• Unidad en la lucha
  • Durante más de 100 días formé parte del grupo de compañeros obreros, estudiantes y militantes políticos que encabezados por Raimundo Ongaro éramos los rehenes que la dictadura tenía en las cárceles por la rebelión popular de Córdoba, de Rosario, de Villa Quinteros, de Villa Ocampo y de tantos lugares que en este año fueron escenarios de la lucha del pueblo por su liberación.
    Fuimos liberados por el régimen que intenta ahora su salida política, una nueva trampa electoral, una nueva estafa al pueblo. Pero nuestra libertad no la mendigamos, ni la negociamos, ni se la debemos a nuestros verdugos: nuestra libertad es amarga y difícil mientras se ratifica la cadena perpetua a los guerrilleros de Salta, mientras se veja a los prisioneros de Taco Ralo, mientras se persigue y tortura a tantos militantes consecuentes, mientras se mantiene y perfecciona todo el aparato represivo.
    Nuestra libertad sólo tiene valor cuando la jugamos, cada día, por la liberación del pueblo, que es nuestra propia y definitiva liberación.
    Cuando en 1966, apenas instalado el golpe militar de Onganía, comenzamos con nuestra tarea en Cristianismo y Revolución muy pocos creían en la posibilidad de que el campo cristiano y la Iglesia de los Pobres dieran militantes que se incorporaran a la lucha revolucionaria; el ejemplo de Camilo Torres se mostraba mucho más como el fracaso de un idealista que como la semilla que iba a producir muchos frutos.

    Por otra parte, a muy pocos les parecía una tarea revolucionaria desenmascarar a la dictadura que se presentaba como un «gobierno cristiano» y demostrar que no es cristiana la explotación del hombre por el hombre, que no es cristiano un orden basado en la violencia reaccionaria y en la represión, que no es cristiano regalar a los yankis nuestra dignidad y nuestra patria.
    Nosotros, en cambio, comenzamos este humilde trabajo y estos tres años nos han demostrado —en los hechos— la necesidad de nuestra tarea y nos han impuesto los deberes de nuestro compromiso como cristianos y revolucionarios.
    Los acontecimientos de 1969 nos están exigiendo a todos los que nos colocamos en el campo de la revolución una nueva actitud frente a los nuevos hechos que nos imponen la unidad en la lucha.
    Militantes cristianos, peronistas y marxistas unidos en la acción y en las luchas del pueblo para lograr la toma del poder y la construcción de una sociedad socialista, debemos considerar en 1970 esta exigencia de la unidad en la lucha que es una de las lecciones más potentes y gloriosas de los hechos que hemos vivido en 1969.
    Cristianismo y Revolución ratifica nuevamente su compromiso con esta tarea de unidad de los revolucionarios en la acción, en la causa de la liberación nacional y social.
    Y compromete su aporte a esta lucha cristiana y revolucionaria.

    Juan García Elorrio

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