MENSAJE del Obispo de Avellaneda a sus sacerdotes con motivo del Primero de Mayo, día de los Trabajadores y Festividad de San José Obrero.
Una vez más quiero llegar a ustedes, mis queridos sacerdotes, continuando el diálogo íntimo y personal que como cuerpo sacerdotal de la Iglesia de Dios que está en Avellaneda, iniciamos desde el comienzo de Ministerio Pastoral, pero al que quisimos darle una tónica nueva de profunda solidaridad y de abierta sinceridad a partir de la Festividad del Jueves Santo de este año.
No he podido reunir estar vez a todos, y por eso mi palabra habrá de llegarles por medio de esta carta a modo de un Mensaje, pero la tónica y los sentimientos serán los mismos. Como Padre y Pastor quiero realizar una profunda comunión de almas y de personas en todo el Cuerpo Presbiterial de la Diócesis; quiero que todos los Sacerdotes nos conozcamos profundamente y nos amemos entrañablemente; quiero que todos estemos penetrados de los mismos sentimientos “en las entrañas de Cristo”, como dice San Pablo, para ser de nuestra Iglesia de Avellaneda una verdadera Comunidad Cristiana que sea “Un solo Corazón y una sola Alma”.
Por eso he querido, como dije el Jueves Santo —no sólo conocer de alma a todos mis Sacerdotes, sino también y en primer lugar, que mis Sacerdotes me conozcan de verdad. Por eso, marchando adelante en el camino emprendido quiero hacerle llegar el testimonio de mis sentimientos de Sacerdote y Pastor en este Día Primero de Mayo, día de los Trabajadores y Festividad de San José Obrero.
Las circunstancias por las que atraviesa Nuestra Patria; el reciente mensaje de la Encíclica Papal y la significación especial que tiene nuestra Diócesis, que puede considerarse como un símbolo del mundo del trabajo, que hacen que como Obispo de Avellaneda, me sienta hoy acuciado por mi responsabilidad de Pastor, de manera muy particular para con el Sector Obrero que es mayoritario en la Diócesis.
Queridos Sacerdotes, Avellaneda es una Diócesis predominantemente obrera donde la mayoría de la población, en proporción muy elevada, pertenece al sector menos favorecido de la Sociedad, a la clase que no cuenta para realizarse en una vida digna de seres humanos, con otro recurso que el trabajo de sus manos, careciendo en muchos casos de habitación propia. Nuestra común obra pastoral, debe llevarnos, pues, a todos, a sentirnos hondamente solidarios y sinceramente comprometidos con la suerte de este vasto sector.
Cristo dio como señal de Su Misión Divina, el anuncio de la Buena Nueva a los Pobres. Pablo VI ha querido que su reciente Encíclica sobre “El Desarrollo de los Pueblos” fuese testimonio de la continuidad en la continuidad en la Iglesia de esa misma Misión, porque quiso hacer de ella un mensaje de liberación en la solidaridad y de Redención por el Amor, para los pueblos y los sectores menos favorecidos y muy frecuentemente oprimidos.
A nosotros incumbe ahora, en esta porción de la Iglesia de Dios, recoger el llamado del Papa y asumir valientemente nuestro compromiso, demostrar esa Señal al mundo, para que el mundo crea.
La primera respuesta de la Diócesis de Avellaneda ha de ser la de sus Sacerdotes. Por eso todos nosotros con el Obispo al frente tenemos la gravísima obligación de demostrar que aquí también en Avellaneda, la Iglesia sigue siendo fiel a las enseñanzas y al ejemplo de su Divino Fundador, y que aquí también la Buena Nueva se anuncia a los pobres, porque la Iglesia trabaja sincera, generosa e incansablemente, porque el Evangelio y su contenido de Amor y de Justicia rija las relaciones entre los hombres en una sociedad que no sólo se denomine cristiana sino que lo sea de verdad.
Pero nuestra fidelidad al Evangelio no se demuestra solamente con palabras, sino con obras. El mundo quiere y exige hechos. Si somos la Luz del mundo no debemos esconderla debajo de una tapera, sino levantarla bien alto, sobre el candelero, para que brille ante la sociedad de los hombres, para que viendo nuestras obras buenas glorifiquen al Padre que está en los Cielos.
Y aquí el Obispo quiere hacerle a ustedes la más dolorosa confidencia, para que todos sintamos lo mismo en el Corazón de Cristo: El mundo obrero no nos ve, ni a mí como Jerarquía ni a vosotros como Cuerpo Sacerdotal, como los auténticos testigos del Cristo Pobre del Evangelio.
Llego a esta rotunda afirmación después de haber reflexionado largamente sobre los informes que tengo en mi poder y que son el fruto de serios trabajos de encuesta e investigación. Ellos son tres: El informe del Primer Equipo de Sacerdotes Obreros; El informe nacional de los multantes, y Asesores del Movimiento Obrero de Acción Católica; Y el sencillo pero profundamente sincero memorándum de nuestros muchachos y chicas de la Juventud Obrera Católica de Avellaneda. Lamentablemente me falta el informe técnico, el que encargué a un Equipo de investigación sociológica, sobre “mentalidad obrera”, porque debido a la falta de recursos económicos no pudo terminarse.
Yo conozco perfectamente el trabajo agotador y sacrificado de los sacerdotes; yo sé de la vida de sacrificio de todos los sacerdotes de mi diócesis qu en muchísimos casos es una vida de privación y hasta de verdadera pobreza material; me consta la sincera voluntad de todos de amar a los pobres y servir al Evangelio; es evidente que el valor social de sus tareas y la responsabilidad que comportan las obras a su cargo merecerían en una valoración puramente humana, una retribución muy superior a la que recibe el más favorecido de los sacerdotes. Muchos de ustedes tienen bajo su cargo y dirección al mismo tiempo varias instituciones de bien público de primera magnitud como ser: Parroquia, Colegio primario, Secundario y Técnico, Dispensarios de Servicios, Sociales, Obras de Caridad y Beneficencia e incluso agrupaciones de promoción cultural.
Estoy seguro que la inmensa mayoría de ustedes transferidos a la actividad civil hubieran logrado ventajas económicas muy superiores. Pero todo esto que debe ser comprendido y valorado por los que no nos comprenden o nos critican, no debe cegarnos a nosotros, porque nuestro timbre de honor, y nuestro mayor orgullo de hombres es el de no medir nuestra vocación con medida temporal y puramente humana, sino con perspectiva de Dios y de Eternidad.
Con esto no desconozco que si postulamos una vida digna para todos, también el sacerdote tiene derecho a ella y por cierto adecuada a las funciones que realiza, porque el Sacerdote también trabaja, y sin lugar a dudas, en una actividad de profundo sentido y de amplio contenido social.
Pero en un momento de la historia en que el Papa señala incluso para la actividad económica objetivos no materiales, sino fundamentalmente espirituales y humanos, indicando que el gran móvil de la economía no debiera ser el lucro sino la promoción del Bien Común, es muy evidente que nosotros los sacerdotes desvirtuaríamos nuestra función social si no diéramos el más elocuente testimonio de abnegación, desprendimiento y espíritu de servicio. Pero por encima de todo yo pido a mis sacerdotes que jamás se olviden de que por nuestra vocación, más allá de nuestra función social, hemos sido consagrados para ser “signos” es decir “señales” que marcan el rumbo y preanuncian el retorno definitivo a Cristo. Por eso debemos hacer de nuestras vidas un testimonio de pobreza evangélica.
Si en esta perspectiva aceptamos la realidad con la descarnada objetividad de la encuesta seria, llegamos a la conclusión clara y terminante que señalamos más arriba: El mundo obrero tiene una imagen desdibujada y barrosa de nosotros. Para el común de los obreros el sacerdote no es un auténtico testigo de Cristo, porque lo ven más en contacto y más comprometido con el mundo de los ricos; porque su actual estilo de vida y su mentalidad lo asimilan a la clase burguesa; porque su condición social lo ubica en el sector del privilegio.
En definitiva, para el sector obrero “los Curas” representamos una contradicción entre lo que vivimos y lo que predicamos.
No afirmo que esto sea la más pura verdad, sino que representa un aspecto real de la mentalidad obrera, que sin lugar a dudas tiene sus causas en el desconocimiento, la falta de contacto o de comunicación, la información falsa o la visión parcial o deformada. Pero también es necesario reconocer que nuestro estilo de vida, nuestras estructuras eclesiásticas y nuestra mentalidad no están adecuados a una auténtica pastoral obrera.
No ha sido mi intención desentrañar este grave problema pastoral sino presentarlo a vosotros en el día de los trabajadores, con el objeto de abrir el diálogo y la reflexión que habremos de realizar en común y de preparar nuestros ánimos para la revisión de nuestra vida y de nuestra mentalidad, a fin de estar en disposición abierta y francamente generosa, con respecto al mensaje de la Encíclica “Populorum Progressio”.
Tenemos pues la grave obligación de romper definitivamente la incomunicación existente entre nosotros y la clase obrera. En la encuesta del M.O.A.C., más de la tercera parte de los encuestados que se dicen católicos manifiestan no conocer a ningún sacerdote. Este hecho no constituye tanto una culpa para ellos, como una tremenda responsabilidad para nosotros.
Tenemos también la grave obligación de tratar de responder a las expectativas de la clase obrera con respecto a la Iglesia, dando un testimonio más claro de pobreza evangélica y ofreciendo una imagen menos borrosa de Cristo, en nuestra forma de vida, en nuestras actitudes y en las manifestaciones de nuestra mentalidad sacerdotal.
Debemos prepararnos para llevar a la práctica el propósito enunciado en mayo del año pasado por el Episcopado Argentino, de encarar —en espíritu de servicio evangélico— la reforma del sistema económico de nuestras comunidades.
Es necesario que la clase obrera nos sienta más cercanos, más comprometidos en sus reivindicaciones de justicia y que nuestros militantes católicos de la clase obrera, sientan nuestro total apoyo en la difícil situación que implica su doble compromiso, con el mundo obrero y con la Iglesia.
Desde las filas de nuestros militantes obreros nos llega, no sólo este clamor, sino también la preocupación muy seria por la actual situación de la clase obrera, en la que señalan una serie de hechos que atentan contra los derechos fundamentales de la persona del trabajador.
Todo esto debe ser objeto de serio análisis y de meditado estudio. Sin querer entrar a discernir culpas ni responsabilidades, no puedo dejar de señalar un hecho de hoy mismo, que a mi juicio entraña una tremenda significación. Por primera vez, desde que yo recuerdo, no ha tenido lugar la celebración pública del Día de los Trabajadores.
Queridos sacerdotes de Avellaneda, estoy convencido que la Encíclica “Populorum Progressio”, marca una etapa de “revolución cristiana” en la paz y en el amor.
Pienso que nuestra misión Pastoral en este punto, no consiste tanto en hacer algunas “obras” para mitigar el mal, cuando en denunciar la injusticia de una estructura social basada en algunos principios que poco tienen de evangélico, y formar las conciencias para que todos y cada uno asuma la parte de responsabilidad concreta que le corresponde frente a cada acontecimiento, realidad o situación temporal que le toque vivir.
De este modo habremos trabajado para destruir, “el gran escándalo del siglo XX” y “para devolver a la Iglesia el verdadero rostro de Cristo”, como lo quería el Papa Juan XXIII.

Avellaneda, 10 de Mayo de 1967.
Mensaje del Mons. Podestá

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