El Cardenal Primado de la Iglesia Peruana, Juan Landázuri Ricketts concedió una entrevista al Centro de Información Católica cuyo texto publicamos a continuación.
—¿Qué opina, Eminencia, acerca de la “Declaración” que acaba de hacer un grupo de sacerdotes peruanos sobre la situación social del país?
—He seguido con interés las jornadas de información, estudio y reflexión que ha realizado recientemente, en Cieneguilla, un grupo de sacerdotes y laicos, igualmente preocupados por los problemas sociales del Perú. Juzgo la “Declaración” en su contexto general, muy positiva. La ha motivado la inquietud de nuestros sacerdotes —de la que participo plenamente— de corregir injusticias y de promover el auténtico desarrollo, así como la angustia que se experimenta al ver que el dolor de nuestro pueblo y “la carencia de bienes que sufre, se debe a la injusticia o a una no equitativa distribución” de la riqueza siendo así que es el pueblo quien, con esfuerzo, contribuye a formarla. Participando de un “mismo y único sacerdocio y ministerio de Cristo”, comparto con ellos sus preocupaciones por realidades materiales que no debemos soslayar. Por eso, confortan sus palabras de sincera confesión, su voluntad —que es la nuestra— de corregir errores y deficiencias, de las que nadie está libre; su determinación a no omitir esfuerzos para lograr que los peruanos sean más iguales y más felices, para elevar a un nivel de vida verdaderamente humano a todos, en especial al campesino y al indio, para desterrar el hambre, la ignorancia y la miseria, que son las formas más graves de injusticia social.
—Eminencia, ¿cómo relaciona esta “Declaración” con la orientación actual de la Iglesia?
—La juzgo como un fruto del espíritu pos-conciliar y del llamado del Papa Paulo VI cuando en la Encíclica Populorum Progressio, con palabras nuevas y actitud audaz, nos fijó una tarea común y apremiante: “la situación presente tiene que afrontarse valerosamente y combatirse y vencerse las injusticias que trae consigo”. Por otra parte, el Episcopado Peruano, ha expresado esta inquietud en sus documentos “los católicos y la Política” (1961) y “Política deber cristiano” (1963), en sus consideraciones sobre la reforma Agraria, en 1964 y 1966, en la Declaración Conjunta acerca de la “Populorum Progressio” (junio de 1967) y finalmente en su reciente pronunciamiento sobre el crecimiento demográfico y el desarrollo (enero de 1968). En Lima, poco antes del Concilio, se propuso a sacerdotes y fieles un plan orgánico de homilías sobre la cuestión social. Buscábamos que se reflexionara sobre las exigencias concretas de la justicia social.
—¿Qué le parece, Eminencia, la descripción que hace la “Declaración” de la realidad nacional?
—Las jornadas de Cieneguilla han representado una armoniosa colaboración entre sacerdotes y laicos, tal como se dio en las Semanas Sociales. Esta cooperación es muy necesaria, ya que —como ha sucedido en este caso— los técnicos han llevado un conjunto de datos sobre la realidad, cuyo conocimiento es imprescindible en este tipo de pronunciamientos y programas.
—¿Cuáles son los puntos que a criterio de S. E. merecen relevarse de la “Declaración”?
—Ante todo, yo destacaría su sentido de justicia.
Esto es básico. Quienes tenemos que difundir el Evangelio, no podemos dejar de predicar, con palabras y ejemplos, que sin justicia no hay verdadero cristianismo. La “Declaración” es muy actual cuando insiste en la estricta obligación de que aquél que más tenga contribuya más al bien común; cuando exige que la honradez y la honestidad sean los distintivos de quienes dirigen la Nación, administran los bienes públicos o tienen alguna responsabilidad en la comunidad; cuando reclama que se sancione severamente y sin excepciones las gravísimas defraudaciones y dolosos contrabandos que ahora estamos conociendo. Punto digno de especial mención, es el énfasis que la “Declaración” pone en la educación para el auténtico desarrollo del hombre y de la comunidad. Yo siendo especial satisfacción cuando puedo decir, con estadísticas seguras, que de los 258.718 alumnos de los colegios y demás obras docentes de la Iglesia, el 85.90% pertenecen a la clase media y a los grupos populares. Claro que aún queda mucho por hacer y por perfeccionar. “El Perú necesita cambios profundos y urgentes, que sólo serán posibles si todos actuamos con responsabilidad y honestidad, dentro de un auténtico cristianismo”.

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