Desde que los comandos del MLN Tupamaros iniciaron sus operaciones en Uruguay, una ola de desconcierto, incredulidad y admiración se elevó desde la militancia revolucionaria de los pueblos latinoamericanos: la Suiza del continente ponía sus relojes en la hora de los hornos prevista por el Che. Cristianismo y Revolución ya se hacía eco del fenómeno en su edición número 10 de octubre del año pasado, reproduciendo las famosas “30 preguntas a un tupamaro” con carácter de exclusividad para la Argentina, además de una nota publicada por Pinito Final, de Chile, en su número 58. A continuación se incluye el más medular y preciso informe especial escrito sobre la ya legendaria organización insurreccional uruguaya, preparado por Carlos Núñez. El trabajo de Núñez, un brillante periodista revolucionario que se destacó en las páginas de Marcha de Montevideo y planea ahora investigar sobre los hechos la realidad de Vietnam, las guerrillas en las colonias portuguesas del África y el movimiento armado de Colombia, aporta elementos totalmente inéditos en el país y arroja más luz sobre un problema que apasiona. C. y R. edita con orgullo este trabajo, pues si bien Núñez, lo publicó originariamente en Tricontinental, la excelente revista de la OSPAAAL, fue realizado para su difusión por toda la prensa revolucionaria del continente. Cumplimos:

Con la barba crecido, la ropa sucia y arrugada, abotagado por el pentotal, Ulysses Pereira Reverbel conservaba bien poco de su habitual y atildada elegancia. Trastabilló al descender del automóvil abandonado no lejos del centro de Montevideo y descubrió el reloj pulsera que sus captores encapuchados le habían quitado hacía algunas horas, antes de abandonar la habitación forrada con papeles de diario donde lo habían mantenido secuestrado durante cinco otas. En la mañana del 7 de agosto, algunos integrantes del comando Mario Robaina Méndez perteneciente al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros secuestraron a Pereira Reverbel cuando éste salía de su domicilio, hiriendo levemente a uno de sus acompañantes que intentó ofrecer resistencia, y dejando en su lugar un “comunicado a la opinión pública” en que se informaba: “Hoy el señor Pereira Reverbel ha sido detenido por decisión del MLN”. En ese comunicado, la organización hacía un relevamiento de las principales medidas antipopulares llevadas adelante por el Poder Ejecutivo uruguayo y terminaba: Advertimos a las fuerzas represivas: 1) El señor Pereira Reverbel en nuestro poder, garantizará con su persona la integridad física de nuestros compañeros
y de todos cuantos hoy son perseguidos; 2) La seguridad e integridad física del señor Pereira Reverbel dependerá de la conducta de las fuerzas represivas y de los grupos fascistas a su servicio, por lo tanto, estaremos muy atentos a los métodos que utilicen; 3) En consecuencia, no intenten buscarlo porque comprometen la seguridad e integridad del detenido; 4) El señor Pereira Reverbel será puesto en libertad sano y salvo cuando las autoridades de nuestro movimiento lo estimen oportuno y siempre y cuando se hayan respetado las advertencias antedichas. Era, inocultablemente, un desafío; los acontecimientos inmediatos vendrían a probar que el régimen encabezado por Jorge Pacheco Areco no tenía en sus manos la posibilidad de enfrentarlo exitosamente. Más de tres mil agentes de policía (prácticamente el cincuenta por ciento del total de efectivos con base en Montevideo) fueron movilizados en la búsqueda de Pereira Reverbel y sus captores. Vano intento: no parecía existir la más mínima pista capaz de orientar a los cuerpos reprosivos. Entre tanto, los Tupamaros daban una nueva prueba de eficacia organizativa, haciendo llegar hasta Pachaco Areco una carta manuscrita del secuestrado (n la que éste aseguraba encontrarse en perfectas condiciones físicas, daba algunas instrucciones sobre el manejo de urgentes asuntos públicos a su cargo y pedía se atendiera a las advertencias del MLN), sin que tampoco en este caso la policía atinara a dar con alguna punta del ovillo. La reiterada comprobación de su impotencia pareció desbordar al régimen, que lanzó entonces las tropas de la policía militarizada contra la Universidad, ocupando todas las facultades, en una frenética búsqueda, tan violenta como nuevamente infructuosa: Pereira Reverbel no estaba por cierto oculto en ninguno de los “antros subversivos” universitarios. Para algunos observadores, la intervención de la Universidad sólo podía explicarse por el paranoico maniqueísmo de la “inteligencia” policial, que suele ver en los medios estudiantiles el origen de toda acción política “subversiva”; para otros, en cambio, la búsqueda de los Tupamaros apenas servía d« pretexto para una operación dirigida a golpear a la Universidad, firme reducto de oposición a la política antipopular del gobierno (consecuentemente con este presunto propósito, Pacheco Areco intentó de manera simultánea destituir al Consejo Central Universitario por “amparar la subversión”. La oposición parlamentaria ha impedido hasta el momento que la maniobra se concrete). La versión más coherente, empero, era la que podía recogerse en algunos sectores de izquierda, haciendo caudal de la ineficacia represiva ante acciones de inspiración política: desconcertada, perpleja, sin la menor idea del rumbo a seguir, la policía habría procurado sustituir eficiencia por espectáculo. El saldo fue trágico para la población (un estudiante muerto Líber Arce, y decenas de he-dos), pero resultó también contraproducente para el régimen: la intervención armada en la Universidad, dando un nuevo mentís a la proclamada “institucionalidad” del gobierno, no hizo sino radicalizar aún más la lucha estudiantil y colocar decididamente en la oposición militante a amplios sectores populares, como lo demostró la imponente multitud que acompañó el sepelio del estudiante abatido por la policía. Abogado, terrateniente, director del ente estatal Usinas y Teléfonos del Estado (UTE, sector energético), caracterizado desde ese cargo por su saña anti-sindical, amigo íntimo de Pacheco Areco, “ideólogo” de la “mano dura” gubernamental, Ulysses Pereira Reverbel era ciertamente la persona menos indicada para concitar alguna simpatía de parte de la opinión pública uruguaya. Este factor, lógicamente evaluado por los Tupamaros (como lo revela la caracterización que hacen del “detenido” en su comunicado), unido a la creciente leyenda de inexpugnabilidad que rodeaba al MLN —leyenda que, una vez más, se veía avalada por los hechos— determinaron una reacción de relativa complacencia popular ante el secuestro del jerarca. Por supuesto, el prurito legalista y antiviolento de ciertos sectores bien pensantes (incluso de algunas “personalidades” de la izquierda, cuyo destino político parece irreversiblemente jugado en el camino de una presunta “oposición constructiva”) derivó en condenas formales a la acción de los Tupamaros; pero los hechos, calientes y duros, estaban ahí, desafiando toda especulación. La violencia implícita en el secuestro de Pereira Reverbel (violencia, por otra parte, calculada y contenida, bien alejada del terrorismo indiscriminado o inútil) no hacía sino responder a la violencia represiva del régimen, ésta sí indiscriminada, ciega, visceral.
Así, cuando Ulysses Pereira Reverbel, físicamente incólume pero moralmente tan golpeado como el régimen que representa, despertó de su pesadilla de cinco días con la elegancia maltrecha, se había convertido ya, involuntariamente, en un testimonio múltiple: el testimonio de que los personeros de un sistema antipopular como el que hoy rige Uruguay no podrían, de aquí en más, pretender el privilegio de la impunidad (“nada quedará impune y la justicia popular sabrá ejercerse por los canales y de la forma que corresponda y convenga”, dice el comunicado de los Tupamaros); el testimonio de que Uruguay, deteriorada “Suiza de América”, ha dejado ya de ser la “excepción” frecuentemente señalada en el contexto de un continente sacudido por la opresión y, consecuentemente, por la violencia popular y la lucha revolucionaria; el testimonio, por fin, y contra la opinión de muchos, de que aun en este país es posible responder con acciones directas a la represión de los sectores dominantes, que esa misma represión llega a revelarse impotente ante una organización revolucionaria que como los Tupamaros, se muestre consciente de las duras exigencias que plantea la praxis de la liberación nacional.

  • SENDIC Y LOS “PELUDOS”
  • Pese a todos sus esfuerzos, los servicios policiales se han enfrentado persistentemente al fracaso en sus intentos de penetrar a través de la fina red de seguridad que rodea al MLN; por supuesto, no menos difícil llega a presentarse la posibilidad de realizar una tarea periodística sobre la organización de los Tupamaros. Sin embargo, los mismos documentos elaborados por el Movimiento —documentos que circulan clandestinamente en Uruguay, algunos de los cuales han sido recientemente recogidos por publicaciones latinoamericanas— y el testimonió que puede recogerse en diversos sectores de la izquierda uruguaya, permiten una aproximación tentativa hasta la historia y las líneas teóricas y prácticas fundamentales de la organización.
    En julio de 1963, diez años después del asalto al Cuartel Moneada que marcara el inicio de la lucha insurreccional en Cuba, un grupo de militantes de izquierda encabezados por Raúl Sendic penetró en el local de Club de Tiro de Colonia Suiza (una apacible villa de descanso del interior uruguayo) y se apoderó de una docena de fusiles sin cerrojo. A la vuelta de algunos años, esta acción ha llegado a ser vista por la mayoría de los uruguayos como el “bautismo” noticioso de lo que con el tiempo llegaría a ser el Movimiento de Liberación Nacional; pero, por entonces, esa “expropiación” de armas despertó las más diversas reacciones. La gran prensa, inicialmente escandalizada por el surgimiento de acciones “subversivas” en el escenario de la lucha política uruguaya (“ejemplo y modelo de democracia representativa”, reiteraron empalagosamente los diarios oficialistas de la época), volvió prontamente sobre sus pasos, comprendiendo los riesgos que ese escándalo conlleva, y buscó minimizar la noticia hasta las proporciones de un hecho delictivo común. Desde la izquierda tradicional, por su parte, que venía de plantear una experiencia “frentista” en las elecciones de 1962, no faltó el calificativo de “provocadores” para los responsables de la acción. Pero en la base de estos sectores y en los círculos más politizados de la opinión independiente, el episodio marcó una sensible conmoción; la perplejidad, y aun el escepticismo, ante hechos como éste (comunes en la historia de América Latina, especialmente a partir del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, pero prácticamente inéditos en Uruguay), no llegaban a ocultar una comprobación contrapuesta: la de la creciente agudización de la crisis que golpeaba al país desde hacía una década —y cuyos indicios auguraban días mucho más negros para las clases trabajadoras— la progresiva gangrena que corroía las estructuras del “welfare state” promovido por el liberalismo desde comienzos del siglo, la ineficacia de los canales electorales para quebrar el predominio político de los sectores dominantes y la entrega del país a los intereses imperialistas que ellos representan. La policía identificó a Raúl Sendic y a otros militantes de izquierda como autores del asalto al Club de Tiro, pero no logró detenerlos. Miembro del Partido Socialista Uruguayo, Sendic se había dedicado, desde antes de 1960, a un trabajo de politización y sindicalización en algunos sectores rurales largamente postergados por las organizaciones de izquierda, tradicionalmente volcadas hacia los trabajadores urbanos. Los núcleos hacia los que orientó su trabajo Sendic eran (son) los más típicamente proletarizados del ámbito rural, lejanos tanto del pequeño propietario que suele encontrarse en las zonas granjeras del sur como del “peón de estancia” que se desempeña en los latifundios ganaderos, de ambigua ubicación dentro de la escala de clases y prácticamente sin posibilidades de efectiva agremiación: se trataba de los trabajadores zafreros del arroz, en el este, y de la remolacha y la caña de azúcar, en el norte, del país. Estudiante de Derecho (con el titulo de Procurador), Sendic no se limitó a una tarea de prédica política o de asesoría organizativa; entendió que la única forma de ganar la confianza de los trabajadores, de asimilar sus problemas, de hablar su lenguaje, era integrarse a su vida y a su trabajo; se convirtió as? es un “peludo” (como Human en la zona a los cañeros, como los propios cañeros se llaman a sí mismos). Tras movilizar y organizar a los remolacheros del departamento de Paysandú y a los cañeros de Salto —ambos departamentos se encuentran en el litoral del Río Uruguay, que marca la frontera con Argentina, al oeste del país— Sendic formó la UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas) con los trabajadores de las plantaciones de caña que abastecen a la empresa CAINSA (de propiedad norteamericana), en el extremo norte de Uruguay, limítrofe con Brasil y Argentina. A través de UTAA, los “peludos” obtuvieron el respete a una serie de leyes sociales que las empresas incumplían al amparo de la negligencia (o, directamente, la complicidad) gubernamental, la falto de organización de los trabajadores y el desconocimiento del resto del país sobre las condiciones de vida y trabajo en los cañaverales de Artigas. Pero, con la orientación de Sendic, los cañeros comprendieron pronto que esa lucha por
    el cumplimiento de disposiciones legales —pagada ciertamente al precio de la persecución y la violencia contra dirigentes y militantes de UTAA— no era sino el primer paso en un camino que debía profundizarse: las condiciones de vivienda y sanidad, de cuyo nivel debían ser responsables las empresas, eran subhuma-nas; el trabajo de mujeres y niños escapaba por completo al amparo que la legislación social uruguaya exigía; y, sobre todo, el carácter zafral del trabajo en las plantaciones determinaba la desocupación lisa y llana de los cañeros durante la mayor parte del año. En 1962, Sendic organizó la primera “marcha cañera”: los trabajadores de UTAA, con sus mujeres e hijos, recorrieron más de 600 kilómetros a pie, de Artigas a Montevideo, con el fin de dar a conocer sus problemas y reclamar “tierras para trabajar” (concretamente, planteaban la expropiación de grandes extensiones de tierra prácticamente abandonadas en el mismo departamento de Artigas). De alguna manera, la presencia de los “peludos” en la capital significó una conmoción, pero, previsiblemente, nada se logró de los círculos gubernamentales, salvo el reconocimiento por parte de una comisión parlamentaria de las condiciones subhumanas en que vivían y trabajaban los cañeros. En otro orden de cosas, quizás más lamentable, los “peludos” debieron asistir, en un año electoral, a la demagogia hueca de los grandes partidos y a los intentos de aprovechamiento sectario de su movimiento, o de indiferencia no menos sectaria, por parte de algunas organizaciones de izquierda. Asistieron también al renacimiento de la violencia fascista, cuando fueron baleados desde la Confederación Sindical del Uruguay, reducto del sindicalismo amarillo hoy extinguido; las balas destinadas a los “peludos” mataron a una mujer totalmente ajena al episodio. Este incidente, que ponía en evidencia la violencia subyacente en la lucha sindical y política de un Uruguay en ascendente crisis, y que consecuentemente daba a los cañeros conciencia de sus necesidades por lo menos defensivas, es ubicado por los observadores como uno de los probables antecedentes directos de la “expropiación” de fusiles llevada a cabo el año siguiente en Colonia Suiza.
    Y así como hoy se señala el caso del Club de Tiro como el primer indicio público sobre la existencia de una organización dispuesta a llevar la confrontación de clases hasta sus más elevadas expresiones, el movimiento de los cañeros es considerado en última instancia como la génesis de los Tupamaros. Para algunos de quienes eran entonces compañeros de militancia de Raúl Sendic (y que comparten con la mayoría de los uruguayos el convencimiento de que él es una de los principales dirigentes —si no el principal— del MLN), su actividad política y sindical planteó en Uruguay, desde principios de la presente década, nuevas formas de entender y practicar el trabajo de concientización y movilización revolucionarias: la plena integración personal entre los “peludos”, la marcha de éstos sobre la capital, sus propias reclamaciones —que, aun como consecuencia directo de una situación singular (el trabajo zafral), se alejaban del mero economismo salarial para incidir en niveles más hondos de las estructuras de producción— eran síntomas elocuentes de esos nuevos conceptos, que habrían de desembocar en el nacimiento y la acción de los Tupamaros. En esta medida es que se justifica la parcialmente detallada relación del movimiento cañero para abordar un intento de crónica sobre el MLN; poco también será importante Lomar en cuenta esto génesis para evaluar debidamente algunos de los presupuestos tácticos de los Tupamaros en cuanto a la lucha armada urbana y rural en las peculiares condiciones uruguayas.

  • DEL “BRAZO ARMADO” A LA FUERZA DE VANGUARDIA
  • Según puede registrarse hoy entre algunos de los sectores consultados para realizar esta crónica, en 1963, tras su identificación como responsable del asalte al Club de Tiro, Raúl Sendic fue instado a entregarse: al parecer, se contaba con la relativa latitud del ordenamiento jurídico uruguayo en cuanto a “delitos políticos”, con los atenuantes que podían manejarse en su defensa, o, incluso, con la oportunidad que podía significar un proceso de esta naturaleza para agitar públicamente el movimiento de los cañeros y el panorama global de injusticia y opresión en el que ese movimiento se inscribía como su extremo más dramático. Poro finalmente prevaleció, sobre estas especulaciones “políticas”, la visión de Sendic y de algunos de sus compañeros: el camino estaba elegido y no admitía retornos; aun en el caso de que los responsables de la “expropiación” de armas no hubieran sido identificados, no otro ámbito sino el de la clandestinidad habría de acogerlos. Ciertamente, la identificación policial parecía a primera vista acrecer los riesgos, pero al mismo tiempo implicaba un obligado handicap, una exigencia insoslayable de la vía por la que se había decidido transitar. Desde 1963, hay una fotografía de Raúl Sendic en cada una de las seccionales policiales de todo el país, pero la “eficacia” de los cuerpos represivos no ha logrado ir más allá de eso. En sectores de la izquierda uruguaya se tiene entendido que el grujió encabezado por Sendic operaba por entonces como “brazo armado” del Partido Socialista, que acababa de salir de un frustrado intento electoral en alianza con elementos nacionalistas de la pequeña burguesía. Esa estructura, al parecer, no se mantuvo mucho tiempo; según suponen los sectores consultados, los integrantes del grupo armado encontraban crecientes contradicciones entre las necesidades técnicas de su organización (que debían contemplar un hermético mecanismo de seguridad para proteger su obligada clandestinidad) y las tradicionales vías de acción y decisión a nivel de un aparato político legal y público. Puede asimismo presumirse, con la perspectiva del tiempo, que esas contradicciones mayormente prácticas reflejaban forzosamente una subyacente y aun no precisada divergencia teórica en cuanto a la forma en que debía encararse la acción política en Uruguay. Cuatro años después de aquella separación, los Tupamaros plantearían en uno de sus documentos algunas expresiones esclarecedoras acerca de los “brazos armados” de organizaciones políticas legales:
    Ningún partido cumple con los principios revolucionarios que enuncia si no encara seriamente esta preparación para la lucha armada en toda la escala del Partido. De otra forma no se logra la máxima eficiencia posible para enfrentar a la reacción en cada etapa, lo cual puede resultar una negligencia fatal (cabe recordar a Brasil y Argentina), o el desperdicio de una coyuntura revolucionaria. No encarados para su fin específico, los pequeños grupos armados partidistas pueden transformarse en triste masa de maniobras políticas. En este sentido, el MLN aludía declaradamente a un episodio suscitado durante la manifestación realizada por la CNT (Convención Nacional de Trabajadores) el 1º de Mayo de 1967, cuando se originó un tiroteo entre grupos armados de organizaciones de izquierda contrapuestas, en lo que podría ser entendido como un ejemplo lateral de esa utilización de aparates de choque partidarios como “triste masa de maniobras políticas”, que durante los años más recientes ha encontrado expresiones extremas en otros puntos del continente (quizá Venezuela sea el caso más dramático y elocuente). Consecuentemente con eso planteo, el MLN sugería, en el mismo documento, que los militantes de aparatos armados partidarios exigieran a MIS respectivas direcciones:
    Que su acción (la de los “brazos armados”) sea dirigida solamente contra el enemigo de clase, contra el aparato burgués y sus agentes. Ningún aparate armado puede cumplir su fin especifico si su dirección no reúne, al menos, estos requisitos mínimos: 1) que sea consecuente y demuestre con hechos su adhesión al principio de la lucha armada, dándole la importancia y los medios materiales necesarios para su preparación; 2) que ofrezca, las condiciones necesarias de seguridad y discreción para los militantes que desarrollan tareas ilegales; 3) que por su amplitud y correcto línea, tenga posibilidades —las más inmediatas posibles— de constituirse en dirección de masas proletarias. Ciertamente, como se procurará analizar más adelante, las concepciones del MLN en torno a esto punto no responden a motivaciones exclusivamente “técnicas”, ni mucho menos implican la postulación de una suerte de “militarismo” que suponga el divorcio entre la “dirección política” y la “dirección armada” de una organización revolucionaria. Antes bien, es en estos planteos donde puede encontrarse el germen de las ideas que han llevado a los Tupamaros a constituir un grupo orgánico en sí mismo, sin relación alguna de dependencia con los partidos de izquierda ya existentes en Uruguay.
    Es en esta época, 1963-64, que los observadores acostumbran situar el nacimiento de los Tupamaros como organización; consecuentemente, este período aparece como el más oscuro y menos conocido, aun para los militantes de los restantes grupos de izquierda. Según los escasos indicios que pueden hoy ser recogidos al respecto, los ex integrantes del “brazo armado” del PS (con el cual, se presume, habían llegado a un acuerdo destinado a que los militantes del grupo fueran paulatinamente optando por una de las dos organizaciones ahora separadas) procuraron inicialmente una fórmula de coordinación con otros sectores de militantes de izquierda escindidos de sus organizaciones por una —aparentemente— similar visión sobre la lucha revolucionaria y su necesaria radicalización. Simultáneamente (1964), se realizan “expropiaciones” de explosivos y armas y acciones esporádicas de los llamados “comandos del hambre”, que se apoderan de camiones con comestibles y los reparten entre los pobladores de los “cantegriles” (viviendas de emergencia situadas en el cinturón de las ciudades: “favelas” en Brasil, “villas miseria” en Argentina, “barriadas” en Perú, “poblaciones callampa” en Chile, “ranchitas” en Venezuela); sólo en meses recientes, fuentes policiales han expresado su conclusión de que tales acciones tenían vinculación con los Tupamaros. Pero, de hecho, según la opinión generalizada de los medios de izquierda, los Tupamaros nacen después que los intentos cié coordinación con otros grupos militantes se ven interrumpidos por discrepancias tácticas y estratégicas. La versión más verosímil de las que circulan entre los observadores uruguayos indica que el embrión inicial de lo que es hoy el MLN reunía apenas una veintena de militantes; éstos, convencidos de que el objetivo central era “preparar un ejército”, y que tal propósito implicaba un hecho técnico y organizativo singularmente riguroso, habrían decidido pasar a una etapa de “puertas cerradas”. Esa voluntariosa y decisiva entrada en la clandestinidad y el silencio habría de prolongarse aproximadamente por un año y medio.
    Los dieciocho o veinte meses que van desde el nacimiento objetivo de los Tupamaros hasta que, en 1965, cartelones de alquitrán en los muros de la ciudad comienzan a difundir esa denominación ciertamente extraña a primera vista, resultan literalmente impenetrables para toda labor investigativa ajena a la organización. En ellos se encuentran seguramente las claves originales del crecimiento y la maduración del MLN, de su firme camino hacia la creación de una vanguardia revolucionaria.

  • MADUREZ REVOLUCIONARIA, DETERIORO DEL RÉGIMEN
  • A partir de 1965, los uruguayos asisten a otro crecimiento: el de la leyenda de los Tupamaros. Las esferas policiales y sus voceros oficiosos comienzan a responsabilizar al grupo por diversos atentados contra radioemisoras reaccionarias y empresas norteamericanas, por “expropiaciones” de armas, explosivos y dinero; paralelamente, el desconocimiento sobre la constitución y los propósitos de la organización, unido a la identificación superficial entre algunas de las acciones que se le imputan y los métodos de grupos extremistas vecinos (como la Tacuara argentina), despiertan inicialmente en el desprevenido ciudadano medio la imagen de un aparato terrorista de derecha, imagen que por supuesto tratan de fomentar los medios de información vinculados a los sectores dominantes. Con todo, los Tupamaros parecen continuar pacientemente su labor de organización, evaluando correctamente —según círculos de izquierda— que el clima uruguayo no es aún propicio para desatar acciones de mayor envergadura.
    En 1964, una acción fallida es vinculada con los Tupamaros por la versión de los cuerpos represivos, impotentes ante las verdaderas actividades de la organización: se trata del intento de asalta a una sucursal bancaria llevada a cabo por Vique, Santana y Castillo, militantes de UTAA; el movimiento cañero ha continuado realizando anualmente sus marchas sobre Montevideo (ahora con una consigna más que expresiva: “Por la tierra y con Sendic”) y la desesperante situación de los “peludos” ha impulsado a tres de sus cuadros a intentar eso asalta, que resulta desbaratado por la policía. De hecho, empero, ésta no logra establecer vinculación alguna entre esta acción (que círculos de izquierda interpretan hoy como fruta de la desesperación y, en última instancia, de la convicción profunda existente entre los canoros sobre la necesidad de la acción directa) y los Tupamaros. Pero el episodio vendrá luego a adquirir un valor político lateral, al hacer de Vique, Santana y Castillo (que aún hoy permanecen encarcelados en Artigas) un ejemplo inocultable de la persecución del régimen contra los trabajadores: en efecto, en 1965 se produce en Uruguay un crack bancario de grandes proporciones, provocado por las maniobras especulativas de un grupo de “financistas” vinculados a la plutocracia nativa c internacional; previsiblemente, los banqueros responsables del crack (que se abatió fundamentalmente sobre las espaldas de pequeños ahorristas y comerciantes) no tardaron más que algunas semanas en recobrar su libertad, mientras todos los esfuerzos de movilización pública en favor de los dirigentes de UTAA resultaban vanos y los canoros continuaban enfrentados a la miseria, la desocupación y la represión. Durante 1966, una campaña electoral complicada con los planteamientos surgidos desde diversos partidos en favor de un reforma constitucional (habitual cortina de humo del sistema ante sus fracasos políticos) volvió a sumir a los uruguayos, sectores de izquierda incluidos, en la alienación de la política menuda y las maniobras electoreras. Pero en diciembre de eso año, algunas semanas después que las elecciones consagraron el retorno al régimen presidencial unipersonal —en sustitución del colegiado vigente desde 1952— y el nombramiento para encabezarlo del general retirado Oscar Gestido, espectaculares episodios trajeron nuevamente a la luz pública el nombre de los Tupamaros.
    En momentos en que —según pudo saberse más tarde— algunos integrantes del MLN realizaban el traslado de ciertas materiales hacia un nuevo local (obviamente, una operación habitual para organizaciones clandestinas), se produjo un enfrentamiento accidental con efectivos policiales: a consecuencias del tiroteo resultó muerto Mario Robaina, militante de los Tupamaros. Sus compañeros lograron escapar, abandonando forzadamente parte del material que transportaban, armas y elementos de propaganda. A partir de este episodio, la policía desató una serie de razzias —como de costumbre, más espectaculares que efectivas— durante las cuales llegó a producirse un nuevo tiroteo, que costó la vida a otro integrante del MLN, Carlos Plores. Sin embargo, como resultó visible para muchos observadores, la histeria comenzó a ganar a los cuerpos policiales, que no lograban capturar vivo a ningún militante de la organización y, consecuentemente, se veían obligados a actuar enteramente a ciegas, con el inevitable resultado de una creciente radicalización de los sectores enfrentados a la represión Indiscriminada.
    La atención pública se volvió entonces sobre los Tupamaros, confirmando su carácter de organización revolucionaria. Así pudo saberse que la propia denominación popular del MLN tenía orígenes de rebeldía: la voz tupamaros, tomada del caudillo inca Tupac Amaru —que encabezó en 1780 una sublevación agrarista e independentista desde tierras peruanas y que, capturado por el poder colonial español, fue descuartizado en la plaza pública— designó durante el siglo pasado a los remanentes del ejército gaucho de José Artigas, reacios a someterse al dominio de las oligarquías terratenientes urbanas. Por supuesta, estos conocimientos, significativos para una población cada vez más golpeada por la crisis y la desesperanza en torno a las vías tradicionales de acción política, no resultaban siquiera mínimamente útiles para la policía, consciente ya de la impotencia de sus esfuerzos por quebrar la férrea organización del MLN. Los sectores de izquierda coinciden hoy mayormente en que los incidentes de diciembre de 1966 pudieron significar para los Tupamaros un “salta cualitativo”; efectivamente, bajo la apariencia de fracasos parciales (el descubrimiento de algunos locales, la muerte de des de sus cuadros), ellos encerraban la constancia de que la organización estaba ya en condiciones de superar este trágico bautismo de fuego sin comprometer su misma existencia. Simultáneamente, la furia de la represión hacía evidente, para todos los sectores de la izquierda, que la aparentemente apacible vida política uruguaya de los últimos lustros marchaba ahora sobre el filo de la navaja. De esta manera, a lo largo de 1967, la madurez alcanzada por los Tupamaros vino a coincidir con el deterioro definitivo del sistema, el acta final —cuyo ritmo sólo podía parecer acelerado a quienes no hubieran advertido los síntomas ominosos que lo anticipaban desde tiempo atrás— de la feliz arcadia uruguaya. El MLN se dedicó, según todos los indicios, a superar detalladamente los efectos de la violenta persecución reactualizada a partir de diciembre del 66, afinando y aceitando su estructura interna y sus mecanismos de acción (según fue visible a través de los posteriores acontecimientos); los partidos de izquierda, al mismo tiempo, registraban en sus bases y en sus cuadros intermedios el impacto de la revelación pública de los Tupamaros como organización revolucionaria, lo que resultaba lógicamente en el crecimiento del grupo y de su consideración por parte de los restantes sectores. Paralelamente, la evolución del gobierno de Gestido hacia una definitiva docilidad ante el Fondo Monetario Internacional y los intereses imperialistas, contribuía a destruir el crédito inicial-mente abierta a su gobierno por algunos sectores de la población. En diciembre de 1967, finalmente, otra coincidencia condujo a extremos más expresivos y dramáticos la convergencia decisiva de esos caminos en apariencia paralelos.
    Una circunstancia accidental (la investigación de un robo común en un balneario próximo a Montevideo) enfrentó nuevamente a algunos Tupamaros con agentes policiales; en esta oportunidad, los cuerpos represivos tendieron un espectacular “cerco” en tomo a la zona y se adelantaron a asegurar la captura de los militantes del MLN. Resultado: los Tupamaros eludieron el cerco sin inconvenientes, pese a que —según la versión policial— uno de ellos se encontraba herido, y pocos días después remitieron al diario Época una carta abierta en la que explicaban las circunstancias del encuentro, precisando los objetivos de la organización y su propósito de no actuar contra los agentes de la policía civil si éstas no participaban en la represión; en este caso, se habían vista obligados a hacerlo, pero incluso, y a riesgo de su propia seguridad, prestaron asistencia médica al guardia civil herido en el tiroteo.
    Casi al mismo tiempo, la muerte de Gestido abrió el camino de la presidencia a Jorge Pacheco Areco, un político de opaca trayectoria que pronto se revolaría como cabeza visible de la derecha ultramontana, decidida a embarcar al país en un camino de creciente gorilización. Apenas una semana después de asumir la
    presidencia, Pacheco libró un decreto disolviendo seis organizaciones políticas de izquierda (Partido Socialista, Federación Anarquista Uruguaya, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Movimiento Revolucionario Oriental, Movimiento de Acción Popular Uruguayo, Independientes de Época) y clausurando dos periódicos, El Sol (órgano del PS) y Época; éste había reaparecido pocos días atrás, precisamente en virtud de un acuerdo entre las seis organizaciones, ahora disueltas, en torno a los postulados de la OLAS. De allí en más, ambos procesos serían ya inseparables: la ere-ciento gorilización del régimen encontraría frente a si un aparata armado que, también crecientemente, se mostraría capaz de respondor a la violencia reaccionaria con la violencia revolucionaria. El resto es prácticamente historia contemporánea, pero vale la pena repasarlo brevemente. En 1968, a medida que el gobierno de Pachero Areco iba dejando en descubierto su esencia emínentemente antipopular (persecución contra las organizaciones de izquierda y los sindicatos; congelación de salarios; política económico-financiera según las “recetas” del FMI, que hacen caer sobre las clases populares todo el peso de la crisis, conservando los privilegios oligárquicos; corrupción a nivel de gobierno, como se ha revelado sobro las maniobras que condujeron a la más reciente devaluación del peso uruguayo, el 29 de abril, o en el caso del ex ministro de Trabajo, Guzmán Acosta y Lara. que mediante chantaje a industriales y comerciantes que dependían de su cartera obtuvo más de veinte millones de pesos —unos 100 mil dólares— en “donaciones” para una empresa periodística de su propiedad; violación de la autonomía universitaria; mordaza sobre los medios de difusión y coerción de todos las libertades públicas; militarización de funcionarios; alianza con los regímenes gorilas vecinos), los Tupamaros entrarían en acción. En mayo último, dos asaltos a sucursales bancarias en días consecutivos permitieron a la organización “expropiar” más de cinco millones de pesos (unos 25 mil dólares), sin que la policía pudiera dar con el más mínimo rastro de los responsables. En junio, mientras Pacheco Areco pronunciaba una alocución radial pretendiendo justificar la aplicación de Medidas Prontas de Seguridad (versión apenas atenuada del Estado de Sitio) y la militarización de funcionarios públicos, un comando del MLN hizo volar, en las afueras de la ciudad, la planta trasmisora de Radio Ariel, propiedad de Jorge Batlle Ibáñez, cabeza del ala más reaccionaria del Partido Colorado, que apoya al gobierno y que es considerado el “ideólogo” del proceso de “argentini-zación” de Uruguay. En agosto, por último, pese a las medidas represivas vigentes en el país, los Tupamaros secuestraron a Pereirá Reverbel, dando de esa manera un nuevo y decisivo golpe en dos direcciones simultáneas: contra la reacción y contra la seudorrevolución.

  • TEORÍA Y PRACTICA DE LOS TUPAMAROS
  • De acuerdo con su propios documentos, los conceptos teóricos que respaldan las acciones de los Tupamaros pueden resumirse en estos términos:
    a) Como lo recordara Ernesto Che Guevara, no hay que esperar a que estén dadas todas las condiciones objetivas y subjetivas para llevar adelante la revolución: la lucha armada (el foco en el planteo del Che) puede crearlas. Según los Tupamaros, el principio fundamental de su organización es el de que “la acción revolucionaria en sí, el hecho mismo de armarse, de prepararse, de pertrecharse, de procesar hechos que violen la legalidad burguesa, genera conciencia, organización y condiciones revolucionarias”. Esto plantea una diferencia fundamental entre el MLN y las restantes organizaciones de izquierda uruguayas,
    la mayoría (de las cuales) parece confiar más en los manifiestos, en la emisión de enunciados teóricos referentes a la Revolución para preparar militantes y condiciones revolucionarias, sin comprender que fundamentalmente son las acciones revolucionarias las que precipitan las situaciones revolucionarias. En este sentido, la existencia de un grupo armado preparan-, para llevar a cabo acciones revolucionarias adquiere una gravitación fundamental:
    Si no hay un grupo medianamente preparado, simplemente las coyunturas revolucionarias se desaprovechan o no so capitalizan para la revolución. Suceden cosas como el “bogotazo”. El grupo armado le da eficacia y cohesión a la lucha, y la conduce a su destino. Además, el grupo armado puede contribuir a crear la coyuntura revolucionaria, o para decirlo con palabras de Raúl Castro, puedo ser el pequeño motor que pone en marcha el gran motor de la revolución. El grupo armado va creando o ayudando a crear las condiciones subjetivas para la revolución desde el mismo momento en que empieza a prepararse, pero sobre todo, desde que comienza a actuar.
    b) Tampoco hay que esperar a lograr la unidad de las fuerzas revolucionarias para comenzar la lucha:

    “… la famosa unidad de la izquierda puede darse en la lucha (…) las fuerzas que se llaman revolucionarias (una vez lanzada la lucha) se ven obligadas a optar entre apoyar o desaparecer. En Cuba, el Partido Socialista Popular optó por apoyar una lucha que no había iniciado ni dirigido y subsistió. Pro Prío Socarras, el que se llamaba principal opositor de Batista, no apoyó y desapareció.”

    Las mayorías populares también despertarán con esa lucha:

    Para el pueblo —realmente disconforme con las injusticias del régimen— la opción es mucho más fácil. Quiere un cambio y tiene que elegir entre el improbable y remoto cambio que lo ofrecen algunos por medio de proclamas, manifiestos o acción parlamentaria y el camino directo que encama el grupo armado y su acción revolucionaria.

    En cuanto a la relación entre la creación del partido de masas y la lucha armada:

    …sin considerar esfuerzo perdido el que se realice para crear un Partido o Movimiento de masas antes de lanzar la lucha armada, hay que reconocer que la lucha armada apresura y precipita el movimiento de masas. Y no es sólo el ejemplo de Cuba; también en China el Partido de masas se fue creando en el transcurso de la lucha armada. Quiere decir que la fórmula rígida de ciertos teóricos, “primero crear el Partido para después lanzar la Revolución”, históricamente reconoce más excepciones que aplicaciones. A esta altura de la historia ya nadie puede discutir que un grupo armado, por pequeño que éste sea, tiene mayores posibilidades de éxito para convertirse en un gran ejército popular, que un grupo que se limite a emitir “posiciones” revolucionarias.

    c) Por supuesto, esta convicción no implica ni con mucho desdeñar las necesidades políticas de esa lucha: …un movimiento revolucionario necesita plataformas, documentos (…) pero no hay que confundir. No es sólo puliendo plataformas y programas que se hace la revolución. Los principios básicos de una Revolución Socialista están dados y experimentados en países como Cuba y no hay más que discutir. Basta adherir a esos principios y señalar con hechos el camino insurreccional para lograr su aplicación.
    (Cabe observar, precisamente, que aun cuando los Tupamaros recurren ocasionalmente a proclamas o documentos, el mismo carácter de éstos es de por sí defi-nitorio; valga como ejemplo el citado mayormente en este resumen. Treinta preguntas a un Tupamaro: su propia estructura, en forma de diálogo, revela las coordenadas de la lucha clandestina, que no permito ni exige densidad teórica o brillantez de exposición, sino apenas claridad, accesibilidad y rigor pragmático en los planteamientos centrales.) El caso es que, para el MLN.

    “un movimiento revolucionario debe prepararse para la lucha armada en cualquier etapa, aun cuando las condiciones para la lucha armada no estén dadas (…) por dos razones al menos. Porque un movimiento armado de izquierda puede ser atacado por la represión a cualquier altura de su desarrollo y debe estar preparado para defender su existencia… recordar Argentina y Brasil. Y porque si a cada militante no se lo inculca desde el principio la mentalidad del combatiente, iremos elaborando otras cosas: un mero movimiento de apoyo a una Revolución que harán otros —por ejemplo— pero no un movimiento revolucionario en sí mismo.”

    Como se anotara antes, empero, esto no debe interpretarse como un “militarismo” a ultranza, como un menosprecio de toda otra actividad:

    “…el trabajo de masas que lleve al pueblo a posiciones revolucionarias también es importante. De lo que el militante —incluso el que está en el frente de masas— ha de ser consciente, es que el día en que se dé la lucha armada él no se va a quedar en su casa esperando el resultado. Y debe prepararse en consecuencia, aunque su militancia actual sea en otros frentes. Esto, adornas, dará autoridad, autenticidad, sinceridad y seriedad a su prédica revolucionaría actual.”

    De momento, la actividad de un militante tupamaro en ese frente está determinada por objetivos específicos:

    “Si se trata de un militante en gremio o movimiento de masas debe tratar de crear un ámbito, sea un grupo dentro del gremio, sea todo el gremio, donde se pueda organizar el apoyo para la acción del aparato armado y la preparación para ingresar al
    mismo. Formación teórica y práctica, reclutamiento, serán las tareas concretas principales dentro de ese ámbito. (Además, la propaganda de la lucha armada. Y en caso de que sea posible, llevar al gremio a luchas más radicales y a etapas más definitorías de la lucha de clases.”

    Aunque no declaradamente (el documento citado no tiene fecha; los observadores tienden a situarlo, por algunas referencias contenidas en el texto, en el segundo semestre de 1967), estas precisiones del MLN coinciden con las conclusiones centrales de la Primera Conferencia de las OLAS:
    La Conferencia ha dejado esclarecido que siendo la lucha armada la vía fundamental es igualmente necesario emplear otras formas de luchas, siempre que se encuentren subordinadas o tengan por objetivo ayudar a desarrollar la que se estima principal.1
    d) La necesidad de que un movimiento revolucionario se prepare para la lucha armada en cualquier etapa de su desarrollo aparece también presidida, en el concepto de los Tupamaros, por la convicción de que “un combatiente no se puede improvisar”. Allí reside quizá el elemento clave que ha colocado al MLN en una singularísima posición a la vanguardia de la lucha revolucionaria en Uruguay: cuando la violencia reaccionaria del régimen obliga a llevar la lucha al terreno de la acción directa, los Tupamaros aparecen como los únicos capaces, por su empeñosa preparación, de contestar eficazmente con la violencia revolucionaría. De hecho, han llevado a la práctica una concepción expresada en estos términos:
    La lucha armada es un hecho técnico que requiere, pues, conocimientos técnicos, entrenamiento, práctica, materiales y psicología de combatiente. La improvisación en este terreno, se paga onerosamente en vidas y fracasos. El espontaneísmo que propician los que hablan vagamente de la “revolución que hará el pueblo” o “las masas”, o es mera dilatoria o es librar a la improvisación, justamente, la etapa culminante de la lucha de clases. Todo movimiento de vanguardia, para conservar ese carácter en el momento culminante de la lucha, debe intervenir en ella y saber encauzar tecnicamente la violencia popular contra la opresión, de modo que se logre el objetivo con los menores sacrificios posibles.
    e) El rechazo del “tecnicismo” en sí, y la necesidad de formular la lucha en términos políticos y militares interrelacionados, conceptos ya expresados en las opiniones de la organización sobre los “brazos armados” partidarios encuentran en los documentos del MLN una síntesis precisa y realista:
    Todo aparato armado debo formar parte de un aparato político de masas a determinada altura del proceso revolucionario y en caso de que tal aparato no exista debo contribuir a crearlo. Esto no quiere decir que sea obligado, en el panorama actual de la izquierda, adscribirse a uno de los grupos políticos existentes o se deba lanzar uno nuevo. Esto es perpetuar el mosaico o sumarse a él. Hay que combatir la mezquina idea en boga de Partido, que lo identifica con una sede, reuniones, un periódico o posiciones sobre todo lo que lo rodea. El conformismo de esperar que los otros partidos de izquierda se disuelvan ante sus andanadas verbales, y sus bases y el pueblo en general vengan un día a él. Esto es lo que se ha hecho durante 60 años en Uruguay, y el resultado está
    a la vista. Hay que partir de la realidad. Hay que reconocer que hay revolucionarios auténticos en todos los partidos de izquierda, y muchos más que no están organizados. Tomar estos elementos y grupos donde están y unirlos, es una tarea para la izquierda en general, para el día en que los sectarismos queden atrás; cosa que no depende de nosotros. Pero mientras esto no suceda, la Revolución no se puede detener a esperar. A cada revolucionario, grupo revolucionario sólo nos cabe un deber: prepararse para hacer la Revolución. Como dijo Fidel en uno de sus últimos discursos: “…con Partido o sin partido”. La Revolución no puede esperar.

  • UNA ESTRATEGIA CON LOS PIES EN LA TIERRA
  • Llevar adelante la lucha armada revolucionaria plantea obviamente la necesidad de una estrategia; según surge de sus mismos do;umontos, el MLN no ve esta necesidad como “un bello objeto de reflexión” ni mucho menos. También en este punto, los Tupamaros prefieren soslayar los brillos meramente teóricos para procurar empeñosamente un acercamiento a las duras realidades de la praxis: declinan exponer “una estrategia detallada” para la toma del poder en el Uruguay, proponiendo en cambio algunas líneas generales estratégicas, y esto mismo sujeto a modificaciones, con el cambio de circunstancias. Es decir, líneas generales estratégicas válidas para el día, mes y año en que se enuncian, (porque, una estrategia se va elaborando a partir de hechos reales básicos y la realidad cambia, independientemente de nuestra voluntad (…) no es lo mismo una estrategia basada en el hecho de un movimiento sindical fuerte y organizado, que una basada en el hecho de que ese movimiento haya sido desbaratado, para poner un ejemplo ilustrativo.
    Con esta salvedad, los hecho reales básicos más importantes en que el MLN funda sus líneas generales estratégicas (en la segunda mitad de 1967, cuando fue elaborado el documento qué se toma como fuente) son:

    1) La convicción de que la crisis, lejos de irse superando, se va profundizando día a día. El país está fundido y un plan capitalista de desarrollo para aumentar la producción de artículos exportablea, en caso de que se pudiera aplicar, no dará rendimiento sino muy menguado y dentro de varios años. Quiere decir que tenemos varios años por delante donde el pueblo deberá seguir apretando el cinturón. Y con 500 millones (de dólares) de Deuda Externa no es previsible que vengan desde el extranjero cuantiosos créditos capaces de devolverles su mediano standard de vida a los sectores que lo han perdido. Este es un hecho básico: habrá penuria económica y descontento popular en los próximos años.

    Tal comprobación incide, según el MLN,

    …en las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución. Es fundamental que la mayoría de la población, aunque no esté para lanzarse a la insurrección por lo menos tampoco está para hacerse matar por un régimen que la golpea. Esto, entre otras cosas, reduce los cálculos estratégicos respecto a la fuerzas del enemigo, prácticamente, a sus fuerzas armadas organizadas y posibilita un clima favorable para las primeras medidas da un gobierno revolucionario.
    2) Un segundo hecho básico para una estrategia, es el alto grado de sindicalización de los trabajadores del Uruguay. Si bien todos los gremios no tienen un alto grado de combatividad —sea por su composición, sea por sus dirigentes— el solo hecho de que prácticamente todos los servicios fundamentales del Estado, la Banca, la Industria y el Comercio están organizados, constituye de por sí un hecho altamente positivo, sin parangón en América. La posibilidad de paralizar los servicios del Estado ha creado y puedo crear coyunturas muy interesantes desde el punto de vista de la insurrección porque –para poner un ejemplo— no os lo mismo atacar a un Estado en la plenitud de sus fuerzas, que a un Estado semiparalizado por las huelgas (…). Los sindicatos, aun con sus limitaciones actuales, han comprometido y pueden comprometer a la mayoría de la población trabajadora en una lucha frontal contra el gobierno que muchas veces ha sido resuelta por éste apelando a las FF.AA. de existir un grupo armado revolucionario capaz de llevar a etapas superiores la lucha de clases, podemos tener una lucha en mejores condiciones: con una gran parte de la población a favor y con los servicios fundamentales del Estado deteriorados.
    3) Otro factor estratégico a tener en cuenta —éste negativo— es el geográfico. No tenemos lugares inexpugnables en el territorio como para instalar un foco guerrillero que perdure, aunque tenemos lugares de difícil acceso en campaña. En compensación tenemos una gran ciudad con más de 300 kilómetros cuadrados de edificios, que permite el desarrollo de la lucha urbana. Esto quiere decir que no podemos copiar la estrategia de aquellos países que por sus condiciones geográficas pueden instalar un foco guerrillero en las montañas o selvas con posibilidades de estabilizarse. Por el contrario, tenemos que elaborar una estrategia autóctona adecuada a una realidad diferente a la de la mayoría de los países de América.”

    La geografía uruguaya, ¿es completamente adversa para la lucha rural? Según el MLN:

    no es estrictamente así. No tenemos lugares inexpugnables como otros países, pero existen precarios accidentes naturales que permiten refugios transitorios a un grupo armado. El latifundio, es decir, en 2/3 de la superficie del país, los Índices de población bajan a 0.6 habitantes por kilómetro cuadrado, lo que facilita el desplazamiento clandestino de un contingente armado; compárese con el promedio general de Cuba, más de veinte habitantes por kilómetro cuadrado, y aun de las zonas de chacra:- de nuestro país, como Canelones y sur de San José, con igual promedio. Al mismo tiempo, el latifundio ganadero resuelvo el arduo problema logístico de la alimentación, que en otros lados necesita de una cadena de abastecimiento lograda con una gran complicidad de la población. Por otra parte, las tremendas condiciones de vida de los asalariados rurales, algunos ya organizados en sindicatos, han creado un sector espontáneamente rebelde que puede ser muy útil en la lucha rural. Si nuestra campiña no puede servir para instalar un foco permanente por lo menos puede servir para maniobras de dispersión de las fuerzas represivas.

    En cambio, plantean los Tupamaros, es posible encontrar condiciones ademadas para la lucha urbana:

    Montevideo es una ciudad lo suficientemente grande y polarizada por las luchas sociales como para dar cobijamiento a un vasto contingente de comando en actividad. Constituye un marco mucho mayor que el que tuvieron otros movimientos revolucionarios para la lucha urbana. Desde luego, toda organización que pretenda perdurar en la lucha urbana, debe constituir pacientemente sus bases materiales y el vasto movimiento de apoyo y cobertura que necesita un contingente armado para operar o subsistir en la ciudad.
    4) Además, siempre para un estudio estratégico debemos tener en cuenta las fuerzas de la represión. Nuestras fuerzas armadas, de unos 12 mil hombres precariamente armados y preparados, constituyen uno de los aparatos represivos más débiles de América.
    Desde el punto de vista estratégico, agregan los Tupamaros, las fuerzas represivas deben ser evaluadas teniendo en cuenta su grado de preparación para la lucha, sus medios y su distribución en el país. En el interior hay una unidad militar (valor doscientos hombres) cada 10 mil kilómetros cuadrados aproximadamente, y una comisaría de policía cada mil kilómetros cuadrados, aproximadamente. Las FF.AA. deben cubrir todos los objetivos que pueden ser atacados por un movimiento insurreccional, con 12 mil hombres de las fuerzas armadas y 22 mil de la policía, de los cuales la mitad de los primeros y 6 mil de los segundos están concentrados en la capital. Dentro de la policía solamente hay un cuerpo preparado y pertrechado para la lucha propiamente militar.
    5) Otro factor estratégico importante lo constituye nuestros poderosos vecinos y Estados Unidos, siempre potencialmente dispuestos a intervenir contra cualquier revolución en el continente.

    En este contexto, ¿la posibilidad de una intervención extranjera puede ser motivo para posponer toda lucha armada en Uruguay? Este argumento, más de una vez esgrimido ñor sectores seudorrevolucionarios, es rechazado de plano por el MLN:

    Si así fuera, Cuba no habria hecho su revolución a 90 millas de los EE.UU., ni habría guerrillas en Bolivia, país que limita con Brasil y Argentina, como nosotros. La intervención extranjera puede constituir un revés militar inmediato, pero un avance político que se traduciría en un avance militar con el tiempo. (imagínese)… la ciudad de Monte video ocupada per tropas extranjeras, con su consiguiente agravio para el sentimiento nacional, molestias para la población, y frente a ello un grupo armado revolucionario con buenas bases dentro de la ciudad… podrá hacerse una idea cabal de lo que significa política y militarmente la tan temida intervención extranjera. Además, en todo caso, nuestra estrategia se inscribe dentro de la estrategia continental de “crear muchos Viet-Nam”, y los intervencionistas tendrán profuso trabajo en muchos y diversos frentes.
    6) Y por fin, un factor estratégico fundamental es el grado de preparación del grupo armado revolucionario.

    A este respecto, las opiniones, de los Tupamaros han sido ya consignadas en el subtítulo anterior. Pero ellos mismos sostienen que, especialmente en esto punto, los hechos hablan mejor que las palabras. A partir de estas realidades básicas el MLN proponía, a fines de 1967, algunas líneas generales estratégicas para todas las organizaciones auténticamente revolucionarias y para todos los individuos que realmente anhelan una revolución (en Uruguay): Crear una fuerza armada con la mayor premura posible, con capacidad para aprovechar cualquier coyuntura propicia creada por la crisis u otros factores. Crear conciencia en la población, a través de acciones del grupo armado u otros medios, de que sin revolución no habrá cambio. Fortificar los sindicatos y radicalizar sus luchas, y conectarlas con el movimiento revolucionario. Echar bases materiales para poder desarrollar la lucha urbana y la lucha en el campo. Conectarse con otros movimientos revolucionarios de Latinoamérica, para la acción continental.

  • URUGUAY: ¿UNA EXCEPCIÓN?
  • De acuerdo con la opinión de algunos sectores de izquierda, las tesis expresadas por Régis Debray a través de ¿Revolución en la revolución? habrían incidido visiblemente en las formulaciones teóricas y estratégicas de los Tupamaros; de hecho, esta incidencia resulta ciertamente notoria en algunos de sus documentos, particularmente en el citado Treinta preguntas a un Tupamaro. Cabe subrayar, empero, hasta dónde tal vinculación responde más a una coincidencia hasta entonces no expresada que a un “seguidismo” acrítico como el que ha llegado a despertar en algunas esferas revolucionarias latinoamericanas el texto de Debray, a contrapelo incluso de las intenciones de su autor. En este sentido, resulta destacable el hecho de que ¿Revolución en la revolución? registra expresamente una presunta “excepcionalidad” en el caso de Uruguay con relación a algunas de sus conclusiones; específicamente, Debray anota, como segunda de sus “consecuencias para el futuro”:
    Sin lucha armada no hay vanguardia definida. Donde quiera que no haya lucha armada, existiendo condiciones para ello, es que aún no existe vanguardia política. (Ese no es el caso, por ejemplo, del Uruguay, donde no hay condiciones inmediatas de lucha armada, y existe un movimiento fuerte y combativo de masas.)
    El sentido de este paréntesis ha llegado a ser foco de agudas controversias en el seno de la izquierda uruguaya: por el lado, se anota, si se reconoce que en Uruguay no existen condiciones inmediatas de lucha armada, la precisión parece innecesaria, toda vez que la salvedad ha sido establecida en el texto mismo de la conclusión— “…existiendo condiciones para ello…”; por otro, se ha observado que Debray avala la existencia en Uruguay de “un movimiento fuerte y combativo de masas” —hecho unánimemente reconocido, en última instancia- – pero por cierto no identifica tal constancia con la existencia de una vanguardia política. Presumiblemente, el propio MLN desecharía por inconducentes tales disquisiciones teóricas; sin autopostularse como vanguardia, sin negar o afirmar rotundamente sobro el papel que en Uruguay existen condiciones para la lucha armada, sin demorarse en el examen verbal de tal o cual táctica, lo que los Tupamaros sostienen básicamente es la inevitabilidad de la confrontación armada y la necesidad de prepararse para ella. Sobre esta base correa-pende analizar sus planteos, y a partir de ella es precisamente que adquiere mayor relevancia la coincidencia del MLN con las dos restantes conclusiones de ¿Revolución en la revolución?:
    Lo decisivo para el futuro es la apertura de focos militares y no de “focos” políticos (…). No escapa a nadie que hoy. en la América Latina, la lucha contra el imperialismo es decisiva. Si es decisiva, todo lo demás es secundario. Es conveniente, de todas formas, formular la pregunta: ¿existen condiciones de lucha armada en Uruguay? Durante la conferencia de la OLAS, una observación al respecto se convirtió asimismo en vértice controversial; se trataba de un párrafo contenido en el informe de la delegación cubana (documento que no tenia carácter oficial):

    Hablar de la lucha guerrillera en Chile o en Uruguay, es tan disparatado y absurdo como negar esta posibilidad en Venezuela, Colombia, Bolivia, Brasil, Guatemala o Perú.

    Como no tardarían en señalar coherentemente observadores tanto uruguayos como chilenos, la “excepción” registrada se refería explícitamente a la guerrilla, pero no a la lucha armada en sus diversas formas. El propio Fidel Castro aludiría a estas observaciones en su discurso de clausura de la OLAS, en estos términos:

    Hay algunos que han dicho tesis, todavía más radicales que las cubanas: que los cubanos estimamos que en tal país no hay condiciones para la lucha armada, y que no es así (…). Nosotros no nos vamos a disgustar. Preferimos que se equivoquen queriendo hacer la revolución, si no hay condiciones inmediatas, a que se equivoquen no queriéndola hacer nunca, ¡Ojalá no se equivoque nadie! Pero con nosotros nadie que quiera luchar de verdad va a tener discrepancias nunca; y los que no quieran luchar nunca van a tener discrepancias con nosotros siempre.

    El caso es que, durante años, Uruguay pareció un ejemplo indiscutible de “excepcionalidad” en el marco de un continente que optaba crecientemente por la vía armada; la existencia de un “movimiento fuerte y combativo de masas” constituía al parecer la preocupación cardinal de los sectores tradicionales de izquierda; consecuentemente, “el Partido de masas” era el objetivo fundamental de esos sectores, como único idóneo y requisito sine qua non para llevar adelante la revolución. Pero esa política, cuyos fundamentos parecieron incontestables durante cierta etapa, vendría a revelarse insuficiente ante una realidad dinámica, que —como señalan los Tupamaros— “cambia, independientemente de nuestra voluntad”. En ese contexto, señalan ahora muchos revolucionarios asomados a la historia del MLN, la virtud central de los Tupamaros parece haber radicado en su certera visión del futuro; antes de que el imperio diera brutales muestras de haber enterrado el reformismo kennedista (golpe en Brasil, intervención en República Dominicana), aun antes de que el régimen uruguayo dejara caer los últimos velos de su “institucionalidad”, los militantes del MLN advirtieron que el país no escaparía al destino común continental de violencia revolucionaria. Mientras los restantes sectores de izquierda parecían preocupados exclusiva y angustiosamente por preservar las “conquistas” penosamente logradas por el movimiento de masas, los Tupamaros —sin desdeñar por cierto esos esfuerzos, sin ahondar las divisiones, sin autoproclamarse depositarios de la verdad revelada— comenzaron a prepararse.
    Hoy, cuando la dictadura os un hecho en Uruguay, por más apariencias de “legalidad” que pretenda ostentar, el problema de la vanguardia, más allá de manifiestos y frases (en los que todos pueden coincidir), se plantea también en el terreno caliente y duro de los hechos. Tal vez convenga entonces recordar una vez más las decisiones de la OLAS:

    No basta que una fuerza política se autotitule vanguardia para que lo sea. La condición de vanguardia es el resultado de la decisión de lucha y del hecho mismo de encabezar y llevar hasta sus últimas consecuencias la acción revolucionaria. Esto es, destruir el poder de la oligarquía y la dominación del imperialismo y abrir vías a la revolución socialista. Vanguardia serán, en última instancia, quienes señalen y desarrollen los caminos verdaderos de la revolución (…). La revolución es un fenómeno dinámico, complejo y violento, en definitiva será la lucha misma la que seleccionará a los hombres más capaces y los pondrá al frente.

    A esta altura, resulta innegable que esa lucha está planteada ya en Uruguay, y transitando también aquí por el camino de la violencia. ¿Qué formas asumo y hacia dónde conduce esa lucha? Según opinión generalizada, el MLN da en este punto una nueva muestra de “pensar con cabeza propia”: reconociendo que el camino revolucionario en Uruguay habrá de pasar también por la lucha armada, es indiscutible en cambio que las peculiaridades del país alejan esa lucha de las formulaciones tácticas más apropiadas para la mayoría de los países latinoamericanos, la guerrilla rural. Un análisis somero de las características geográficas y poblacionales del país alcanza para avalar esa comprobación; en sus mismos planteos, los Tupamaros anotan algunas de esas características; quizá convenga agregar un par de cifras globales que parecen ubicar a Uruguay en el extremo opuesto de una realidad común a casi todo el continente: el 70% de la población es urbana, el 45% se encuentra concentrado en Montevideo. Como se ha sugerido
    al comienzo de esta crónica, un detalle lateral contribuye a dar relevancia a la opción asumida por los Tupamaros: al otorgar preponderencia a las acciones urbanas, los militantes del MLN no están ciertamente eligiendo el ámbito que les resulta más “cómodo”, o el único que conocen, sino obedeciendo a una evaluación de la realidad nacional que va más allá de las estadísticas; efectivamente, sí se tiene en cuenta que la génesis de los Tupamaros puedo remontarse hasta el movimiento de los cañeros, y que muchos de quienes hoy son considerados dirigentes de la organización se formaron entre los “peludos”, en el conocimiento directo, en la vivencia del medio rural, podrá saberse hasta dónde los “hechos reales básicos” presiden ciertamente los planteamientos del grupo. Tras esta constancia, hay un detalle que suele llamar de inmediato la atención de un observador avisado: las acciones urbanas de los Tupamaros han logrado evitar, en todo momento, su derivación hacia el terrorismo indiscriminado, que en otros ámbitos del continente ha llegado a constituirse en una de las experiencias más negativas de los movimientos revolucionarios. Una anécdota sirve para ilustrar adecuadamente esta anotación; tras dos asaltos a sucursales barrearlas realizadas en mayo último, algunos cronistas preguntaron al jefe de policía de Montevideo si existían evidencias que responsabilizaran de ellos a los Tupamaros; el jerarca respondió, increíblemente, que aun cuando no existían pruebas concretas, “la perfecta organización, la buena educación con que actuaron los asaltantes y el toque humano” puestos en evidencia en esas acciones hacían suponer que eran efectivamente obra del MLN. Al hablar del “toque humano”, el jefe policial aludía al hecho de que los responsables del asalto habían atendido solícitamente a una anciana que se encontraba en uno de los bancos en el momento de la acción y que sufrió un desmayo nervioso. Muchos detalles similares se han anotado en otras tantas acciones: al volar la planta trasmisora de Radio Ariel, los integrantes del comando del MLN se preocuparon de avisar a los habitantes de una finca vecina que podían ser afectados por la explosión; el mismo Pereira Reverbel no recibió maltrato físico alguno durante su secuestro. Al actuar de esta manera, en ocasiones incluso con riesgo de su seguridad, los Tupamaros no están dando por cierto muestras de morigeración o falta de coraje (los militantes que han caído en encuentros frontales con los cuerpos represivos dan suficiente muestra de lo contrario), sino cumpliendo —según señalan los observadores— un principio revolucionario y una exigencia práctica: sus acciones golpean al sistema y a los intereses que él representa, pero evitan provocar víctimas inocentes que les ganarían el rechazo de la población. La lucha urbana exige del militante revolucionario, quizá más aun que la lucha rural, moverse entre la población “como el pez en el agua”, y todo hace suponer (empezando por el no disimulado despecho de las fuerzas de represión) que los Tupamaros transitan hoy un camino crecientemente exitoso en ese sentido. La misma concentración urbana del país, su considerable porcentaje de clase media, sus hábitos de vida apacible y su tradición pacífica, plantean dificultades adicionales a la labor de crear conciencia sobre la necesidad de la lucha armada revolucionaria; el MLN ha venido sorteando tales dificultades con singular lucidez: poniendo frente a frente las acciones de los Tupamaros y la represión policial que abate estudiantes con bombas de balines, disuelve manifestaciones con gases, garrotes y balas, encarcela dirigentes sindicales y persigue toda expresión de opinión independiente, la población tiene cada vez menos dificultades para optar por los primeros.

  • LA VOZ DE LOS HECHOS
  • Este punto converge asimismo hacia una explicación coherente del fracaso de la represión frente a los Tupamaros. Por un lado hay que tomar en cuenta la propia incapacidad policial para hacer frente a una organización de inspiración y fines políticos; sin precedente alguno en el país de acciones directas revolucionarias, la dirección de Inteligencia y Enlace de la policía uruguaya (a la que se le ha encargado la represión política) sólo conoce éxitos relativos en su enfrentamiento con la delincuencia común, a través de las vías más conocidas de confidentes, “ratoneras”, chantajes y su tradicional connivencia con el hampa. Estas características la hacen prácticamente impotente en su acción contra quienes no necesitan pagar cómplices para preservar su clandestinidad, no utilizan el producto de sus asaltos para organizar orgías en los burdeles. no están “penetrados” por los soplones policiales. Los esfuerzos de los “asesores” del FBI y la CTA parecen haber sido basta ahora inútiles para superar esta incapacidad congénita de los cuerpos represivos, a tal punto que —según fuentes bien informadas— tales “asesores” procuran estructurar un organismo separado de la policía y ajeno al control del gobierno (una suerte de CÍA en pequeña escala) que actúe con la participación de “expertos” en materia política y tienda a infiltrarse en los círculos de izquierda. Un episodio reciente puede contribuir a iluminar esta zona de la realidad: en momentos de cerrar esta crónica, los cables informan de la detención en Montevideo de seis personas que la policía identifica romo Tupamaros; de creer en la versión policial, algunos documentos encontrados en poder de los detenidos probarían que la organización contaría incluso con la colaboración de funcionarios policiales, en tanto que la misma detención de los presuntos Tupamaros no ha conducido hasta el momento a los cuerpos represivos a ninguna brecha por la que les sea posible penetrar en la estructura del MLN, pese a las declaraciones de los jerarcas que se muestran seguros de poder desbaratar “la banda”. Esta expresión prueba, precisamente, una doble realidad: Por un lado, razones políticas llevan al sistema a identificar a los Tupamaros como delincuentes comunes (los sectores de izquierda anotan en tal sentido un detalle sintomático: pese a que la policía considera a Raúl Sendic como uno de los dirigentes de la organización —como lo prueban las preguntas realizadas a militantes izquierdistas detenidos, torturados e interrogados— se cuida muy bien de no deslizar su nombre en las informaciones a la prensa: el hecho es que Sendic es un líder sindical de prestigio, y sería imposible calificarlo como un delincuente común); por otro, la misma policía actúa mayormente según ese concepto, único que parece encajar en sus esquemas mentales.
    Resulta obvio que una organización de estas características debe moverse en muy diversos niveles de clandestinidad, con lo cual el desconcierto policial se ve aumentado. Según fuentes periodísticas oficiosas, el Servicio de Inteligencia Militar ha estructurado una lista que contiene los nombres de 150 Tupamaros; pero si tal lista correspondiera a la realidad, la policía no habría tenido dificultad en desbaratar “la banda” hace ya tiempo. Un oficial de Inteligencia y Enlace pareció mostrarse más realista en una reciente conversación privada con algunos cronistas vinculados a la jefatura: Probablemente todos nosotros conocemos a algún Tupamaro —dijo—; lo que ocurre es que no sabemos que lo es. Lo que juega en última instancia es justamente el apoyo de la población, de esa gente normal, pacifica, insospechable. El agua donde se mueve el pez del MLN.
    V ésta es, lateralmente, otra lección de los Tupamaros. Todas las tareas —dicen los documentos del MLN— son igualmente revolucionarias:

    Algunos creen que solamente cuando estamos entrenándonos para combatir o cuando se entra en acción, estamos haciendo una tarea revolucionaria, pero todas las tareas que apoyan a un plan estratégico son igualmente importantes para la revolución (…) El que hace un mandado para adquirir material necesario para una base de operaciones, el que recaba finanzas, el que presta su automóvil para las movilizaciones, el que presta su casa, está corriendo tanto riesgo y a veces más, que el integrante de un grupo de acción. Debo tenerse en cuenta que la mayoría de los revolucionarios han ocupado la mayor parte de su tiempo en estas pequeñas cosas prácticas sin las cuales no hay revolución (…) Una estrategia para la revolución depende en parte de las condiciones que podamos crear con nuestro esfuerzo orientado por un plan para la toma del poder, además de no perder de vista las condiciones que nos da la realidad.

    En un país de fachada “europea”, al que su presunto carácter “excepcional” hizo generar una hipertrofia crítica y teórica notoria sobre todo en los sectores de izquierda, con las consecuencias de la atomización y la sobreproducción de dirigentes en relación a las bases, ésta es, especialmente, una lección de humildad. Es, también, un desafío. Porque los hechos vienen a confirmar los planteos básicos del MLN: 1) la crisis, lejos de detenerse, se ha agudizado hasta límites insostenibles; 2) ante esta realidad, la existencia del grupo armado obliga al régimen a desnudar su esencia agresiva: a la violencia cotidiana que subyace en el sistema, el gobierno agrega ahora la violencia desembozada de la represión armada; la máscara de la legalidad se cae a pedazos; 3) esa violencia alcanza a las organizaciones revolucionarias y al movimiento de masas en cualquier etapa de su desarrollo; sólo podrán superarla quienes estén preparados técnicamente para hacerle frente; 4) la acción conjugada del grupo armado y del movimiento sindical hace trastabillar al régimen; 5) el grupo armado genera conciencia y radicaliza a los sectores indecisos: unas pocas acciones de los Tupamaros han ganado más apoyo de la población que meses de trabajo político o sindical.
    La opción es, pues, insoslayable. Si no ha tocado la hora de la insurrección, la lucha armada está hoy, también para Uruguay, en el orden del día: de ella surgirá la vanguardia, en torno a ella se hará la unidad, con ella habrá de enlazarse la estrategia continental de “crear dos, tres, muchos Viet-Nam”. Para las organizaciones de izquierda, las acciones de los Tupamaros implican un Teto ineludible: ya no se trata de responder con citas ilustres, largos manifiestos y ardorosas proclamas a otras citas no menos ilustres, otros manifiestos no menos largos y otras proclamas no menos ardorosas. También en este pequeño país austral, la clara voz de los hechos se está haciendo oír.

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