Desde su sala de muebles dorados estilo Segundo Imperio, donde cuelgan un retrato al óleo de Paulo VI y naturalezas muertas de Rene Portocarrero, monseñor César Zacchi, Nuncio Apostólico en Cuba, puede ver los jardines de su palacio, en el barrio residencial de Miramar. Allí, la tarde que lo visité en compañía de Juan David, parqueaban a la sombra dos de los cuarenta flamantes Volkswagen que el gobierno de Fidel Castro dejó entrar en diciembre de 1967, libres de impuestos y eximidos de las trabas sobre importaciones, para uso de los obispos y el clero superior.
Monseñor Zacchi enciende un cigarrillo inglés, ordena que nos traigan café —que llega en pocilios de porcelana de Sajonia— y dice constatando un hecho que aparentemente lo llena de alegría “Aquí, mi tarea principal es ir acortando la desconfianza entre el clero cubano y el gobierno.”

  • Nueva Diplomacia Vaticana
  • El Nuncio es un obispo post conciliar: joven, alto, simpático, y con un matiz intelectual sabiamente dosificado. La clásica fotografía con el Papa, sobre una misil a de mármol, lo muestra sonriendo deportivamente junto a su Santidad, muy lejos de la imagen compungida o untuosa que los dignatarios de la Iglesia acostumbran cuando enfrentan al heredero del trono de Pedro. Y los Volkswagen eran la prueba parcial de las concesiones prácticas que, a lo largo de ocho años de excelente diplomacia vaticana ha ido obteniendo de un régimen socialista para el que (con pruebas irrefutables) los actos que la jerarquía católica nacional llevó a cabo a partir de la toma del poder por los insurrectos contra Batista —desde la excomunión del senil cardenal Arteaga hasta los sabotajes de combativos curas de choque— la definieron como un sector contrarrevolucionario de primera línea.
    Entre 1959 y 1960, comunidades enteras de sacerdotes y monjas evacuaban La Habana y otras ciudades, fuera como protesta ante alegadas restricciones a la libertad de culto (en todo caso esos retiros cumplían también la función de estimular una crisis política), fuera como exigencia del gobierno ante pruebas irrefutables de complicidad con actividades contrarrevolucionarias. Desde 1959 y hasta después de la invasión de Bahía de Cochinos, depósitos de armas aparecían detrás de los altares mayores. En los años siguientes, en casi toda conspiración develada estaba incluido un sacerdote, y varios franciscanos se complicaron en un plan de asesinato del Primer Ministro (alguno de ellos cumple aún pena de prisión). Por su lado el gobierno fue modificando en estos nueve años numerosas prerrogativas eclesiásticas, prohibió a los sacerdote-, como lo había hecho la Revolución Mexicana, el uso de hábitos en la vía pública, expropió vastas propiedades de la Iglesia y (herida que aún no se ha cerrado), impidió de hecho la enseñanza religiosa a en las escuelas.
    Desde su llegada a La Habana, hacía 1960, monseñor Zacchi debió enfrentar esta compleja querella, que por parte de la Iglesia se mantenía dentro de una humillada obstinación en considerarse perseguida, mientras el gobierno a su vez, se negaba a considerarla inocente o disociada de sus antiguos patrocinadores: los miembros de la gran oligarquía expulsada del país y cómplice de los intentos intervencionistas norteamericanos. El mismo Nuncio reconoce que la situación tenía (y tiene) peco que ver con el problema de la expresión religiosa en sí. La celebración del culto católico nunca ha sido prohibida en Cuba y en 1961, inclusive, después de la invasión, el Padre Sardinas, —capellán del Ejército Rebelde—, oficiaba una misa de campaña para miles de creyentes en la Plaza Cívica de La Habana.
    El último número del Almanaque de Caridad — una publicación católica que se edita en La Habana desde hace 84 años sin interrupciones—, anota el funcionamiento normal en todo el país de 210 iglesias, 15 comunidades religiosas masculinas y 16 órdenes femeninas. Sólo en la provincia de La Habana, hay tres asilos (dos de ellos hogares cuna) y cuatro hospitales administrados por órdenes religiosas, además de tres librerías católicas. En esa edición del Almanaque, escribe su director, el R.P. Hilario Chaurrondo, C.M.: “Los sacerdotes multiplican su trabajo cuidando algunos seis y siete iglesias. Las escuelas de catecismo funcionan. Los cursillos de perfeccionamiento se están organizando. El movimiento litúrgico es consolador. Ya casi todo el mundo reza en alto y sabe lo que reza”.

  • Nueva actitud de Fidel
  • Hasta el año pasado la jerarquía estaba compuerta por dos arzobispos (el de La Habana y el de Santiago de Cuba) y cuatro obispos. A fines de 1967 el Vaticano designó obispos para tres diócesis auxiliares más, sin consultar para nada al gobierno cubano, que aceptó los nombramientos. Por ese tiempo, además monseñor Zacchi fue ungido obispo de Zella. Dignatarios de la Iglesia canadiense vinieron a La Habana para la ceremonia, que se realizó en la catedral cuatro veces centenaria. El gobierno puso a disposición de los visitantes y de la Nunciatura automóviles y diversas facilidades para que visitaran el país. Se vieron así fotografías que parecían olvidadas en Cuba: Fidel Castro en una recepción, rodeado de arzobispos y obispos de las diócesis cubanas; prelados de la iglesia viajando en jeeps militares de fabricación soviética por el interior de la Isla.
    Más que un problema de libertad de culto, la fricción entre el clero de Cuba y el gobierno revolucionario consiste en un enfrentamiento político. “La Iglesia —dice Zacchi—, y por su voz habla una sabiduría milenaria— debe adaptarse a todos los regímenes, porque su imperativo es el cuidado de las almas y no debe abandonarse el rebaño” esa tesis es la que el Nuncio ha adoptado en su tarea cubana, y parece que está produciendo resultados positivos para los fines de permanencia y difusión que el Vaticano procura.
    Pregunté a monseñor Zacchi si esa orientación proviene específicamente de los conceptos aprobados en el Concilio Vaticano.
    —De ninguna manera —contestó—. Es muy anterior al Concilio, aunque de alguna manera coincide con lo que allí fue decidido.
    —¿Monseñor Zacchi se considera una tercera parte neutral, una especie de arbitro en la querella Iglesia y Gobierno? El lo niega:
    No soy imparcial, por supuesto. Por mi situación diplomática tengo una vinculación con las esferas del gobierno que está vedada todavía a las autoridades de la Iglesia. Me he transformado así, aunque no lo hubiera deseado, en una especie de “voz de la Iglesia” ante el gobierno. A la vez comunico a la jerarquía lo que interpreto como el pensamiento de régimen sobre estos problemas.
    —¿Han desaparecido los motivos de la desconfianza de gobierno hacia la Iglesia o hacia el clero secular?
    —La emigración de los opositores hacia los Estados Unidos —dice el Nuncio— alivió la presión a que estaba sometido el clero. Los “gusanos” que vivían en Cuba (en su estilo parroquial y con inocencia de seminarista romano monseñor Zacchi emplea la designación popular cubana para los contrarrevolucionarios) era el contacto preponderante que los sacerdotes y prelados tenían
    con la sociedad cubana, por integrar las feligresías, cooperar en las obras de la Iglesia, etc. Inevitablemente, u ideas políticas se transmitían a los sacerdotes. El clero tenía, de este modo, una visión casi siempre deformada de los procesos revolucionarios. A medida que esa gente se fue yendo, el clero ha ido poniéndose en contacto con otro tipo de católicos y. en consecuencia, advierte ahora las cosas desde otro ángulo.
    —Eso significa que el clero está en vías de integrarse.
    —No, todavía estamos lejos de esa posibilidad. Pero es cierto que hay sacerdotes que han cambiado de manera de pensar. El gobierno ha contribuido con algunos actos de tolerancia. Por ejemplo, curas que se habían expatriado por razones políticas, han obtenido permiso para volver y están trabajando en sus parroquias.
    —¿Qué mejoras ve entonces en la situación?
    —El haber echado las bases, en estos últimos años, de ciertos convencimientos, en el espíritu de las dos partes en oposición. La Iglesia se ha dado cuenta de que la Revolución es irreversible. Hasta hace unos años, los sacerdotes consideraban que esto era provisorio, que no podía durar; en algún momento la situación cambiaría y el régimen ateo, de socialismo de Estado, no sería más que un mal sueño pasado. Pero ahora el socialismo se ha institucionalizado y las relaciones de la Revolución han probado ser durables. En e a situación estabilizada, la Iglesia ha debido empezar a pensar en su inserción dentro de la nueva sociedad. Por otra parte el gobierno ha detectado ese cambio de mentalidad, aunque todavía sea incipiente. A través de la Nunciatura, dialoga (o, por lo menos, se entera de primera mano de ciertas formas de pensar) con la Iglesia. Ello significa el principio de un estado de confianza. Si la Iglesia Cubana advierte que este es, al fin y al cabo, su país y el gobierno toma conciencia de que la Iglesia se dispone a trabajar junto a él y no contra él, entonces muchas cosas pueden mejorar.
    —¿Usted posee facilidades para ver a Fidel Castro, cuando lo considera necesario?
    Se ha dicho que el Nuncio y Castro mantienen una amistad de tipo personal pero en la respuesta Monseñor Zacchi se muestra cauteloso;
    —Conversé con él por última vez hace dos años, cuando vino a una recepción en la Nunciatura. El año pasado aceptó a venir nuevamente a otra reunión, pero estalló la guerra en Medio Oriente y canceló la visita. Usted sabe que rara vez visita las embajadas occidentales, de manera que no puede hacer excepciones con el Vaticano. Pero hay otros medios de llegar hasta los niveles de gobierno.
    —¿Y finalmente, que piensa este obispo de nuevo estilo, este diplomático que ejerce una tarea de rasgos sutiles, sobre el hecho revolucionario en sí? En este aspecto, las respuestas de Monseñor Zacchi de gran franqueza.
    —Usted —le dije— ha vivido en Cuba todas las etapas de una revolución que ahora entra en su edad adulta. Vio, al principio, las condiciones en que los regímenes anteriores mantenían al país. ¿Considera que las cosas han mejorado, que el pueblo ha obtenido beneficios de la revolución?
    —El pueblo ha obtenido un cambio radical de las condiciones materiales. No se puede negar que ahora existe una situación de vida que era antes indispensable. Ha habido una redistribución de las riquezas y del producto social. Ahora hay una justicia social que antes no imperaba.
    —¿Cree que un católico debe integrarse a la Revolución?
    —Estoy diciéndolo permanentemente. El católico debe integrarse a las organizaciones de masa de la sociedad en que vive. Debe colaborar en el trabajo voluntario, debe integrarse en las milicias; debe entrar en las organizaciones deportivas y culturales, debe integrar también en forma activa el movimiento estudiantil y las instituciones profesionales. Se producirá así, naturalmente, una influencia mutua. Y en ese intercambio ciertos ideales del pensamiento católico, ciertas concepciones de vida, pueden introducirse en las concepciones de la Revolución. La Revolución será así, realmente representativa de todas las formas del sentir nacional.
    —¿Aceptaría que un joven católico se uniera a la Juventud del Partido Comunista?
    —Bueno, aquí hay un solo partido, el Comunista y sus cuadros desempeñan una función importante en las tareas concretas del cambio social. No veo inconveniente en que un católico adopte la teoría económica marxista a los efectos prácticos de su conducta como cuadro de una revolución.
    —¿Qué pasaría, en ese caso, con la contradicción entre el materialismo dialéctico y las concepciones cristianas sobre determinados procesos y sus orígenes, entre las tesis del libre albedrío y el determinismo, entre ciertos enfoques colectivistas y el individualismo que la religión defiende?
    —Creo que, en la práctica, esas contradicciones no estarían en juego, y sólo regirían para la discusión teórica. Por supuesto que el católico integrado de esa manera mantendría siempre reservas en la aceptación de determinadas imposiciones.
    La última respuesta definió notablemente la nueva manera con que el Nuncio Apostólico en Cuba está situado frente al vertiginoso proceso de la Revolución.
    —Usted sabe —dije a Monseñor Zacchi— que Fidel Castro fue educado en un colegio jesuíta y fue católico en su adolescencia. De acuerdo a su conducta actual, ¿usted lo consideraría cristiano?
    —Por supuesto —dijo el Nuncio— que no lo es, ideológicamente; se ha declarado marxista-leninista. Pero yo lo considero, éticamente, un cristiano.

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