Es el manso vaivén del domingo lo que nos adormece y hubo lilas en el jardín dibujando corolas bajo la tarde. Casi no vimos llegar las nubes y dejamos rodar nuestros cuerpos llenándonos de briznas y hojas secas, besándonos entre risas. Hasta que el trueno agitó los tallos con su bramido de sombras y nos hizo correr más ligero que el arroyo y las mariposas. No estuvimos recogiendo arroz en Thanh Hoa esta semana, pero hay un gemido que llega con la noche y nos acorrala.
Como ráfagas, como un mar hecho follaje, hay un millón de gotas en cada instante, y ya no te veo en esta marejada de insectos que oscilan un rato y desaparecen luego convertidos en guijarros. Crece el estruendo, y de pronto todo es bruma con cataratas de fuego en medio de la lluvia, como si el aire se hubiera incendiado y como si los árboles fueran furiosas bocas de dragón. No festejaremos las Pascuas en Ninh Binh ni conocemos Nam Ha, pero hay cráteres en el cuarto y chicos ardiendo como leños.
Nunca hubiese querido hablarte de Hoang Thai Nha, tal vez sería mejor recordar las auroras o mecernos sobre el lago a medianoche con ritos de piel desnuda y gigantes celebraciones de ternura. Pero la encontraron muda entre el residuo de sus doce años y sólo por los zapatos de goma la reconocieron mientras cierto Presidente hablaba de paz y tus padres discutían el fútbol. No pasaremos el verano en Huong Phuc, hubo una escuela allí algún día, hoy pululan las hormigas y hay rastros de fósforo en las rocas.
Ha crecido la humedad en las paredes y oigo vibrar la empalizada que nos separaba del mundo como una puerta con mil cerrojos. Se deshace el papel de los libros, no encuentro las cartas que mandaste desde la primavera, cuando reaparecieron nuestros pájaros. No comprendo estos signos. Donde decía Anna Frank dice Dinh Hung, donde se leía Dachau surgen ahora las altas alambradas de Phu Loi. Nadie nos escribe desde las praderas y de mis primeros versos sólo recuerdo un veterano dolor y una tibia caravana de sueños amigos.
Detente fuego, te lo ruego. Detente miedo aunque el verdugo te señale y aunque los aullidos inunden el patio y el olor a vómito nos golpee. Álzate mano, álzate cuerpo, álzate vida que es nuestro el suelo donde ruedan los huesos y mueren los pinos. Nunca viste a ese trozo de figura que alguna mañana fue Le Van Lac sembrando sonrisas y tabaco. Nunca escribiste un poema. Nunca marchaste por las avenidas del siglo. Hay murmullos en la tarde. Vení a la calle vida, nos esperan.
Miguel Grinberg

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