En un nuevo aniversario de la revolución del 17 de octubre de 1945, dedicamos la sección “Testimonios” a la persona que más que ninguna otra sintetiza los anhelos y las acciones de los miles de “descamisados” que ese día 17 irrumpieron violentamente en la historia argentina.
“Evita”, representa uno de los símbolos de la lucha obrera en la Argentina pues a los ojos de los obreros nadie como ella había sufrido y expresado la humillación, la malicia y la explotación que son el pan de cada día de la clase trabajadora del país.
Fue la más vilipendiada, la más calumniada y la más odiada, porque era grito de rebeldía, porque sus palabras eran latigazos al rostro de la oligarquía y porque se había convertido en esperanza de los pobres argentinos. El “eterna en el alma de su pueblo” encarna un signo históricamente imborrable.
Yo invoco en estos momentos el recuerdo del 17 de octubre de 1945 porque en aquella fecha inolvidable me formulé yo misma, y ante mi propia conciencia un voto permanente y por eso me entregué desde entonces al servicio de los descamisados, que son los humildes y los trabajadores. Tenía una deuda casi infinita que saldar con ellos, que habían reconquistado a Perón para la Patria y para mí. Yo creo haber hecho todo lo que estuvo en mis manos para cumplir con mi voto y con mi deuda.
No tenía entonces, ni tengo en estos momentos, más que una sola ambición: que de mí se diga, cuando se escriba el capítulo maravilloso que la historia seguramente dedicará a Perón, que hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevarle al Presidente las esperanzas del Pueblo, que luego Perón convertía en hermosas realidades, y que a esta mujer el pueblo la llamaba cariñosamente EVITA.
Nada más que eso; Evita quería ser cuando me decidí a luchar codo a codo con los trabajadores y puse mi corazón al servicio de los pobres, llevando siempre como única bandera el nombre del General Perón a todas partes. Si con ese esfuerzo mío conquisté el corazón de los obreros y de los humildes de mi patria, eso es ya una recompensa extraordinaria que me obliga a seguir con mis trabajos y con mis luchas.
Yo no quiero otro honor que ese cariño. Aceptar otra cosa sería romper la línea de conducta que le impuse a mi corazón y darles la razón a los que no creyeron en la sinceridad de mis palabras, y que ya no podrán decir jamás que todo lo hice guiada por mezquinas y egoístas ambiciones personales.
Yo sé que cada uno de los descamisados que me quiere de verdad ha de querer también que nadie tenga derecho a descreer mis palabras, y ahora —después de esto— nadie que no sea un malvado podrá dudar de la honradez, de la lealtad y de la sinceridad de mi conducta.

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