolucionarias” al programar juntamente con los órganos de la burguesía nacional y organismos especializados en la deformación de la opinión pública, la violenta campaña que acusó de comunismo al presidente Goulart y su gobierno.
    En un documento de análisis del golpe militar que derribó al régimen constitucional, la “Acción Popular” (organización de izquierda revolucionaria de inspiración cristiana), hace una radiografía completa de ese tipo de campañas “anti-comunistas” en la cual se establece que “la religión cumplió una función política: justificar la oposición de las clases dominantes a todas las tentativas de reforma social”.

    LA LINEA REFORMISTA OBEDECÍA A LA ORIENTACIÓN DEL CARDENAL CARMELO MOTTA:, del Arzobispo de Recife D. Helder Cámara; del Arzobispo de Aracajú. P. José Tavora; D. Serafín, Arzobispo de Natal y otros obispos. Este sector incorpora a la mayoría de los Padres Dominicos y una apreciable parte del clero secular y laicos “comprometidos” con el mundo.
    Entre los sacerdotes se destaca el clero nativo y los sacrificados pastores del Nordeste y Centro del Brasil. Partiendo del “aggiornamiento” de Juan XXIII, este sector se fue concretando en su línea a través del intenso contacto con el pueblo y sus problemas sociales, políticos y económicos. Su acción abarca desde la función asistencial del “Banco de Providencia” de D. Helder Cámara hasta la fundación de sindicatos rurales en el Nordeste; mayor apertura al diálogo social, a las reformas, al desarrollo material de la sociedad, la justicia social y la transformación de estructuras.
    Reflejan esa posición reformista:
    Io) M. E. B., Movimiento de Educación de Base; órgano de la Conferencia Nacional de Obispos, que a través de Escuelas Radiofónicas, de la Cultura Popular y de la fundación de sindicatos, desempeñó un papel importante en la politización del pueblo, especialmente en el Nordeste. La Cartilla de Alfabetización “Vivir y Luchar” de este Movimiento fue confiscada por la policía fascista de Lacerda, en su etapa cómplice con la dictadura de Castelo Branco.
    2o) La Acción Católica que en su conjunto refleja una posición reformista, participante en la lucha social; la J. E. C, J. U. C. y J. O. C. actuando en los medios estudiantiles secundarios y universitarios, y en el medio obrero tuvieron un papel positivo en la tarea de esclarecimiento popular dentro de la línea reformista. Muchos de los dirigentes de estos grupos católicos fueron encarcelados y perseguidos por la policía especial del gobierno militar empeñado en arrancar toda semilla de lucha y compromiso de los cristianos con su pueblo.
    El sector reformista recibió confirmación en sus actitudes por algunos pronunciamientos de la Conferencia Nacional de Obispos, francamente progresistas, con una condenación explícita del sistema capitalista y ratificando la participación activa del clero en las campañas por las reformas de base. El Manifiesto de la Conferencia de Obispos, ya en 1958, definía claramente una posición anti-imperialista: “condenamos el imperialismo económico, que representa un tipo de dictadura internacional y una abdicación de la soberanía nacional”.

    LA LINEA REVOLUCIONARIA:
    Un pequeño, pero muy activo sector del clero viene asumiendo una tarea concreta en la lucha social definiéndose contra el capitalismo, a favor de una sociedad socialista, luchando junto a las masas campesinas y obreras, compartiendo las exigencias estudiantiles, y participando en la acción directa para la defensa de la soberanía nacional y los derechos del pueblos.
    Las líderes de esta actitud revolucionaria son, el Obispo de Santo André, D. Marcos; el Padre Laje, de Belo Horizonte (con su conocida actuación en el sindicalismo rural y la organización de “favelados”); el Padre Rúas, de Manaos; los Padres Almery, Senna en Recife; el Padre Alipio de Freitas, que con Juliao encabezó las Ligas Campesinas; el Padre Guerra, autor de diversos libros audaces sobre la real presencia de la Iglesia en el pueblo; Fray Josaphá, director de “Brasil-Urgente” y un importante grupo de dirigentes laicos y religiosos comprometidos con la acción revolucionaria popular.
    La gravitación de este sector revolucionario puede considerarse a partir de la violenta represión que le tocó sufrir por parte del golpe gorila. Algunos sacerdotes de esta línea fueron expulsados del Brasil; el Padre Alipio —exilado en Méjico— fue condenado a 25 años de prisión; el Padre Laje fue apresado, torturado y condenado a 28 años de cárcel por los tribunales militares. También se refugió en Méjico. Debe tenerse en cuenta que éstas son las condenas más altas impuestas por la dictadura a los líderes de la lucha popular.
    El Padre Alipio había fijado valientemente su papel junto al pueblo, en la famosa carta dirigida al Arzobispo Barros Cámara en el año 1962. (El texto completo de la carta se publica en la presente edición).
    El Padre Laje, desde su forzado exilio, permanece fiel al testimonio revolucionario tal como lo confirman sus declaraciones a M. Bosquet en el “France Observateur”:
    “Desde hace mucho tiempo se enseña en las escuelas católicas que el pueblo tiene derecho a matar al tirano. Y el más grande tirano de nuestros días es el imperialismo, los grupos económicos norteamericanos y aquellos que hacen el juego a dichos grupos.
    “En su tentativa de hacer pasar al Brasil del feudalismo al capitalismo, los comunistas hicieron el juego a la burguesía y al imperialismo. Creían en el capitalismo como una primera etapa inevitable. Nosotros les decíamos que estaban equivocados. No creemos en el capitalismo. Creemos, eso sí, que las masas obreras se volverán revolucionarias cuando las campesinos inicien la Revolución. Respetamos a Marx, pero él no es infalible, ni podía prever nuestra situación.

    Es imposible acabar con el imperialismo y los grupos económicos que le hacen el juego, sin recurrir a la violencia. La no-violencia es una idea muy poética. En Francia, Teilhard de Chardin tiene una gran influencia. Nosotros, en cambio, sólo podremos ser “teilhardianos” después de la Revolución, nunca antes. A la violencia establecida tenemos que responder con la violencia de las masas, con una Revolución Socialista, auténticamente brasileña, humana aunque violenta. Porque la violencia ya está presente. Está en todas partes, a nuestro alrededor: en el hambre, en la prostitución, en la muerte de los recién nacidos, en esos crímenes perpetrados por el imperialismo. No somos anti-comunistas, ni tenemos razón para serlo. Nuestra revolución será socialista, aunque más humana que otras. No se realizará solamente para asegurar una producción y una distribución mejor de las riquezas, sino también para lograr una auténtica cultura popular. Las masas quieren comer, pero quieren también comprender y vivir libres”.
    “Cristianismo y Revolución” agradece al escritor brasileño PAULO SCHILLING sus generosos informes y documentos sobre la situación de la Iglesia frente al golpe en Brasil.

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