• Reflexiones del Obispo de Neuquén
  • He regresado el sábado de una gira por el Norte de la Provincia en el ejercicio de mi Ministerio.
    He regresado acongojado, con el corazón conmovido y el alma llena de indignación ante tanta injusticia, maldad, explotación del humilde e insensibilidad.
    Me referiré a lo que he visto y he oído. ¿Por qué lo hago?
    Porque Jesús nos dice: «el lenguaje de Uds. sea al sí, sí y al no, no».
    Porque Jesús vino a salvar al mundo, fustigó a los que oprimían a su pueblo: a los mercaderes, al rey Herodes («vayan a decirle a ese viejo zorro…»), a los hipócritas farisaicos que aparentaban, que presumían, que juzgaban a los demás y aprovechaban de ellos.
    Y porque el Concilio Vaticano, las Conclusiones del Episcopado Latinoamericano en Medellín y las de los argentinos en San Miguel nos comprometen y urgen «al aporte de una denuncia firme de las situaciones de injusticia».

    «Y no piensen los oyentes Que del saber hago alarde He conocido aunque tarde Sin haberme arrepentido Que es pecado cometido El decir ciertas verdades Pero voy en mi camino Y nada me ladiará He de decir la verdad De naide soy adulón Aquí no hay imitación Esta es pura realidad.»

    Así canta Martín Fierro a su regreso del desierto. Y en desierto se está convirtiendo la zona de donde vengo.
    Lo que vi y oí

    «Yo he conocido esta tierra En que el paisano vivía
    Y su ranchito tenia
    Y sus hijos y mujer. . . Era una delicia el ver Cómo pasaba sus días. Ricuerdo… ¡Qué maravilla! Cómo andaba la gauchada Siempre alegre y bien montada
    Y dispuesta pa el trabajo… Pero hoy en el día… ¡barajo! No se le vé de aporriada.»

    Constaté la alarmante aceleración de la despoblación por la emigración hacia las ciudades.
    No solo por el proceso normal que es general en todas partes.
    Sino que es fomentada. Es fomentada por la acción pública y por la privada. Es fomentada por la inacción, la inercia pública.
    He visto y he recogido este verano pasado en mi vehículo, familias enteras que caminaban, abandonando sus ranchos, con lo que podían llevar en busca de agua. Y máquinas perforadoras para ahondar los pozos existen. Y era por la rujia 40; lo pueden haber visto muchos. Fue una sequía como hace más de 30 años, dicen, no se sufrió. Diezmados los animales, reducida la cría, perdidas sus cosechas, perdidos su capital y medios de subsistencia y alimentación.
    ¿Cuál ha sido el remedio puesto por los responsables a esa calamidad?
    Pues el aumento de impuestos, multas y recargos, y gravámenes sobre la ocupación de la tierra fiscal. Y sobre esto de la tierra he de volver;
    —La ley de erradicación del cabrío, que fija una escala de aumento progresivo de impuestos cada vez más alto por pastaje de campos fiscales, sobre los cuales los pobladores en tres o cuatro generaciones de ocupación no han podido obtener título;
    —la exigencia de los aportes jubilatorios (¡qué sarcasmo!); tienen que dejar de comer hoy para jubilarse —si sobreviven— y comer en años venideros;
    —la negación de créditos bancarios si no están al día en esos aportes. Y ahora, que más falta hacen para poder reponer vientres en e?te año de buenos pastos;
    —expulsión de las tierras privadas: frecuentemente gente que se ha hecho propietaria quien sabe cómo hace muchos años y que tal vez jamás conoció su tierra, un mal día las vendió. El comprador, ha exigido el desalojo de ocupantes de hace 50, 60 y más años. El Código Civil, anciano de 100 años, con criterios de propiedad individual absoluta, ya perimidos, autoriza tal ofensa; pero el Poder Civil tiene los medios para evitarlo y está en la Constitución Nacional: la expropiación. No lo ha hecho. Y así cuarenta antiguas familias, auténticos pobladores, de Guanaco, como de otras partes también, al volver de la veranada, pueden cantar como Martín Fierro al regresar de los fortines:

    «Tuve en mi pago en un tiempo
    Hijos, hacienda y mujer
    Pero empecé a padecer
    Me echaron a la frontera
    ¡Y qué iban a hallar al volver!
    Tan sólo hallé la tapera.»

    —expulsión, prácticamente, de las tierras fiscales, al no poder pagar el «talaje». ¿Qué fue de la Ley de Tierras del 187 y pico, de la Ley de Territorios?
    He visto muy buenos alambrados nuevos. Encierra lo que ocupaban otros, cierran caminos vecinales, a veces obligan a rodeos y a utilizar pasos peligrosos por ríos torrentosos.
    He visto hombres curtidos y sufridos, vencidos, que desean ya morir. Los he escuchado.

    «Después me contó un vecino Que el campo se lo pidieron La hacienda se la vendieron Pa pagar arrendamiento Y qué sé yo cuántos cuentos Pero todo lo fundieron.»

    He visto desnutridos los niños; los padres con unos pocos animalitos, menos aún después de la tremenda sequía, sobre los cuales deben pagar cada vez más impuestos.
    He escuchado con rara unanimidad, la voz de los maestros argentinos, identificados con su gente, al dar al Obispo la bienvenida, fustigar lo que sucede, he escuchado vibrar la voz por la indignación, he escuchado inesperado y apenas reprimido sollozo al pedir amparo para sus alumnos y las familias de ellos. Y no estoy dramatizando.
    Transcribo las palabras de uno de ellos: «Somos una comunidad humilde de la que el Gobierno no se acuerda. No nos da ayuda, ni siquiera aliento para seguir bregando en nuestros trabajos, que no son compensados sino sangrados con impuestos elevados, en los cuales debemos dejar irse nuestras ilusiones y nuestros sacrificios como el animal deja el vellón en el alambrado. Se habla de la erradicación del insolvente —sigue diciendo el maestro— pero ¿se habrán preguntado quiénes son los insolventes y quiénes los pudientes? acá, sin lugar a equivocarse puede decirse que nadie es insolvente ni pudiente; que todos somos capaces, honrados y fieles a nuestros principios de ciudadanos…; queremos que se nos oiga y para eso hemos de defender nuestros derechos antes de dejarnos arrear como manso piño de ovejas. Monseñor nuestras necesidades son muchas…»
    Y he reflexionado: ¡qué bien se prepara el ánimo al Comunismo estatista, que aparece así como una solución salvadora y tranquilizadora! Se trabaja mejor así que los guerrilleros.
    Esto es en breve y solo en parte lo que he visto y escuchado.
    Pero también he oído muchos díceres. No me constan; pero es necesario que se sepan a fin de que se ponga remedio o se desmientan.
    dice que con la complicidad de funcionarios se amenaza a los pobladores si no desalojan, mediante presiones fáciles en ánimos poco instruidos y acobardados.
    —Se dice que existen planes de colonización, cuyo texto no se obtiene, de acuerdo a los cuales quedarían unos pocos propietarios «eficientes», así, entre comillas. Cualquiera es eficiente con capital, asesoramiento, créditos, técnicos.

    «Yo no sé por qué el Gobierno Nos manda aquí a la frontera Gringada que ni siquiera Se sabe atracar a un pingo
    Y lo pasan sus mercedes Lengüetiando pico a pico Hasta que viene un milico A servirles el asado
    Y eso sí en lo delicaos Parecen hijos de rico. Aquí no valen Dotores Sólo vale la esperiencia Aciui verían su inocencia Esos que todo lo saben Porque esto tiene otra llave
    Y el gaucho tiene su cencía.»
    —Se dice que para el servicio militar sí se acuerdan de los hijos.
    «El gaucho no es argentino Sino para hacerlo matar Ansí ha de ser, no lo dudo
    Y por eso decía un tonto
    «Si los han de matar pronto. Mejor es que estén desnudos». Pues esa miseria vieja No se remedia jamás Todo el que viene detrás Como la encuentra la deja.
    Y se hallan hombrea tan malos Que dicen de buena gana
    El caucho es como la lana
    Se limpia y compone a palos.»

    —Se dice que para cobrar impuestos sí se acuerdan de ellos.

    «Dicen que las cosas van Con arreglo a la ordenanza
    Pero eso yo no lo entiendo Ni averiguarlo me meto Soy inorante completo nada olvido y nada apriendo.
    —So dice que el Banco de Provincia del Neuquén, que tiene misión de fomento, es restrictivo para el poblador de poco capital y generoso para los terratenientes y grandes comerciantes.
    «La ley se hace para todos Mas solo al pobre le rige. La ley es tela de araña En mi norancia lo esplico No la tema el hombre rico Nunca la tema el que mande Pues la ruempe el vicho grande
    Y sólo enrieda a los chicos. La ley es como el cuchillo
    No ofiende a quien lo maneja. Hay muchos que son Dotores
    Y de su cencía no dudo Mas yo soy un negro rudo
    Y aunque de esto poco entiendo, Estoy diariamente viendo
    Que aplican la del embudo.»

    —Dicen que funcionarios hablan de la necesidad de eliminar al pequeño propietario. Querrán decir, supongo: eliminar la demasiada pequeña propiedad, pero pañi ello hay que facilitar al propietario el adquirir más tierras; no eliminarlo. Si fuera cierto que así se piensa, respondo con unas palabras del Papa Pío XII a la Semana Social de Italia (año 1957) : «Si hay un problema de rendimiento del trabajo rural, hay también una realidad más importante que es el hombre rural».
    Es así cómo abandonando las regiones donde se lleva

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